Inicio > Libros > Narrativa > El fin de la inocencia
El fin de la inocencia

Llegué a esta novela guiada por el título, que me pareció sumamente bello en cuanto lo descubrí en el catálogo de la editorial. Intuí a partir de él la querencia sinestésica de la autora, Torborg Nedreaas, una escritora noruega que no conocía hasta ahora y cuyo descubrimiento agradezco mucho a Errata Naturae. Voy a seguirle la pista e intentaré leer el resto de sus libros simplemente por el placer que supone saborear esa prosa bellísima, llena de matices y capacidad de sugerencia que despliega en cada línea. El estilo lo es todo en literatura, al menos para mí, porque el conjunto de temas que interesan al ser humano desde siempre apenas varía, mientras que el cómo se abordan dichos asuntos supone toda una declaración de intenciones, una toma de postura. Nedreaas se acerca en esta novela a la narración del fin de la inocencia, tema universal donde los haya, valiéndose de un talento natural para desautomatizar el lenguaje y ampliar el sentido de cada palabra engarzándolas una a una en imágenes difíciles de olvidar. La autora logra que la infancia de una niña llamada Herdis, que termina abruptamente con el divorcio de sus padres y el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se transforme en un caleidoscopio de pequeños descubrimientos, felices o traumáticos, que van encadenándose, a modo de escenas plenas de aportes sensoriales. Así, el primer capítulo puede leerse como exégesis del propio título del libro, porque se refiere cómo Herdis desobedece a su madre y se acerca al pozo situado en las inmediaciones de la casa donde, sin saberlo, veranea por última vez toda la familia, antes de la separación. El pozo atrae a la niña igual que un monstruo azul, irresistible, con la música que le surge de las entrañas oscuras. Como no podía ser de otra manera, al acercarse demasiado, al desoír la advertencia, Herdis resbala y casi se precipita al fondo del pozo. La agónica lucha por sobrevivir esos minutos, acaso solo segundos, en que se aferra como puede a las resbaladizas paredes para salvarse, suponen el primer contacto de la protagonista con la muerte, la toma de conciencia de que la propia vida puede acabar de pronto, en cuestión de momentos, cuando apenas está empezando. Herdis cae en la cuenta de la soledad que acompaña al ser humano cuando se enfrenta a su final, de lo lejos que están sus padres, la muchacha que los ayuda en las tareas del hogar, sus amigas, de ese pozo que quiere devorarla. El episodio se enlaza con su regreso a casa, magullada y aún aturdida, y diríase que proyecta su sombra, que actúa como elegía y premonición en los sucesos que acontecen posteriormente en el entorno de Herdis. La forma en que se narra el reencuentro de los padres, la tensa cordialidad tras la que se adivinan grietas irreparables en su relación, la sospecha de una traición que determinará la ruptura final en cuestión de meses, presagiando con sutileza un clima de acabamiento en el núcleo familiar. Ese cisma doméstico se producirá en paralelo a otro fin del mundo, elevado a la enésima potencia, porque se solapará, nada más y nada menos, con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Siempre a través de la mirada de Herdis se va narrando cómo el cataclismo que se fragua entre las cuatro paredes de su hogar parece reverberar en la ciudad en que vive, en el país, en el continente entero, como un eco terrible. Herdis descubrirá en esos meses las no siempre honorables estrategias de los adultos, las taras morales antes imperceptibles en los que la rodean. Deberá, así, enfrentarse al desprecio de sus amigas, que no entienden su naturaleza solitaria, sus rarezas; a la gran mentira de su madre y la debilidad moral de su padre, pero también al egoísmo de ambos cuando rehacen sus vidas como si ella simplemente fuera una maleta extraña que se ven obligados a colocar en alguna habitación, sin reparar demasiado en su presencia. Herdis crece ante nuestros ojos, y crecer le duele, como si la metamorfosis que nos va llevando a la adolescencia fuera en realidad una especie de enfermedad, de síndrome interno que repercute en nuestra apariencia exterior. Ese padecimiento suyo, que casi nadie parece percibir, se relata desde dentro. La autora nos permite acceder al alma de una niña dotada de talento musical que percibe el mundo como una sinestesia sostenida, como un conjunto de impresiones sensoriales que le salen al paso en cada suceso, en cada revelación, en cada dolor. Cada capítulo está concebido como postal, como estampa aparentemente costumbrista en la que, sin embargo, la reunión familiar, el viaje de vacaciones, el regalo de una bicicleta que ni siquiera sabe manejar, son solo el pretexto para relatar algo mucho más profundo, el envoltorio que oculta una nueva epifanía para la pobre Herdis, un personaje que a mí me ha resultado conmovedor por su soledad incurable y su resiliencia, por su extrañeza de pelirroja delgaducha y su inteligencia sensible. Herdis es una superviviente de la guerra mínima que se libra en su casa a lo largo de un año en el que además descubrirá el valor narcótico de la imaginación, el bálsamo de la escritura y su propia sexualidad, casi en forma de secreto inconfesable.

"Nedreaas es una auténtica maestra en el arte de romper el silencio, de empezar a contar y atraparnos"

Cada uno de los hallazgos que le salen al paso a Herdis suele llegar de la mano de un personaje que adquiere importancia en ese momento concreto, y sirve, por un lado, para mostrar la experiencia vivida por la niña como una interacción voluntaria o forzosa, pero también para ir construyendo una galería de hombres y mujeres peculiares, un fresco social compuesto por la familia judía de la niña, en la que destacan el trío de bellas tías casaderas que se peinan unas a otras sus largas cabelleras en un ritual femenino íntimo, lleno de complicidad, o el querido tío David, símbolo de fortaleza y entrañable cariño que enferma de pronto y en cierta forma decepciona a Herdis cuando descubre que ni siquiera él es invencible. Pero también forman parte de ese repertorio de personajes la directora comprensiva de la escuela que le regala un libro, casi como quien deposita en las manos de alguien su destino, el bondadoso padrastro alcohólico al que Herdis quiere a pesar de todo, o el desconocido del diente mellado que la atrae de una forma oscura, turbulenta, que no acierta a explicarse.

Quiero destacar, como otra de las grandes virtudes del texto, el comienzo de los capítulos, que resulta inevitable seguir leyendo porque Nedreaas es una auténtica maestra en el arte de romper el silencio, de empezar a contar y atraparnos. Como muestra, valga este botón, las líneas iniciales de la novela:

Sólo el nombre era azul. El pozo en sí era negro, o gris platino, o verde botella, o marrón como una ciénaga. Antaño tuvo una tapa pintada de azul. Por eso lo llamaban “el pozo azul”. Decían: “¡No debéis ir al pozo azul! Una vez, el pequeño Lars se cayó dentro”. La madre de Herdis le advertía: “Si vuelves al pozo azul, te daré una paliza”.

Diríase que esos arranques nos empujan al centro de cada relato aislado de los capítulos, como a Herdis la atrajo la oscuridad y el  misterio de ese pozo falsa, remotamente azul. Caigamos todos con ella, entonces, resistamos como esta pequeña superviviente a las balas cruzadas que vuelan frente a nuestros ojos, a las ruinas humeantes tras el bombardeo que anidan en nuestras almas. Escuchemos esa música de pozo azul que solo ella parece percibir. Un libro maravilloso en el que quizás no pasa nada mientras acontece todo.

————————

Autora: Torborg Nedreaas. TítuloMúsica de un pozo azul. Editorial: Errata naturae. Venta: Todostuslibros y Amazon

4.9/5 (7 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)