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¿Dónde has estado durante toda mi vida?

¿Dónde has estado durante toda mi vida?

Estás furioso con los libros que has leído,
ninguno de los cuales te ha preparado para esto.
Sin duda has leído los libros que no sirven.
O los has leído como no hay que leerlos.

En algún momento temprano de nuestras vidas, todos nos encontramos con la ambigua certeza de que las preguntas suelen tener varias respuestas válidas. Esta realidad nos complica mucho las cosas. Invitados, desde la académica infancia, a auscultar el mundo en busca de soluciones prácticas, chocarnos con algo como el amor quiebra por completo nuestras miradas. El amor descentra por completo el orden del pensamiento porque le envía señales confusas, estímulos que proceden de direcciones opuestas. Y, de alguna manera, sirve como preludio para una vida en la que las cosas adoptan siempre formas indescifrables. El hecho de que tantas respuestas sirvan conduce, inevitablemente, a que ninguna de ellas nos convenza lo suficiente. Todo resulta fatalmente relativo. Julian Barnes lleva mucho tiempo con el foco girado, dispuesto a no tratar de proporcionar más respuestas que la que corresponda a la siguiente cuestión: ¿por qué no podemos evitar seguir haciéndonos tantas preguntas?

Hay muchas personas que consideran que lo óptimo es escribir sobre personas a las que admiras. Otras prefieren hacerlo sobre cosas que desprecian. Yo, personalmente, creo que ninguna de las dos cosas resultan particularmente sencillas, dado que el nivel de implicación emocional es, en ambos casos, un obstáculo para el análisis y la amplitud de perspectiva. Mi distancia emocional con la obra de Julian Barnes es mínima; mi admiración hacia él es grande. Así que escribir sobre La única historia, última novela del autor inglés —publicada, como es costumbre, por Anagrama—, no es fácil para mí. Me conviene, pues, replegarme para tratar de encontrar mi punto de conexión con el trabajo de Barnes, deconstruirlo y, a partir de ahí, elaborar discurso.

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Las primeras novelas publicadas por Julian Barnes fueron un estallido, un estado de excitación general. De El loro de Flaubert Hablando del asunto, sin olvidar Una historia del mundo en 10 capítulos y medio, Barnes fue capaz de conjugar una permanente experimentación narrativa y estilística con la hondura dramática de su búsqueda en torno a las grietas afectivas. Sus artefactos literarios, de alguna manera, son siempre plenamente conscientes de su condición como elementos de representación, lo que permite a su prosa conversar consigo misma de manera continuada, tratando siempre de encontrar vías de respiración, de no estancarse en lugares ya contemplados.

Esta conciencia literaria de su producción sufrió un golpe drástico con el fallecimiento de su mujer, la también escritora Pat Kavanagh, en el año 2008. Este evento biográfico es crucial a la hora de comprender el trabajo posterior de Barnes, siempre tiznado por una sensación de pérdida que no latía en sus primeros libros —los cuales se entregaban, de manera algo lúdica, a la exploración de los rincones menos iluminados de las relaciones humanas—. Esa nueva capa de pintura proporcionó a El sentido de un final la capacidad de amalgamar toda la experimentación previa de Barnes y fundirla en un relato elegantemente melodramático, calmadamente reflexivo. En Niveles de vida, el escritor inglés se liberó directamente de los lazos de la ficción y escribió, en clave de ensayo sobre la pérdida, algunas de las páginas más hermosas de la literatura contemporánea.

Es posible que mi comunión con Julian Barnes llegase en primer lugar por mi fascinación ante su habilidad como novelista, ante su pericia técnica y la complejidad de pensamiento que se esconde tras algunas de sus primeras obras. Sí: es muy posible que toda esa madeja estilística quebrase mis primeras barreras sin dificultad. Sin embargo, el acceso a mi intimidad se lo atribuyo a una cuestión siempre más básica: su capacidad para comprender cosas de mí mismo que yo apenas comprendo. No sé si es sabiduría; es posible que no. Creo que la lucidez de Barnes no sigue los caminos de la ostentación, sino otros senderos diáfanos, campos abiertos destinados al ejercicio de la empatía. Pienso que él entiende bien al ser humano porque ha decidido de una vez por todas dejar de intentar entenderlo. Ahora escucha y pregunta. Y no juzga las respuestas. Porque, una vez más… todas las respuestas son válidas.

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Así pues, reubiquémonos mientras podamos: A sus recién cumplidos 73 años de edad, Julian Barnes viene de publicar La única historia. El punto de vista narrativo se coloca en una posición muy similar a la de El sentido de un final: un hombre al final de su vida —intuimos que es ahí donde Barnes se ubica a sí mismo— observa con minuciosidad una serie de eventos amorosos que marcaron su juventud y que, irremediablemente, condicionaron el resto de su vida. Escribe, a la sazón del primer amor —del de su personaje y del concepto general—:

Si algo he descubierto a lo largo de los años es que el primer amor sienta una pauta para toda la vida. Puede ser que no supere a los amores posteriores, pero a estos siempre les afectará la existencia del primero. Puede servir de modelo o de ejemplo negativo. Puede ensombrecer a los amores siguientes o, por otra parte, puede facilitarlos o mejorarlos. Aunque en ocasiones el primer amor cauteriza el corazón, y lo único que encontrará quien busque después será tejido cicatricial.

Esa es la tesis de La única historia, que anuncia desde su título su posicionamiento en torno al amor, en línea con lo que Julian Barnes lleva décadas apuntando: el autor inglés comprende al ser humano como una suerte de lienzo en blanco al que cada vínculo afectivo hiere con colores indelebles. De esa manera, el primer amor genera un precedente cromático inevitable, en tanto dispone de la libertad para elegir la primera dirección a tomar. El cuadro se pinta a partir de ahí. Y, si en El sentido de un final ya se coqueteaba con la construcción de una relación marcada por el tiempo como principal obstáculo —es decir, con una ostensible diferencia de edad—, La única historia se abraza definitivamente a esta circunstancia. Aquí, Julian Barnes nos cuenta la historia de amor entre Paul, un joven idealista de 19 años; y Susan McLeod, una mujer madura y casada de 48.

Esta tesitura le sirve para centrarse en aquello que a él le interesa: el vínculo afectivo más allá de connivencias sociales. La distancia entre Paul y Susan es tal, la afrenta que su relación supone para su entorno posee tal envergadura que sólo un amor sincero puede justificar la prolongación de su vínculo. Sin embargo, la descompensación en los tiempos y el impacto de lo sociocultural —los espacios— acaban por definir también el devenir de ese amor en principio pulcro, fraguado de manera inocente en un exclusivo club de tenis londinense. Este contexto nos remite, por su propia naturaleza, a Match Point, el thriller en el que Woody Allen reflexionaba sobre la relevancia de los encuentros azarosos de cara al desarrollo de una vida. Aquí, el tenis vuelve a servir como campo metafórico ideal para entablar un diálogo con las emociones humanas: la disposición de un intercambio de golpeos; la necesidad de coordinar movimientos en una pista de dimensiones reducidas, de no invadir el espacio del otro, de asumir sus defectos…

Sin embargo, si Allen planteaba esa metáfora desde el enfrentamiento, Barnes vuelve a hacerlo desde la empatía. A Allen le interesa la competitividad como motor de las relaciones humanas; Barnes se introduce en el mundo de los dobles y del compañerismo, lo que desvela un interés profundo por analizar los mecanismos a través de los que una pareja gestiona sus espacios comunes. Además, en el caso del escritor británico, el tenis no es autoconclusivo como metáfora —¡nada en Julian Barnes lo es, todo es exponencial!—, sino catapulta: a partir de esa comprensión tenística previa comienza a gestarse un amor que, adentrado en estados más avanzados, ya no admitirá metáforas tan ancladas a la superficie.

Volvamos a la descompensación temporal, quizá uno de los grandes triunfos de La única historia desde un punto de vista estrictamente narrativo. Dado que Paul se refiere a los hechos desde el presente, siendo ya un hombre mayor, habla desde la conciencia de la muerte de Susan, acaecida ya años atrás. De esa manera, el narrador obtiene una enorme perspectiva acerca de lo acontecido, proporcionada por todos esos años de diferencia de los que él ha dispuesto para reflexionar sobre todo ello. En cualquier caso, vuelve a no existir tipo alguno de clarividencia en los personajes de Julian Barnes. Lo que Paul hace no es más que una descripción somera de los eventos, acompañada por reflexiones que los ponen siempre en cuestión, sin llegar a alcanzarse nunca un punto conclusivo, de cierre. De hecho, Barnes escribe: “Nada termina nunca, no cuando ha llegado tan hondo“.

Al comienzo de Niveles de vida, Barnes escribía:

Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.

Hay cierta quietud nerviosa, palpitante en las sentencias de este escritor cuyos esfuerzos primordiales se dirigen a tratar de capturar la atmósfera olvidada de los amores pasados, en un ardid casi pictórico y expresionista. Tanto en El sentido de un final como en La única historia, la memoria del protagonista despliega una serie de recuerdos fragmentados —escribe: “Miré su perfil y volví a recrear momentos de mi propio cine íntimo”— que, al final, desvelan una imagen mucho más dubitativa de lo que podrían resultar esos flashes considerados en solitario, asaltados por una belleza íntima y delicada. Y Barnes se pregunta, al final:

¿Cuál era la formulación correcta, o más correcta?: ¿”La vida es hermosa pero triste” o “La vida es triste pero hermosa”?

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En este momento temprano de mi vida, desconozco todavía cuál puede ser la utilidad de la literatura, aunque cada vez tengo más claro que imprimirle un necesario utilitarismo sería desprestigiarla. Desconozco, a decir verdad, la mayor parte de las cosas que se supone que uno debe saber para vivir en plenitud. No puedo decir que todo ello no me preocupe, aunque lo cierto es que cada vez dedico menos tiempo a pensar en las cosas que no sé. A lo largo de los últimos años, una serie de eventos —amores, muertes— han descomprimido mis esquemas mentales y los han depositado en un contenedor de reciclaje. Me armo de valor para afirmar lo siguiente: es muy posible que uno de esos eventos —y quizá uno de los más importantes— fuese el descubrimiento de Julian Barnes. Pensé entonces respecto a él, y sigo pensándolo ahora, aquello que Susan echa en cara a Paul, por no haber aparecido en su vida hasta los 48 años.

¿Dónde has estado durante toda mi vida?

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Autor: Julian Barnes. Traductor: Jaime Zulaika. TítuloLa única historiaEditorial: Anagrama. VentaAmazonFnac y Casa del libro.