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El cómplice secreto, de Joseph Conrad

El cómplice secreto, de Joseph Conrad

Un joven capitán descubre la figura medio desnuda de un polizón que dice huir de otro barco, acusado de matar a un oficial. El capitán ve en él a un doble de sí mismo, casi su reflejo, porque se parecen físicamente y tienen experiencias parecidas. Por eso decide ocultarlo en su camarote.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El cómplice secreto (Pequeños Placeres), de Joseph Conrad.

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A mi derecha, las hileras de las estacas de pesca asemejaban un misterioso sistema de empali­zadas de bambú semisumergidas, incomprensible por su forma de dividir el reino de los peces tropica­les y estrafalario por su aspecto, como si lo hubiera abandonado para siempre alguna tribu nómada de pescadores que se hubiera marchado al otro extremo del océano; dado que, hasta donde alcanzaba la vista, no había el menor rastro de asentamiento humano. A la izquierda, un conjunto de islotes áridos que ha­cían pensar en muros de piedra, torres y casernas en ruinas hundía sus cimientos en una mar azul que, por su parte, parecía sólida, al extenderse con tanta serenidad y firmeza a mis pies; incluso la estela de luz del sol, que avanzaba hacia el oeste, tenía un bri­llo uniforme, sin ese animado centelleo que delata las ondas imperceptibles. Y, cuando volví la cabeza para despedir con la mirada al remolcador que aca­baba de dejarnos anclados fuera de la barra, vi el perfil recto y plano de la costa, que se fundía con la mar firme, de un extremo a otro, con una continui­dad limpia y perfecta para dar lugar a una única su­perficie nivelada, mitad marrón y mitad azul, bajo la enorme bóveda celeste. Dos bosquecillos, cuya insig­nificancia se correspondía con la de los islotes de la mar, se alzaban uno a cada lado de la única falla de la impecable conjunción para marcar la desembocadu­ra del río Menam, que acabábamos de dejar atrás en la primera etapa preparatoria de nuestro viaje de re­greso; y, más lejos, tierra adentro, una masa más vo­luminosa y más elevada, la arboleda que rodeaba la gran pagoda de Paknam, era lo único en lo que la mirada podía descansar del vano afán de explorar la monótona extensión del horizonte. El resplandor de las que parecían unas cuantas piezas de plata disemi­nadas aquí y allá dibujaba los meandros del gran río; y en el más cercano, justo al otro lado de la barra, perdí de vista el remolcador, que se adentraba en la costa, como si una tierra impasible se hubiera traga­do el casco, la chimenea y los palos sin esfuerzo al­guno, sin estremecimiento alguno. Seguí con la mi­rada la nube pálida de su humo, ahora aquí, ahora allá, sobre la planicie, según las sinuosas curvas del curso fluvial, pero cada vez más desvaída y más leja­na, hasta que por fin la perdí también detrás del montículo en forma de mitra de la gran pagoda. Y entonces me quedé a solas con mi barco, anclado en la cabecera del golfo de Siam.

Flotaba, en el punto de partida de un largo viaje, muy quieto en mitad de una inmensa quietud, mientras el sol poniente alargaba hacia el este la sombra de sus palos. En ese momento me encontra­ba solo en cubierta. No había un solo ruido a bordo y nada se movía a nuestro alrededor, nada vivía, no había una canoa en el agua, un pájaro en el aire ni una nube en el cielo. Daba la sensación de que, a punto de emprender una larga travesía, en aquella pausa exánime medíamos nuestra capacidad de afrontar tan larga y ardua empresa, la tarea asigna­da tanto a mi existencia como a la suya, que debía­mos cumplir, lejos de todas las miradas humanas, con el cielo y la mar como únicos espectadores y jueces.

Debió de haber algún destello en el aire que in­terfiriese con mi visión, ya que, justo antes de que el sol nos abandonara, mis ojos errantes distinguieron, tras los riscos más altos del islote principal del gru­po, algo que acabó con la solemnidad de aquella perfecta soledad. La marea de las tinieblas se exten­dió con rapidez; y con tropical inmediatez surgió sobre la penumbra de la tierra un enjambre de estre­llas mientras yo permanecía allí, con una mano ape­nas apoyada en la batayola de mi barco, como si fuera el hombro de un leal amigo. Sin embargo, al sentir que toda aquella multitud de cuerpos celestes me contemplaba, el sosiego de aquella serena comu­nión con la nave se esfumó por completo. Y asimis­mo se oían ya ruidos perturbadores: voces y pasos; el camarero, de carácter solícito y afanoso, revolo­teaba por la cubierta principal; una campanilla tin­tineaba con insistencia bajo la toldilla…

Encontré a mis dos oficiales esperándome cerca de la mesa dispuesta para la cena, en el salón bien alumbrado. Nos sentamos de inmediato y mientras servía al primer oficial le dije:

—¿Está al tanto de que hay una embarcación an­clada entre las islas? He visto los topes de los másti­les por detrás del risco al ponerse el sol.

El hombre levantó bruscamente el rostro sim­plón, sobrecargado por unas frondosas y terribles patillas, y profirió sus exclamaciones habituales:

—¡Que me aspen, capitán! ¡Vaya por dónde!

El segundo oficial era un joven mofletudo y si­lencioso, a mi juicio demasiado serio para su edad; pero, cuando cruzamos la mirada sin pretenderlo, detecté en sus labios un leve estremecimiento. Bajé los ojos de inmediato. No me correspondía fomen­tar las burlas a bordo de mi barco. Cabe señalar, asimismo, que conocía muy poco a mis oficiales. Debido a determinados hechos que carecen de rele­vancia, salvo para mí, llevaba escasamente quince días al mando. Tampoco sabía mucho de la tripula­ción. Todos aquellos hombres convivían desde ha­cía unos dieciocho meses y era mi situación la de ser el único extraño. Lo señalo porque guarda cier­ta relación con lo que va a seguir, pero lo que más sentía era mi condición de ser un extraño en la pro­pia nave; y, si cabe decir toda la verdad, en cierto modo también era un extraño para mí mismo. Al ser el más joven de a bordo (con la excepción del segundo oficial) y carecer de experiencia en un car­go de la máxima responsabilidad, estaba dispuesto a dar por descontada la capacidad de los demás. Bastaba con que estuvieran a la altura de sus fun­ciones; aunque no me quedaba claro hasta qué pun­to me mantendría fiel a esa concepción ideal de la propia personalidad que todos los hombres se for­man en secreto.

Entretanto, el primer oficial, con la colaboración casi manifiesta de sus ojos redondos y sus horroro­sas patillas, trataba de formular una teoría respecto del barco anclado. Su rasgo dominante era tomarlo todo en consideración con seriedad. Era tendente a la minuciosidad. Como él mismo decía, le gustaba «rumiar» sobre prácticamente todo lo que se cruza­ba en su camino, incluido un triste escorpión que había encontrado en su camarote una semana antes. El porqué y el origen de aquel animal, el cómo había llegado a bordo y había elegido aquel rincón en lu­gar de la gambuza (un lugar oscuro y más propio de un escorpión) y el cómo diantres se las había inge­niado para ahogarse en el tintero del escritorio, lo habían ocupado enormemente. El barco anclado en­tre las islas era mucho más fácil de explicar; y en el preciso momento en que íbamos a levantarnos de la mesa se pronunció. Era, no le cabía duda, una nave que acababa de llegar de la patria. Probablemente te­nía demasiado calado para cruzar la barra salvo con las grandes mareas primaverales. Por consiguiente, se había dirigido a ese puerto natural para esperar allí unos días en lugar de permanecer en un fondea­dero abierto.

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Autor: Joseph Conrad. Título: El cómplice secreto. Traducción: Carlos Mayor. Editorial: Pequeños placeres. Venta: Todostuslibros.

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