Escribí sobre la piel de mis amantes con una tinta invisible que yo creía indeleble. Cada vez que mi corazón se henchía y bombeaba más rápido y más fuerte, que mis sueños se aliviaban de pesadillas y volaba sin necesidad de alas, afinaba mi escritura y mojaba mis labios para que los besos y las caricias quedaran impresos más allá del tiempo y el espacio. No funcionó. No del modo en que yo lo anhelaba entonces. Aquellas palabras derivaron en un borrón confuso imposible de descifrar y mi alma en miles de esquirlas imposibles de recomponer. No todo se lo llevó la pleamar del amor con su espuma y sus rugidos rompientes, no todo se lo llevó el aire desapasionado del desconcierto cuando las brasas no fueron más que cenizas. Lo que quedó soy yo. Una amalgama de experiencias y expectativas rotas, de versos lanzados al viento que alguien atrapó sin saber muy bien qué hacer con ellos. «De aquellos polvos vienen estos lodos», dice el refrán para referirse a los errores del pasado que vienen a atormentar nuestro presente. No es así exactamente cómo yo lo interpreto. Todos aquellos trozos que fueron arrancados de mi ser y recompuestos con hilo y aguja dejaron una cicatriz emocional que me hizo dudar y ser precavido, que me mantuvo en un rincón del ring sin atreverme a pelear durante un tiempo por miedo a ser vapuleado de nuevo. Porque esa tinta china se borró a la primera cornada y aún entonces me sangraban las heridas, supurando hiel y miserable desconfianza con olor a traición.
No solo escribí futuros en pieles ajenas, sino que tatué sobre mis ilusiones un camino sinuoso de éxitos y parabienes que nunca llegaron y aún persigo. Esa tinta aún permanece y, aunque se disuelve más lentamente, también tiene visos de desaparecer de un momento a otro, cuando menos lo espere. El destino —o la suerte, que a veces no dejan de ser lo mismo— me atrapó en sus redes y abrió una senda paralela que podía transitar con calma. Una que no estaba exenta de obstáculos y abismos, de pérdida y desazón, pero que, sin embargo, podía transitar en compañía. Evan me cogió de la mano y no solo no la soltó, sino que dirigió el pincel con firmeza sobre su pecho y me dijo que escribiera mi nombre allí para que jamás se borrase. Ya para entonces había redirigido mis pasos hacia un horizonte diáfano y luminoso y las voces pretéritas no eran ya sino susurros ahogados por sus propias miserias. Durante un tiempo mantuve el ancla de ese barco que no dejaba de hundirme hacia las profundidades, me dejé engañar por los cantos de sirena y la apariencia de esas brujas vestidas de hadas. Luego me deshice de todo ese peso y me dejé guiar. Lo que vino después ya es conocido. No hay piel más sagrada que la que acaricio de soslayo, con intención, ni labios más jugosos que aquellos que beso cada noche antes de dejarme llevar por la ebriedad de Oniro. Acojo el cálido néctar directamente de esos labios y me pierdo en la blandura de la almohada.
El tiempo pone todo en su sitio, oigo decir con frecuencia. Y cada vez que alguien pronuncia esas palabras yo pienso que me da igual, que no soy un ser vengativo ni rencoroso, que no deseo mal alguno a aquellos que me lo hicieron a mí, pero soy lo bastante sensato como para no volver a dejarles entrar en mi casa. No son bienvenidos. Y, por mucho que finjan ser dolientes o víctimas de un infortunio, que nieguen la verdad ante el mundo y ante sí mismos, eso no cambiará ni tampoco hará que esa tinta que un día brillaba intensa en cada hechura de sus cuerpos recupere su significado. No soy el único que escribe su historia en aquellos que le rodearon. No soy el único que los olvida al tiempo que los recuerda para que no se repitan los agravios y se destaque lo bonito de la mentira antes de ser descubierta. Hay más personas sentadas a la mesa de su despacho, arrinconadas en el jardín o garabateando en diarios que esconden bajo el colchón de sus camas. No soy único. Soy consciente de que nunca lo seré. Si un día tuve presencia, espero que aún se me recuerde por lo bueno que hice y por cómo velé por aquellos que me importaban. Si cometí errores, espero que se me perdonen. Si no usé un borrador a tiempo, también pido indulgencia por tamaña osadía. Porque no soy yo mucho de suavizar relaciones y eliminar amores, sino de aprender de cicatrices y evitar la sal allí donde todavía escuecen las heridas.
Y si hablo de manchas que no se van ni con lejía y otras que vuelan como mariposas, con vida propia, hacia infinitos escondidos, no es sino porque hace poco conocí al «destatuador». Jimi —de Jaime, no de James— vive al final de la calle del Molino, entre pinos y abedules. Apenas hay espacios en blanco en el mapa de su piel. Muchos de sus tatuajes se solapan y superponen. Cuando él llegó, nadie más quería hacer lo que él. Ahora puede que haya otros veinte repartidos por todo el planeta. «Ni los conozco ni creo que los visite nunca», me dijo. Porque cada uno tiene sus historias y, aquellas que toma para sí, para sí quedan. Por siempre. Hasta el final. Hasta que la corteza de la carne se arrugue y agriete como arcilla seca. En él derivan todas esas palabras escritas en la piel de otros. Saltan a su cuerpo para no morir. Se aferran a su alma con las uñas afiladas para no caer en el pozo del olvido. Cuando lo vi sentado en la terraza del Espinosa, escrutando el mar con su cerveza en la mano, bastó que nuestras miradas se cruzasen para ver. Quizá fuera de los primeros en atravesar el umbral hacia este lado, cuando las aberraciones de esos otros lugares aún no eran tan fácilmente detectables. Ya entonces nuestros caminos estuvieron enlazados a través de la tinta de aquellos que pasaron por mi vida. Por eso me reconoció. Por eso vi en sus ojos el futuro de aquellas amantes que lo desecharon antes siquiera de darle una oportunidad a la poesía. Bastó intercambiar unas palabras con él para aprehenderlo. «No quiero que borres la tinta que ahora corre por mis venas», le dije. «Esta historia es mía».


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