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El diablo de la botella, de Robert Louis Stevenson

El diablo de la botella, de Robert Louis Stevenson

Este clásico de la literatura inglesa aborda un tema tan antiguo como el ser humano: los pactos con el diablo. Un joven hawaiano encuentra una botella de vidrio en cuyo interior habita un diablo rodeado por el fuego del infierno que puede concederle cualquier deseo.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de El diablo de la botella (Nórdica), escrito por Robert Louis Stevenson e ilustrado para la ocasión por Emilio Urberuaga.

***

Había un hombre en la isla de Hawái al que llamaré Keawe, pues la verdad es que sigue vivo y su nombre debe permanecer en secreto, pero el lugar de su nacimiento no queda muy lejos de la bahía de Honaunau, donde reposan escondidos en una cueva los restos de Keawe el Grande. Era un hombre pobre, valiente y activo; sabía leer y escribir como un maestro y era, además, un marinero de primera clase: navegó un tiempo en los barcos de vapor de la isla y también tomó el timón de un ballenero en la costa de Hamakua. Con el tiempo, a Keawe se le ocurrió la idea de salir a ver el mundo y otras ciudades y embarcó rumbo a San Francisco.

Es esta una hermosa ciudad, con un hermoso puerto e incontables personas adineradas; existe en concreto en la ciudad una colina cubierta de palacios. Por esta colina paseaba un día Keawe con el bolsillo lleno de dinero y admirando las grandes casas a uno y otro lado de la calle. «¡Qué casas tan bonitas! —pensó—, ¡y qué felices deben de ser las personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Esto andaba pensando cuando se detuvo frente a una casa más pequeña que las otras, pero acabada y adornada como un juguete. Sus escalones brillaban como la plata, los arriates del jardín lucían flores exuberantes como guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo asombrado por la maravilla que tenía ante sus ojos y, en ese preciso momento, percibió a un hombre que lo miraba fijamente desde una ventana tan transparente que Keawe podía verlo como se ve a un pez en la poza de un arrecife. Era mayor, calvo y de barba negra; su rostro reflejaba una gran tristeza y suspiraba con amargura. Pero lo cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a Keawe, se envidiaban mutuamente.

De repente, sonrió y con un leve gesto invitó a Keawe a acercarse. Lo recibió en la puerta de la casa.

—Es hermosa esta casa mía —dijo el hombre con un amargo suspiro—. ¿No le gustaría ver las habitaciones?

Y así, guio a Keawe por la casa, desde el sótano hasta el desván; y no había nada que no fuera lo mejor de lo mejor. Keawe quedó deslumbrado.

—Realmente es una casa hermosa —dijo Keawe—; si yo viviera en una parecida, me pasaría el día riendo. Entonces, ¿cómo es posible que no haga usted más que suspirar?

—No hay razón alguna —respondió el hombre— por la cual no pudiera usted tener una casa similar en todo a esta, y aún más hermosa, si así lo desea. Supongo que tendrá algo de dinero, ¿verdad?

—Tengo cincuenta dólares, pero una casa como esta seguro que costará mucho más.

El hombre hizo un cálculo.

—Siento que no tenga usted más —se lamentó—, eso puede acarrearle problemas en el futuro; no obstante, es suya por cincuenta dólares.

—¿La casa? —se extrañó Keawe.

—No, la casa no; la botella. Debo decirle que, aunque le parezca tan adinerado y dichoso, toda mi fortuna, esta casa misma y su jardín, salieron de una botella no más grande que una pinta. Aquí está.

Abrió un mueble cerrado con llave y sacó una botella abombada de cuello largo, hecha de un vidrio blanquecino como la leche y con destellos iridiscentes. En su interior algo oscuro se movía vagamente, algo así como una sombra y una llama.

—Esta es la botella —dijo el hombre y, al ver que Keawe se reía, añadió—: ¿No me cree? Pruebe usted mismo a ver si logra romperla.

Keawe levantó la botella y la golpeó contra el suelo hasta quedar agotado, pero rebotaba como una pelota y siempre quedaba intacta.

—Es muy extraño —dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como por el tacto diría que es de cristal.

—De cristal es —replicó el hombre, que suspiraba cada vez más fuerte—, pero el cristal fue templado en las llamas del infierno. En ella habita un diablo, que es esa sombra que vemos ahí moviéndose, o eso quiero suponer. Si alguien compra esta botella, el diablo estará a sus órdenes y todo lo que desee se cumplirá con solo pedirlo: amor, fama, dinero, casas como esta, sí, o incluso una ciudad como esta… Napoleón tuvo esta botella y con ella llegó a ser el rey del mundo, pero la vendió y cayó. El capitán Cook la tuvo y gracias a ella encontró el camino a tantísimas islas, pero también él la vendió y murió asesinado en Hawái, porque una vez vendida, el poder y la protección desaparecen y, a menos que el hombre esté satisfecho con lo que tiene, algo malo termina acaeciéndole.

—¿Y aun así habla usted de venderla? —dijo Keawe.

—Tengo todo lo que deseo, me estoy haciendo mayor y hay una cosa que este diablo no puede hacer: prolongar la vida. Además, no sería justo ocultarle que la botella tiene un inconveniente: si su dueño muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.

—¡Pues claro que es un inconveniente! ¡Y tanto! —exclamó Keawe—. Mejor no meterse en historias con esta cosa. Puedo vivir sin una casa, gracias a Dios, pero de ninguna manera podría vivir un instante sabiéndome condenado a las llamas del infierno.

—Por Dios, ¡no se precipite! Lo único que tiene usted que hacer es usar el poder del diablo con moderación y después venderle a otro la botella, como estoy haciendo yo, y disfrutar de lo que le quede de vida.

—Mire, dos cosas me han llamado la atención: la primera es que sigue usted suspirando cual doncella enamorada y la otra es que muy barata vende usted esa botella…

—Ya le he contado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud se esté resquebrajando y, como usted mismo ha dicho, morir e ir al infierno es una tragedia para cualquiera. En cuanto a por qué venderla tan barata, debo explicarle otra peculiaridad de la botella. Hace mucho tiempo, cuando el diablo la trajo por primera vez a la tierra, era extremadamente cara (el Preste Juan la compró por una fortuna), pero no puede venderse, a menos que sea a la baja. Si recibe lo mismo que pagó por ella, le volverá cual paloma mensajera. De ello se deduce que su valor ha ido cayendo a lo largo de los siglos y, ahora, la botella es extraordinariamente barata. Yo mismo se la compré a uno de mis ricos vecinos de esta colina, y el precio que pagué fue de apenas noventa dólares. Podría venderla por ochenta y nueve dólares y noventa y nueve centavos, pero ni un centavo más; de lo contrario, la botella regresaría a mí. Ahora bien, hay dos peros: el primero, que cuando se ofrece una botella tan singular por ochenta y tantos dólares, la gente supone que es broma; y el segundo…, bueno, este no corre prisa, no hace falta entrar en eso ahora. Solo recuerde que debe venderla a cambio de dinero de curso legal.

—¿Cómo puedo saber que esto que me cuenta es verdad? —preguntó Keawe.

—Puede usted comprobarlo en parte ahora mismo. Deme sus cincuenta dólares, agarre la botella y pídale que vuelvan a su bolsillo. Si no sucediera, por mi honor le prometo que cancelaré el trato y le devolveré el dinero.

—No me estará usted engañando…

[…]

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Autor: Robert Louis Stevenson. Titulo: El diablo de la botella. Traducción: Colectivo Stevenson BdL. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.

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