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Diario Barbitúrico, semana dos: en El Miedo, de noche se corren las cercas

Diario Barbitúrico, semana dos: en El Miedo, de noche se corren las cercas

Foto: Daniel Mordzinski

Quiso el azar que el jueves 7 de marzo, el día del lanzamiento de La hija de la española (Lumen), la ciudad en la que nací se sumiera en la oscuridad. El colapso de la mayor central hidroeléctrica del país dejó a millones de venezolanos en la penumbra durante más de cuatro días —más de una semana después, el servicio es irregular e intermitente—. Aislados y a oscuras, hombres y mujeres despellejaban la calma: sin energía, teléfono, tampoco Internet ni agua. Ay, poeta, sopla el viento en los alambres, escribió la poeta Yolanda Pantin.

Justo la víspera del lanzamiento que dio origen a este diario —a fin de cuentas, el dietario de un debutante—, recibí una llamada telefónica. Una amiga periodista con la que durante años he hablado de libros que nunca llegarían a las librerías venezolanas, me pidió conversar sobre La hija de la española en su programa de radio. “Por supuesto”, contesté mientras subía al tren de cercanías que me lleva del periódico a casa todos los días y que esta tarde luce más sucio e infecto, como si en lugar de en un vagón viajara en un horno crematorio. Hablaremos, pero… ¿cómo?, me pregunté mientras veía adormecerse de cansancio a un hombretón con mugre bajo las uñas.

"Todo parecía lógico y correcto, de no ser por el detalle de la realidad, esa sopa brusca de hambruna y plomazón que volvía la conversación surrealista"

Saqué del bolso los auriculares, los conecté al teléfono y comencé a escuchar Falstaff. Hablaremos, pero… ¿cómo? La pregunta volvía a mi cabeza como un picotazo. Una ley prohíbe a los periodistas venezolanos tratar cualquier episodio que atente contra la reputación del régimen. Ni Guaidó, ni hambre, ni apagones, ni hambre ni muerte ni hostias. Cuando bajé en la Puerta del Sol, ya era de noche. Al poco tiempo recibí una conexión vía guasap para entrar en directo. La entrevista comenzó a las 21.30 hora de España, seis horas menos en Venezuela. A la hora en que duermen unos, despiertan otros. A las en punto de un miedo, replica el otro, dando voces en la mente.

Cinco minutos después de comenzar la entrevista, todo parecía (casi) normal: la periodista preguntó, yo contesté. Celebramos sin celebrar. Abocetamos generalidades de un libro que no llegará al país, entre otras cosas, porque cualquier venezolano que quiera leer La hija de la española tendría que trabajar cuatro o cinco meses y dedicar su sueldo exclusivamente para completar los dieciocho euros que cuesta el ejemplar. Pero claro, en la entrevista no dije nada al respecto. Todo parecía lógico y correcto, de no ser por el detalle de la realidad, esa sopa brusca de hambruna y plomazón que volvía la conversación surrealista.

"En el vagón de asientos tapizados en el que viajo pienso en madres muertas y vasos de leche con los que Javier Marías levantó un imperio que hoy mordisquea mi ánimo"

Acaso porque el oficio es más potente que el miedo, la periodista soltó: “Hay mucho de Doña Bárbara en este libro, ¿verdad?”. Yo, desarmada en mi ceguera, contesté con aquella frase de la novela que consagró a Rómulo Gallegos y supuso para mí toda una maldición: “En el hato El Miedo, de noche se corren las cercas”, esa incivilizada estrategia de robo y abuso que usaba Doña Bárbara para hacerse con tierras que no le pertenecían. Un breve silencio separó una respuesta de la otra. “¡Qué curioso! Años después seguimos hablando de la barbarie”, añadió mi amiga periodista. Asentí, dando por hecho que el país pecuario de Gallegos seguía vivo, como una maldición. La entrevista acabó con una cortina musical. Al colgar, aún con el teléfono en la mano, pensé en estamparlo contra la pared. No lo hice. Me fui a dormir .Unas horas después, mientras embarcaba el vuelo desde Madrid hacia Londres, se fue la luz en Caracas.

II

Junto a la ventanilla del Gatwick Express que me lleva hacia Victoria Station, ordeno mis ideas. Son las doce del día y nada me apetece más que una cerveza. En un par de horas conoceré a dieciocho de los veintidós editores de La hija de la española. Ya en el hotel, de pie en una habitación con ventanas hacia una calle con franquicias de Pret à Manger, pienso en Virginia Woolf. Respiro, pensando en un Gauloises, pero aquí no puedo fumar. Dejo tirado el poco equipaje que traje conmigo a Londres —el ordenador, dos libros y un traje de chaqueta que he abotonado a toda prisa— y salgo rumbo al número 14 de Bluy Place. Aún deseo una cerveza, también fumar.

Quince minutos después, me dirijo hacia la estación de metro. La Bombay Brasserie de Mañana en la batalla piensa en mí, un local emplazado justo al lado del hotel donde me alojo, me distrajo en mis ensoñaciones librescas. En el vagón de asientos tapizados en el que viajo pienso en madres muertas y vasos de leche con los que Javier Marías levantó un imperio que hoy mordisquea mi ánimo, un ácido que arrasa la piel de quien, a pesar de llevar años escribiendo sobre libros, descubre que nada sabe de ellos.

Karina junto a los editores de Random. Foto: Daniel Mordzinski

"Brindo por La hija de la española como quien sonríe con una muela rota"

Al llegar al London Review of Books, la librería acordada para el encuentro, me topo con veintidós copas alineadas sobre una mesa de madera. Saludo a Paloma Sánchez, la editora holandesa de Meulenhoff, luego a la incombustible Angela Tranfo, de Stile Libero, sello al que pertenece el sello Einaudi y que en apenas unos días imprimirá la versión italiana de la novela. Deletreo Einaudi en mi mente mientras vienen a mí Pavese, Calvino, Ginzburg y el exilio del propio Giulio Einaudi. A los pocos minutos hacen su entrada Judith Curr, editora de HarperVia —editorial-sello del grupo Harper Collins que publicará La hija de la española en inglés para todo el mundo— y Juan Milá, ese hombre discreto y educado, el primer editor internacional que creyó en la novela.

Brindamos por un libro que no llegará a la ciudad en la que nací, pienso con la copa en la mano. Atornillada en la oscuridad caraqueña, me siento repartida a ambos lados de una línea. Brindo por La hija de la española como quien sonríe con una muela rota. Sentí lo mismo, al día siguiente, en el inmenso pabellón de la Feria del Libro de Londres, un lugar del que debía salir corriendo si no quería perder el vuelo a Madrid. Con la frente pegada a la ventanilla del avión al que llegué de milagro, me pregunté, una y otra vez, si en Caracas volvería a ser de día, alguna vez.

III

Lo conocí hace ya más de diez años. Yo era becaria, él periodista y poeta de versos prodigiosos —tanto como esas americanas sin arrugas que le entallan la prosa—. Yo era becaria y él la firma a la que cualquiera en su sano juicio habría aspirado: Antonio Lucas. Ha pasado el tiempo. La profesión y las circunstancias nos acercaron, lo suficiente como para regar la planta discreta de la amistad. Por eso le pedí que fuese él quien presentara en Madrid La Hija de la española.

"A la una de la tarde, con un tercio de Estrella Galicia en la mano derecha y un micrófono en la izquierda, escucho a Antonio Lucas hablar de La hija de la española"

Después de rodar cuesta abajo a bordo un carrito de la compra al que he subido de la mano de Daniel Mordzinski, atravieso la puerta de Tipos Infames, esa librería del número cuatro de la calle San Joaquín de Malasaña, el barrio donde leí y bebí todo lo importante y despilfarré la juventud de manera más o menos razonable. Ya dentro del local, abrazo a amigos y a un púgil: David Gistau, alguien que lleva años rompiendo mandíbulas con el teclado y a quien agradezco a partes iguales el correcto uso de la coma y descubrimiento del Negroni.

A la una de tarde, con un tercio de Estrella Galicia en la mano derecha y un micrófono en la izquierda, escucho a Antonio Lucas hablar de La hija de la española. Respiro y me dejo caer. Se refiere al libro como una novela de auxilio. Aún sujeta por el cinturón de seguridad de mi sentido común, siento un brevísimo mareo en la cornisa del debutante. Al escucharlo —novela de auxilio, es verdad— descubro esa secreta operación en la que una persona deletrea infiernos ajenos. El braille que ejecutan otros ojos sobre la página blanca de quien se pregunta, tres días después, si en Caracas aún es de noche, si habrá llegado al fin la luz. Ya sabe, lector: en el hato El Miedo, de noche se corren las cercas.

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