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Con la fuerza de un tornado

Con la fuerza de un tornado

Hoy es el día en el que mi compañera de vida cumple años. Por eso quiero desprenderme del manto de sombras y escribir algo bonito que esté a la altura de lo que merece en mis pensamientos. Solo que yo no sé escribir así. No sé hablar de amaneceres dorados ni ocasos de fuego con olor a salitre ni de inviernos que apaciguan el frío y veranos que refrescan el alma con su apacibilidad, con el sosiego del estío temprano. No sé expresar nada relacionado con los aromas de las orquídeas, los girasoles que miran al astro rey o el agua fresca que baña nuestros pies y afloja la tensión del infierno. No sería de justicia emplear un lenguaje vano para mostrar el tintineo del móvil de conchas que oscila en el porche, haciendo círculos musicales con cada arrebato de los silfos que escapan a nuestros ojos. No, no sabría siquiera imaginarlo.

Recuerdo el primer encuentro, el primer cruce de caminos. Ella llegó para ablandar la niebla espesa y apartarla a manotazos. Yo la creía perpetua además de densa. Las raras ocasiones en que se disipaba, un nubarrón se exiliaba del resto para descargar sus truenos y relámpagos sobre mi cabeza y derramar sus lágrimas con furia. Los edificios se me caían encima. Siempre andaba mirando al cielo por si caía algún otro piano. Nunca cayeron instrumentos más que a mis pies y ninguna tecla me rozó más que el corazón herido. Tampoco esas cuerdas, como látigos salvajes desbocados, se violentó jamás contra mí. El asfalto no me escupió su gravilla. Las aceras mordieron mis pasos sin soltar sus adoquines. Otras cuerdas perecieron bajo mis púas de plástico para llorar canciones de finales tristes.

"El momento en que nuestros labios se encontraron, llevábamos mochilas muy pesadas a cuestas. Los hombros, más que doloridos, estaban curtidos. Las cicatrices seguían allí, pero las heridas ya no escocían"

Las notas se alinearon en una escala cromática mientras afinaba el oído. Es justo que confiese que esa primera vez no fue una cita a ciegas. Solo un tropezón orquestado por una amiga. No fue una cita a ciegas. No. Ni siquiera fue una cita. Más bien una quedada a tres: Susi, ella y yo. No, no solo se me escapan las palabras, sino que también culebrean mis recuerdos. No fue así. No la primera vez que nos vimos. Ella llegó con la fuerza de un tornado. Con una confianza que me intimidó. Un arrojo y una capacidad de resolución que me hizo sentir muy pequeño. Vino a nuestro piso, el que compartía con Emilio, Peri y Susi en Murcia, a orillas del río. Yo había sido el último en llegar y aún estaba haciendo méritos para caerles bien. Llegué de rebote. La vida, a veces, funciona así, como un pinball. Dejaba una trinchera apostada junto a un campo de minas en un tercero sin ascensor en el que había compartido noches con un buitre y una hiena. A veces me costaba identificar quién era quién. Sus nombres no importan. Ahora ya no. Entonces, sí. Eso creía. En esa época aún había quien lanzaba cuchillos a mi espalda cuando más indefenso me encontraba. Llegar a ese nuevo hogar, lejos de las fieras, fue como zambullirme en una piscina climatizada después de estar durante meses nadando en mar abierto, entre tiburones. Fueron ellos quienes hicieron de mi última etapa en la capital todo un hallazgo y fijaron en mi memoria un recuerdo dulce que aún pervive en mi memoria. También los días de videoclub. Antonio, Leo, María, Maribel, Fer, Juan Carlos… Y más. No quiero ponerme nostálgico. Hoy no. Dije que quería escribir algo bonito y, aunque no sepa hacerlo, es lo que haré.

"No fue repentino, sino gradual. Las nubes grises dejaron paso a los días soleados. Los miedos emergieron como globos de helio para perderse más allá del firmamento"

El momento en que nuestros labios se encontraron, llevábamos mochilas muy pesadas a cuestas. Los hombros, más que doloridos, estaban curtidos. Las cicatrices seguían allí, pero las heridas ya no escocían. No tanto. Aún quedaban esquirlas y restos de bombardeo emocional adheridos a las carnes, penetrando lentamente el músculo bajo el pecho; sin embargo, hallarnos fue un regalo. Fue la llovizna que aterriza sobre el rostro en un día de calor mientras un doble arcoíris se adivina en la cúpula celeste y saluda con nitidez hacia el futuro más allá del horizonte. Fue el primer abrazo que se necesita para dar un paso hacia adelante, ese que da pie a los demás y los convierte en bridas calentitas que te rodean el alma sin prisa. Un hallazgo así merece la pena que sobreviva a todo. Al tiempo y el espacio. Han pasado casi veinte años, y aún puedo oír aquel choque de gafas como un eco amortiguado en la oscuridad de aquel salón. El chirrido del viejo sofá rompiendo el silencio por encima del susurro de los coches, las motos de reparto y las voces de júbilo a tres calles, donde las copas tintineaban y el olor de la cocina se colaba por las rendijas de las ventanas entreabiertas.

No fue repentino, sino gradual. Las nubes grises dejaron paso a los días soleados. Los miedos emergieron como globos de helio para perderse más allá del firmamento. Sin embargo, llegaron otros. Más profundos. Porque no hay nada más terrorífico que el temor a perder aquello que se ama. Ese nuevo horror, instalado entre las costuras de mi corazón, no hizo entonces sino crecer y crecer. Con cada latido del reloj mientras caminábamos de la mano. Con cada beso y caricia. Con la llegada de Zoe. Con cada buena nueva que vivíamos juntos. Con cada triunfo y cada fracaso. Con cada paso. Ese miedo, por suerte, nunca vino solo. Existe una fuerza invisible que lo mantiene a raya, que evita que su discurso nos rodee para amilanarnos. Es esa energía la que le grita que se vaya a paseo y nos deje en paz. No siempre lo consigue. Al menos, eso sí, hace que se aleje. Por desgracia, no desaparece, solamente se esconde.

"Quería escribir algo bonito y me doy cuenta de que me falta vocabulario para expresar todo aquello que merece y siento. Me faltan diccionarios y colores en el cielo"

Hubo amigos que llegaron y otros que se fueron; ella siempre estuvo presente. Algunas de las personas que amamos se convirtieron en polvo y ceniza; no regresaron. Las muescas de esas pérdidas son profundas. Hoy aún duelen. Su ausencia permanece intacta. Un espacio que no puede ocuparse por nada más que por aquellos que ya lo ocuparon. Es su lugar en nosotros. Su parcela de amor perenne. Aquí, en esta cajita que bombea bajo las costillas, hay sitio para todo aquel que quiera cobijo y no venga con intenciones ladinas. No hay sitio para ladrones ni truhanes, no hay lugar para proposiciones deshonestas ni para asesinos, mucho menos para rompecorazones. Esas garrapatas fueron arrancadas, casi siempre, a tiempo. Antes de que chuparan la sangre y la vida y se alimentaran a costa del sufrimiento y del dolor. Los manipuladores también fueron expulsados antes incluso de mover sus hilos. Aquellos que consiguieron atarse a destiempo, fueron cortados. Algunos filamentos débiles como de seda, otros gruesos como maromas de alambre. Pero ella, mi vida, mi amor, la que hoy cumple años, nunca dejó de sujetar mis manos entre las suyas para cortar ese lastre. Cuando estuve preparado —no antes; siempre sin obligar, solo aconsejar y arrullar con calma y calor—, ella me sostuvo, me apoyó y me insufló la vitalidad de la que yo carecía. Hizo fuerza conmigo. Los dos a una. Luego tres. Siempre juntos. Siempre unidos.

Quería escribir algo bonito y me doy cuenta de que me falta vocabulario para expresar todo aquello que merece y siento. Me faltan diccionarios y colores en el cielo. Me faltan flores y amaneceres y días con sus noches. No hay letras suficientes para componer una oda digna que esté a la altura. Hubo un tiempo que espoleaba a corazón abierto mis sentimientos. Hasta que fueron pisoteados. Entonces se instaló en mí una duda imperecedera, oscura y abisal. Una voz grave que acompaña al horror y devora la caligrafía de mis sentimientos, que devora mis sueños e ilusiones y levanta muros tan altos que nadie los pueda saltar. Me ayuda componer nuevas canciones. Te las canto al oído en silencio mientras duermes. Un cántico de feliz cumpleaños que dejo salir bajito para que no te despierte ni perturbe tus sueños. Agradecido por todo este tiempo, por todo el que nos queda. Ya solo me queda sonreír cuando soples las velas de tu tarta y te busque los labios entre el deseo que no saldrá de ellos para que se cumpla. Porque palabras bonitas no sé decir, pero de abrazos, besos y caricias sé un rato.

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