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Marta Solano: “Las guerras se olvidan muy rápido”

Marta Solano: “Las guerras se olvidan muy rápido”

Hace una semana falleció Slavenka Drakulić. Las noticias del Mundial y el ruido político impidieron la visibilidad de su obituario. Apenas un artículo en El País y otro en Ara. La piel está toda en el tuit de Marc Casals. Aunque no hubiera habido campeonato de fútbol, quizás el resultado hubiera sido el mismo. Pocas escritoras han identificado la banalidad del mal, tan común en los conflictos armados, como lo hizo ella en su libro No matarían ni a una mosca (Libros del KO), un manual del horror de la guerra desde la cotidianidad. Otra periodista, Marta Solano, nos lleva a conocer ese horror en su nueva novela, La ciudad de los girasoles (Berenice, Almuzara), aunque esta vez desde el punto de vista de los más débiles, los niños y los adolescentes, que tienen que resistir para salvar sus vidas y también para poder contar lo que ha ocurrido, y que nadie lo olvide. Lo dice Solano en su epílogo: “La verdadera justicia no sólo reside en los tribunales internacionales, también en la memoria”.

Hablamos con Marta Solano acerca de lo rápido que olvidamos las guerras, sobre la resiliencia de los girasoles y de levantarte cada día aunque no veas la salida.

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—Cuánto dolor hay en el subtítulo de su libro: la infancia como botín de guerra.

"Hay un plan preestablecido inicial para robar a estos menores. No es casualidad. No es obra de cuatro soldados borrachos que hacen fechorías"

—Llevo más de veinte años dedicándome a la información, hablando de muchas guerras, y me parece increíble que estos temas no se traten. Por este motivo empecé una investigación. El 90% del libro es real, pero usé la ficción porque tenía algunas lagunas y porque creía que de esa forma iba a tener más libertad para llegar hasta el fondo del asunto y, sobre todo, porque con una novela iba a conseguir un retrato más humano. Uno de los aciertos del libro —eso es lo que me dicen los lectores— es que los protagonistas no son militares, no son espías, no han sido entrenados para la guerra, son civiles y, además, los civiles más vulnerables, los menores. Hay dos hermanos adolescentes y otros dos que son unos niños pequeños; estos últimos serán secuestrados por el enemigo. Esta trama no es una ficción: esto pasa todos los días. La ONU ha denunciado que hay 32.000 menores secuestrados en las guerras actuales, robados para diferentes fines como botín de guerra. Hay un plan preestablecido inicial para robar a estos menores. No es casualidad. No es obra de cuatro soldados borrachos que hacen fechorías. Los gobiernos dan órdenes para conquistar este territorio, hacerse con sus materias primas y robar a estos menores. ¿Por qué hacen esto? Primero, porque es el mayor daño que puedes hacer a tu enemigo y, segundo, porque estamos ante un gran problema demográfico en un mundo polarizado que necesita ejércitos, soldados y madres de futuros soldados. Esa es la razón de que existan esas cifras: más de 32.000 niños robados en las guerras.

—Usted dedicó el trabajo de fin de máster en Relaciones Internacionales a las víctimas más vulnerables de la guerra: los niños. 

—Cuando estaba haciendo el máster de relaciones internacionales no tenía muy claro sobre que sería mi TFM (Trabajo de Fin de Máster). Entonces asistí a una conferencia de UNICEF donde hablaban sobre esos niños robados. Me sorprendió como periodista y dije: “Bueno, pues ya tengo tema de investigación”. A partir de ahí, comencé a acceder a fuentes internacionales que trabajan en primera línea en estos casos en todo el mundo. Entrevisté a abogados penalistas que llevan estos casos en la Corte Penal Internacional, hablamos de crímenes de guerra y de genocidio. También hablé con víctimas, con rescatadores, con oenegés y con investigadores que a través de satélites monitorizan estos casos. Estos últimos localizan, por ejemplo, un lugar en el que ven que entra el triple de camiones de comida que hace un mes, y empiezan a seguir el rastro. Es fácil intuir que ahora hay menores. Hay gente que se juega la vida para cruzar fronteras, líneas de guerra, para rescatar a esos menores y traerlos de vuelta a casa. Muchos fallecen en los traslados, mucha gente inocente está muriendo y los que consiguen volver lo hacen con unas cicatrices tremendas. ¿Qué ocurre cuando roban a los niños? Que tienen un plan establecido: les cambia de nombre al minuto, de pasaporte, de identidad… Tienen una red de adopción ilegal. En las guerras no se puede adoptar. Preparan esa red para darles una nueva nacionalidad, cambiar sus nombres y hacerles unos pasaportes, para poder entregarlos a las familias en las que estos niños van a crecer. La mayoría de ellos son bebés, niños de dos o tres años, que nunca sabrán su verdadero origen; muy pocos vuelven. Otro hecho terrible es el que ocurre con todos esos niños que acaban solos, porque han matado a sus padres en un bombardeo, y terminan en las redes de las mafias internacionales, cuyos fines son otros. Estas mafias no están interesadas en la adopción, sino en la trata, el tráfico de órganos, etcétera.

—Siria.

—Y también muchos de los que van a subir a una patera, que, por ejemplo, vienen de la guerra de Sudán, uno de esos conflictos armados olvidados. Muchos niños huyen de las guerras, sus padres han muerto y se convierten en víctimas vulnerables. Esos niños pueden caer en manos de cualquiera.

—Y también están los niños soldados.

"Cuando ya tienen una cierta formación, los ponen en primera fila, como carne de cañón"

—He podido hablar con niños soldados. Este tema ha aparecido más en los medios de comunicación, pero no se profundiza mucho en las heridas de estos niños. A estos chicos los secuestran y los llevan a una especie de campamentos militares donde reciben todo tipo de maltrato psicológico y físico, donde tienen que escuchar y cantar el himno del enemigo, donde no les dejan hablar su idioma. Y donde les forman como militares, con todo tipo de humillaciones y sin ningún tutor que les defienda, sin ningún derecho. Y cuando ya tienen una cierta formación, los ponen en primera fila, como carne de cañón, porque, total, son del enemigo, no son su gente, para que disparen contra su propio pueblo. Y el que no lo hace, va a morir igual. Algunos logran desertar, escapar, la mayoría son las primeras víctimas. A los que son más mayores les hacen falsas promesas. Les dicen que su país les ha abandonado y que se vayan al suyo, que es más grande y más fuerte; les proponen un título universitario, un futuro. Pero para lograrlo primero tienen que luchar contra su propio pueblo. Es todo propaganda. Esos niños soldados acaban siendo altavoces de esa propaganda para que otros niños sigan sus pasos. Al final todos acaban convertidos en juguetes rotos.

—El país de la novela es inventado, Kyros, pero recuerda mucho a Ucrania, donde todavía hoy se vive una guerra que parece olvidada. 

—Las guerras se olvidan muy rápido. En mis novelas —esta es la primera que escribo para adultos— siempre aparecen los medios de comunicación, como el equipo de televisión. Y también la radio, que hace compañía en los peores momentos, no sólo informa, sino que da un abrazo cálido. Esa fugacidad de las noticias también aparece en la novela. Lo que es ahora noticia está agotado a la media hora en las redes sociales y es posible que ni siquiera salga en el periódico de mañana. Hay que aprovechar cuando el foco está en ti para convertir a esos niños que han sido víctimas en altavoces. El personaje principal de la novela, Liv, es una adolescente que es una víctima porque han secuestrado a sus hermanos y también porque luego ella cae en las garras de sus enemigos. Liv evoluciona para hacer de esa causa su vida. Esto es algo que se ve mucho en gente que ha sufrido en cualquier tipo de catástrofe, en una guerra y también en un accidente de tráfico. No puedes recuperar al ser querido que has perdido, pero te conviertes un poco en el abanderado de la causa para otra gente. Necesitas ayudar a los demás en algo tan doloroso porque es una situación que te cambia la vida por completo.

—La resistencia se convierte en la única forma de vida.

—Exacto. No te queda otra. Tú no puedes olvidar. Yo no he estado nunca en una guerra. Pero he perdido a familiares, y no ha sido de una manera trágica ni violenta. Esas muertes pasan a formar parte de tu vida convertidas en cicatrices. Como periodista, he cubierto muchas informaciones de desaparecidos; en esos casos no puedes tener un luto. Y como no puedes tenerlo, para ti siguen vivos.

—Otro de los temas importantes de la novela es la lucha por conservar la memoria.

"En las guerras, el enemigo no sólo quiere matar a los soldados rivales, lo que busca es destruir, acabar, aniquilar, borrar del mapa por completo tu identidad"

—Importantísimo. En todas mis novelas lo es. Es que para mí lo más importante que tengo son mi familia, mis raíces, mi identidad. En las guerras, el enemigo no sólo quiere matar a los soldados rivales, avanzar más en la línea del frente, lo que busca es destruir, acabar, aniquilar, borrar del mapa por completo tu identidad. Por eso, al robar a los niños, les estás robando su futuro. Se trata de destruir su esencia. En las guerras vemos el peor rostro del ser humano, pero en mi libro también hay esperanza y amor gracias a la resiliencia, que consiste en levantarte cuando no ves salida. Y creo que al final flota más esa esperanza, que es la que acaba ganando la guerra en el libro. En este diálogo entre luz y oscuridad, creo que, al final, gana la luz.

—En el orfanato de su historia vemos a niños que se convierten en adultos y a adolescentes en viejos. La guerra lo acelera todo. 

—No les queda otra. En la primera parte de la novela, mi protagonista está en un orfanato. Muchos de los que están allí no son huérfanos, pero, como ocurre en la realidad, estos niños quedan bajo la tutela del estado porque sus padres están en el frente. Esta joven tiene que hacer de madre de sus hermanos pequeños; no es algo que ella quiera, pero no ha conocido otra cosa que los drones y las bombas. Su primer amor es torpe, lleno de pólvora y sin ningún tipo de intimidad. Y lo mismo ocurre con la maternidad. En las guerras las madres no pueden dar a luz tranquilas, lo hacen en refugios bajo las bombas, en sótanos. No pueden criar a su hijo con normalidad. No tienen qué darles de comer, no tienen un regalo de Navidad, un detalle. Viven con miedo permanentemente. Eso les hace valorar qué es lo importante.

—Ahora, con los drones, estamos ante una deshumanización de las víctimas y, también, de los verdugos.

"Mientras la ONU decretaba la hambruna en Gaza, en la calle se veían figuras fantasmagóricas de personas, como esqueletos, y a la vez perros muy gordos"

—Es terrible. Esta novela es muy sensorial. Nunca había escuchado un dron; la primera vez que lo hice fue en una conferencia. Un dron, antes de estallar, suena como una moto que se está acercando. Ese sonido te da miedo. Es como cuando escuchas cierta música en una película de terror: sabes que va a pasar algo malo. Y sí, las guerras se han deshumanizado. El retrato que hago es de una guerra actual que podríamos vivir cualquiera de nosotros. Hace poco escuché a un miembro de UNICEF, que había visitado Gaza después de los últimos bombardeos del genocidio que se habían vivido en la Franja de Gaza, contar que mientras la ONU decretaba la hambruna en esa zona de Palestina, en la calle se veían figuras fantasmagóricas de personas, como esqueletos, y a la vez perros muy gordos. Los perros sí tenían comida.

—En los escombros.

—Sí. Esa imagen es muy potente. Siempre intento no traspasar la línea del sensacionalismo. A veces una imagen, una metáfora, es más potente.

—La guerra es como ese cuadro de Goya, Saturno devorando a su hijo, acaba con toda posibilidad de futuro. Trunca la ilusión, como dice Juan Cruz en la contraportada de su novela. 

—Si hablamos de violencia vicaria, este es el mayor daño que puede hacer un maltratador a su mujer, más allá del maltrato psicológico o de la paliza que le puede dar: hacer daño a sus hijos. Ese es el mayor daño que también le puedes hacer a tu enemigo en una guerra: quitarle a sus hijos. Esto pasó en la Segunda Guerra Mundial. Hitler, que tenía ese plan de raza aria, intentó al principio llevar a cabo el Lebensborn, cruzando a mujeres rubias que cumplían ciertos requisitos con oficiales de las SS. Eso tardaba mucho tiempo y no era muy fructífero. Y entonces decidió directamente robar a niños de Noruega, nórdicos, eslavos de Ucrania, de Polonia, rubitos con ojos azules. Pero es que hay más: no es solo robar niños; cuando robas niños estás diciéndole a tu enemigo que se acabó, y más ahora que estamos en una crisis demográfica tremenda en casi todos los países excepto en África. Esto no es una distopía: sin niños no tenemos futuro. ¿Quién va a trabajar? ¿Quién va a pagar las pensiones? ¿Quién va a hacer este país grande? ¿Quién va a competir en un Mundial? ¿Quién va a ser el futuro? Sin ellos nos extinguimos. Y eso es lo que quiere el enemigo, acabar con nosotros, borrarnos para siempre. Que no haya una generación que pueda vengar la guerra.

—Respecto a lo de la memoria, al leer la novela me acordé de algo que me contó el reportero Alberto Rojas, que estuvo en Ucrania desde el comienzo de la guerra. Muchos de los soldados que participaron en la invasión están muertos; Rusia los envió a primera línea, para que no quedaran testigos de lo que ocurrió.

"Por mucho que los «malos» intenten borrar sus huellas, algunas son imborrables. Como cuando vemos las fosas comunes de Bucha o los bombardeos de hospitales en Gaza"

—Se supone que en las guerras hay normas. Está el Convenio de Ginebra; los civiles durante las guerras tienen derechos y hay cosas que los ejércitos no pueden hacer. ¿Qué ocurre? Que se está incumpliendo continuamente la legislación internacional sobre este tema. Eso debería tener consecuencias en un tribunal, en una Corte Penal Internacional, y hay muchos dictadores que han pagado por crímenes de guerra. Pero ahora mismo tenemos también a Netanyahu, con una orden de detención, a Vladimir Putin, a su consejera María Lvova-Belova y a muchos otros que están en libertad. Sí que hay dictadores de países africanos que acaban sentándose en esos tribunales internacionales, mientras que hay otros que sabemos que posiblemente nunca se vayan a sentar en esos banquillos. ¿Y qué es importante para ellos? Por si acaso, no dejar testigos. Cuantos menos testigos, mejor. Lo que pasó, por ejemplo, en el caso de la masacre de Bucha. Aunque cada vez es más difícil que no haya testigos, con las imágenes tomadas por las cámaras que graban desde los satélites espaciales. Por mucho que los “malos” intenten borrar sus huellas, algunas son imborrables. Como cuando vemos las fosas comunes de Bucha o los bombardeos de hospitales en Gaza. Los cadáveres también hablan; los muertos hablan y tienen dignidad. En la novela cuento una cosa que es real: una patrulla de soldados que se dedica a rescatar cuerpos de caídos de combate, no sólo del bando contrario.

—La portada de la novela introduce al lector en la narración antes de la primera página. No está elegida al azar.

—Quería que estuvieran los girasoles en la portada. Cuando aparece ese campamento, hacia la mitad de la novela, hay un antes y un después. El girasol es una flor que es el símbolo de muchos países por su resiliencia, porque se agarra muy bien a la tierra y tiene ese aura de esperanza. El rostro de Liv tenía que estar en la portada porque su mirada es nuestra guía; ella es la gran protagonista y debía aparecer entre las bombas y los cascotes. De esa forma se juntaron los tres conceptos en la portada: el escenario de la guerra, la voz de la protagonista y la esperanza de los girasoles.

—Terminamos. Próximo proyecto de escritura.

—Una novela histórica que tenía escrita antes de este libro. Es un libro ambientado en el Egipto de los Ptolomeos. Cuando acudí a aquella conferencia del máster, de la que he hablado antes, me vi en la necesidad de escribir una novela sobre la guerra y los niños. Ahora estoy volviendo para atrás para corregir esa novela de los herederos de Alejandro Magno. Espero tenerla terminada para finales de año.

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