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El espíritu de las vacas, de Abel Neves

El espíritu de las vacas, de Abel Neves

¿Qué queremos decir cuando hablamos de naturaleza? La respuesta la podemos encontrar en El espíritu de las vacas (edit. De Conatus), de Abel Neves (Montalegre, Portugal, 1956), recordando el ritmo vital de aquellos lugares donde el ser humano no tiene el poder, como lo fue en su momento con el espacio de Trás-os-montes para Miguel Torga y Julio Llamazares.

Zenda publica las primeras páginas de esta novela.

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Vaca con chapa se envanece y tiene vida legal. Las chapas facilitan la existencia. Muerden la oreja y se desea que no hieran, que no resequen la piel. Las orejas se menean con las moscas y las mandíbulas mastican las hierbas con parsimonia. El moco cuelga porque tiene que colgar. Las vacas, mientras pueden rumiar, son felices. Cuando presienten el fin, les brota el impulso de soltar el alma, que hay quien dice que no tienen, y ya antes de que vibre el último mu-uuuuuuuu en el cosmos, el cuerpo se autoriza la caída y el espíritu, el vuelo. No saben despedirse como a nosotros nos gustaría. Se nos asemejan. Desorbitan los ojos hacia delante y hacia atrás y en ellos vemos esferas de angustia. Logran hacerle el retrato al criador, que se queda mirándolas con una pena disimulada, compensada en cheque, efectivo o transferencia bancaria, y se lo guardan en una memoria que nadie alcanza a conocer. Antaño tenían nombre, ahora son un número en la chapa, y por más que pataleen, no dejarán de entrar en la nave de la muerte. La intuición que tienen subsistirá. A las que ahora parten con los cuernos engarabatados contra los tablones de la caja abierta de la camioneta les gustaría, quizá, ser otra cosa o conservar al menos el contraste de la piel castaña y lustrosa sobre el verde de los prados. Una descarga eléctrica acabará con ellas, pero, previamente, un fogonazo en la conciencia hará que el paisaje se termine aun antes de haberse terminado. Hasta en esto son bondadosas y los matarifes no piensan en lo que hay en ellas que no se ve. Ni sable ni degüello, y cuando empiezan a ser, en vez de un cuerpo, una pieza que le echa la lengua al mundo, aparecen los ganchos fuera de la boca, lobulados, y cabeza abajo ofrecen la piel y todo lo demás. Pasan a la hilera de los canales y un sello del color de la baya del saúco da fe de que han vivido.

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El pastor se cubre con el tapabocas. En las noches muy oscuras, nada alumbradas, ni por estrellas, teme que los ratones, aun del tamaño de un dedo, se le acerquen a los ojos mientras duerme, siquiera a los párpados. Los ratones se hacen eternos en su aprensión. El lugar donde duerme podría muy bien ser una casa mejor, un palacio, que él habría podido comprar con las ganancias de unos cuantos terneros si fuera criador y no pastor. Recostado en la peña que todavía baña esa luz de finales de septiembre, el pastor no tiene fantasía que le llene. Contempla los matojos de carquesia y el palacio se le va del pensamiento tan rápido como ha venido. Raspa los líquenes del granito con las uñas y sabe que las tiene oscuras porque también los ojos se le han oscurecido. Quizá podría ver el mundo de otro modo, pero no tiene ganas. El viento amarga un poco las horas y el pastor se arrebuja en el tapabocas. Lo que ha andado no se compara con nada de nada. Lo que ve se le confunde a menudo con lo que ha visto y con lo que verá, y para no aburrirse le arroja chinas al paisaje, allá abajo, siempre hacia abajo, pues él está arriba. Podría el palacio tener tres ventanas, dos por delante y una por detrás, grandes y vistosas, y dos puertas, la una hacia el sur y la otra al norte. La del sur podría ser una cristalera que dejara entrar a los robledales de la sierra. Estaría equipada con una tecnología capaz de cambiarle la vida a quien la cruzase, fuera quien fuera y a la hora que fuera. Bastaría con que alguien la traspasara para que la vida le cambiase al instante. A mejor, siempre a mejor. Siendo él pastor, ¿y si se volviera enfermero o ingeniero de cabras? Pero ¿y las vacas? ¿Sería capaz de dejarlas en manos de otro? Menuda estupidez pensar que la vida podría cambiar así. Nota el viento más frío y se ciñe bien el tapabocas.

***

Si algún amor siente, es por las vacas. Le han dicho incluso que las hay de plástico, del tamaño de una oveja, en blanco y negro, lecheras, hinchables, y que vienen con culo penetrable y todo. Es una broma de cuatro tarados, pero él se queda pensando. ¿Hinchables? ¿Como los flotadores?

¿quién te ha contado eso?
las hay en América
¿En Brasil?
también, todo América

Una pizca menos de América por todas partes y seríamos más competentes. Sólo una pizca. Además, bailaríamos con nuestras músicas y las letras tendrían cosas como corazón en vez de heart, o secreto en vez de secret.

y el ojete, ¿cómo es?
pues se abre como una flor, se le da así con los dedos y se abre
y ¿qué más?
yo sólo sé que las hay en América, no las he probado

Se esfuerza en olvidar. Su amor es para las vacas. Y lo demás es hablar por hablar.

***

Aquiles, Patroclo, Agamenón, Príamo, Ulises. Se oye la música de las armaduras, el desconcierto de los carros con las ruedas labradas, el ondear de las lonas por capricho del viento cuando unos y otros se ponen a montar las tiendas, el voltear de las muchas lanzas afiladas. De fresno, se dice. Se ven «los caballos de pezuña no hendida», como también se lee y se dice, adiestrados para las violencias de la guerra y ellas, las vacas, se asustan, se vuelven hacia el lado de donde antes oían a las ranas y van moviendo el interés entre el lodo y los crótalos de plata grabados en los yelmos. ¿Cómo es posible que distingan desde tan lejos las serpientes labradas por artistas o dioses como Hefesto? Las vacas tienen una visión extraordinaria y cuando clavan la mirada en alguien señalan a la eternidad, porque alcanzan más allá de lo que avistan. De cara al norte, entre las hierbas tiernas que mastican y la muchedumbre que se ha apoderado de su territorio, se han quedado atónitas. ¿Qué hacer ante tanto caballo antiguo? Nada. Absolutamente nada. Esperar a que se difuminen, a que se desaten más las hermosas crines, a que los guerreros desistan y no se dé siquiera inicio a la guerra de Troya. Son listas las vacas.

***

Los turistas ven las vacas y ¿qué dicen?

hala, qué cuernos
¿qué forma de hablar es esa?, astas, hala qué astas

La familia está en el coche. Todos sonríen, menos el padre, que observa con el ceño fruncido al buey que pasa rozando la pintura del jeep de altas ruedas, cada cual con su tracción. El hijo es único y es pequeño y ha oído cuernos en el colegio, ahora al verlos aprovecha y lo dice. A la prima, que va sentada a su lado, también le habría gustado decirlo, pero no lo dice porque su tío ha dicho que son astas. A no ser que diga astas, pero ya se le han quitado las ganas. Prefiere contemplar las cascarrias de bosta seca en las ancas de los terneros. Ahora que el coche está parado a poco más de un kilómetro de la aldea, la madre despliega el mapa y le confirma a su marido el punto exacto en el que están. Él apunta con el índice al gps. Todo coincide: mapa, satélite y buen humor. Llegar es una odisea, pero las carreteras de hoy, no hay comparación. No recuerda las otras, las antiguas, pero no tienen ni punto de comparación. Se nota en la capa de alquitrán. Buen firme. De calidad, municipal, con sus arcenes bien pintados. Así ya es otro cantar.

en esto se nota Europa, son los fondos estructurales —dice el turista.

Esa de ahí es brava. Ojalá no le dé por arremeter con las astas contra el parabrisas.

si hubiéramos madrugado, no nos habría pillado la hora punta —dice el padre aventurero tabaleando sobre el volante.

El coche avanza un poco y se para. El padre mira a su hijo por el retrovisor.

has venido todo el santo viaje agarrado a la tabla, ¿no la
puedes soltar un poco?
dijiste que íbamos a pasar por la playa
y ¿no hemos pasado?
no paraste
si hubiera parado no habríamos llegado ni mañana
¿por aquí cerca hay playa?
¿no ves que no?
no veo nada
aquí vacas, sólo hay vacas
tampoco hace falta que le hables así —dice la madre guardando el mapa.
¡hala, esa! —grita la prima.

Las vacas no piden permiso. Donde las pille, ahí va. Evacúan y andando.

¿es vaca o buey? —pregunta el niño.

¿no ves que es vaca? —le dice su prima.

El todoterreno reemprende la marcha. El pastor saluda con la mano y se va quedando atrás, con el rebaño separado en dos hileras hacia su destino. Los primos le dicen adiós.

no aceleres, no hace falta acelerar, que ya hemos llegado —dice la madre, bajando la ventanilla.
¿he acelerado yo?, sube el cristal, el aire no funciona con las ventanillas abiertas, ¿cuántas veces tendré que repetirlo?

Tienen todo lo necesario para que una aventura se grabe en la memoria. Resguardados de los sonidos de fuera, no oyen el viento en la retama.

puede que llueva —dice el padre—. si llueve y hace sol, podríamos ir a setas.
yo no quiero que llueva —dice el hijo.
querrás lo que haya, quítame esa tabla de encima del asiento
¿dónde la pongo?
en el suelo, ponla en suelo, ¿o no tiene suelo el coche?
no le hables así al niño —le reprende la madre.
es que parece tonto, todo el santo viaje aferrado a la tabla
tiene a quien a salir
mira —le dice su prima señalando al cielo.

No lo ha visto. Ni él ni la madre ni el padre, que también han dirigido la vista hacia fuera. Era un arrendajo, marrón y azul, con las alas como a rayas negras y blancas. Era bonito, pero ya no está.

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Autor: Abel Neves. Traductora: María Alonso Seisdedos. Título: El espíritu de las vacas. Editorial: De Conatus. Venta: Todostuslibros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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