Lo fascinante de ir conociendo los secretos de Valladolid de a poco es que siempre hay algo nuevo por descubrir. Esta ciudad atesora historia y cultura como para darse un banquete, y hace algunos días tuve el privilegio de disfrutar de una muestra de ello. Lo que ocurrió en la iglesia de San Pablo podría describirse como la convergencia entre lo antiguo y lo moderno, lo religioso y lo artístico, la tradición y la innovación; todo resumido en un concierto extraordinario.
La obra impulsada por la Universidad internacional de la Rioja (UNIR) fue compuesta por el vallisoletano Ernesto Monsalve, mago y dueño de la batuta, que dirigió la representación con la potencia que la ocasión requería. Y los detalles técnicos son sobrecogedores: más de doscientos intérpretes poblaron el ábside, incluidos los coros de la CLA Pepe Eizaga (La Rioja), Sacro Jerónimo Aguado (Zamora), Aumisán (Valladolid) y Cónclave (Madrid); la Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid; el contratenor Olivier Benoit (San Juan); el tenor Alain Damas (Jesús Nazareno); el barítono David Gascón (San Pedro y Poncio Pilatos); y la soprano Aurora Peña (criada de Caifás y Virgen María).
Como si la calidad artística no hubiese sido suficiente, la elección de San Pablo como escenario, la talla de Jesús Nazareno, la utilización de recursos audiovisuales mediante videomapping y la posterior procesión de Sábado Santo por —si no lo escribo, reviento— la vieja capital imperial hicieron que la solemnidad del evento no renunciara a la espectacularidad que la magnitud de la obra merecía. Y si la ofrenda fue generosa, la retribución del público le hizo justicia: un aplauso sostenido, intenso y sincero que repicó en las rejuvenecidas piedras de la iglesia.
Pero ¿saben una cosa? Lo que me parece realmente emotivo fue la respuesta de los vallisoletanos: que un hecho artístico y cultural haya sido capaz de cruzar las fronteras de la fe, atrayendo a creyentes y no creyentes para rendir homenaje a su historia; que la belleza de la música y de las voces haya sorteado la distancia del latín, transmitiendo tristeza y regocijo a los presentes; y que en San Pablo no cupiera un alma.
Tal vez haya sido porque la Semana Santa de Valladolid sea patrimonio de sus calles, iglesias, museos y bares; porque viva en todos y cada uno de sus vecinos; porque, simplemente, esta especie que constituyen los vallisoletanos esconda, bajo su discreción, un fuerte apego por sus costumbres que los hace ser tan suyos; o porque, para ellos, no haya tanta distancia de Valladolid al cielo.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: