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Un caso real traducido a literatura

Un caso real traducido a literatura

Alma es periodista y escritora y también es la protagonista de un libro titulado La sonrisa de los pájaros. A su vuelta a Paraíso, la urbanización en el campo donde se crió, Alma decide escribir un libro sobre el crimen del milano negro, así que podríamos decir que su relato es un making of de un libro. Curiosamente, a mí me toca escribir un making of de mi último libro, que es, por sí mismo, un making of.

No es lío, tranquilos. Verán, este making of comienza con Lea Vélez, una niña de ciudad, madrileña de toda la vida, conduciendo por el monte y pensando en lo poco que sabe de monte. O en lo mucho que sabe, ve y observa sobre el monte, pues lleva la mitad de su vida viviendo fuera de la ciudad, pero no domina el lenguaje del campo, con su glosario de nombres de herramientas, regueras, tesos, caminos y lomas. La escritora se pregunta si se puede saber de campo sin dominar el lenguaje del mundo rural, del mundo de la caza, el senderismo, la ganadería, la búsqueda de setas o de la botánica. Ella no conoce los nombres de las aves, no conoce los nombres de los árboles que bordean el río, formando un bosque en corredor, no tiene en la mente los nombres de los parajes como los tendría el pastor que atraviesa los campos con sus cabras y ovejas cada mañana y cada atardecer. Le preocupa descubrir que a veces solo existe lo que tiene nombre, y decide explorar esas ideas y plasmarlas en el papel. La escritora, mucho más motorizada que el pastor, también atraviesa cada mañana y cada tarde los campos del valle del Guadarrama en su todoterreno y un buen día, veinte años después (en realidad son dieciocho) de mudarse al campo, ve un ave rapaz de tonos cobrizos posada en el poste del teléfono. Cada mañana, la escritora se fija en el comportamiento de este animal, que parece posar para ella y decirle desafiante: “¿Qué sabes de mí? Nada, no sabes nada”. La escritora comienza a obsesionarse con él. “¿Qué eres?”, le pregunta, “¿un águila, un milano?”. A la escritora le da rabia interesarse por algo y no tener a mano las respuestas, así que empieza a investigar.

"Me fascinaba ese lenguaje de la acción, pura acción y naturaleza. En esos cuadernos de campo se describe lo que sucede, lo que se va viendo porque está vivo, reacciona, interacciona"

“Comencé a darme cuenta de que esa rapaz estaba ahí todos los días, como si me anunciara mi próxima novela. Unos días se acicalaba, otros cazaba, otros sobrevolaba el valle en círculos, hasta que un día la vi dar la cuchillada a una torcaz que cayó junto a mí, cerca de la carretera, en un estallido de plumas. Fue sorprendente, emocionante y literario”, dice la escritora recordando el instante (sí, las escritoras en promoción solemos entrevistarnos a nosotras mismas y, a veces, no solo escribimos las solapas de nuestros propios libros, sino que escribimos también los relatos de nuestros propios relatos). “Me di cuenta de que no sabía nada de aves”, prosiguió diciendo la escritora, “porque nunca les había prestado especial atención, pero todo parecía llevarme a obsesionarme con ellas. Empecé a descubrir cómo las aves de distintas especies (todos los animales, en realidad) estaban interconectadas. Por los movimientos de un bando de tordos, por su forma de dispersarse y el pánico que me contagiaban cuando el depredador estaba cerca, entendí algo que ya sabía, que los movimientos corporales de los animales o de las personas son lenguajes que nos están tocando todo el tiempo, y que si miramos intensamente, con curiosidad, podemos descifrar cosas sobre nosotros mismos que habitualmente nos pasan desapercibidas. Todo aquello me envolvía, porque cada día atravieso por el mismo paraje, y paralelamente empecé a leer algunos de los textos que colgaba en las redes mi primo Miguel, que es biólogo y apicultor y cetrero profesional. En ellos contaba los lances, las salidas con sus halcones, las maravillas campestres con las que se encontraba al abandonar la vida de todos y meterse en soledad por entre las fauces del monte. Me fascinaba ese lenguaje de la acción, pura acción y naturaleza. En esos cuadernos de campo se describe lo que sucede, lo que se va viendo porque está vivo, reacciona, interacciona. Se habla en primera persona desde la acción del caminante, y me pareció genial abrir con un cetrero que habla así, en su diario de campo, sobre las aves y la naturaleza, describiendo la reguera por la que camina con botas de agua, o cómo es la niebla o la nieve mientras avanza agazapado, pero que en lugar de encontrar perdices para su halcón se da de bruces con el cadáver de una mujer en la reguera. Eran dos mundos que chocaban de forma brutal, el de los urbanitas como yo que se han mudado al campo y el de la gente de campo de verdad.

Los textos cetreros me mostraban un lenguaje críptico y bellísimo, que parecía aletear frente a mis ojos con un sonido ancestral. Había una esencia de Delibes ahí que atizaba mi ignorancia. Quise descifrar ese lenguaje que no terminaba de comprender del todo, y decidí crear un personaje que lo supiera transmitir al lector y que, efectivamente, encontrase un cuerpo entre los árboles en una de sus salidas con su halcón, porque esta es la historia de un asesinato, es la historia de un caso real traducido a literatura que llevo guardando en mis archivos durante veinte años. Un crimen que avivó mis emociones cuando yo era muy joven, como la protagonista de esta novela. Un crimen por el que un hombre que podría ser inocente lleva media vida en prisión.

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Autora: Lea Vélez. TítuloLa sonrisa de los pájaros. Editorial: Destino. VentaAmazonFnac y Casa del libro.