Hoy es el último domingo de agosto. Como cada final de verano, una fuerte nostalgia se apodera de mí. No echaré de menos el calor. Eso no. A pesar de que ahora empape la camiseta cada mañana en el gym a voluntad. Ayer no fui, pero el viernes estuve dándolo todo. Me sorprendió ver allí a Enzo, no porque no lo emplace en un lugar como aquel, que no es el caso, sino porque se encontraba en la sala de zumba delante de todas esas amas de casa y jubiladas. No había presencia masculina, salvo la suya. Y esa no cuenta: resulta que es el nuevo monitor de las mañanas. Qué callado se lo tenía. El sábado pasado no nos dijo nada. Me saludó desde el otro lado del cristal justo antes de empezar la clase. Mientras subía a la sala de máquinas, me crucé con Mina en las escaleras. Ya que no había podido hablar con Enzo, le pregunté a ella. La sorpresa resultó doble; ella acababa de pedirse una excedencia en el cuerpo de bomberos para incorporarse también a la plantilla del gimnasio. La felicité por los dos y me despedí de ella con buenos deseos, sonrisas y la firme promesa de una nueva quedada a cuatro para el próximo fin de semana.
Últimamente, la sala no está tan llena como ha sido habitual durante los meses de verano. El viernes, a pesar de que ya había máquinas libres, para no perder la costumbre, me subí a la cinta y me puse a correr. Las nuevas cintas tienen ordenador de a bordo y puedes poner YouTube, alguna serie de Netflix, jugar al solitario o ponerte un video que simula tu trayecto por Chamonix-Mont Blanc, Milford Track o el Chicago Lakefront Trail, entre muchos otros. A mi lado había una octogenaria embutida en un chandal rosa cuya chaqueta llevaba al cinto. No corría, pero caminaba a buen ritmo. Yo tenía mis auriculares a toda pastilla. Sonaba “I’m Broken”, de Pantera. Llevaba medio kilómetro recorrido. Estaba pensando en mis cosas, en los cambios, en la nueva etapa. Apenas prestaba atención a las imágenes de la pantalla: la mayoría anuncios y curiosidades de los 80. Noté su voz amortiguada antes de ver que movía los labios intentando hablar conmigo. Reduje la carrera a ritmo de trote y pausé los auriculares con un toque suave. La anciana estaba señalando mi monitor. «Eso no era así». Me lo dijo muy convencida. Al principio no sabía a qué se refería, así que la obvié con amabilidad y asentí antes de darle de nuevo al play y acelerar. Terminé antes que ella. Parecía que hubiese estado caminando bajo un aguacero. Ella estaba fresca. Sin una gota de sudor. Se bajó de su cinta y se me puso al lado, con aire cómplice. «Me acuerdo perfectamente». Lo dijo dándose golpecitos en la sien derecha con el índice. «Si algo tiene de bueno mi familia es la buena memoria».
Como aún me estaba recuperando de la carrera y necesitaba estirar, le di pábulo a la pobre mujer. Muchas veces, la gente mayor no tiene con quién hablar. No quería yo ser uno de esos que pecan de edadismo, así que la escuché. Empezó a decirme que la memoria universal se había trastocado hacía unos años, que habíamos dado un salto cuántico o algo así. Oírlo en boca de aquella mujer me pareció surrealista. Lo cual, por otra parte, me hizo darme cuenta de mis prejuicios. ¿Acaso no podía una persona de cierta edad hablar de determinados asuntos? «¡Pues claro que sí!», me dije. Abochornado por mis propios pensamientos me propuse mantener la mente abierta a lo que tuviera que decirme. Lo que no me dijo fue su nombre, pero sí un montón de detalles que luego he comprobado con bastante asombro. «Mi nieto estaba convencido de que ese androide de La Guerra de las Galaxias era completamente dorado, pero no es así; tiene una pierna plateada». «¿En serio?», pensé. Había visto las pelis como una cuatro veces y estaba seguro de que no era así. No solo eso, sino que Darth Vader no decía en ningún momento eso de “Luke, yo soy tu padre”. No exactamente, vamos.
Me habló del inexistente monóculo del monigote del Monopoly, de los tirantes que nunca llevó Mickey Mouse o de la cola que todos recordaban de Jorge el Curioso y que, como era de esperar, tampoco existió jamás. Me invitó a que recorriera los recuerdos de mi infancia, que pensase en productos que hubiera consumido, en anuncios de televisión y series de dibujos. En el hombre de Vitruvio. «¿Con cuántos brazos lo recuerdas, eh?». Ella tenía sus recuerdos intactos, a ella no la engañaban. Para mí se abrió un mundo nuevo. Era muy confuso. ¿Cómo es posible que recordase cosas que «en teoría» no habían sucedido? Está claro que lo de Ricky Martin, el perrito y la mermelada era un bulo, pero tengo muy presente lo del aterrizaje de aquel ovni en la Plaza Roja de Moscú. Recuerdo haber visto la noticia en televisión. Recuerdo a Morpheo diciéndole a Neo eso de «¿qué me dirías si te dijera que todo lo que sabes es mentira?» y a Hannibal Lecter diciéndole «hola» a Clarice. A Forrest Gump hablando de que la vida es una caja de bombones, cuando, en realidad, su reflexión era pretérita. Recuerdo ese «tócala otra vez, Sam» que nunca se dijo en Casablanca o ese «espejito, espejito» que nunca pronunció la bruja mala de Blancanieves, acabar la canción de «We Are The Champions» de Queen con «of the world» en el vinilo de estudio o leer a Sherlock Holmes llamar «querido» a Watson. Nada de eso es cierto. O sí, pero no ahora. Eso es lo que me contó la señora.
«Decían que se iba a acabar el mundo en el 2012, y eso es lo que pasó». Terminé de estirar y ella se fue hacia la salida. Me sonrió con tristeza, intuyendo tal vez que se había ido de la lengua y que ahora la miraría como una mujer al borde de la senilidad. Y tal vez hubiera sido así de no haber estado comprobando todo lo que me había revelado. Había más gente que pensaba como ella. Y había ejemplos. Personas que dicen que vivimos en una simulación. Que quienes recordamos las cosas de otro modo no estamos tan dormidos como el resto. «Efecto Mandela». Ese es el nombre que agrupa este tipo de fallos en el sistema, creencias erróneas de nuestro pasado. Quienes vienen del otro lado saben algo de esto. Puede que tenga que ver con ellos. Al fin y al cabo, ya me parece que siempre estuvieron aquí.


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