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Dos cabalgan juntos (XIV)

Sobre Juan Marsé, maestro, mago, escritor indiscutible e indispensable, trata esta nueva entrega de estos dos escritores que cada mes exponen su punto de vista sobre un mismo tema. García Ortega y Pérez Zúñiga, como Stewart y Widmark en la película de John Ford, cabalgan juntos en pos de un único destino: la literatura. 

Marsé desencadenado, Adolfo García Ortega 

Barcelona siempre ha sido una fábrica de pijos. Me lo dijo Marsé cuando lo conocí, allá por el 2003. Le propuse entonces —y aceptó— publicar en Seix Barral, la editorial que lo lanzó y le dio renombre históricamente, un libro inédito: La gran desilusión. Se trata de una crónica miscelánea que escribió en los años setenta para una revista por iniciativa de Carlos Barral. Desde luego, su vínculo con Seix Barral está patente con gran parte de su mejor narrativa: Últimas tardes con Teresa, Encerrados con un solo juguete, La oscura historia de la prima Montse, Ronda del Guinardó, Teniente Bravo, etc. Todas esas novelas están en la vida literaria española y, desde luego, en la mía. Tengo entre mis preferencias Si te dicen que caí, Un día volveré y Rabos de lagartija, quizá la suma de su gran saber novelístico.

Juan Marsé en París. Foto: Daniel Mordzinski.

Pero nunca perdió la perspectiva de que Barcelona era una fábrica de pijos. Lo era en su tiempo y lo es ahora, en este pijoprocés de indepes atorrantes y rufianescos que tanto sarpullido intelectual le producían. A Marsé nunca le dieron gato por liebre, porque les tenía echado el ojo desde los tiempos en que la burguesía catalana jugaba al franquismo de día y a la butifarra con caviar de noche.

"Los pijoaparte que se inventó Marsé estuvieron rondando al grupo elitista de los pijorreales"

Hay un libro de Marsé que me es especialmente querido: Teniente Bravo. Data de 1987 y es la reunión de cuatro magníficos relatos de larga extensión, brillantes, tiernos, divertidos, ásperos, sardónicos y, desde luego, magistrales. Es, en mi opinión, la quintaesencia de Marsé. Todo Marsé está en este libro, junto, quizá, con la gran novela que es Rabos de lagartija. Teniente Bravo se compone de “Historia de detectives”, “El fantasma del cine Roxy”, “Teniente Bravo” (el mejor cuento español del siglo XX) y “Noches de Bocaccio”. Es en este último relato donde Marsé se desata y saca la recortada para no dejar títere (oportuna palabra) sin cabeza entre los intelectuales, editores, escritores y escritoras de los años sesenta-setenta. Bromea aquí con la Barcelona guapa, rica, progre-de-salón y mucha fachada etílica que solo encubría a un grupo snob que nunca dejó de serlo. Los pijoaparte que se inventó Marsé, ese tipo de personaje que sale de la miseria, de la nada, de los barrios que piden paso al futuro, estuvieron rondando al grupo elitista de los pijorreales, cuya valía la cifraban en la frase pedante y en una ridícula soberbia literaria.

“Noches de Bocaccio” cuenta la historia de un fragmento enigmático, aparecido sin firma, que es interpretado enseguida como parte de un poema genial por los habituales de las noches de Bocaccio, el famoso local de copas nocturno de aquella Barcelona guapa de sobaco ajazminado. Los novísimos, los editores de entonces, los ricos bebedores y los arquitectos de la noche se vuelven locos tratando de vincularse con quien pudiera ser el autor de ese “textículo prometedor”, tachado de genial y (realmente) estúpido. El autor o la autora es un/una tal C.C., que lo deja sobre la mesa tras una noche de pasión. A partir de ahí, Marsé se despacha a gusto parodiándolos a todos, con acidez y un poco de ternura simpática, que —no nos engañemos— tenía la dosis justa de cierta venganza. Salen, perfectamente parodiados, Castellet, Azúa, Barral, Bohigas, Tusquets, López, Moura, Balcells, los Moix, Suárez, Pujol, Lázaro Carreter, Serrahima, la Capmany, Miserachs, Pomés, el viejo Lara padre, Porcel, Bofill, Regás, Ferrater, la Roig, Sánchez-Dragó, Umbral, Pániker, Juan Goytisolo, el orteguiano Marías, el otro Goytisolo, el Goytisolo poeta, Gubern, Camino, Sagarra, el Perich (este sí que era sabio), Trías, Garcés, Senillosa, Clotas, Serrat, Portabella, Aranda (el director que destroza las novelas de Marsé al adaptarlas). Todos ellos salen tan cuales son, tal cuales fueron.

La desmitificación que supone este cuento y la divertidísima “foto torcida” que representa, lo convierte en uno de los más entretenidos cortes de mangas contra ese pijerío magnificado de la Barcelona que cimentó entonces su agudo complejo de ombligo del mundo. Este complejo es propio de las buenas familias, las cuales, como denuncia Marsé en toda su obra, terminan por ser un grupo, y los grupos, ya se sabe, suelen vivir aparte.

Ernesto Pérez Zúñiga, Marsé el mago

Es sencillo de explicar. Cuando uno era jovenzuelo, ignorante e injusto, venía a salvarnos la estrella de Marsé. Habíamos leído a otros autores españoles, algunos realmente buenos, pero cuando queríamos poner en una mano la literatura que se escribía en América y en otra la española, en esa mano pesaba como ninguna otra la obra de Juan Marsé. Él había conseguido elevar a sus personajes a la categoría de mito. Y tenía en el lenguaje algo escaso en los demás: magia.

La magia, contenida y retenida en el lenguaje, se liberaba conforme los ojos pasaban por las palabras de sus novelas: una voz que narra entre el asombro y la honestidad con imágenes punzantes, inolvidables, que convocan directamente un lugar del lector a donde muy pocos anzuelos llegan: el niño.

Juan Marsé en París en 2007. Foto: Daniel Mordzinski

Pienso en aquel niño de las aventis de Marsé, que se maravillaba cuando iba al cine en un barrio que se caía a pedazos tanto como la vida, desesperándose por ser noble como Ringo Kid en una realidad que, según empieza a comprender, es mucho más injusta que la de las películas. Pero pienso, sobre todo, en aquel niño que Marsé sabe despertar dentro de los lectores: el niño justiciero e ilusionado por la próxima aventura que solo puede suceder en los alrededores de casa. Por eso siento que Marsé es un mago.

Marsé el mago sabía pulsar también al joven lleno de sueños  que se identificaba con aquel otro que trataba de enamorarse de Teresa, esforzándose por ser aceptado por una sociedad a la que nunca pertenecerá. No tanto porque fuera la Barcelona pija del franquismo, sino porque Marsé convocaba a aquel joven interno que sabía que nuestra mejor fortaleza es fabricar sueños sobre un mundo que, siendo también un sueño, nos hace poner los pies en la tierra con una crueldad despiadada cuando nos dejamos llevar en exceso por la felicidad de nuestra imaginación.

"Muchos no habían leído nunca un libro y apenas habían aprendido a escribir con corrección. Pero leyeron Últimas tardes con Teresa"

Marsé sabía como pocos narrar la mirada hacia las pequeñas cosas, las pequeñas cosas que pesan y hieren, como los recuerdos del policía de Ronda del Guinardó, redimido por la empatía con el dolor de una muchacha. Redimido por algo que es a veces más necesario que el amor: la fraternidad profunda y sutil que se produce solo entre los perdedores de una carrera en la que, ni si siquiera, han podido participar. Perdedores antes de tiempo. Perdedores del tiempo. Y, por eso mismo, salvados en ese cariño casi secreto y nostálgico pero radicalmente solidario.

Por si esto fuera poco, Marsé el mago consiguió algo que no había conseguido ningún otro autor. Que mis alumnos leyeran. Fue en un pueblo fronterizo, en los años 90, en un colegio donde estudiaban hijos de obreros, parados y traficantes, muchachos y muchachas sensibles que esperaban prosperar y ser entendidos y que a mí me hacían pensar en los personajes de Juan Marsé. Muchos no habían leído nunca un libro y apenas habían aprendido a escribir con corrección. Pero leyeron Últimas tardes con Teresa. Esa fue la condición que les puse para superar el curso. Mirarse en el espejo de esta novela, hablar sobre sus personajes, escribir sobre ellos y quizá sobre una historia, la propia, que se podía descartar para soñar otra. A final de curso, fueron varios los que me dijeron que esa novela les había transformado y que ahora serían lectores para siempre. Quizá no somos otra cosa. Lectores que sueñan una escritura que llamamos vida.

No hace muchas semanas, le contaba esta historia a Juan Marsé, por teléfono. Le hablaba de aquellos alumnos que leyeron Ultimas tardes con Teresa, para algunos el único libro que iban a leer. Le di las gracias por la magia. Y me emplazó a tomar un café la próxima vez que fuera a Barcelona.

Estoy yendo, estoy viajando, estoy pidiéndolo en la barra, en la magia, maestro.

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