Inicio > Libros > Narrativa > Dolor en todas las ramas del tiempo

Dolor en todas las ramas del tiempo

Dolor en todas las ramas del tiempo

El dilema no siempre orbita en torno a quienes decidieron precedernos en el tiempo, sino en torno a los lugares que, fabricando el futuro, anticiparon ese dolor catedralicio que traspasa las rodaduras de la vida. Lugares emparedados entre raíces de un grosor abisal; espacios tallados con esa piel que no elige sus quemaduras, pero sí cómo arder y con qué empeño cadaverizar la tierra donde todo se repite violentamente.

Frente al cuadro de una ciudad en llamas, el niño que protagoniza el cuento de Friedrich Hölderlin le pregunta a su padre: «¿Dónde estaba yo mientras sucedía la catástrofe?». El padre le responde que el incendio tuvo lugar hace más de trescientos años y que, en aquel momento, el niño no existía. El niño, que ha dejado de jugar, observa los detalles de un cuadro hasta entonces desconocido. Esos detalles reproducen en él una herida ilegible: impensable, a tenor de la no menos inconcebible predecibilidad del tiempo; honda, a la vista del rigor con que el niño repite la pregunta a orillas de su padre, ajeno a la vacuidad con que este, periódico en mano, lo impele a seguir jugando. El juego se vuelve banal ante la seriedad con que el fuego construye su andamiaje, más aún cuando el niño sugiere que él sí estuvo allí, que siempre estuvimos en lugares anteriores, que somos el fruto de un continuo histórico ininterrumpido en el que un espejo que no esté hecho de cristal puede horadar la carne del futuro.

"A la sombra de un árbol muerto es un ejemplo de cómo la circularidad narrativa puede y debe romper la barrera de lo formal"

El tiempo, al que ya hemos hecho alusión y en el que opera el trauma humano, no es una línea recta y superable, sino un ente cuya estructura, esférica y espiral, no permite el olvido. Así, al igual que el niño puede leer el humo, o cree leer en él el incendio, los personajes de A la sombra de un árbol muerto huelen el humo genital con el que Magdalena, una mujer santanderina que, a finales del siglo XIX, vive entregada al propósito de la maternidad, corrompe inconscientemente las veladuras nada tibias que la separan de la muerte. Esta percepción, que el lector siente con gravedad desde el inicio de la historia, demuestra que su autora, la novelista mexicana Mónica Rojas, ha construido un relato superior a los muralizados dramas familiares que, durante décadas, han colectivizado los dolores adyacentes de cualquier país.

A la sombra de un árbol muerto es un ejemplo de cómo la circularidad narrativa puede y debe romper la barrera de lo formal, en ocasiones también la de lo perfecto, y convertirse en un todo al que el lector deba adherirse desde un plano sugestivo. En la emoción evocada reside el descanso, y esa es la bellísima pretensión que articula el devenir de la novela: el silencio en torno al inocente que no puede, que no sabe desoír la causalidad heredada y que aspira, sin embargo, a que sus buenas intenciones no mueran como esos brillos que se exponen al sol presumiéndose inmunes. Ese inocente se aferra a la intuición, a las palabras no aprendidas que aceitan su primer cruce de caminos y se manifiestan contra los siempre virginales abecedarios de la explosión; se intuye entregado a una decadencia que no nació con él y, sin embargo, se esfuerza por florear su camino con inflexiones que terminarán decayendo en ese mar al que la pólvora acumulada habrá vaciado las entrañas.

Ese querer y no ser capaz, esa porfía contra la condenación ad aeternum que no hace sino refrescar a nuestros fantasmas y esa lucha por desperseguir a quienes cayeron en un cautiverio sin orden ni trazado y, aun así, vuelven a desbrozarse frente a la ausencia de aliento son las constantes de una novela que asume su excepcionalidad desde las primeras páginas y la despliega en su extraordinaria polisemia. A la sombra de un árbol muerto es la historia de Magdalena, Petra y Leonarda: tres mujeres emparentadas por el dolor desde que la primera de ellas tuvo que exiliarse de sí misma, primero en un pueblo de Cantabria y, más tarde, en México.

"Mónica Rojas ha entrado, por derecho propio, en el panteón de los autores que han conseguido una unión perfecta entre la palabra, la emoción y el espacio"

En los Altos de Jalisco, Magdalena acompaña a Juan, su esposo ya desaparecido, al frente de una hacienda puesta en pie décadas atrás por un tío de este. En los rotos atisbos de la maternidad que negrean las entrañas de Magdalena, hasta el extremo de calcinarla en la palabra y en el gesto, como si en lo germinante se agolparan esos bulbosos sintagmas que conducen a la extinción, se cifra primero el futuro de Petra y, después, el de su hija Leonarda: futuros atravesados por esa cortina de aire que perpetúa el primer dolor. Es un aire de textura imprecisa e intermitente que penetra los muros de la división y adquiere nuevas formas: cuerpos igualmente frágiles y penitentes, susurros que profetizan el desamparo, laberintos en los que una llamada primaria se repite para reforzar sus esquinaduras.

Junto a ellas aparecen distintas figuras masculinas, encabezadas por Juan, preñadas todas de violencia y de ese catecismo invasor y oclusivo que traumatiza los espacios, al que ni siquiera la violencia opuesta puede desmentir. La inmigración, como telón de fondo, y la revolución mexicana, como nuevo reglamento con el que percutir infructuosamente la circularidad del tiempo, polinizan una trama cuya complejidad convive con un ritmo lírico y vertiginoso, en el que todo retorcimiento sirve para aquilatar la verdad. Anudar la violencia terrenal, que es siempre material y política y, en gran medida, familiar, con el misterio, que, lejos de ser simbólico, es sobre todo metafísico y explicativo, era un reto a la altura de pocos novelistas.

Mónica Rojas ha entrado, por derecho propio, en el panteón de los autores que han conseguido una unión perfecta entre la palabra, la emoción y el espacio. A la sombra de un árbol muerto avanza a golpe de cincel: la sonoridad de esos golpes contribuye a agilizar una narración que, en otras manos, habría sido mastodóntica. Más que un fresco divulgativo sobre las estructuras patriarcales y los cauces epigenéticos que han permitido prolongarlas, la novela de Rojas es una inmersión en el dolor de las víctimas, un recorrido por los espacios etéreos que espinan el descanso de estas, mientras la realidad, siempre libre de arder, impone su repetición mediante nuevos protagonistas: mujeres y hombres que terminan asumiendo la identidad postergada de quienes los precedieron en la derrota. La autora de obras como Lobo y La niña polaca ha conseguido, a través de la poderosa metáfora del árbol muerto, que la subalternidad, lejos de ser una postulación inacabada del victimismo y del olvido, sirva como un archivo vital de quienes se engarzaron, por medio de la ceniza y el humo sibilante, en esa lucha que pretende interrumpir la esforzada repetición del tiempo. Allí, observando la ciudad en llamas, sabremos ver el destello que sigue mordiéndonos cuando concurre la noche.

——————

Autor: Mónica Rojas. Título: A la sombra de un árbol muerto. Editoriales: AdN. Venta: Todostuslibros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios