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Diario barbitúrico, semana tres: es el lector quien escribe

Diario barbitúrico, semana tres: es el lector quien escribe

Cuatro ciudades en ocho días. Va la tercera semana de promoción y La hija de la española circula por ahí envuelta en una faja que da fe de una cuarta edición. En poco menos de un mes me he dado cuenta de un extraño fenómeno: aun siendo el mismo objeto, un libro se escribe dos veces. Una primera, la propia, que a mí se me ha quedado amojamada en la forma física de ese libro, acaso porque la historia se ha marchado de mí hace rato; y una segunda y sin duda alguna más interesante: la novela que surge del encuentro con otros, que con el paso del tiempo comienza a resultarme una versión más verdadera y longeva: la historia que toma forma en la lectura que hace otro de ella.

"Hay un milagro en el acto de la lectura. Destinar tiempo, siempre escaso, a leer una historia ajena entraña una secreta generosidad"

Mientras yo subo y bajo de trenes, entro y salgo de hoteles o aporreo correos en la pantalla táctil del teléfono, La hija de la española hace de las suyas. Conoce casas a las que yo no llegaré a entrar y le habla, en ocasiones con más fortuna de lo que yo misma podría conseguir, a personas tan distintas como insospechadas: matemáticos españoles que vivieron en el páramo merideño venezolano, estudiantes que me recuerdan a la que yo fui cuando llegué al periodismo, mujeres de nombres concisos que hablan de los insomnios que paliaron con esas páginas y cuyas parejas apostillan cuánto deseaban leer la novela mientras alguien detenía la lectura para que no acabarla, al menos no tan pronto.

Hay un milagro en el acto de la lectura. Destinar tiempo, siempre escaso, a leer una historia ajena entraña una secreta generosidad, y si el asunto va servido del reporte sobre los pequeños temblores que ese libro ocasionó en alguien más, el círculo parece ya completo. Al escuchar a quienes han leído La hija de la española he descubierto, encuadernadas en las palabras de alguien más, las muchas otras novelas que otros construyen a partir de la mía: una apropiación tanto más vital y fresca de la novela que alguna vez tuve en la cabeza y se completa al conseguirse con el lector.

En la librería Laie de Barcelona, teniendo a Álvaro Colomer y a Carlos Zanón como padrinos en la presentación de La hija de la española, una chica levantó la mano para preguntarme si había ecos de Casas muertas en las intenciones del libro. Para quien haya leído la novela con la que el escritor venezolano Miguel Otero Silva dio forma y palabras a la fantasmagoría, la despoblación y la soledad, quizá resulte más clara la dimensión de la sorpresa y el vértigo que sentí escuchando aquello. Tenía razón la chica que, por su propio pie, encontró en los infortunios de Adelaida Falcón un eco de las desgracias contadas en la literatura a la que ella pertenece.

"Hay de todo en ese encuentro, a veces a toda prisa y de pie en una librería, con el lector que reescribe y corrige, que amplifica y embellece aquello que alguna vez alguien quiso construir de madrugada o en la mañana de un domingo"

Unos días después, en Zaragoza, mientras presentaba el libro junto a Sergio del Molino en Cálamo, un hombre de cierta edad se acercó con un ejemplar en la mano. Su hijo la había leído y lo conminó a él para que hiciera lo mismo, aunque la firma, claro está, debía ir dedicada a su hijo, que quería conservar para sí un ejemplar firmado de la novela que ya había leído unos días atrás. Un pellizco eléctrico recorre siempre mi cabeza cuando escucho cosas como éstas, de las que nunca esperé recibir noticia alguna, acaso porque ni yo misma me planteé que tal cosa fuera posible. He encontrado más verdad en la novela que otros leen que en la que yo misma he escrito, acaso porque el sentido de un libro sólo se completa cuando es recibido por otro.

Angustia y ternura, para unos. Recuerdos de tías que fueron parecidas o madres que se comportaban igual que la de Adelaida Falcón, para otros. También rabia y agravio porque cómo va a ser esto en lugar de lo otro, y en otras ocasiones un fino hilo de melancolía en la voz de quien me habla de cómo, leyéndola, se desató el viejo nudo de las madres y las hijas, acaso también el de los viajeros y los que para vivir tuvieron que inventarse algo propio. Hay de todo en ese encuentro, a veces a toda prisa y de pie en una librería, con el lector que reescribe y corrige, que amplifica y embellece aquello que alguna vez alguien quiso construir de madrugada o en la mañana de un domingo, escribiendo a solas esa página que ahora resuena de otra manera en el corazón de alguien que no llegaré a conocer a fondo, pero que me concede, por un instante, la sensación fugaz de haber sido comprendido por alguien que nada sabe de ti y de quien nada llegarás a saber del todo. Sin duda: es el lector quien escribe.

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