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El azulejo blanco

Todos los días vas a nadar. Te despojas rápidamente de tu camisa blanca y el pantalón con pinzas marrón. Los calcetines deportivos pasados van al fondo de la bolsa de deporte y ésta en la taquilla con candado del vestuario masculino. Posees esa elegancia de hace años ya que el estar casi desnudo frente a tu entrenadora no parece afectarte un ápice. Te peinas rápidamente el cabello antes de colocarte el incómodo gorro de silicona negro que Carmen te compró. Entonces aún vivía.

Recuerdas el día que lo comprasteis. No fue una salida preparada. Dabais vueltas en el hipermercado, con Carmen agarrada al carro medio vacío y de repente lo dijiste. Necesito un nuevo gorro para la piscina. Y dudaste si acercarte al pasillo de textil corriendo y dejar a tu mujer abrazada al carro junto a los yogures o si besarla cariñosamente en la mejilla, tomarla de la mano y pasear la veintena de metros hasta la sección. Por supuesto la besaste. Siempre fuiste un romántico. Carmen decía que ya no quedaban hombres así. La tomaste del brazo mientras empujabas el carro que se desviaba invariablemente a la izquierda dándote continuamente en el callo que jamás curó. Cogiste el gorro más barato, dos cincuenta y al lanzarlo al carro te diste cuenta que Carmen ya no estaba allí, estaba físicamente, con su sonrisa de niña perdida que te enamoró hace medio siglo, con la boca entreabierta y un ligero hilo de saliva resbalándole por la comisura, el cuerpo delgado y la falda a la rodilla con tacones de media altura. Siempre cuatro centímetros, es bueno para la espalda, decía cuando comenzasteis a vivir juntos tras la boda apresurada por ese primer embarazo deseado. Sin embargo Carmen no estaba allí. Le acariciaste el cabello y volviste a tomarla de la mano. Ya en la caja echaste la vista atrás y ninguna mujer tenía la luz que tenía ella. Tampoco quedaban ya mujeres como ella, luminosa e inolvidable.

No pierdes la elegancia cuando te acercas al banco donde has dejado la toalla y en uno de los bolsillos con velcro introduces tu alianza. No quieres dejar olvidados los innumerables recuerdos junto a ella con cada brazada o impulso en esta piscina. Alineas las chanclas rayadas y tus pasos ágiles te acercan al bordillo. En el agua espera la entrenadora. Venga, ¡tírate! parece decirte. Cierras los ojos y no lo piensas. Si te viera Carmen, ¿qué diría? Pero Carmen ya no te ve, y aun así no pierdes la compostura en el salto, y tu cuerpo ajado y viejo se transforma grácilmente en el aire. Los músculos de la espalda y de las piernas se tensan mientras cierras los ojos y apuntas con tus brazos a un punto invisible en el suelo de la piscina que sólo ves tú, el azulejo blanco. Plas, te sumerges rápidamente. No pareces darte cuenta de las miradas femeninas con sus gorros floreados. Donde había un viejo decrépito de repente apareció un hombre. Expulsas burbujas de aire mientras braceas hacia arriba desde tu punto, tu azulejo blanco, y una vez arriba no las miras. Podrías echarles un ojo, quizá alguna esté pasable, y saludarlas con la mano como hacen muchos otros nadadores, pero ¿cómo le sentaría a Carmen? Jamás lo hiciste estando ella viva… ¿qué sentido tiene hacerlo ahora? Al fin y al cabo vas allí a nadar.

En apenas dos brazadas te encuentras al lado de la entrenadora que con escasas indicaciones te ordena los doscientos metros estilo de costumbre. Coges aire e impulso y notas de nuevo ese fuego en el pecho, cómo las piernas y los brazos te tiemblan ligeramente, ondulaciones de agua caliente deslizándose a tu paso, el aire cada vez más cargado… pero tú sólo nadas. Dos largos mariposa y estás de vuelta al lado de los gorros de flores que espían ya sin disimulo tu cuerpo de Adonis. No piensas mucho en ello, y comienzas el primer largo a espaldas y en el techo de la piscina imaginas el cuerpo pálido de Carmen. Tu mujer. A quien no le gustaba tomar el sol y se escondía bajo la sombrilla cada Benidorm, mientras tú volvías del agua e intentabas mojarla con pequeñas salpicaduras, pero, sobre todo, hacerla reír, bajo la sombra de tela gris, cuando demasiadas tristezas habían ennegrecido vuestras vidas. Segundo largo boca arriba y en el techo dibujas las delicadas curvas de Carmen, que se estiraban apenas milímetros con cada embarazo fallido. Ella siempre pensó que era su culpa y murió sintiéndolo así, mientras tú siempre pensaste que quizá Dios no quería transformar un cuerpo tan perfecto. Y llegado el momento dejásteis de intentarlo, sufristeis su menopausia bañados por el silencio de pequeños fracasos compartidos, ella concentrada en su ganchillo, tú en nadar. La vida se os llenó de tapetes, centros de mesa y colchas de verano mientras tu cuerpo, en teoría vencido por el tiempo, ganaba poco a poco la batalla.

Tercera serie braza. Coges aire y allí está, de nuevo, el azulejo blanco. Te gustaría que desapareciera, que dejara de llamar tu atención. Incluso piensas que te quitarías las gafas de buceo y las lanzarías al borde de la piscina con tal de no volver a ver ese azulejo bajo el agua. Pero tienes vista cansada e inicio de cataratas, y ya sólo te falta un poco de cloro para redondear el asunto. Lo sobrepasas y asomas la cabeza cogiendo aire y soltándolo con cada brazada que te lleva al otro bordillo. Un largo más y casi terminas los primeros ciento cincuenta. Continúas nadando, intentando no pensar, como haces siempre. En el primer largo de crol asomas la cabeza para ver el reloj de aguja de la pared de la piscina. Solo un romántico como tú sueña, a estas alturas de la vida, con mejorar su tiempo. Tus dos últimos largos de crol los dedicas a hacer sprint. Nadas como si te fuera la vida en ello, como si en cada aliento expirases un poco. Y en el fondo es así. Mientras, en la piscina aguarda impaciente el azulejo blanco, deseando ser observado, luminoso e inolvidable. Terminas el último largo y subes por la escalera metálica.

Al llegar al banco te quitas el gorro y vuelves a peinarte con esmero, concentrado, con el peine carey que dejaste en la toalla con bolsillos. Te colocas de nuevo la alianza en el dedo. Y saludas, esta vez sí, con la mano a la entrenadora, y a los compañeros que continúan en el agua entretenidos con sus ejercicios y el aquagym. Y sonríes para tus adentros mientras te diriges al vestuario masculino. Empiezas a pensar que eres el único que ve magia en un asombroso azulejo blanco, y por él todos los días vas a nadar.

Imagen: Pixabay

 

Un amigo me dijo hace un tiempo:

 

Crear nos salva del infierno. Y nadar también.
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