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El burdel, de Aleksandr Kuprín

El burdel, de Aleksandr Kuprín

En esta novela, Aleksandr Kuprín logra, con una valentía inusual para su época, arrojar luz sobre la llaga abierta de la prostitución, una cuestión social que la hipocresía burguesa prefería mantener en la sombra.

En Zenda ofrecemos un fragmento de El burdel (Akal), de Aleksandr Kuprín.

***

VIII

El jueves no cesó de lloviznar desde primera hora de la mañana, y pronto las hojas lavadas de los castaños, las acacias y los álamos reverdecieron. De repente todo pareció adquirir un tono ensoñadoramente silencioso, como perezoso y aburrido. Meditabundo y monótono.

A la hora de siempre, todas las chicas estaban reunidas en la habitación de Zhenka, como de costumbre. Pero algo extraño le sucedía a esta última. No hacía chistes, no reía, ni leía como siempre su habitual folletín, que ahora yacía intacto sobre su pecho o su vientre; estaba enfadada, abstraída y triste, y en sus ojos ardía un fuego amarillo que irradiaba odio. En vano Manka «la Blanquita», Manka «la Escandalosa», que la adoraba, intentaba atraer su atención; Zhenka parecía no notar su presencia. Ninguna entablaba conversación. Era angustioso. O quizás a todas les afectaba la insistente llovizna de agosto, que parecía haberse instalado allí desde hacía semanas.

Tamara se sentó en la cama junto a Zhenka, la abrazó cariñosamente y, acercándole la boca al oído, le susurró:

—¿Qué te pasa, Zhénechka? Hace tiempo que veo que te ocurre algo raro. Y Manka también lo percibe. Mira cómo se ha marchitado sin tus caricias. Dime. A lo mejor puedo ayudarte en algo.
Zhenka cerró los ojos y negó con la cabeza. Tamara se apartó un poco, pero siguió acariciándole el hombro con ternura.

—Cómo quieras, Zhénechka. No me atrevo a meterme en tus asuntos. Solo pregunto porque tú eres la única persona que…

Zhenka se levantó de pronto de la cama; decidida, agarró a Tamara de la mano y dijo en tono cortante y autoritario:

—¡Bien! Salgamos. Te lo contaré todo. Chicas, esperadnos un momento.

En el pasillo iluminado, Zhenka puso las manos sobre los hombros de su amiga y, con el rostro desencajado, repentinamente pálido, dijo:

—Pues escucha: alguien me ha contagiado la sífilis.

—¡Ay, querida, pobrecita mía! ¿Hace mucho?

—Mucho. ¿Recuerdas cuando vinieron los estudiantes? ¿Cuán­do armaron el escándalo con Platónov?

Lo supe ese día. Me enteré por la tarde.

—Sabes —observó Tamara bajando la voz—, casi lo intuía, sobre todo cuando te arrodillaste ante la cantante y le susurraste algo. Pero, aun así, querida Zhénechka, tendrías que curarte.
Zhenka, con un gesto de rabia, dio una patada al suelo y rompió en dos el pañuelo de batista que arrugaba nerviosamente entre las manos.

—¡No! ¡Ni loca! A ninguna de vosotras os contagiaré. Tú misma habrás notado que en las últimas semanas no como en la mesa del comedor y que lavo a conciencia yo misma la vajilla. Precisamente por eso intento apartar de mí a Manka, a la que sabes que amo sincera y profundamente. Pero a esos canallas de dos patas los estoy contagiando a propósito, cada noche a diez, a quince de ellos. ¡Que se pudran, que transmitan la sífilis a sus mujeres, sus amantes, sus madres (sí, sí, a sus madres) y padres, y a las institutrices, incluso a sus bisabuelas! ¡Que perezcan todos, auténticos desgraciados!

Tamara acarició con cuidado y ternura la cabeza de Zhenka.

—¿De verdad irás hasta el final, Zhénechka?…

—Sí. Y sin piedad alguna. Vosotras, sin embargo, no tenéis nada que temer. Yo misma elijo a los hombres. Los más tontos, los más guapos, los más ricos y los más importantes, pero después no los dejo acercarse a ninguna de vosotras. ¡Oh, les monto tales escenas de pasión que te partirías de risa si lo vieras! Les muerdo, los araño, grito y tiemblo como una loca. Ellos, idiotas, se lo creen.

—Tú sabrás, Zhénechka, tú sabrás —dijo pensativa Tamara, mirando al suelo—, quizá tengas razón. ¿Quién sabe? Pero, di­me, ¿cómo has engañado al médico?

Zhenka se volvió de pronto, apoyó la cara en un ángulo del marco de la ventana y rompió a llorar con lágrimas amargas, ardientes —lágrimas de rencor y venganza—, al tiempo que hablaba ahogándose y temblando:

—Porque… porque… ¡porque Dios me ha concedido un favor especial: me duele en un lugar donde seguramente ningún médico pueda ver! Encima, el nuestro es un viejo y un tonto…

Y de pronto, con una fuerza de voluntad extraordinaria, Zhenka dejó de llorar tan repentinamente como había empezado.

—Volvamos a mi cuarto, Tamárochka —dijo—. Sé que no dirás nada de más, ¿verdad?

—Claro que no.

Y regresaron a la habitación de Zhenka, ambas serenas y contenidas.

Entró Simeón. Este, a pesar de su insolencia natural, siempre trataba a Zhenka con un viso de respeto. Simeón dijo:

—Oye, Zhénechka, ha venido Su Excelencia a ver a Vanda. Déjala que salga diez minutos.

Vanda, una rubia de ojos azules, con una gran boca roja y el típico rostro de lituana, miró suplicante a Zhenka. Si Zhenka hubiera dicho «no», se habría quedado en la habitación, pero no dijo nada e incluso cerró los ojos deliberadamente. Vanda salió obediente.

Su Excelencia era un general que venía dos veces al mes, cada dos semanas, puntualmente (lo mismo que a Zoia le venía diariamente otro huésped de honor, apodado en el local como «el Director»). Zhenka, en un arrebato, lanzó de pronto el viejo y manoseado libro por encima de su hombro. Sus ojos pardos centellearon chispas de auténtico fuego.

—No deberíais despreciar a este general —dijo—. He conocido a muchos peores. Tuve un cliente: un verdadero idiota. No podía amarme de otro modo… de otro modo… bueno, digamos que me pinchaba los pechos con alfileres… Y en Vilna ve­nía a verme un cura. Me vestía toda de blanco, me obligaba a empolvarme y me acostaba en la cama. Encendía tres velas a mi alrededor. Y cuando consideraba que yo parecía completamente muerta, se me echaba encima.

Manka «la Blanquita» exclamó de pronto:

—¡Tienes razón, Zhenka! Yo también tuve un imbécil. Me obligaba todas las veces a fingir que era virgen, a llorar y gritar. Y ni siquiera tú, Zhénechka, la más lista de nosotras, adivinarías a qué se dedicaba…

—¿Inspector de prisiones?

—Era comandante de bomberos.

De pronto Katia soltó una carcajada con su voz de bajo:

—Y yo tuve un profesor. Enseñaba no sé qué aritmética, no lo recuerdo. Me obligaba todas las veces a imaginar que yo era el hombre y él la mujer, y que yo lo… lo tomara a la fuerza… ¡Y qué idiota! Imaginaos, chicas, gritaba sin parar: «¡Soy tuya! ¡Toda tuya! ¡Tómame! ¡Tómame!».

—¡Están todos locos! —dijo de forma inesperada y decidida, con su voz de contralto, la vivaracha Verka de ojos azules—. ¡Locos de atar!

—No, ¿por qué? —replicó de pronto Tamara sin perder su dulzura y su modestia—. No están locos, simplemente, como todos los hombres, son unos depravados. En casa se aburren y aquí por su dinero pueden obtener el placer que quieran. ¿No es evidente?

Zhenia, que había guardado silencio escuchándolas, se sentó de golpe en la cama con un movimiento rápido.

—¡Sois todas idiotas! —gritó—. ¿Por qué les perdonáis todo eso? Antes yo también era tonta, pero ahora los obligo a arrastrarse a cuatro patas delante de mí, a besarme los pies, y lo hacen con gusto… Todas sabéis, chicas, que no me gusta el dinero, pero a los hombres los desplumo como puedo. Esos miserables me regalan retratos de sus mujeres, novias, madres, hijas…, los mismos que seguramente habéis visto en nuestro retrete. Pensadlo bien, hijas mías… La mujer ama una vez, pero para siempre; el hombre, en cambio, como un semental… Que sea infiel es lo de menos, lo peor es que ni siquiera alberga un simple sentimiento de gratitud ni hacia su antigua amante ni hacia la nueva. Dicen, he oído, que ahora entre la juventud hay muchos chicos puros. Lo creo, aunque yo no he visto ni conocido a ninguno. Todos los que he visto son puteros, canallas y sinvergüenzas. No hace mucho leí una novela de nuestra desdichada vida. Era casi lo mismo que digo ahora.

Regresó Vanda. Se sentó despacio y con cuidado en el borde de la cama de Zhenia, en un lado donde caía la sombra de la pantalla de la lámpara. Movidas por un profundo sentimiento de delicadeza, aunque a la vez feo, propio de los condenados a muerte, los presidiarios y las prostitutas, ninguna se atrevió a preguntarle cómo había pasado esa hora y media. De pronto tiró veinticinco rublos sobre la mesa y dijo:

—Traedme vino blanco y sandía.

Y, hundiendo el rostro en las manos apoyadas sobre la mesa, rompió a sollozar sin ruido. De nuevo nadie se permitió hacerle pregunta alguna. Solo Zhenka palideció de rabia y se mordió el labio inferior tan fuerte que le quedó una hilera de marcas blancas.

—Sí —dijo Zhenia—, ahora entiendo a Tamara. Escucha, Tamara, me disculpo contigo. A menudo me reía de que estuvieras enamorada de tu ladrón Senka. Pero ahora digo que de todos los hombres el más decente es el ladrón o el asesino. No oculta que quiere a una chica y, si hace falta, cometerá un crimen por ella, robará o asesinará. ¡Y estos otros! Todo son mentiras, falsedad, pequeñas astucias, depravación a escondidas. Este desgraciado tiene tres familias: su mujer y cinco hijos, dos hijos en el extranjero con una institutriz y, de su primer matrimonio, otro niño y una hijastra. Toda la ciudad lo sabe, salvo sus hijos pequeños. Aunque también es posible que sospechen algo y cuchicheen entre ellos. Y ya lo ves, es una persona respetable, honrada por todo el mundo… Hijas mías, me parece que nunca hemos tenido ocasión de hablarnos francamente entre nosotras, pero os diré que, a mí, cuando tenía diez años y medio, mi propia madre me vendió al doctor Tarabukin en Zhitómir. Yo le besaba las manos, le suplicaba que se apiadara de mí, le gritaba: «¡Soy pequeña!». Y él me respondía: «No pasa nada, no pasa nada: ya crecerás». Bueno, claro, dolor, asco, suciedad… Y después difundió como una simple anécdota el grito desesperado de mi alma.

—Bueno, si vamos a hablar, hablemos hasta el final —dijo de pronto Zoia con calma, y sonrió despreocupada y triste—. A mí me desvirgó un maestro de la escuela, Iván Petróvich Sus. Un día simplemente me hizo ir a su casa; su mujer en ese momento había ido al mercado a por un lechón, era Navidad. Me dio caramelos y luego dijo que una de dos: o yo le obedecía en todo, o me expulsaba inmediatamente de la escuela por mala conducta. Y vosotras sabéis, chicas, cómo temíamos a los profesores. Aquí no nos dan miedo porque hacemos con ellos lo que queremos, ¡pero entonces…! Entonces nos parecían más que un zar o que un dios.

—Y a mí un estudiante. Daba clases a los hijos de los señores. Allí donde yo servía…

—Pues a mí… —exclamó Niura, pero de pronto, volviéndose hacia la puerta, se quedó boquiabierta. Zhenka siguió la dirección de su mirada y en un gesto juntó las manos. En la puerta estaba Liubka, demacrada, con ojeras negras, y, como sonámbula, buscaba con la mano el picaporte como punto de apoyo—.

—¡Liubka, idiota, ¿qué te pasa?! —gritó fuerte Zhenka—. ¡Qué?

—Pues, ¿qué va a ser? Que me ha echado.

Nadie dijo palabra. Zhenka se cubrió los ojos con las manos, respiraba acelerada; se veía cómo bajo las mejillas se le tensaban en rápidos movimientos los músculos de las mandíbulas.

—Zhénechka, tengo en ti mi última esperanza —dijo Liubka con profunda expresión de angustia e impotencia—. A ti te respetan todos. Habla, alma mía, con Anna Márkovna o con Simeón… Que me readmitan.

Zhenka se enderezó en la cama, clavó en Liubka los ojos secos, ardientes, pero como llorosos, y preguntó cortante:

—¿Has comido algo hoy?

—No. Ni ayer ni hoy. Nada.

—Oye, Zhénechka —preguntó Vanda en voz baja—, ¿y si le doy vino blanco? ¿Y, mientras, Verka corre a la cocina por carne? ¿Eh?

—Haz lo que veas conveniente. Claro, es una buena idea. Pero mirad, chicas, ¡está empapada! ¡Ah, qué idiota! ¡Vamos! ¡Rápido! ¡Desnúdate! Manka «la Blanquita» o tú, Tamá­rochka, dadle ropa interior seca, calcetas y zapatillas. Bueno, tonta, ahora —se volvió a Liubka— cuéntanos todo lo que te ha pasado.

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Autor: Aleksandr Kuprín. Título: El burdel. Traducción: Rocío Martínez Torres. Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.

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