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De la seducción como maltrato

La familia del ya fallecido escritor jalisciense Juan José Arreola (1918-2001) está triste y molesta por las declaraciones de dos conocidas autoras mexicanas, Elena Poniatowska (1932) y Tita Valencia (1938), quienes hace ya varias décadas mantuvieron relaciones sentimentales con el autor de Confabulario. Dicen que “por respeto a ellas y a él” —ausente para defenderse—, habían decidido mantenerse en silencio cuando ambas acusaron al escritor de haberlas “atacado” sexualmente. Poniatowska ha recordado recientemente, con motivo de la publicación de su nueva novela, El amante polaco, en cuya narración hace alusión al controvertido episodio de marras, que cuando tenía poco más de veinte años visitaba a Arreola una vez a la semana en su casa de la Ciudad de México hasta una tarde en que “la atacó”, hecho que transformó su vida porque quedó embarazada, se fue a Roma para tener a su hijo y se convirtió en madre soltera, condición que en aquellos años (1955) era muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, llama la atención que enseguida la escritora haya declarado que Arreola —quien por esas mismas fechas había apoyado decididamente su trabajo literario publicándole su primer libro de relatos, Lilus Kikus— “usaba su capacidad de convencer, de ser muy seductor, para hacerle daño a la gente”. Uno se pregunta: ¿la atacaba o la seducía? O ¿la seducía, la convencía y entonces la atacaba? Pero ¿para qué atacarla si ya estaba convencida? O ¿es que la seducción es un acto de ataque que hace daño? Poniatowska no ha sido todo lo contundente que requieren estos casos tan delicados, pues solo ha insinuado los hechos y ella misma ha ofrecido matices que confunden, y creo que la ambigüedad no es buena amiga de la verdad, como sí lo es de la literatura. Esto lo tiene claro la familia Arreola, para la cual “la verdad de los hechos de aquellos años se ha transformado hoy en una injusta narrativa de falsedades” que no quieren soslayar. ‘‘En abono a la verdad, sin enconos personales y entendiendo la discusión actual en torno a los derechos de la mujer”, aseguran tener una versión histórica distinta a la difundida, la cual ellos conocieron directamente, según afirman en un comunicado público enviado a los medios de comunicación mexicanos en los que adjuntaron un grupo de cartas y mensajes (sin edición alguna) de dichas autoras. “En ambos casos —no entendemos el porqué— el tiempo parece haber afectado a la memoria (nos rehusamos a creer que se trate de vender libros). De cualquier manera, es una lástima que el querido Juan José no esté aquí para desahogar su derecho de audiencia”, agregan. Poniatowska no ha querido entrar en dimes y diretes y enseguida ha dado por clausurada cualquier polémica. “No tengo ningún afán publicitario. Nunca tuve relación con la familia y, si la hubiera tenido, sería de respeto”, sostiene. Pero vuelve a la ambigüedad cuando asegura que esta historia “ya se sabía, muchos lo saben; pero no hay que decirlo, para qué; además, ya pasaron tantos años”. ¿No hay que decirlo? Entonces ¿por qué confirmarlo si incluso en su novela se ha cuidado de no dar el nombre y solo hace alusión a “el Maestro”? La cuestión ha provocado un aluvión de críticas al difunto escritor por su supuesta conducta abusona, y otra autora (Valencia) se ha sumado a la nómina de presuntas víctimas al hilo de lo ventilado por Poniatowska. A ella también, dice doña Tita, Arreola la sedujo y la ató a ese brutal lazo llamado amor, del que ella no supo zafarse y que le produjo terribles padecimientos, lo que la empujó a escribir una novela, Minotauromaquia, contando su pena, e incluso el propio Arreola (que “tenía también rasgos de nobleza”, según ha declarado Valencia) le animó a publicarla y así apareció en la mejor editorial del momento: Joaquín Mortiz. Pero las críticas no fueron buenas y hoy los colectivos feministas las achacan a un complot machista, a una “embestida patriarcal” de la cual, por fin, justicia divina, se resarce en una reedición que acaba de aparecer en México. Ah, paradojas de la vida, pienso, y recuerdo la máxima de Propercio que dice: “Los afectados por la locura de amor están todos ciegos”.

HUACHICOLERO, ¿PALABRA DEL AÑO?

"Poniatowska no ha sido todo lo contundente que requieren estos casos tan delicados, pues solo ha insinuado los hechos, y ella misma ha ofrecido matices que confunden"

La Fundación del Español Urgente acaba de dar a conocer las doce palabras candidatas a convertirse en la palabra del año: “electromovilidad”, “desglobalización”, “neonegacionismo”, “exhumación”, ”DANA”, “seriéfilo”, “influente”, “emoji”, “albañila”, “cúbit”, “superdesempate” y “huachicolero”. Se trata, ha dicho la institución, de la séptima ocasión en la que la Fundeu elige entre más de 250 palabras para escoger a las finalistas que, recuerda la institución, “no tienen que ser necesariamente una voz nueva”, sino que “han de suscitar interés lingüístico por su origen, formación o uso y haber tenido un papel protagonista en el año de su elección”. ¿Deben los mexicanos sentirse orgullos de que su palabra “huachicolero” figure en este ranking lingüístico? Ni mucho menos, toda vez que se trata de una palabra que ha comenzado a usarse recientemente para señalar a un “delincuente que se dedica a robar gasolina perforando los oleoductos que la conducen”, según reza el Diccionario del Español de México. La palabra ha derivado en “huachicoleo”, “huachicol” y hasta “huachicolazo”, y su popularidad ha crecido como el crimen en México: exponencialmente, beneficiándose de la impunidad con que se actúa en ese nuevo rubro delictivo, pues los susodichos “huachicoleros” han tenido el descaro de enfrentarse a tropas del Ejército, poniendo en entredicho la actuación de la milicia y de las fuerzas del orden en el combate al crimen organizado, lo que le ha granjeado a la palabra cientos de titulares en prensa y medios de comunicación de toda índole, hasta alcanzar la celebridad mediática internacional cuando en enero de este año un ducto del estado de Hidalgo que era huachicoleado por una larga fila de entre ¡seiscientas y ochocientas personas!, según el ejército, provistas con cubetas y bidones, se vieron envueltas en la tragedia al estallarles la toma clandestina de la que extraían el combustible, provocando la muerte a 132 de ellos, algunos menores de edad. Vista así la palabreja, mejor hubiera sido que no llegara a adquirir tal notoriedad, porque ya este triunfo es una tristísima derrota.

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