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Desde Silos (Tiempos de coronavirus 13)

Desde Silos (Tiempos de coronavirus 13)

Llamo a Moisés, un monje de la abadía de Silos: “Nosotros no hemos notado apenas nada, lo único un poco raro es que la iglesia está clausurada y que no hay ninguna visita”. Ellos, claro, viven en un encierro desde siempre. Alguien, no sé si Moisés, me dijo que allí vivían dos hermanos (si no tres). Igual se hablaban menos que con los demás. Qué pensará de todo esto la secuoya que está a la entrada del monasterio, al lado opuesto de la iglesia. La trajeron desde las Américas hace muchos años (dicen que tiene más de siglo y medio de vida, aunque allí dentro todo es antiguo. Mejor: no tiene edad).

Ellos seguirán a lo suyo. A las seis, maitines; a las siete y media, laudes… Continuarán cantando entre ellos, el órgano (quién podría escuchar allí a Bach ahora, o en octubre, a Bach) sólo para ellos, pasearán aún más solos por esos pasillos oscuros que unen la iglesia y el claustro.

"Los monjes siempre están. Llamé a la centralita que aparece en internet y contestó la voz de un hombre con eco. Igual es que son los mismos monjes de hace cien años, los que conoció García Lorca"

Moisés y los otros clérigos salían por las tardes de los jueves a pasear. Iban vestidos de chándal y jerséis dados de sí, camisas de las de antes y zapatillas de deporte dadas de sí. En el rezo anterior a esa escapada (legal pero que parecía furtiva) se les notaba nerviosos, como si fueran a cometer alguna fechoría, ansiosos por caminar rápido carretera adelante, bien hacia la izquierda, hacia el desfiladero de Yecla, bien hacia la carretera que une Burgos con Soria. O monte arriba para descansar la mirada. Hasta la montaña de enfrente hay una buena tirada pero una vez allí merece la pena. Ahora es buena época para caminar porque hace fresco.

Los monjes siempre están. Llamé a la centralita que aparece en internet y contestó la voz de un hombre con eco. Igual es que son los mismos monjes de hace cien años, los que conoció García Lorca, el mismo atuendo, las mismas reglas, la huerta en su sitio, el sol y su mecánica de todos los tiempos. No son de este mundo porque no habitan en él.

Como los pájaros. ¿Evolucionan? ¿Los distingue usted? Yo no. A veces viene alguno y se posa en el alféizar de la ventana. Hay veces que por la tarde regresan, pero no sé si son los mismos. Miran igual, con ese calambre en la cabeza, como de epiléptico, los ojos fijos, sin pestañear, una ramita amarilla en el pico, el temblor del plumaje oscuro, las patitas abiertas, tan menudas, tan para agarrarse a una rama y contemplar la tarde.

"Los monjes de Silos no tienen despertador. Una campanilla se oye a eso de las seis menos veinte de la mañana, si es que se está ojo avizor o al tanto"

Puse migas de pan en la ventana hace días para intentar fidelizarlos, para que me hagan compañía, pero se me olvidó comprobarlo hasta esta tarde. Ya no hay nada pero no sé si vinieron o las arrastró la lluvia. Tampoco sé donde duermen. En la casa de Tx. en Ayamonte, al atardecer, se adueñaban de un sitio de un enorme ficus y alborotaban el atardecer con un griterío insoportable. Ese ficus se secó, lo cortaron, volvió a crecer pero no nunca volvió a dormir allí ningún pájaro. No estoy escribiendo con doble intención, de hecho se me ha ocurrido hasta ahora, pero lo mismo nos podría pasar a las personas.

Los monjes de Silos no tienen despertador. Una campanilla se oye a eso de las seis menos veinte de la mañana, si es que se está ojo avizor o al tanto. Uno se levanta si quiere, a nadie se le obliga. Pero cómo no bajar esas anchas escaleras hacia el patio acristalado y a oscuras adentrarte por esos vericuetos con la llave maestra en el bolsillo, como si fueran las de San Pedro. “Estas llaves me abren todas las puertas, de aquí y de fuera. Con estas llaves franqueo cualquier obstáculo del conocimiento. Tendré el don de lenguas. Seré inmune a dolencias y enfermedades”.

A las seis de la mañana, si somos cinco los huéspedes o menos, nos dejan cantar con ellos en el púlpito, detrás del altar, bajo unas luces que impide ver nada ni a nadie que estuviera en los bancos de la iglesia. Es fácil seguir la partitura porque es muy sencilla y allí no vas a cantar sino a oír, a escuchar, a estar, a dejarte llevar. Sube y baja la melodía, se escapan y regresan las voces en las paredes claras del monasterio, se hinchan y se desinflan.

Antífona. “Y de pronto tembló fuertemente la tierra pues un ángel del Señor bajó del cielo, aleluya” (Oración de Tercia —al final de la Eucaristía—. Jueves. Octava de Pascua). Aún conservo este y otros papeles que cogí allí. En la habitación, amplia, austera, sosa, con una mesa enorme y un ventanal como de castillo, había un Nuevo Testamento con esta nota pegada: “Para uso en esta hospedería. Por favor, no se lo lleve. Gracias”. Reconozco ahora que lo robé. No sé si dejé algo de propina a modo de compensación cuando pagué una de las estancias, hace ya sus años.

"¿Por qué ir allí? ¿Un modo de escapar, de huir? ¿Adónde ir, hay algún sitio de que podamos escapar de nosotros mismos?"

No sé bien por qué la gente se recoge allí. No sé si se enclaustra o se refugia. Lo cierto es que se cierra a cal y canto, un confinamiento voluntario. Un portazo al mundo.

Quizá se vaya allí a buscar el silencio. ¿No hay silencio en Rascafría o en los Pirineos? Cuando nos desvelamos a media noche, ¿no estamos rodeados por silencio? ¿Son silencios distintos, hay más de un silencio? ¿Por qué ir allí? ¿Un modo de escapar, de huir? ¿Adónde ir, hay algún sitio de que podamos escapar de nosotros mismos?

Ahora están a punto de comenzar las Completas. Noche cerrada, noche fría. “En una noche oscura,/ con ansias, en amores inflamada…”. Alguien podría decir que el poema de San Juan de la Cruz tiene allí otra resonancia, otra hondura. Puede ser.

Igual habría que preguntárselo a un monje ermitaño que habitaba por allí, a unos kilómetros, en la espesura. Me costó una mañana encontrarlo. Me regaló una manzana.

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