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Dos cabalgan juntos (VI)

Nueva entrega en que dos escritores exponen su punto de vista sobre un mismo tema. García Ortega y Pérez Zúñiga, como Stewart y Widmark en el filme de John Ford, cabalgan juntos cada primer miércoles en pos de un único destino: la literatura.

El selfi del héroe. Adolfo García Ortega

¿Qué es un héroe? Una idea de superioridad que la realidad refrenda ante una acción de logro casi imposible. El doblegar ese “casi” produce una admiración que, lejos de ser envidia —pues generalmente la acción superada se da en circunstancias tan terribles y extremas que nadie desea verse en el trance de tener que pasar por ellas—, es franco reconocimiento, propenso, en última instancia, a la mitificación.

¿Quién es un héroe? Obviamente, aquellos que materializan la idea de lograr ese imposible. Es decir, personas. Y también personajes. Cuando son personajes, generalmente de ficción o de leyenda, es fácil darles ese rango heroico. Lo deslumbrante es cuando esos héroes o esas heroínas son personas comunes, seres con los que podemos medirnos de igual a igual. Recuerdo una película no muy conocida de Peter Bogdanovich, de 1968, El héroe anda suelto, con un Boris Karloff crepuscular. En esa película, el personaje de Karloff es el de un viejo actor que siempre ha hecho papeles de terror y se ve ahora en la circunstancia de tener que enfrentarse a un asesino que dispara contra los espectadores en el estreno de su última película como actor. Karloff se convierte en persona al incidir en la realidad como héroe, algo que hasta entonces solo había “fingido” ser en el cine.

"Un antihéroe sin paliativos es el protagonista de Lord Jim, de Joseph Conrad, un hombre marcado por un destino negativo, de huida y fracaso"

Cuando leo las novelas de Emilia Pardo Bazán, muchas de ellas de una vigencia inusitada, encuentro un tipo de heroínas novedosas (como en Insolación o La madre Naturaleza), que contrastan con la aureola ficticia de los héroes masculinos de sus escritores coetáneos. Las heroínas de Pardo Bazán son reales, son personas más que personajes, y actúan contra la adversidad, aunque no siempre la domeñen. Son heroínas que pasan a ser antiheroínas, un estatus este de antiheroicidad que atrae la misma admiración que la heroicidad, aunque un poco conmiserativa.

Un antihéroe sin paliativos es el protagonista de Lord Jim, de Joseph Conrad, un hombre marcado por un destino negativo, de huida y fracaso, evitado absurdamente, ya que, al final, lo alcanzará para saldar cuentas. Antihéroe es también el Héctor de la Ilíada, que sabe que en su lucha con Aquiles perecerá haga lo que haga. Y, a su modo, antihéroe es el propio Aquiles, cuya gloria como héroe y vencedor de Héctor será eterna a cambio de su corta vida, pues morirá poco después de su victoria. Al hilo del mito de Aquiles, en “Descrédito del héroe”, el poema en prosa de José Manuel Caballero Bonald que da título al libro así llamado, de 1977, y uno de los mejores del poeta, se dice que “el lamentable jadeo expiatorio no siempre favorecía esa nauseabunda opción a la inmortalidad que se alberga en los excrementos del héroe”. El héroe, pues, es siempre un antihéroe, y viceversa, pues solo la belleza de la acción antiheroica es capaz de llegar a ser heroica.

"Pero de todos los héroes, hay uno que es, para mí, el más conmovedor de todos. Se trata de Asmar el Halabi, director de un orfanato de Alepo en el que había cuarenta y siete huérfanos atrapados en el sótano de un refugio"

En el ya mítico y fundamental libro de Fernando Savater La tarea del héroe, se dice que “el héroe es quien quiere y puede”. Y añade: “Lo difícil es triunfar, querer y poder. Cuando actuamos siempre adoptamos en cierto modo el punto de vista del héroe”. Vuelvo, pues, a mi idea inicial sobre qué es un héroe y quiénes lo pueden ser sino las personas, más que los personajes. Hoy los héroes no son los de los cómics, ni siquiera los de Marvel en el cine, ni en guerras de galaxias ni en juegos de tronos: los héroes de hoy son los emigrantes, los que se embarcan en balsas y pateras, las mujeres que padecen cualquier opresión por ser mujeres, los niños violentados, los gays por ser gays, los transexuales, los oprimidos en el mundo político islámico. Son héroes de la vida.

Pero de todos los héroes, hay uno que es, para mí, el más conmovedor de todos. Se trata de Asmar el Halabi, director de un orfanato de Alepo en el que había cuarenta y siete huérfanos atrapados en el sótano de un refugio. Allí estuvieron en 2016 desde el fin del verano hasta diciembre, cuando pudieron salir hacia Idlib, en condiciones extremadamente dramáticas. Lograron salvarse gracias a la actitud moral de Asmar. En aquel refugio, Asmar el Halabi se hizo un selfi con los cuarenta y siete niños. Él mismo colgó esa foto en Internet. Sonreían a la cámara y la actitud de El Halabi era tan confiada y protectora, transmitiendo seguridad a los niños, que es para mí el verdadero héroe del siglo XXI. Y el merecedor del rango de “héroe de nuestro tiempo”, que diría Lérmontov. Si en este mundo hay alguien a quien querría estrechar mi mano e invitarlo a mi casa es Asmar el Halabi, un gran hombre.

Foto de Asmar El Halabi

El espejo del héroe. Ernesto Pérez Zúñiga

El espejo del héroe es el temblor de un agua tranquila, antes de que lo engulla la turbulencia. La etimología de esta palabra que enciende nuestra imaginación está relacionada con la palabra “hora”. Y, desde el inicio, nos indica una misma suerte: la fugacidad, el tránsito.

Quizá no podamos pensar la fugacidad sin la hermosura ni la fuerza. Así está inscrito en los ciclos de las estaciones.

La estación más heroica es la primavera, cargada de potencia, con un pie en el esplendor y otro en la creación de algo que se recogerá en verano, caducará en otoño, morirá en el invierno y renacerá en el rostro de los nuevos héroes que traerá la siguiente primavera.

"La diferencia entre el héroe y los demás es que él o ella, la heroína, ha sabido responder a la llamada recibida"

Los héroes son flores efímeras que, sin embargo, persiguen una gloria inextinguible. Homero los proyectó en nuestra psique para siempre en forma de canto. Y a su condición heroica unió, desde el principio, una flagrante humanidad. Los héroes no son dioses. Los héroes no tienen superpoderes. Los héroes solo alcanzan esa condición en el momento de un prodigio que resplandece y nace de la misma debilidad que a todos nos hermana.

La diferencia entre el héroe y los demás es que él o ella, la heroína, ha sabido responder a la llamada recibida. Una voz poderosa que nos sacude y que, de no ser atendida, se resbala delante de nuestros ojos para convertirnos en el más anodino y resignado de los seres.

Entre los clásicos, Aquiles quiso ser grandioso en su soledad. Y Héctor, asesinado por el afán de Aquiles, siguió un parecido impulso por defender la sociedad en la que vivía: la desdichada ciudad de Troya.

De estos dos arquetipos nace el resto: los héroes del sí mismo frente a los héroes del nosotros.

A ellos habría que añadir un tercero, representado por Ulises: el héroe que oculta su nombre para serlo. Y que, en lugar de decir «yo soy Aquiles, el destructor de Héctor» o «yo soy Héctor, el defensor de Troya», afirma con la misma rotundidad ante el Cíclope:

—Mi nombre es Nadie.

"Nadie es el mejor nombre del héroe porque, de hecho, el héroe o la heroína puede ser cualquiera"

A partir de entonces Nadie es el mejor nombre del héroe porque, de hecho, el héroe o la heroína puede ser cualquiera. Aquel o aquella que, como describe Joseph Campbell, atiende la llamada, recibe una ayuda o una señal, emprende el viaje, supera terribles pruebas y regresa a la comunidad a la que pertenece para entregar un tesoro que mejorará su mundo y lo hará más consciente, más sabio, lo salvará de la muerte o de la decadencia que, en tantos casos, toma la forma de ignorancia.

Porque el verdadero héroe es el que nos hace saber.

El que toma el rumbo de su alma y regresa, como Jasón, con el vellocino ausente.

Cualquiera: el que se transforma y transforma sacrificando el yo de su estado previo.

En la soledad. En la ciudad de Troya. Ante el ojo cegado del Cíclope.

Frente al monstruo ciego, el héroe sabe ver; después avanza.

El héroe despierta en el espejo.

El héroe está en el instante.

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