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Domingo Caballero: “No tener trabajo o tener un mal trabajo es una de las mayores torturas posibles”

Domingo Caballero: “No tener trabajo o tener un mal trabajo es una de las mayores torturas posibles”

Domingo Caballero (1941) falleció hace 4 años, dejando atrás una obra considerable como lingüista, psicólogo y poeta y una huella profunda en todos los que lo tratamos. Después de su homenaje en junio en la librería Kafka de Oviedo, donde acudieron familiares y amigos, Zenda publica esta entrevista inédita con el poeta Julio Rodríguez, realizada en octubre de 2017, a raíz de la publicación de su último poemario, Una silla roja (KRK). Ese libro arranca así: «En el polígono incoloro,/ tristemente gris,/ con sus almacenes opacos,/ asfalto virgen/ y farolas inútiles/ o moribundas, o mortecinas,/ se divisa/ el fogonazo ralo de una silla improcedente/ de un rojo leproso/ aunque brillante, pero pobre./ Silla bermeja,/ brochazos sedentarios/ que/ vistos desde un arriba cualquiera,/ a tiro de ángel sin ir/ más lejos,/ castiga y descompone/ la tópica geometría cuadrada/ de la mercancía a granel/ y os parpadea de/ bermejo macilento/ desde todas las lejanías./ Misteriosa silla/ cuyo sentido/ se nos destilará/ razonable e históricamente./ De verso a verso».

Edu Galán, 30 de junio de 2026

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Domingo Caballero (1941) es lingüista, psicólogo y poeta. Jubilado desde hace seis años, sigue siendo las tres cosas, aunque tal vez por otro orden. Desarrolló parte de su carrera docente como profesor de Psicología Social en la Universidad de Oviedo, donde muchos de sus alumnos enseguida encontramos en él la anhelada figura del Maestro. El buen maestro: aquel que muestra caminos, no el que obliga a seguirle por uno de ellos. Más allá del ámbito académico, su visión crítica del mundo laboral y de la situación social no escapa de los versos de su último libro de poesía, Una silla roja. Maestro, pero también amigo, me recibe con un cálido abrazo y la mirada astuta de quien trata de esquivar una entrevista, cosa que, afortunadamente, no consigue.

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—Para empezar, al grano. ¿Quién habla hoy en España de recesión y de paro? (Antes de que me conteste, le diré que esa pregunta la formuló Rajoy hace un par de años en un mitin en Pamplona.)

—Yo creo que Rajoy no se ha bajado de un coche oficial en la vida. A estas alturas, ya está claro quién es ese personaje y cómo ve la vida: lo ve maravilloso, de color de rosa. Es curioso que lo tengan tan claro, teniendo tantos argumentos en su contra que andan por la calle. Pero, joder, si hay unos pocos que se están hinchando (a dinero, a propiedades) y luego hay millones que no pueden ni ir a tomar una tortilla a la playa (ni deben ir, no vaya a ser que les ensucien la arena…).

—O sea, que seguimos en crisis.

—La cosa es tan grave que realmente estamos más allá de una crisis. Porque en una crisis se mantienen y conviven diferentes situaciones y contextos. Pero es que esto ya no puedes rehacerlo. Esto se acabó. Por eso esto más que una crisis es una “apocacrisis”; no sé si será poca, pero sin duda es apocalíptica…

—Apocacrisis…

(Risas) Me lo acabo de inventar. Pero es que, como sabes, las palabras son importantes. Lo que no nombras, no existe. Por eso me gusta el concepto de “precariado”, por ejemplo, que es más utilizable por la izquierda y tiene un halo como científico que le viene muy bien.

—Aunque los nuevos términos también vienen del otro lado: como la famosa “flexibilidad” aplicada al mundo laboral.

"Lo peor es que encuentras que a la gente le parece normal que se trabajen siete, ocho, nueve y hasta diez horas al día por el mismo salario y que además te salen con esa frase tan recurrente y terrible: Es lo que hay"

—Claro. Algo flexible es algo que se dobla hasta estar a punto de romperse. Ahora cambia “algo” por “alguien” y ya lo tienes. La flexibilidad laboral es un invento de la patronal y de ciertos políticos de determinadas tendencias para dulcificar la terrible situación del trabajador actual. Flexible quiere decir trabajar sin tasa, hasta la locura. Es un engaño que no se creen ni los propios que engañan, parece que se están riendo de nosotros.

—Pues el término “trabajadores pobres” también se las trae. Y no son pocos: alrededor de un 13% en España…

—Desde luego, es un gran hallazgo léxico: dice mucho más que si hablas de “trabajadores a los que no les llega el sueldo”. En cambio, el “trabajo pobre” como concepto está muy bien: es un adjetivo impropio muy propio.

—¿Y tan mal lo hemos hecho para llegar a este punto?

—Coño, no digas “lo hemos hecho”, eso es peligroso porque podría pensarse que somos los únicos culpables y que trabajando más todavía, que sería asunto nuestro, alcanzaríamos ya un cierto nivel. Otra trampa.

—Pero ahora parece que se impone el discurso de la recuperación económica y el descenso del paro (que baja en buena medida por los contratos temporales y precarios, y aún duplica la media europea). ¿No resulta un juego peligroso hacer discurso de un dato pésimo?

—Lo que resulta es una cabronada. Quien está en esto sabe perfectamente que la cosa está jodida digan lo que digan; ése lo que es, es un cínico. Y lo peor es que encuentras que a la gente le parece normal que se trabajen siete, ocho, nueve y hasta diez horas al día por el mismo salario y que además te salen con esa frase tan recurrente y terrible: “Es lo que hay” (es algo que se escucha mucho, sobre todo a los jóvenes). Es como aquellos dos judíos que estaban en la cruz y uno se quejaba y el otro le decía: “Cállate, no pongas las cosas peor”.

—Una aceptación general de la situación de precariedad. ¿Derrotismo, desánimo, indefensión? ¿Qué nombre le ponemos a eso?

"Se avecina tal cantidad de novedades en relación con lo que tenemos ahora que no nos va a reconocer ni nuestra madre. Entonces ¿qué sentido tiene ahí todo? Flexibilidad, no flexibilidad, derrotismo, indefensión…"

—Habría que ponerlos todos. El derrotismo, en todo caso, supone que podría ser de otra manera; en cierto modo, aunque no tengas fe en la victoria y te sientas derrotado, sigues estando en la batalla. El desánimo es un asunto más psicológico o individual, hay gente a la que el paro o la jornada de doce horas no le crea mayor problema, aunque a otra mucha sí, claro. Por otro lado, la indefensión pone al sujeto en el centro del análisis, cuando uno ya está tan total y absolutamente apaleado que piensa que de ahí no se puede salir y, por tanto, resulta hasta estúpido criticar la situación. “Es lo que hay”.

—¿Esta precarización del trabajo, que ya es estructural, ha venido para quedarse?

 —Bueno, por ahí aparece internet y aparece el pensamiento digital. Claro que esto habría que plantearlo ya desde otro plano, en un terreno filosófico, epistemológico. Se avecina tal cantidad de novedades en relación con lo que tenemos ahora que no nos va a reconocer ni nuestra madre. Entonces ¿qué sentido tiene ahí todo? Flexibilidad, no flexibilidad, derrotismo, indefensión… ¿Qué sentido va a tener este futuro que nos espera revestido de robot (robot en sentido amplísimo, con todas las posibilidades de las que hablan las revistas científicas), en donde tú ya no eres nada ni nadie y está ya todo estructurado? Aunque eso también podría tener una lectura progresista, todo depende de que la gente sea consciente. ¿Pero quién les hace conscientes? Ese es el problema. Porque, claro, la televisión no… Pero estamos hablando como si siempre fuera a ser igual. Y siempre podrá ser peor. Las futuras condiciones laborales serán todavía más duras. Y, además, el sujeto se queda fuera de juego, desarmado, porque tiene interiorizada la cabronada del trabajo tal como la conciben los que mandan.

Foto de 2014 en Oviedo, de izquierda a derecha, sentados Domingo Caballero, Maruja Torres, Javier Galán y Tomás Aramburu. De pie, José Errasti, Fernando Menéndez y Edu Galán.

—A pesar de que ahora nos encontramos con un trabajo líquido, casi gaseoso (volátil, escaso, nada seguro) frente al sólido trabajo de antaño, seguimos teniendo una mentalidad fordista…

—Y tanto. ¡Pero si la gente duerme con el móvil… por si acaso! O sea que no puede serlo más. Tienes que ir a todas partes con el móvil, pero no sólo por vicio, sino porque estás trabajando, que es cojonudo. Son las seis de la tarde y estás trabajando; son las siete de la tarde y estás trabajando; follas y estás trabajando. ¿O no? Se trata de eso, de que la gente trabaje mucho, muchísimo, de que no se queje, eso es una cosa fundamental, y de que cobre a la baja. Pero si eso ya lo dijo Merkel hace diez años: “Hay que bajar los sueldos y trabajar más”. Se me ponían los pelos de punta. Además, como ella tiene ese talante de matrona, dices: “Esta, si voy a su casa, me da cinco euros…”.

—Y luego está la otra cara de la moneda: quienes no pueden trabajar. ¿El desempleo, el no poder encontrar trabajo es una forma de violencia?

"En los periódicos nunca encontrarás una noticia hablando de uno de estos suicidios; dicen que fulanito falleció, y ya. Porque da miedo, porque en definitiva está vinculando la muerte al trabajo"

—Totalmente. Porque el trabajo define al sujeto y, si no tienes trabajo o tienes un mal trabajo, quedas disminuido como sujeto. Es una de las mayores torturas posibles. Y, por si esto fuera poco, se tiende a culpabilizar al parado porque carece de empleabilidad, porque no se prepara para ser empleable. Para eso hay que tener competencias. ¿Y qué demonios son las competencias? Hablar de competencias no es hablar de nada, hablar en el vacío: capacidad para controlar el estrés, para motivar y motivarse, para gestionar los conflictos… Pero dónde, cómo, con quién. Al final todos esos magníficos dones orientados a la empleabilidad, es decir, a la empresa, han terminado por infectar incluso a la universidad. Ya no se lucha por ser ciudadano con derechos, salud, carreteras…, sino para tener un buen puesto de trabajo, un estatus social que se refleje en nuestro consumo.

—El desempleo de larga duración, la incertidumbre, el desánimo, los desahucios… llevan cada vez más al alcoholismo, el consumo abusivo de psicofármacos o incluso los suicidios de los que nadie habla ni quiere hablar…

—En especial, de los 50 años en adelante: en esa franja hay muchos suicidios y no hace falta explicarlo porque es elemental: si tú tienes 20 años, dices “Todo llegará”, tienes 30, “Todo llegará”, pero si tienes 50, y llevas haciendo lo mismo durante 30 años, eso es terrible, encontrarse con que de repente te quitan la escalera, y la brocha, y todo. Una persona no puede aguantar ese nivel de vida (en el mal sentido de la palabra, porque es un nivel tan bajo, que es casi insoportable). Por eso se dan patologías mentales “a barullo”. Pero está prohibido hablar de ello. En los periódicos nunca encontrarás una noticia hablando de uno de estos suicidios; dicen que fulanito falleció, y ya. Porque da miedo, porque en definitiva está vinculando la muerte al trabajo.

—Una consecuencia trágica de esa “desestabilización de los estables” de la que hablaba Robert Castel, que hoy se ha multiplicado.

"La economía marcha bien, pero marcha bien la economía, no los sujetos. Y no tienen por qué marchar bien: si marchasen bien, se vendría abajo el sistema"

—Sí, y luego está el caso de las mujeres. Les han engañado de una manera… No por la igualdad de derechos, faltaría más, sino porque se han cargado de mayor trabajo, es una esclavitud, y encima muchas se sienten reinas, en cierto sentido igual que antes, “la reina de la casa”, ahora de otra manera, con una cierta libertad sexual y de relaciones, pero por ahí vamos. No sé si lo han propuesto los tíos, o cómo será, pero están pagando muy cara su liberación. No sólo es que las cargas domésticas se hayan unido a las laborales, es que tienen que vestirse, tienen que usar cierto tipo de ropa, tienen que hacer cursillos para que los labios estén mejor doblados y cosas así. O sea, un trabajo desde que se levantan… los hijos, en la oficina, la cena, y esto que estamos comentando… están hasta aquí. Y los tíos… los tíos se están descojonando. La mayoría. Están como estaban.

—En su último libro de poemas, “Una silla roja”, expone la idea de que la tarifa nos constituye a todos. ¿El trabajo es o puede ser una forma de prostitución?

—La prostitución es una forma de trabajo. Aparte de eso, se puede uno prostituir de muchas maneras. Todos vendemos nuestro cuerpo, todos tenemos una tarifa. En este sentido, el trabajo tiene dos vertientes: está el trabajo que te glorifica, que te estructura personalmente, que te organiza y que lo haces con amor (a veces cabreándote) y que lamentablemente es minoritario; y luego está el otro trabajo, el de la mayoría, que es el oficio del esclavo, explotado a manos de un negrero. Es todo lo que se puede decir del trabajo, no hay mucho más. Y esta segunda forma de trabajo no deja de ser una forma de prostitución.

—¿Acabarán acusándonos de haber, ya no vivido, sino “sobrevivido” por encima de nuestras posibilidades?

—¡Si ya lo han hecho! Y lo siguen haciendo, incluso lo hacemos nosotros mismos cuando bajamos la cabeza diciendo “Es lo que hay”. Si protestamos, estamos pidiendo demasiado. La economía marcha bien, pero marcha bien la economía, no los sujetos. Y no tienen por qué marchar bien: si marchasen bien, se vendría abajo el sistema.

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