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Conozco a un animal al que no sé mirar de frente

Conozco a un animal al que no sé mirar de frente

Estoy tumbado en la cama, boca arriba. No es mi posición habitual para dormir: rozo el metro noventa y los pies se me salen levemente del colchón, si descontamos el espacio que se roba la almohada viscoelástica. Cuando me tumbo así y es de noche —como ahora— es porque pienso. Algo me ronda, me impide descansar.

Hace unas horas, en la presentación de otro libro (tal vez en otro momento hablaremos de él), Isabelle García Molina, la directora del Aula de Poesía de la Universidad de Murcia, y yo hemos estado alabando una de nuestras últimas lecturas. El poemario, porque se trata de poemas, es de un tipo casi cuarentón, algo esquivo, me cuentan, en esto de los «ambientes literarios» y con un profundo amor y conocimiento del oficio de poeta.

—¿Cómo explicarlo? No sé cómo expresar lo que he leído. Es una bestia.

Mi interlocutora me explica, me habla sobre él, me reconoce que sí, que hay algo indescriptible en su modo de hacer poesía, en su concepción del ritmo y en la elección del tema y la palabra.

—Es una bestia, Isabelle —repito—, un animal.

Es Eugenio Sánchez Salinas, el primer animal de lo invisible.

En el principio está la duda

Ahora estoy frente al ordenador. Es otro día y me siento decidido a escribir sobre el primer poemario del escritor, que nació en 1980 en Cañada de la Cruz, una aldea de Murcia. A mi izquierda, el libro, titulado, con una deuda que se paga en la primera página a José Lezama Lima, El primer animal de lo invisible (Liliputienses, 2018); a mi derecha, una pequeña biblia, obsequio de un sacerdote que fue amigo allá por 2008. La he cogido, la segunda, pensando que quizá pueda ayudar en la elaboración de esta ¿reseña? Tal vez lo hago porque el libro de Eugenio Sánchez Salinas —y no solo por cuestiones métricas— deja el sabor de un largo salmo, de una escritura entregada a algo mayor.

"He cogido la biblia pensando que quizá pueda ayudar en la elaboración de esta ¿reseña?"

Es momento de reconocerlo: no ha sido el último libro que he leído —ahora repaso el texto y, al inicio, cambio, “mi última lectura” por “una de mis últimas lecturas”: trato de ser honesto con el lector—. Hace unas semanas, cuando lo tuve en la mesita de noche, cuando durante días lo devoré, releí este poema, esperé a estar en casa a solas para recitar este otro en voz alta… decidí que debía escribir sobre el libro. Una reseña, unas letras halagadoras, como, creo, merece. Juro que encendí el PC, puse en orden algunas de las notas que habitualmente tomo en cuartillas de folios en sucio y me dispuse a exponer las ideas que la lectura me había evocado.

Resultó imposible.

Yo no soy un crítico literario. Bien es cierto que nunca lo he pretendido, pero tal vez hasta ahora no había debido enfrentarme a algo que, tanto desde el punto de vista formal como desde el estético y más aún el temático, me haya superado de esta manera: no tengo palabras, no sé cómo poner por escrito, cómo explicar lo que contiene ese libro, lo que ocurre en los poemas. Creo, estoy convencido, que de nada serviría explicar que el autor construye desde lo cotidiano, que juega con métricas clásicas (esto no lo sabía, se lo escuché decir en una entrevista), que es deudor de numerosos maestros antiguos y contemporáneos y que sus poemas poseen un ritmo absolutamente embriagador. Todo es cierto, pero insuficiente para entender El primer animal de lo invisible. 

Por eso la duda. ¿Es correcto escribir de algo sobre lo que no se sabe escribir? ¿Es oportuno llenar un par de páginas de palabras grandilocuentes, que digan mucho sin decir nada, para no comprometerme? ¿Es justo para el libro, para el autor? Y más: ¿quiero yo firmar ese acto de indecencia hacia una obra que me ha atravesado de este modo?

Y durante días no escribí.

Harto de intentarlo, de darle vueltas a cómo hacerlo, dejé el poemario descansando en la estantería.

Hasta esa conversación, aquella noche, en la presentación de otro libro del que tal vez hablemos en otra ocasión.

Hoy es otro día

Al final la biblia no ha servido para nada. Mi novia me pregunta que cómo lo llevo cuando estoy leyendo un par de salmos que algún día de hace diez años pensé que me decían algo. Guardo el ejemplar en su funda, le quito algo de polvo y lo devuelvo a la estantería. Está entre una edición ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas y un botiquín de guerra que alguien compró en un anticuario; ya es otro elemento más de ficción o una pieza decorativa. Qué más da.

Pero es otro día, y el libro de Eugenio continúa sobre la mesa. Agradezco mi manía de utilizar pequeños post-its para marcar mis páginas favoritas y releo un par de poemas (¿o eran salmos?). Son largos. Muchos de los de este libro son largos. Muy largos.

Hay uno —no tan extenso, en este caso— que me deja de nuevo especialmente maravillado. El poeta lo titula ROSARIOS VIEJOS, y en él Sánchez Salinas habla de su madre y a la vez de él, como de algún modo hace en cada página:

Es la hora de comer i le miras en la edad – la madre nació en

ese tiempo en el que se envejecía de otra forma i antes – i sólo

se iba á la escuela ocho meses – la madre no sabe algunas

cosas, eso es innegable – pero está en esos años en donde

algunos hombres aprenden que ningún axioma era cierto – pero

la madre no sabe decir ‘axioma’ – la madre se mancha

comiendo ­– la madre ‘cada vez me parezco más a las cosas’ – la

madre no sabe decir ‘axioma’ – la madre sabe decir por

ejemplo que ‘todas las raíces están manchadas’

 

I que ‘todas las madres somos también algo de (d)olor á raíces’

I que ‘hago lo que puedo’

I que ‘de pequeño te daba casi todas las respuestas’

I que ‘tú no eres pequeño de hace mucho’

I que ‘yo me estoy haciendo vieja’

I que ‘todo se está haciendo viejo i pareciéndose á lo de antes’

I que ‘yo nunca pensé que á vosotros lo de antes: en fin…’

I que ‘qué está haciendo Dios?’

I que ‘antes nos ayudaba por lo menos á equivocarnos’

I que ‘ahora muchas veces las respuestas se te van á parecer á

esto’

I que ‘mírame’

 

I se estira la ropa i las manchas amarillas de la ropa i te pregunta

si lo ves

I claro que lo ves

I después te toca la cara i repite ‘¿lo ves?’

I claro que lo ves

 

la madre acaba de decirte que muchas veces las respuestas se

te van á parecer á mancharse la ropa – cuando uno es sólo un

viejo i come a duras penas i tiembla – i también que las

respuestas á veces se te van á parecer además     á tener las

mejillas llenas de caminos pequeños i rotos – por tomar mucho

de eso que ni siquiera sabe pronunciar – ‘i claro la sangre se te

rompe en la cara pero tienes que tomarlo porque no hay otra –

porque te duelen tanto los huesos tan adentro que no hay otra –

i es verdad que no hay otra –  porque ni siquiera ya les salen las

cuentas en sus rosarios á nuestras madres viejas – i hace frío en

los rosarios – i hace tanto frío en los rosarios

"Este es un libro que quiero que lean todos los que quiero que lean, porque hay algo que no me atrevo a intentar nombrar"

Lo leo. Lo leo. Lo leo una vez más. Hay algo que no sé decir. Me faltan las palabras, así que no debería escribir una ¿reseña? Leo las tres páginas que llevo escritas y pienso que tal vez no debería enviar esto a la revista. ¿Acaso tiene sentido? Ni siquiera sé si esto es publicable… y ya sabía que no podría hacer nada mejor desde el principio. ¿A qué entonces el intento? Será por la bestia, porque este es un libro que quiero que lean todos los que quiero que lean, porque hay algo que no me atrevo a intentar nombrar.

Quiero hacer una buena foto del libro. Quiero enviarla junto con el texto y que lo publiquen. Quiero que haya gente que lo lea, que busque este libro extraño en las librerías y que se lo lleve a casa. Quiero que lo abran. Quiero que les ocurra lo mismo que a mí.

Veo que el libro cuesta 10 euros. Observo —no lo recordaba— que ya le he puesto el nuevo exlibris que diseñamos para la pasada Navidad. Paso las páginas y compruebo que están Alberti y Blanca Valera, Ángel González y Rosales, Sor Juana Inés de la Cruz y Ana Gorría, Gelman y Vallejo, Juan Ramón Jiménez, Vitale… Paso las páginas y releo alguna cita subrayada con mis lápices cortos, sustraídos de una nave industrial donde venden muebles de contrachapado:

regreso despacio a aquella hora en que apenas era / fiebre

húmeda en el sexo de mi madre

Otra:

carezco de la misericordia de los charcos

no toco ya las paredes de la lluvia

no tengo hoy esa lástima esencial de los olivos

Una más:

entonces la vida era sólo un defecto de todo lo demás

la vida era morirse de memoria

Y la última:

consuela saber que la soledad no duele siempre pero duele

Contemplo un cuadro que no entiendo, pero entiendo 

Tampoco sé mucho de arte pictórico. Me gusta visitar museos y frecuento un par de galerías. Atesoro la amistad de un par de pintores cuya obra admiro de un modo sincero, aunque no sepa explicar por qué.

Pienso que el libro de Eugenio Sánchez Salinas es como uno de esos cuadros. Desconozco qué me atrae de él, por qué estoy convencido de que hay algo grande en esas páginas. Como las pinturas que admiro, observo el resultado sin comprender la técnica, incapaz de desentrañar los mimbres que dan forma a las formas. Contemplo, porque de algún modo eso es el Arte, una invitación a contemplar, la fascinación ante el animal invisible que se esconde bajo todo aquello que es verdadero.

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Autor: Eugenio Sánchez Salinas. Título: El primer animal de lo invisible. Editorial: Liliputienses. Venta: Todos tus libros

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