Los campos de concentración nazis o las dictaduras de los setenta en América Latina mostraron los extremos a los que llegó el poder para controlar la vida, seleccionando personas que debían ser exterminadas para evitar la “contaminación racial” o la disidencia política. Pilar Calveiro, ensayista argentina radicada en México, doctora en Ciencias Políticas y autora de obras como Poder y desaparición; Violencias de Estado; Política y/o violencia; Resistir al neoliberalismo. Comunidades y autonomías, ha investigado esos genocidios encontrando pistas para entender el drama actual de nuestras sociedades, donde aprecia una forma nueva de ejercicio del poder, que fue “reseteado” durante la pandemia y que ya no sirve con calificar de fascismo o dictadura ni tan siquiera en términos metafóricos. Esa es la base argumental del nuevo libro de Calveiro, titulado De matar a dejar morir. Biopoliticas de selección de la vida, que Siglo XXI acaba de poner en circulación. En este ensayo, Calveiro detecta que la pérdida de la calle que trajo de alguna forma la pandemia, la llevó a reflexionar qué es lo que se estaba excluyendo, exterminando o desapareciendo, y lo que fue encontrando es que se estaban dando distintas formas de la desaparición. Por un lado, una virtual desaparición de lo político y lo social, entendiendo lo social como la construcción de un vínculo y de distintos colectivos que conviven en la sociedad, una desaparición que según la investigadora está en el centro de las intenciones de las gubernamentalidades actuales y, sobre todo, en la agenda de las nuevas derechas. Citando a Hannah Arendt, Calveiro recuerda que el objetivo del totalitarismo es desaparecer lo humano y que la desaparición de lo social implicaría eso: desaparecer nuestra condición de sujeto social y político. Por otro lado, Calveiro se ocupa del tema de las despariciones físicas llevadas a cabo por grupos criminales, y distingue, por ejemplo, que en el nazismo había un Estado muy poderoso sosteniendo la desaparición, o en el caso de países como Argentina, había un Estado dictatorial administrando el dispositivo de las desapariciones. Pero en México, indica, lo que hay es un Estado fragmentado que va tomando gradualmente cierta distancia del dispositivo desaparecedor. Antes, había un aval del Estado alemán sobre lo que estaba haciendo; en el caso argentino, había un intento de desconocer esa práctica y de hacerla, como decían, por la izquierda; ahora, observa, hay una “tercerización”. “La práctica del asesinato y la desaparición se terceriza en estas redes criminales. Lo que se ve son estos enterramientos que los familiares los describen ‘como de animalitos’. Es, además, lo más barato: hacer un pozo y meter muchos cuerpos. Al tratarse de territorios donde hay una articulación con las autoridades, tampoco requiere mucha precaución”. Y es que como explica Pilar Calveiro, “cuando las redes criminales en asociación con los grupos políticos locales controlan un territorio, hacen un ejercicio de una soberanía radical y absoluta”. Y el control se impone a través del terror en la población, que no se atreve a denunciarlo. En su libro llama a estos espacios “territorios de muerte”, lugares donde se impone una destrucción de la vida humana y de la vida natural y que, en muchos casos, es una práctica articulada con la explotación territorial y con el uso y el agotamiento de la vida, un extremo que se ve en los casos de trabajo forzado dentro de las redes criminales, donde lo que se hace es tomar de las personas todas sus capacidades y desecharlas. Y todo esto sucede, remata Calveiro, fuera de la protección del derecho. Este ensayo pone el dedo en una llaga que, poco a poco y sin que nadie lo remedie, está gangrenando el cuerpo social de México. ¿Hasta cuándo?
VIVITA Y COLEANDO
A nadie se le escapa que las redes sociales se han convertido en un nido de chismes. La madrugada del pasado martes, estos cuchitriles se inundaron de mensajes que daban por hecho el fallecimiento de una de las figuras más emblemáticas de la literatura mexicana: Elena Poniatowska. En cuestión de minutos, la versión se propagó en espacios como X, Facebook e Instagram, acompañada de mensajes de despedida y condolencias. Ante el aluvión repentino, ni los familiares de doña Elena ni las instituciones culturales supieron cómo reaccionar y el silencio alimentó la falsa noticia viralizándose con más fuerza. Según se cuenta en las tierras del volcán, el rastreo digital apunta a que la versión surgió desde una cuenta que aparentaba pertenecer a una editorial, y el chisme, convertido en noticia, fue replicado sin verificación por otros usuarios, detonando una cadena de mensajes que dieron por cierta la información. En los mentideros se apunta a que la edad de doña Elena, que el 19 de mayo soplará 94 velas, fue utilizada como argumento implícito para dar credibilidad al rumor. Así que horas después y ante la creciente confusión, la Fundación Elena Poniatowska Amor A.C. se vio impelida a intervenir para frenar la desinformación y emitió un comunicado en el que aseguraba que la autora estaba “perfectamente bien y goza de buena salud”. Pero como la duda seguía sembrada, tuvo que ser la propia escritora quien decidiera pronunciarse a través de su cuenta oficial de Instagram, donde para zanjar de una vez por todas el asunto, publicó un mensaje que, igual que el chisme, rápidamente se volvió viral: “Aunque tenga 93 años y sea una mujer mayor, estoy muy bien y no me he muerto”, afirmó con rotundidad. Es decir, vivita y coleando.


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