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El cuarto dedo, por Espido Freire

El cuarto dedo, por Espido Freire

A gominola, a lápiz de madera y a un leve aroma a naranja, así olía la infancia del protagonista de El cuarto dedo, de Espido Freire.

Hombres (y algunas mujeres) es un libro no venal editado por Zenda con once cuentos extraordinarios de escritoras hispanoamericanas que celebran el 8 de marzo, día internacional de la mujer.

En este volumen, ideado, coordinado y editado por Rosa Montero, participan Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia PiñeiroMarta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón.

 

Como en ese curso uno de los objetivos era que aprendiéramos a escribir con claridad, sin faltas de ortografía, y con bolígrafo, su mano señalaba de continuo las frases en nuestros cuadernos. Recorría las páginas cuadriculadas, y de vez en cuando, limpiaba las limaduras de la goma de borrar que se acumulaban sobre los pupitres.

—Aquí. ¿Ves? Te has dejado una hache. Añádela, así, pequeñita, delante de la o. Venga, esmérate.

De manera que aunque no hubiéramos querido, hubiéramos reparado en que le faltaba casi todo un dedo, dos falanges del anular derecho. Lo veíamos a pocos centímetros de nuestros ojos, como un fenómeno de circo. Los otros eran cuadrados, un poco espatulados. El que faltaba parecía un remate tosco, una rama podada.

—Le pilló un tren —era el rumor más extendido—, ella se salvó pero le atrapó la mano sobre la vía en el último momento.

Y los chicos, los cuarenta chicos de la clase, fijábamos la vista fascinados por el dedo truncado, que, al parecer, no le molestaba en absoluto para escribir, para recortar con las tijeras o para contar el dinero cuando nos daba las vueltas en los recreos, porque además de las clases, Sor Mercedes sostenía un próspero negocio de venta de gominolas a cincuenta céntimos, pequeños gajos de limón o naranja, cuyos beneficios se destinaban íntegramente a una hucha para las misiones de África. Así olía la infancia, a gominola, a lápiz de madera y a un leve aroma a naranja.

Algunos de mis compañeros crecían rodeados de mujeres: hermanas, tías o cuidadoras, una abuela pendiente de mimos y trastadas o una niñera, pero en mi caso, salvo sor Mercedes, la única presencia femenina en mi vida era la de mi madre; y mi madre, salvo el olor a azahar, guardaba tan poco en común con mi maestra que a veces dudaba de que pudiera compararlas. Mi madre, preciosa, esbelta, rubia, con un cigarrillo perpetuo entre sus dedos largos y pulidos, se encontraba siempre a un palmo de distancia; al borde, sin rozarlas, de mis manos extendidas. No entregaba con facilidad su atención a nadie, y yo no suponía una excepción. A veces fingía estar enfermo para que me retuviera contra ella, me midiera la fiebre con los labios posados sobre la frente y me mirara con la cabeza ladeada, llena de dudas que le endurecían el semblante

—Quizás deberías quedarte en casa. No sé. Tienes la temperatura un poco alta.

Entonces yo me resistía y, con gesto doliente, me empeñaba en acudir al colegio, donde no debía luchar por un espacio, ni me resultaba necesario simular una tosecilla ni agrandar los ojos, apenado, porque esas técnicas de poco servían con Sor Mercedes.

—No salgas al recreo, que hace frío —añadía mi maestra si me veía con ese aire lánguido—. Quédate conmigo y hazme compañía.

Los recreos en la clase, aquel aula de enormes hojas de otoño de fieltro y cartulina en las paredes y con murales que habíamos dibujado y entregado en grupo, se escabullían a mucha mayor velocidad que cuando corríamos en el patio, o cuando se jugaba la liguilla entre clases.

—Borra la pizarra —decía siempre—. Ahora, sacude el borrador. Fuera, en la ventana. Con cuidado, no levantes polvo. Ahora ven a darme un abrazo.

Yo enterraba la nariz en su vestido azul, y la abrazaba como no podía hacerlo con nadie. Ella me daba unos golpecitos en la cabeza, y luego continuábamos ordenando cajas o libros.

—Quiero pedirte un favor —me decía, entonces—. Voy a sentarte junto a Diego. No, no me pongas esa cara.

Diego era un niño torpe y gigantesco, sin mucha gracia y sin demasiados amigos.

—Pero, hermana, es que no le entiendo cuando habla…

—Entonces tienes suerte, porque no habla demasiado. Mira, tú siempre te adelantas en las clases, y puedes ayudarle con los ejercicios. Y él juega muy bien al fútbol, puedes ficharlo.

—No juega tan bien.

—Juega bastante mejor que tú.

Y como sor Mercedes jugaba embarazosamente bien cuando quería, y todos nos la rifábamos para nuestro equipo cuando no era el árbitro, no quedaba más remedio que cerrar la boca y que obedecer. Primero fue Diego, y luego Iñaki, y luego Manuel El Lobo, todos los bichos raros de la clase; como un puzzle extraño, encajábamos aristas con huecos. Nuestra unión se limitaba en un inicio a las horas de clase; después comenzábamos a reunirnos para los trabajos y los deberes en nuestras casas, porque vivíamos en la misma urbanización, y sin darnos cuenta éramos hermanos que nos movíamos con el mismo equilibrio, a la misma velocidad sobre un tronco que oscilara sobre el agua.

—Le cortaron el dedo para robarle un anillo —susurraba Manuel El Lobo—. Mi padre, que fue alumno de ella de pequeño, me cuenta que ya entonces le faltaba ese dedo.

Un día llegó a la escuela con la mano ensangrentada, y con el dedo arrancado en el bolsillo.

—Debió de ser durante la guerra.

—¿Cómo que durante la guerra? No puede ser tan mayor.

—¿Qué cuchicheáis? —preguntaba la madre de alguno de ellos, que entraba con unos vasos de leche y unos bocadillos—. A saber qué estaréis liando.

Nos preguntaban siempre qué preferíamos, pero luego se les olvidaba, o nos traían lo que encontraban a mano. Se encontraban siempre perpetuamente preocupadas, atareadas, con hermanos pequeños a los que dar la papilla o gritándose con los padres hasta que se acordaban de que estudiábamos en la habitación contigua, y callaban de pronto, enfurecidos.

Mi madre no, mi madre no le levantaba a nadie la voz ni nos preparaba nunca nada, pero no creo que fuera porque no le gustaran mis amigos nuevos. Ella no era como las otras madres. Ensimismada, sentada junto a la ventana del jardín, parecía habitar un espacio propio. La mayor parte de los días se le olvidaba mi merienda, y yo me escabullía hasta la cocina para coger un plátano o unas galletas. A menudo ella levantaba la mirada de la revista que hojeaba, y parecía reconocerme, como si se le hubiera olvidado que estaba allí. Cuando llevaba a mis amigos a casa les recibía con la misma sonrisa de azúcar de siempre, sin moverse, como mucho agitando el humo del cigarillo para que no nos asaltara en el rostro al saludarla.

—No hagáis mucho ruido —añadía.

Y ellos, como yo, la obedecían, como si su tono de voz, tan ronco, nos meciera en una cuna de silencio.

—Quédate en el recreo, ¿quieres? Hoy necesito un ayudante de confianza.

Tocaba retirar las cartulinas viejas de nieve de algodón y cubrir las paredes con flores y con mariposas, y con libélulas con ojos de lentejas, porque ya avanzaba marzo, comenzaba la primavera y la clase se transformaba.

—Ahora, dame un abrazo —me pidió, cuando se despejó la nube de polvo del borrador—. Así. Qué bueno eres. A ver, cuéntame. ¿Qué tal con Diego?

Me encogí de hombros.

—Sigue hablando muy raro.

—¿Y en casa, qué tal?

Me encogí de hombros otra vez.

—Dile a tu madre que me gustó mucho la colonia que me regaló. ¿Te acordarás? Siempre me trae la que uso y siempre llega antes de que se me acabe.

Me encogí de hombros, porque lo cierto es que sabía muy poco de mi madre, y menos aún de colonias, y en aquellos días todo el grupo nos encogíamos de hombros, en parte por juego, en parte porque no teníamos demasiado que decir.

–Escucha, ponte derecho. Ven. Óyeme —Sor Mercedes se sentó en la mesa y me puso una mano en el hombro que parecía moverse con un resorte—. Tú ya no eres un niño pequeño, y además, los hijos únicos crecéis muy deprisa. Sabéis latín los niños de ahora. ¡Os vais a escapar de mi lado en muy poco tiempo! El año que viene ya tendréis maestros, y os olvidaréis de esta pobre monja.

—¡Yo no! —afirmé, con vehemencia—. Yo nunca.

—Claro, tú nunca, ya lo sé. Bueno. Acuérdate de lo que te digo. Grábalo en esa cabecita inquieta. Cuando ocurra lo que tiene que pasar, no importa que sea durante este curso o para el que viene, yo estaré aquí, y te estaré esperando. Me podrás preguntar lo que quieras, o lo que nadie te haya explicado. ¿De acuerdo?

—¿De la clase? —pregunté.

Ella me miró, los grandes ojos bovinos húmedos de ternura.

—No sabes nada, pobre hijo. No te han contado nada. De la clase, de la vida, de lo que te pase. De lo que quieras.

—Muy bien —contesté, sin saber qué responder, pero ya un poco aburrido de jugar con los hombros.

—Tu madre no es mala —añadió, mientras recogía su escritorio—, digan lo que digan. Esa es la explicación sencilla, y nadie busca complicarse la vida; que las mujeres somos las malas. No hagas demasiado caso. No le prestes demasiada atención a nadie —entonces cambió el tono de voz y se dirigió a la clase, que volvía del descanso—. ¡Niños! ¡No hay por qué tragarse las mesas! ¿Venís con hambre del recreo? Vamos, vamos, cada cual a su asiento.

Y yo, sentado junto a Diego, que hundió la cabeza en su libro como si se estuviera durmiendo, esperé al final de la clase, con una espiral extraña en el estómago, que giraba en un sentido o en otro, como si me hubiera comido algo aún vivo.

—Tienes mala cara —se preocupó mi madre, durante la cena.

En aquella ocasión no fingía. Esa noche me desperté empapado en sudor y bilis, con un dolor agudo en el vientre. Mi madre cambió las sábanas, que había manchado de vómito, y me pasó a su cama, entre papá y ella, para que durmiera como lo hacía cuando era muy pequeño. Noté el olor de su piel y de su colonia, muy vago, el mismo que desprendía Sor Mercedes en su hábito azul, pero un poco más dulzón, menos intenso.

Durante mucho tiempo creí que mi madre se fue porque esa noche yo me había puesto enfermo. No importaba lo que me explicó mi padre, que parecía un perro perdido, de la mejor manera que supo. Durante varios recreos, bajo la sombra de las dalias y de las margaritas de fieltro, sor Mercedes cumplió su promesa de contarme algunos de los secretos del mundo de los mayores, y de verme llorar en silencio, mientras me acariciaba el pelo o la mejilla, pero nada de lo que me dijeron logró apartar de mi cabeza la convicción de que era mi propio olor acre a vómito, el pijama de Spiderman manchado, lo que alejó a mi madre definitivamente de mí. También yo me hubiera repugnado.

No cambié de idea hasta que nació mi hija y se sucedieron las noches de llantos y de cólicos, el amor que se acrecentaba cada vez que enfermaba, aunque fuera un susto leve. Aprendí con la niña aquello que me había quedado pendiente como hijo. Mis padres fueron los primeros que se divorciaron del colegio, en el inicio de una fiebre que prendió durante meses, y que nuestra generación reviviría de vez en cuando durante los siguientes años. Nos consolamos como supimos, los unos a los otros, con trucos de supervivencia que probábamos en nosotros mismos y que revelábamos a los siguientes, con toda seriedad, convencidos de que los padres nos abandonaban en islas desiertas en las que debíamos ser a la vez náufragos y supervivientes.

—Pide regalos por separado.

—No le cuentes nada a uno de la otra.

—Pasará. La tristeza se acaba.

Ya no tenía a sor Mercedes como maestra; ella y sus gominolas de gajos de limón y naranja se habían quedado en el pasillo de los pequeños, pero de vez en cuando nos observaba desde la ventana de su clase, mientras uno de los niños golpeaba el borrador lleno de tiza contra la pared externa, y nos saludaba con la mano a Iñaki, a Diego, a Manolo El Lobo y a mí, el grupo de solitarios que primero habíamos quedado huérfanos con padres vivos, unidos en una hermandad de patio de colegio y familia rota. A veces la veíamos jugar al fútbol con su clase, con unos movimientos de una agilidad sorprendente para su volumen.

—Le mordió un perro.

—No, parece que lo del tren es verdad.

Nunca dejamos de visitarla, a veces por nuestra cuenta, otras veces en grupo. El tiempo parecía girar a su alrededor sin tocarla, como una roca en un remolino del río, la piel de manzana, los ojos dulces de una ternera parda.

—Es igual que tú —me decía cuando le llevaba a mi hija a la residencia para monjas donde vivía en los últimos años—. Te vuelvo a ver cuando la miro a ella.

No aclaraba lo que todos pensábamos, que la niña era un calco de mi madre, rubia, y menuda, y con aire distraído. El nombre de la ausente nunca se mencionaba, porque si bien muchos eran los hijos de divorciados, yo era el único hijo de una suicida. A diferencia de lo que ocurrió con las separaciones, el suicidio no se contagió de una casa a otra, de una madre a otra. Su sombra se detuvo a los pies de aquella criatura blanca y absorta, como un manchón de tinta china.

Sor Mercedes vino a darnos el pésame, y se sentó en la cocina a tomar un café conmigo, que era ya un adolescente cada vez más taciturno.

—Cuando crezcas —me dijo, mientras yo me abrazaba a ella, sin llorar, pero con la cabeza tercamente hundida en su regazo— te darán muchas explicaciones para lo que ha ocurrido. Pero la verdad es que continuará siempre como un misterio. Hay gente que nace así, con esa carga. Es como si les faltara una parte del cuerpo, pero en un hueco invisible, aquí —me golpeó suavemente en la sien—. Te contarán muchas historias para comprender qué le pasaba; y alguna acertará la razón, pero solo Dios sabe cual es la correcta. Yo creía que se libraría de la tristeza al divorciarse, pero se ve que el peso que arrastraba era demasiado grande.

—Casi no me acuerdo de su rostro —le confesé.

—Eso es porque hace mucho tiempo que no la veías —me tranquilizó—. No te preocupes, ya te volverá a la memoria. En un sueño, o en un olor, en una mujer que te guste. Yo quería mucho a tu madre.

—Yo no sé si la quería.

—Eso no importa, hijo. Ya aprenderás a quererla.

No me engañó en eso, como en nada de lo que me dijo. Mi hija gateaba a su alrededor y trepaba a sus rodillas con la tranquila determinación de un gato. Luego, con su manita aferrada al cuarto dedo roto se quedaba dormida sobre la vieja monja.

—Deja, no me molesta, no la despiertes. Los niños han sido siempre mi vida. Mira cómo me coge el dedo —agitó su mano, con la gordezuela de la niña enredada como una madeja—. Nunca me has preguntado qué me pasó. Qué generación la tuya, qué falta de curiosidad.

—Un día traigo a Diego y a los otros y nos lo cuenta, hermana.

—¿Te acuerdas de la clase tan bonita que teníamos? Cuánto os hacía trabajar para que siempre hubiera dibujos en las paredes, y trabajos manuales con purpurina y papel de charol…

—Y las gominolas…

—Ay, las gominolas…, ya me había olvidado…

Mecía a la niña, a la que costaba arrancar de sus brazos, y se despedía sin aspavientos, con la seguridad de que iría pronto a verla, como si no nos separara más que un recreo entre dos clases. Luego continuaba leyendo con sus gafas de aumento, como si por ella no pasara la memoria, ni las penas, ni las mentiras de los mayores.

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Coordinadora editorial: Rosa Montero. Autoras: Elia Barceló, Nuria Barrios, Espido Freire, Nuria Labari, Vanessa Montfort, Lara Moreno, Claudia Piñeiro, Marta Sanz, Elvira Sastre, Karla Suárez y Clara Usón. TítuloHombres (y algunas mujeres). Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita en Amazon 

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