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Eduardo Halfon: “La ansiedad de vivir es algo muy judío”

Eduardo Halfon: “La ansiedad de vivir es algo muy judío”

Es difícil resistir la tentación de convertir en literatura el pasado familiar si, como le sucede al guatemalteco Eduardo Halfon, se tiene un abuelo polaco que se libró de morir en Auschwitz gracias a un boxeador que le enseñó las palabras exactas para poder sobrevivir. Y más difícil aún si ese abuelo llevaba tatuado en el antebrazo el número 69752 y, cada vez que su nieto le preguntaba por ello, se limitaba a responder que era su teléfono y que se lo había tatuado para no olvidarlo. Y el niño, por supuesto, se lo creía. Ya de adulto, el escritor se enteró de que “muchos sobrevivientes utilizaban esa misma fórmula cuando no querían hablar del tema”.

Sin embargo, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) llegó tarde a la literatura. Trabajó como ingeniero durante un tiempo y lo de convertirse en escritor “fue un accidente”: “De niño y adolescente yo era el chico de las matemáticas, yo no leía cuentos ni novelas, pero a los 28 o 29 años caigo en la literatura y empiezo a leer como enloquecido, en particular ficción. De inmediato, me entraron ganas de ser escritor”, aseguraba hace unos días Halfon en una entrevista con Zenda, a propósito de la publicación de Oh gueto mi amor, un relato perteneciente al libro Signor Hoffman, pero que ha cobrado nueva vida en una edición ilustrada por David de las Heras (Bilbao, 1984) y publicada por Páginas de Espuma.

"Siempre que el autor guatemalteco le decía a su abuelo que tenía intención de ir a Lódz, este trataba de disuadirlo y no quería que visitara la ciudad donde él fue capturado por soldados de la Gestapo en septiembre del 39"

Las excelentes ilustraciones del libro están expuestas en Casa Sefarad-Israel, en Madrid, hasta el 30 de septiembre. El relato de Halfon, de tono contenido, sin dramatismos efectistas, poético a veces y con algunos toques de humor, se funde a la perfección con las imágenes del artista bilbaíno, que juega en ellas con el recurso del abrigo rosa que se compró el autor y narrador del texto cuando llegó a Polonia y comprobó que la aerolínea le había perdido la maleta. Con ese abrigo visitó Łódź, la ciudad natal de su abuelo, convertida en gueto durante la Segunda Guerra Mundial y a la que el escritor viaja en busca de sus orígenes.

Siempre que el autor guatemalteco le decía a su abuelo que tenía intención de ir a Łódź, este trataba de disuadirlo y no quería que visitara la ciudad donde él “fue capturado por soldados de la Gestapo en septiembre del 39”. De ninguna forma, el anciano deseaba que un miembro de su familia fuera a un lugar en el que antes de la guerra había 250.000 judíos  y sobrevivieron menos de diez mil. Entre los que no lo lograron figuraban sus padres y sus tres hermanos. Pero, poco antes de morir, le dio a Eduardo un papelito amarillo en el que había escrito la dirección completa de su casa en Łódź. Y con ese “último legado” viajó el autor de Saturno a Polonia.

Oh gueto mi amor recrea la visita de Halfon a la ciudad polaca, donde le sirve de guía una enigmática mujer, llamada Madame Maroszek, que le ayuda a encontrar la casa del abuelo, recorre con él la zona del gueto y, también, el cementerio judío, en el que hay seis grandes fosas vacías, que estaban destinadas a los últimos judíos que quedaron en aquel recinto y cuya misión era limpiar las calles de excrementos y cadáveres. Los alemanes tuvieron que huir de Łódź y aquellos 840 judíos del “comando de limpieza” se libraron de ser fusilados.

"Oh gueto mi amor recrea la visita de Halfon a la ciudad polaca, donde le sirve de guía una enigmática mujer, llamada Madame Maroszek, que le ayuda a encontrar la casa del abuelo"

El relato, y el libro al que pertenece, forman parte del ciclo literario que Halfon, uno de los escritores latinoamericanos más prestigiosos de su generación, comenzó con El boxeador polaco, en 2008. Una especie de “novela en marcha” y con un mismo narrador: Eduardo Halfon. La última obra, por ahora, de ese proyecto es Duelo, publicada en 2017.

Halfon ha pasado gran parte de su vida en Estados Unidos, país al que su familia se trasladó cuando él cumplió los diez años. Desde Nebraska, donde vive con su mujer y el hijo de ambos, de veinte meses, ha viajado a Madrid para promocionar Oh gueto mi amor y asistir a la inauguración de la exposición de David de las Heras. La entrevista tiene lugar en Casa Sefarad-Israel.

"Andrés Trapiello le decía a Halfon: vosotros los judíos nacéis con una novela bajo el brazo"

—Cuando se tiene en la familia un abuelo con un pasado tan terrible, es casi inevitable querer contar su historia: ¿cuándo sentiste la necesidad de escribir sobre ese pasado?

—Andrés Trapiello me decía: Vosotros los judíos nacéis con una novela bajo el brazo. Yo creo que todos tenemos algo así en el pasado. En el caso de mi abuelo polaco, a mí no me interesaba su historia cuando yo era niño y adolescente. Tampoco la de mi abuelo libanés, del cual hablo en Duelo. En realidad, me empiezo a interesar por esa parte de mi pasado cuando comienzo a escribir. O sea, el interés por mi pasado es literario, quiero la historia.

—Llegaste tarde a la literatura, pero no has parado de escribir en los últimos años. ¿Cuál fue tu primer libro?

—Mi primer libro fue Esto no es una pipa, Saturno, de 2003, dos novelas cortas, la segunda de las cuales se recuperó el año pasado en España. Saturno es la entrada a mi literatura; es un librito muy fuerte, muy fuerte, escrito en segunda persona. Es una carta a un padre, de un narrador que está obsesionado con escritores suicidas. No es autobiográfico, porque el llanto del libro es a un padre muerto, y el mío vive. Ahí nace el narrador de otros libros míos, aunque en ese no se llama todavía Eduardo Halfon.

—Tu abuelo te quitaba las ganas de ir a Polonia, pero sabía que tú irías algún día a Łódź y, de hecho, te dio la dirección de su casa apuntada en un papel.

—Conservo ese papel, un papelito amarillo. Siempre tuve ganas de ir a Polonia desde adolescente, y mi abuelo siempre me las quitaba. Cuando empecé a escribir crecieron esas ganas, igual que, al escribir sobre mi abuelo libanés, me entran ganas de ir a Beirut para averiguar qué restos dejó él, qué familia lejana todavía hay. Es una curiosidad muy profunda y se vuelve aún más fuerte en mí cuando me lo prohíben. El tema de la prohibición conmigo es muy particular. Duelo nace de una prohibición, y El boxeador polaco era una historia que no debía salir de la familia.

—Por cierto, ¿se sabe si el boxeador que ayudó a tu abuelo sobrevivió a Auschwitz?

—No se sabe quién fue ese boxeador. Yo tengo algunas ideas, pero ya no se pueden comprobar. Yo he encontrado boxeadores de Łódź que coincidieron en Auschwitz con mi abuelo. Pudiese haber sido uno de ellos. Hay uno en particular que yo creo que fue él quien ayudó a mi abuelo. Localicé su dirección y hablé con su esposa, y me dijo que había muerto unos meses antes. Pero da igual. No se sabe quién fue con exactitud.

—Lo interesante es que un boxeador le enseñara a tu abuelo las palabras que tenía que decir para sobrevivir.

—En lugar de utilizar los puños. Es un Sherezade que salva a mi abuelo a través del lenguaje. A mí me gustó esa historia desde que me la contó mi abuelo, y lo hizo muy rápido porque para él no era importante; era una anécdota. Me contó cosas mucho más dramáticas o terribles, pero a mí me gustó desde el principio esa anécdota de cómo un boxeador te puede salvar con palabras.

"No me siento bien como turista en los campos de concentración"

—En ese viaje que hiciste a Polonia estuviste en Auschwitz.

—Estuve de paso, y no me gustó nada. No lo sentí nada duro, lo sentí falso. Una horda de turistas, hay mucho reconstruido. Es como un monumento a lo que sucedió allí. No me gustó. Me costó tomar la decisión de ir a Auschwitz y, cuando llegué, ya me quería ir. Hubo otros aspectos del viaje que para mí fueron más impactantes y dolorosos. Yo tengo algo con esos campos de concentración que se vuelven luego parques temáticos, pero ¿cómo entonces le rindes homenaje de una manera respetuosa? Tampoco vamos a ignorar el tema. Es muy difícil, pero no me siento bien como turista en estos lugares.

—Y en Łódź, ¿cómo te sentiste?

—Me gustó mucho. Es una ciudad de la Polonia gris comunista. No es Varsovia, no es Cracovia. Łódź es sucia y nadie habla más que polaco, te cuesta entenderte. Fui buscando la casa de mi abuelo con la ayuda de Madame Maroszek.

—¿Pero Madame Maroszek existe de verdad o es la suma de varios personajes reales?

—Claro que existe, pero en el libro (se ríe abiertamente). Ese personaje está inspirado en gente que yo conozco, es un híbrido.

—Madame Maroszek no era judía, pero se pasaba la vida ayudando a judíos que querían saber de sus familiares muertos en la guerra. Sus padres, según contaban algunos, ayudaron a muchos judíos a salvarse, pero otros decían que, en realidad, lo que hicieron fue delatarlos. Supongo que esas ambivalencias son propias de las guerras. 

—He hablado con muchas personas expertas en el Holocausto y te lo dicen.  Uno tiende a creer que, en las guerras, hay buenos y malos, blanco o negro. No. Hay áreas muy difusas, de gente que ayudaba pero a la vez delataba a un vecino. Es más real eso que creer que alguien es sólo bueno o sólo malo. Eso es muy de cine, pero, generalmente, te encuentras con este tipo de ambivalencias.

"Escribir sobre temas relacionados con mi pasado familiar es complicado. Sería más fácil esconderse tras el velo de la ficción o de lo policíaco, y ya está"

—Cuando fuiste a Łódź, ¿dudabas de la utilidad de ese viaje y te preguntabas qué hacías allí?

—Todo el tiempo. En realidad, yo me pregunto eso treinta veces al día: qué estoy haciendo, por qué escribo sobre mi pasado, qué estoy haciendo en Nebraska, qué pretendo con ser padre… Estoy obsesionado con esa tontería de sobrepensar las cosas. Es muy incómodo. Yo veo a gente, como mi pareja, que no es así y vive dichosa, porque no tiene esta ansiedad de vivir, algo que es muy judío también, hagas lo que hagas. Pero yo siempre me pregunto qué busco, por qué quiero escribir sobre ciertos temas.

"Sería muy difícil para mí renunciar a escribir sobre mi pasado judío, pero no sé por qué lo hago"

—Realmente, ¿la literatura puede ayudar a entender el Holocausto?

—No. Lo que sucedió es incomprensible y yo, después de escribir sobre estas cosas, estoy peor, lo entiendo menos, me siento más lejos de todo aquello. No me ayuda en nada, me desayuda. Parafraseando a Tolstoi, yo me pregunto: ¿por qué escribo sobre estos temas? Porque es más difícil no escribir sobre ellos. Sería más difícil para mí renunciar a escribir sobre mi pasado, pero no sé por qué lo hago. La historia de mi familia la tengo muy metida dentro de mí.

—¿Te ves escribiendo sobre otras cosas?

—Escribir sobre temas relacionados con mi pasado familiar es complicado, para mí, para mi familia. Sería más fácil esconderse tras el velo de la ficción o de lo policíaco, y ya está. Y no tendría que estar contestando preguntas sobre qué tanto es real, y por qué mezclas tu vida con la ficción. No sé la respuesta. Yo empecé así y así sigo escribiendo. Sé que es poderoso, me dicen los lectores que es poderoso, o sea, que funciona. En última instancia, lo que quieres es comunicar algo, compartir algo…

—¿Cómo consigues contar sin dramatismos y con ciertas dosis de humor estas historias de tu pasado familiar, tan trágicas en el fondo?

Yo soy muy contenido, soy cuentista. Soy de libros muy breves. Duelo es una novelita cortísima, o un cuento largo, pero sentirás lo mismo, sentirás una contención del lenguaje, muy cuidado. Es mi voz, es mi manera de contar. Me encantaría poder escribir un libro de 300 páginas, y a mis editores también les encantaría porque es más normal, más vendible. Yo escribo el relato que me pide ser escrito, no impongo una extensión. Me dejo llevar y se van apareciendo cosas en el camino. Es todo muy intuitivo, muy espontáneo, muy musical. Lo siento más que lo pienso, pero es mi manera de contar.

"Lo que sucedió en el Holocausto es incomprensible y yo, después de escribir sobre estas cosas, estoy peor, lo entiendo menos"

—¿Qué te han parecido las ilustraciones de Oh gueto mi amor?

—Muy buenas. David de las Heras ilustra a su modo cada escena y, para él, el peligro del gueto lo expresa a través de la serpiente. Mi favorita es la de la portada del libro, donde aparece el narrador Eduardo Halfon con un abrigo rosa que se tuvo que comprar al llegar a Polonia porque le perdieron la maleta en el viaje. Y cuando llegué ahora a Madrid me la volvieron a perder.

—Madame Maroszek te regaló el libro Le témoin imprévu, en el que Jo Wajblast, un judío del gueto de Łódź, recuperaba las canciones de su amigo Yankele Herscowitz, un sastre que se convirtió en el trovador del gueto y cuyas melodías se sabía todo el mundo, en especial la de “Geto, getunya, getokhna kokhana”, decía en yidish: “Gueto, pequeño gueto, oh gueto mi amor”.

—Hay una foto de Yankele en la exposición. La ironía es que, casi treinta años después, ese sastre se suicidó. Sobrevivió al gueto y a las cámaras de gas de Auschwitz, para luego, ya de vuelta en Łódź, suicidarse una noche de invierno, con gas. Sus canciones se volvieron himnos de resistencia en el gueto. Soy muy amigo de su nieta. Contacté con ella y se emocionó mucho y me ayudó con algunos detalles.

"Cuanto más veo el extremismo en que puede caer el judaísmo o ciertas políticas de los sionistas, más me alejo de mis orígenes"

—Según cuentas, vuestro apellido, Halfon, venía del hebreo antiguo, o del persa antiguo, y significaba “el que cambia de vida”. ¿Cuántas veces has cambiado tú de vida?

—Lo curioso es que mi abuelo paterno siempre me decía que el apellido significaba “cambista”, porque él era comerciante. Le fue muy bien, aunque luego se perdió todo, pero adaptó la palabra a lo que le funcionaba a él. Pero mi apellido es más “el que cambia de vida”, según he podido investigar. Mi vida ha sido un constante cambio. Dejé la ingeniería para hacerme escritor. Cuando yo tenía diez años, mi familia tuvo que huir de Guatemala, aunque a mi padre no le gusta que yo diga “huir” porque él lo ve más como una salida necesaria por la situación que había en Guatemala, con guerra interna y un dictador en el poder. Desde entonces, yo no he parado de moverme. El otro día se lo comentaba a mi pareja: yo no he pasado más de cinco o seis años en una misma casa desde que tenía diez años. Llevo toda mi vida con cajas, mudanzas y maletas. Es mi realidad, incluso ahora que tengo un hijo. Yo estoy trabajando en Nebraska y todos mis libros los tengo en cajas, ni siquiera los he sacado porque sé que en unos años me volveré a mudar.

"No me siento guatemalteco y menos aún norteamericano. Soy un desarraigado, pero eso es muy judío también, esa diáspora permanente, el sentido de nomadismo"

—¿Te sientes de algún lado, Eduardo? ¿Te sientes guatemalteco, norteamericano?

—No, jamás. No me siento guatemalteco y menos aún norteamericano. Soy un desarraigado, pero eso es muy judío también, esa diáspora permanente, el sentido de nomadismo. Nací así, mis abuelos fueron así, me educaron así. No conozco otra realidad, yo no conozco la realidad de estabilidad, de pertenencia.

—¿Y qué tal llevas lo de ser judío, sus tradiciones?

—No lo llevo, sólo lo llevo en la literatura. Yo no sé si me siento muy judío o no, pero no practico absolutamente nada. En términos prácticos no me interesa y cuanto más veo el extremismo en que puede caer el judaísmo o ciertas políticas de los sionistas, más me alejo. No me interesa, pero sí me interesa como historia, como literatura: de dónde vengo, eso sí.

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Ilustración de David de las Heras, que fue elegida para la portada del libro Oh gueto mi amor

El artista bilbaíno David de las Heras disfrutó de plena libertad al ilustrar Oh gueto mi amor, de Eduardo Halfon y, desde la primera lectura que hizo, tuvo claro cómo iban a ser las imágenes. Supo también que “no se trataba de adornar el relato, sino de complementarlo, de hacer una lectura visual que fuera como esas boyas que hay en el mar y a las que te puedes agarrar si te pierdes, pero procurando siempre que las ilustraciones naveguen por su cuenta”.

De lo fácil que le fue “visionar” el relato de Halfon habló De las Heras con Zenda en la sala de Casa Sefarad-Israel donde expone, hasta el 30 de septiembre, los óleos sobre papel que ha realizado con motivo de la edición ilustrada de Oh gueto mi amor. El día de la inauguración conoció por fin al escritor guatemalteco porque, hasta entonces, los contactos entre ambos se habían limitado a comentarios sobre las maquetas y bocetos que el artista le iba mandando.

Este artista plástico, con gran experiencia en ilustrar portadas de libros y diferentes obras de ficción, pinta con colores llamativos, pero en Oh gueto mi amor tuvo que reflejar también la tragedia que late al fondo del relato y el color gris que predomina en la ciudad polaca de Łódź. Como contrapunto utilizó la imagen “tan potente” del abrigo rosa con el que se paseó el escritor guatemalteco por la ciudad en la que nació su abuelo y que ha sido la elegida para la portada del libro que acaba de publicar Páginas de Espuma.

“De alguna manera, esa imagen es el faro que ilumina toda la historia. En un lugar tan gris como Łódź es importante que haya un punto de luz, que es esa persona que quiere iluminar el pasado de su abuelo. Pude jugar con ese recurso visual en todo el relato”, afirma De las Heras, que procede de una familia de artistas, en la que le inculcaron “el amor hacia el arte desde niño”. “Mi padre no se pudo dedicar al arte porque son ocho hermanos y tuvo que dejar a los catorce años los estudios para trabajar en un bar, pero siempre le había gustado pintar”, comenta.

David de las Heras no necesitó viajar a Polonia para ilustrar el libro. Se inspiró en fotografías y en el vídeo que le pasó Halfon tras el viaje que este hizo a Łódź, en el cual se ve, por ejemplo, el patio del edificio del gueto en el que vivió el abuelo del escritor guatemalteco. El resultado es una de las ilustraciones más impactantes del libro, con una gran serpiente roja, “metáfora del horror”, que entra y sale por las ventanas del edificio. “Yo me la imaginaba como esas serpientes que se meten en los nidos de los pájaros y se comen los huevos”, explica el artista, que estudió Bellas Artes en el País Vasco y ha expuesto su obra en varios países europeos y en ciudades como Barcelona, Madrid, San Sebastián, Bilbao y Vitoria.

Sin embargo, no tuvo que acudir a metáforas para ilustrar las fosas vacías del cementerio judío de Łódź, porque “se relacionan directamente con la trágica historia que guardan detrás”.

David de las Heras