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El curioso incidente del cemento a toda página

El curioso incidente del cemento a toda página

Si estamos y seguimos en Twitter (ahora X), es porque nada puede convencernos de que no lo llamemos Twitter. La red social del pajarito (ya volado) sirve como siempre para depositar ideas peligrosas, absurdas, hilarantes e inútiles. Si Twitter fuera ideal, cerraría. Gente sensata, neutra, polícroma haría de Twitter un infierno de funcionarios de sí mismos, la administración moral de nuestras fachadas sociales. Twitter está para decir tonterías, vernos las entrañas, contar imposibles y pasar el rato con el lado más caricaturesco del conciudadano.

Hay que quejarse, en suma.

Y una usuaria (“Si yo fuera libro”, se llama) se quejó muy bonito el otro día. Escribió (ojo a la trama) esto: “Hay un usuario (estoy casi segura de que es un hombre) de mi biblioteca pública que tiene la horrenda manía no solo de escribir glosas en los márgenes sino de corregir la palabra cemento por hormigón, da igual el texto que sea. Es el décimo libro que leo con estas enmiendas”.

"La primera vez que leí el tuit, disfruté, como quien ve una película comercial o el trailer de una película comercial, adaptación hollywoodiense de algo de Agatha Christie"

Apreciamos, antes de la sustancia narrativa, el grácil acompasamiento verbal, con palabras de elevada puntería: “glosa”, “enmiendas”; “horrenda manía”. Quizá nos hubiera gustado una coma antes de “no solo” y otra después de “márgenes”, y hasta una tilde en ese adverbio y unas comillas en las palabras implicadas, pero son niñerías en una red social plagada de analfabetos urgentes, de la urgencia por encima de la alfabetización. Porque enseguida se impone el misterio, muy propio de Agatha Christie: el hombre que te tacha “cemento” en el libro y te pone “hormigón”.

No hay muchos misterios mejores.

La primera vez que leí el tuit, disfruté, como quien ve una película comercial o el trailer de una película comercial, adaptación hollywoodiense de algo de Agatha Christie. Ahí teníamos a la víctima, la usuaria o (quizá) bibliotecaria de una biblioteca pública que nos defiende a todos los usuarios de este servicio fundamental de los vándalos sin escrúpulos (hombres todos, seguramente). O sea, de los subrayadores, anotadores, glosadores que se llevan en préstamo un libro de propiedad universal y lo devuelven como si fuera sólo suyo, lleno de personalidad y grafito, cuando no tinta del Bic.

"Nuestra solidaridad con la mujer es inmediata. Sabemos que ella está del lado correcto de la página, que es nuestro lado: la defensa del papel virgen, comunal; del libro de la biblioteca"

Nuestra solidaridad con la mujer es inmediata. Sabemos que ella está del lado correcto de la página, que es nuestro lado: la defensa del papel virgen, comunal; del libro de la biblioteca. En los comentarios a su denuncia, el pueblo echa una mano, cercando al criminal correctivo, identificando su profesión: tal locura, tal puntillosidad con los materiales sólo puede hablarnos de un arquitecto, quizá de un ingeniero. El tuit se viraliza, aumentan los comentarios y los likes, la víctima recibe, cuando menos, el alivio de saberse verdaderamente agraviada.

Sin embargo, pienso ahora, no me imagino a arquitectos o ingenieros yendo a las bibliotecas públicas, donde, no se puede negar, sólo van pobres y estudiantes y minorías voraces. Un arquitecto, no lo veo.

Con todo, mi mayor duda (que surgió tras una tercera o cuarta lectura del tuit) es estadística. Sin más: no soy capaz de pensar en novelas que utilicen la palabra “cemento”. No diría que esa palabra es común en los libros, desde luego nunca en libros anteriores al siglo XX, y muy poco en estos y apenas más en los de nuestra centuria. ¿Quién escribe “cemento” y por qué? Thomas Bernhard en Hormigón debe de hacer las delicias de nuestro criminal. Pero, fuera de ahí, ¿dónde has leído “cemento” y cuándo? No sabrías decirlo.

"Si no sabe quién es el exterminador del vocablo, la autora del tuit debería ir libro a libro por toda la biblioteca buscando"

Si la palabra perseguida fuera “coche”, para cambiarla por “carro” (un arquitecto criminal colombiano), no dudaría. Pero, siendo “cemento”, me escama. Sin más: ¿qué diez libros con la palabra “cemento” ha encontrado la víctima, bibliotecaria o no?

Si no sabe quién es el exterminador del vocablo, la autora del tuit debería ir libro a libro por toda la biblioteca buscando, no sólo subrayados y glosas, sino la palabra “cemento” corregida, y encontrarla diez veces. Esto se nos antoja milagroso. Y más milagroso sería la otra opción, que deja entrever la usuaria: que ella tiene la malísima suerte de ir tomando en préstamo justo los libros que el otro acaba de devolver, después de tachar “cemento” y escribir “hormigón”.

Es muy inverosímil.

“Es el décimo libro que leo con estas enmiendas”, leemos. Esto lo interpretamos a primera sangre como: he encontrado diez libros donde “cemento” es “hormigón” para un criminal, sin duda un varón. Pero, incluso suponiendo que habla de las glosas en general y de los subrayados en todo sentido, ella misma afirma que el hombre está obsesionado con tachar “cemento” y sobrescribir “hormigón”. Debe haber visto la enmienda, por tanto, dos veces como poco; cinco, para ser prueba indiciaria.

"¿Es posible que, de miles de libros que hay en una biblioteca, dos lectores lean los mismos, y siempre con “cemento”, para que uno lo tache y el otro se encabrone?"

¿Cómo lee una cinco, diez libros concretos con “cemento” y no “concreto” u “hormigón”? ¿Cómo sigue los pasos del intolerante a la lactosa mineral? ¿Es posible que, de miles de libros que hay en una biblioteca, dos lectores lean los mismos, y siempre con “cemento”, para que uno lo tache y el otro se encabrone?

¿No será ella misma quien va por ahí tachando “cemento”?

Arriesgada apuesta, sin duda. Pero resulta poco creíble que un lector con una manía comparta con otro, sin manías, un itinerario de lectura tan peculiar: novelas que empleen la palabra “cemento”. Y que además las lean siempre en el orden más desastroso: primero las lee aquel al que no le gusta la palabra “cemento”, y la tacha; después, aquella a la que no le gusta que tachen palabras en los libros, y se encuentra con “hormigón” escrito a mano, indefectiblemente.

Amigos, he aquí un misterio dentro de otro. Encofrado, diríamos.

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Juan D.
Juan D.
1 mes hace

Te superas, Olmos ! Asi da gusto empezar el dia, ya te queda la sonrisa tonta para capear la jornada

Juan
Juan
1 mes hace

a veces el pirómano llama a los bomberos y, en otras, los bomberos, aburridos, se convierten en pirómanos. Just saying.

Miguel Ángel F.
Miguel Ángel F.
1 mes hace

Disfruto mucho leyendo a Alberto Olmos, también esta entrada. Aunque me ha generado inquietud.
Soy ingeniero y usuario habitual de las bibliotecas públicas. Conozco a otros ingenieros con esta misma patología. Sí que me puedo imaginar a arquitectos e ingenieros yendo a las bibliotecas públicas, incluso a algunos de ellos pobres, aunque siempre hay excepciones. Quizás debiera replantearme mi profesión.
Quiero aclarar que no soy el malhechor, el tachador de los libros.
El hombre que tacha, el acusado, debe conocer bien que el cemento solo es un componente del hormigón, ese material de color gris que nos acompaña en puentes, estructuras de edificios o pavimentos urbanos. El villano subrayador piensa acertadamente que la escalera es de hormigón, no de cemento. Pero resulta irritante que materialice su corrección, que la haga patente, que no pueda contener su deseo por señalar irremediablemente el error. O peor aún, quizá el delincuente no ha comprendido que el autor no se equivocó, sino que empleó a sabiendas la palabra cemento. ¿Debiera reprimirse un avezado panadero al encontrar en un libro de la biblioteca la expresión “barra de levadura”? Qué desazón. Estoy seguro de que la bibliotecaria hojea de forma implacable los libros recién devueltos, aun calientes, y tiene a muchas profesiones en el punto de mira, sobre todo las venidas a menos, las que acaban con sus miembros yendo a una biblioteca pública.