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Dos cabalgan juntos (XI)

De nuevo, estos dos dos escritores exponen su punto de vista sobre un mismo tema. Pérez Zúñiga y García Ortega como Stewart y Widmark en el filme de John Ford, cabalgan juntos en pos de un único destino: la literatura. En esta undécima entrega el protagonismo es para las librerías.

Elogio del librero, Ernesto Pérez Zúñiga

Los seleccionó y los trajo y los colocó en la mesa y en la estantería, ordenados por géneros y por autores. Lo hizo, fundamentalmente, para desconocidos. Como quien pone las flores para la abeja, quién sabe cuál ni de dónde. Lo hizo para el adolescente que quería alas. Ya no funcionaban en casa, con los libros de infancia. La abeja se paseaba por los lomos, palpándolos con la trompa. Pienso en los tomos de Rimbaud que publicó Hiperión; el fucsia de las Poesías completas, el violeta de las Iluminaciones, la cubierta pálida de Una temporada en el infierno. Los dedos hacían palanca en la parte superior del lomo, abrían el libro, lo acercaban al olfato, las letras se metían por los ojos, sí, como abejas que llevaban el polen a la imaginación. Un adolescente leía lo que otro adolescente (glorioso) había escrito hacía un siglo atrás.

El librero, la librera, habían trazado aquel extraordinario milagro del tiempo. Habían tomado aquellos libros escritos en días desaparecidos y los habían transportado hacia un espacio acogedor, cien años más tarde, mil años más tarde, dos mil quinientos años más tarde. Los habían traído de todas las épocas y de todos los espacios, traducidos de recónditos idiomas, como si ellos, uno solo, la librera o el librero, fuera el ejército completo que Ptolomeo mandó por todo el orbe para capturar los libros que luego formaron la Biblioteca de Alejandría.

"Las librerías siempre enseñan algo que desconocíamos y que no sabíamos que estábamos esperando"

Toda librería es una síntesis de esa biblioteca maravillosa. Todo librero es una encarnación heroica de la estirpe de los Ptolomeos, sin más ejército ahora que su propio esfuerzo por llevar al día (y a nuestros días) un negocio que solo puede ser vocacional. Sísifo era librero. Subía libros a la montaña para ver si se vendían, y luego, al llegar a la cumbre de nuestra sociedad ilustrada (en teoría), volvía a bajar los mismos libros sin vender por el mismo camino. Y otra vez lo volvía a intentar.

Hasta que nosotros, los que no podemos vivir sin ellos, empujamos la puerta de una librería en Granada, en Madrid, en Barcelona, en París, en Nueva York, en Roma, en México, en Caracas o en Pereira de Colombia. Librerías de viejo y de nuevo, librerías siempre abiertas a un pequeño asombro inesperado.

Las librerías siempre enseñan algo que desconocíamos y que no sabíamos que estábamos esperando. Algo, ese impactante otro, que se pone a volar dentro de esa frente que parecía, hasta ese instante, una muralla infranqueable.

"Con cuánta felicidad me he gastado los ahorros en muchos más libros de los que podía transportar con comodidad hasta mi casa y que solo tendría tiempo de leer en mi mente mientras durara el trayecto"

Decir “las librerías” es decir el librero que le da forma a ese espacio (forma de submarino, forma de cueva, forma de salón con chimenea, forma de vientre de ballena, forma de taza de café). Así que corrijo la primera frase del párrafo anterior. La librera, el librero, siempre enseñan algo que desconocíamos y que no sabíamos que estábamos esperando.

No he encontrado un gremio más respetuoso. Nos dejan habitar sus espacios con toda libertad. Podemos ser hoscos, silenciosos husmeadores. Podemos ser preguntones e impacientes. Acalorados, tímidos, nerviosos. Indecisos. Insaciables. Con cuánta felicidad me he gastado los ahorros en muchos más libros de los que podía transportar con comodidad hasta mi casa y que solo tendría tiempo de leer en mi mente mientras durara el trayecto.

Solo hay dos tipos de ciudades. Las que tienen buenas librerías y las que no las tienen. Es decir (y vuelvo a corregirme), las que tienen buenos libreros o no los tienen. Esto hace de ellos los ciudadanos más importantes.

Porque no leer se parece definitivamente a la tristeza. Y cuando ya hemos leído todos los libros de casa, se nos pone una terrible cara de Mallarmé. La carne es triste, sí, porque sabemos que una manera eficaz de tener acceso a nuestra alma se produce al entrar en una buena librería, donde nos esperan, como espejos cerrados, las aventuras en evolución de nuestro propio rostro, multiplicado y reflejado en la escritura del mundo.

Desde que somos niños, las librerías (perdón, de nuevo, los libreros) han roto todos nuestros límites, nos han permitido ser lo que somos y mucho más aún de lo que se puede describir e imaginar.

Cierro los ojos. Abarco modestamente con mi imaginación solo cien años de nuestra Historia. Borro las librerías de esa Historia. Borro la librería Cervantes de Segovia, a la que iba Antonio Machado. Borro la librería Shakespeare and Company, que publicó y vendió el Ulysses. Borro con mi imaginación (y me está doliendo hacerlo) las librerías de cada una de las ciudades de Europa, año por año, y así hago con cada continente. Solo cien años. Y ahora pienso en nuestro mundo, qué hubiera sido sin librerías, qué o quién sería yo. Quiénes seremos dentro de pocos años si permitimos que los libreros desaparezcan por esta crisis o por cualquier otra.

Abrir los ojos es saber a quiénes hay que dar las gracias.

Queridos libreros y libreras, Adolfo García Ortega

Hace tiempo que quería escribiros esta carta. Siempre os la he debido, en realidad. Es una carta de agradecimiento, de respeto y de reconocimiento. No puede ser de otro modo. Desde mi más incipiente juventud habéis estado presentes, no sabría decir desde cuándo, en realidad, porque siempre me he visto entrando en una librería y comprando libros, o con alguien que me los compraba. Soy, además, de los que jamás ha robado un libro, quizá por temor, quizá por buena educación, pero también por justicia. Provengo de una familia de vendedores y comerciantes y sé lo que supone ganarse la vida vendiendo unidades de lo que sea: ropa, alimentos, zapatos, discos, libros…

La existencia de la librería en la vida del futuro lector, es decir, cuando uno es joven, es fundamental. Muchos de los libros “pioneros” de mi amplia biblioteca proceden de las recomendaciones que algunos libreros me hicieron entonces, cuando estaba formando un criterio, un gusto o sencillamente un vicio, el vicio impune de la lectura. La honestidad que presuponía en aquellos libreros, su atención, su conocimiento, su locuacidad, su gran capacidad comparativa, me conformaron como soy a la hora de enfrentarme a los libros.

"No puedo olvidar el papel fundamental que habéis tenido en la consecución de la libertad en España, desde mucho antes de la muerte de Franco y de la Transición"

Luego me hice escritor y en buena parte os lo debo a vosotros, libreros y libreras que habéis estado ahí, siempre, acompañando mi vida de lector, enriqueciéndola y ofreciendo toda la Babel de posibilidades impresas para que pudiera elegir en libertad y pluralidad. No puedo olvidar el gran papel que habéis jugado y seguís jugando en la lucha contra las dictaduras, las tiranías y la falta de democracia. No puedo olvidar el papel fundamental que habéis tenido en la consecución de la libertad en España, desde mucho antes de la muerte de Franco y de la Transición. Porque los libreros, mayoritariamente, siempre habéis estado aportando la libertad que llega a través de los libros, en todo momento de la historia española y de la historia europea. Y hoy seguís haciéndolo, en época tan crítica como esta, llena de amenazas y de mentiras de los herederos ultraderechistas más cretinos, hoy seguís garantizando que exista la libertad de expresión y de opinión.

Como escritor, y también como editor que he sido, siempre he entendido que sin vosotros estoy amputado de una mitad vital. Mi trabajo está ligado al vuestro hasta el extremo de solo sentirme una parte completa cuando sé que mis libros llegan a vuestras librerías. Y allí, ojalá se vendan. Sois el puente entre la isla que es el escritor y el continente que es el lector. Sin el puente, la isla es abordada por los piratas. Sin el puente, no hay continente al que ir y, por tanto, la isla queda sumida en una soledad inmensa.

Estamos en lo mismo, estamos unidos, estamos cerca; es verdad que no nos ponemos cara muchas veces, pero sé que lo que yo escriba y un editor publique solo puede culminar su existencia si vosotros lo lleváis a su destinatario, el lector o la lectora. Se dice que somos una cadena, pues hay que reconocer el esfuerzo común de los que editan, de los que imprimen y de los que distribuyen los libros. Pero tengo una especial deuda con vosotros, porque sois los que estáis en primera línea. Una deuda que siempre he querido agradecer uno a uno, pero que trato de hacer ahora colectivamente con esta carta abierta que solo pretende mi más humilde reconocimiento por cuidar de mis libros, por leerlos, probablemente, por recomendarlos. Y también por cuidar de los libros de los demás colegas, porque somos todos un tejido.

En estos tiempos en que estamos confinados por un coronavirus que ha matado a mucha gente y ha llevado nuestras economías a un extremo límite, muchos de vosotros veis amenazados vuestros negocios. Las amenazas que os acechan también me amenazan a mí. La abusiva preponderancia de algunas megaempresas de la venta online de libros impone su ley y sus ventajas en situaciones así, pero creo que, pasados el enfado y el lamento, debéis ver en esa evidente amenaza no un final, sino un principio, el principio de la renovación. Ha de ser entendida como una brecha hacia el futuro, un impulso desde el que auparse para buscar y encontrar nuevos medios de venta de libros, nuevas maneras de llegar y atrapar a lectores, futuros y actuales, allí donde estén.

"Siempre espero encontrar en vuestras librerías algo inesperado que me está esperando a mí. Uno de los placeres que aportáis es el del hallazgo"

Las librerías son un espacio concreto y físico, esta ha sido hasta ahora vuestra grandeza. En adelante, seguiréis siendo un espacio, tal vez parecido al de hasta ahora —nadie sabe por dónde irá el futuro de la cultura en el nuevo mundo de la “nueva normalidad”— pero ese espacio, si lo miráis bien, puede ser, en adelante, enorme: ha crecido la capacidad de llegar de muchas maneras a la casa misma del lector. Sé que ocurrirá, que incluso está ocurriendo. Yo mismo he comprado muchos libros online estos meses de marzo y abril, y los he comprado a libreros a los que antes visitaba. Ahora, cuando todo esto acabe, volveré a visitar las librerías, claro está, pero habré añadido a mi hábito de comprador de libros la opción de que la librería se hipertrofie, llegue hasta dentro de mi casa y me traiga, por mensajería, el libro que yo he buscado o el que la misma librería, por sus medios virtuales, me ha ofrecido, haciendo que repare en él.

Siempre espero encontrar en vuestras librerías algo inesperado que me está esperando a mí. Uno de los placeres que aportáis es el del hallazgo. El hallazgo que brota tras pasar el tiempo husmeando, buscando en las mesas de novedades o en los estantes, encontrando de repente lo que tiempo atrás buscaba, o dejándome tentar por lo nuevo, gracias, una vez más, al hecho de que el librero o la librera me lo habéis mostrado o me lo habéis comentado. Este sigue siendo hoy, y lo será en el futuro, uno de los placeres que nos dais a quienes amamos la lectura y vemos en ella la puerta del conocimiento, de la libertad y de la fraternidad. ¡La de veces que he comprado libros, llevado por un impulso irrefrenable o un consejo sabio, y que luego, tal vez años después, he leído con asombro y deleite! Y todo gracias a vosotros, mis queridos, semejantes, cómplices, amigos, tentadores y valientes libreros y libreras de España.

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