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El fútbol es lo único importante, de Miguel Ángel Santamarina

El fútbol es lo único importante, de Miguel Ángel Santamarina

Con el libro El fútbol es lo único importante, de Miguel Ángel Santamarina, los amantes del deporte rey descubrirán por qué no pueden vivir sin él. Ídolos como Juanito o Matthew Le Tissier, ilustres «traidores» como Figo, clubes míticos, aficiones épicas o partidos históricos están acompañados de profundos análisis sobre temas como la burbuja de los fichajes millonarios o por qué muchos clubes no cumplen con sus obligaciones con Hacienda y la Seguridad Social; cuál es el motivo que empuja a la violencia a muchos seguidores y cómo es posible que apostar se haya convertido en algo habitual.

Zenda reproduce una parte del capítulo dedicado a las apuestas deportivas.

 

9. Apuéstalo todo

Imagina que enciendes el televisor y sale Piqué fumando un cigarrillo. Echando humo por la nariz mientras te dice lo buenos que están los pitillos de su marca preferida. Lees una noticia en tu teléfono móvil y te salta un vídeo de publicidad: es Neymar bebiéndose un whisky y recomendándote que tú también lo hagas para ser como él. ¿Te resulta extraño? ¿Te parece mal que los futbolistas fumen y beban y hagan publicidad de ello? Entonces, ¿por qué admitimos como normal que salgan jugando al póker y anunciando webs de partidas online?

Esto no es un doble rasero, es un auténtico contrasentido. Las empresas buscan a los jugadores famosos por su alto grado de influencia en los jóvenes. En muchos casos son tomados como modelos de conducta. Hasta que cayera en desgracia Iker Casillas era el yerno que todas las madres de este país querían tener. Ejemplos de éxito, el espejo en el que todos los adolescentes quieren mirarse para tener fama, éxito social y dinero. En ocasiones, cuando ha habido un escándalo sexual o de drogas, han perdido sus jugosos contratos. En los últimos años, a nivel individual y colectivo han aumentado un nuevo cliente a su cartera de patrocinadores: las casas de apuestas deportivas y de juego online. Aparecen en anuncios de póker y en muchas ocasiones lo hacen en horario infantil.

¿Nos estamos volviendo locos? Creo que no soy una persona alarmista y que si hay algo que odio son las prohibiciones, pero esta normalización del juego que están viviendo nuestros hijos va a tener unas consecuencias nefastas. Si tú ves a tu jugador favorito de baloncesto en una lancha, en el Estrecho, ayudando a una ONG a salvar a un emigrante a la deriva, te haces preguntas, ves la situación de una forma diferente a como se muestra en las noticias y las redes sociales. Pero si quien aparece en la pantalla de tu smartphone es uno de los mejores jugadores del mundo animándote a jugar al póker online, el mensaje que te llega es diferente. Esto es un problema enorme, pero el más grave es que lo están consumiendo niños y adolescentes que no tienen filtros ni están preparados para asimilar y rechazar estas conductas. ¿Cómo le cuentas a tu hijo de 15 años que jugar al casino online es negativo si su ídolo sale a todas horas promocionándolo? Es una tarea imposible. La falta de legislación, el desinterés de las administraciones, o más bien sea el interés —en el segundo trimestre de 2017 el póker online generó 140 millones de euros para las arcas de Hacienda— y la total ausencia de un código deontológico en el mundo del fútbol están ayudando a crear un monstruo al que difícilmente vamos a poder derrotar en los próximos lustros.

Este libro no es un reportaje periodístico, ni aspira a serlo. Yo no soy periodista. Convivo y trabajo con ellos desde hace mucho tiempo. Pero no es mi intención ponerme en su papel a la hora de escribir este ensayito. Lo que yo pretendía cuando empecé a redactar las primeras páginas del libro era crear debates. Que la gente se cuestionase sus creencias y posturas respecto al fútbol, tanto los que lo aman como los que lo odian. Por ese motivo, porque este capítulo no pretende ser una investigación periodística sobre el juego online en el deporte, sobre las apuestas en el fútbol, he decidido sólo mostrar una de las versiones del problema, la de las víctimas, la de los ludópatas, sus familias y asociaciones que están sufriendo esta lacra. Si esto fuera un trabajo periodístico debería haber contactado con las asociaciones de casas de apuestas para que diesen su versión. Iba a hacerlo. Hasta seis veces descolgué el teléfono, pero otras seis le di al botón rojo de cancelar llamada. Puede que me acuses de sesgo, querido lector, y quizá no te falte razón, pero con este asunto marco una línea que nunca voy a cruzar. No pretendo crear una analogía, pero viendo un capítulo de Fariña me reafirmé en mi decisión. Después de cargarse al compañero del personaje de Portabales en la serie, el de Oubiña se ríe de él, el arrepentido le rebate, y Laureano le contesta que él sólo es un empresario que no obliga a nadie a hacer nada. Insisto, no estoy equiparando ambas actividades, la una es legal y la otra no. Pero el poso de fondo es lo que me provoca náuseas: echar al enfermo todas las culpas de su enfermedad. Creer que es una decisión libre el jugar o no hacerlo. Ahí está la madre del problema, nuestro desconocimiento infinito de cómo funciona esta enfermedad. Lo repito por cuarta vez en apenas dos líneas: enfermedad. Así la tie ne catalogada la OMS.

Para la Asociación Jugadores Anónimos, «el juego compulsivo es una enfermedad sin distinción del tipo de juego que sea (apuestas deportivas, maquinas tragaperras, juego online, etc.). Estamos hablando de una adicción muy grave». Creo que esta es una matización muy importante: todo es juego. Las apuestas deportivas, las apuestas de fútbol, están en el mismo saco que el resto, causan los mismos problemas, tienen las mismas consecuencias.

Jugadores Anónimos se define como «una hermandad de hombres y mujeres que comparten, unos con otros, su experiencia, fortaleza y esperanza, para poder resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del problema del juego por apuestas». En esta declaración incluyen la palabra clave «apuesta». La misma que se banaliza, equiparándola con un reto, un desafío, dotándola de un significado deportivo que no tiene. Esa apuesta lo único que aporta es miseria y situaciones dramáticas en muchos hogares de nuestro país.

El juego ha aumentado su importancia a través de los nuevos canales y eso es algo que están comprobando. «No llevamos ningún tipo de estadística, puesto que somos anónimos. Pero aconsejamos a los jugadores que lo hacen de forma online que no utilicen internet. Que lo eviten. Es la única forma de cerrarse puertas a la adicción. Este es un tipo de juego que cada vez se cobra más adeptos». Parece difícil en el actual mundo digital hacerlo y eso es algo que añade todavía más dificultad tanto a lograr un tratamiento preventivo como uno curativo.

En Jugadores Anónimos no son muy optimistas con las soluciones para el problema del juego: «La sociedad mira hacia otro lado porque cree que los adictos al juego somos unos viciosos, y no que somos víctimas de una enfermedad». Después de hablar con esta asociación echo en falta un poco más de tacto y de cariño por parte de nosotros como ciudadanos, y de las instituciones. Sin ser un experto en esta adicción, pienso que es necesario que nos volquemos en la prevención —disminuyendo la exposición de estos enfermos (los actuales y los que lo serán en los próximos años)— y poniendo las medidas necesarias para su curación e integración en una sociedad que los acepte, comprenda y se regule con unas normas que eviten que su problema pueda repetirse. El manifiesto incluido en su página web termina de una forma desoladora que me ha hecho darme cuenta de lo poco que nos involucramos en los problemas de los demás.

Pienso que cualquier deportista o club deportivo que se preste a usar su imagen para promocionar una casa de apuestas debería leérselo antes de firmar el contrato: «Hemos perdido la capacidad de controlar nuestro juego de apuestas. Sabemos que no hay jugador de apuestas compulsivo verdadero que recupere el control. Todos sentíamos a veces que estábamos recuperando el control, pero los intervalos —usualmente breves— fueron inevitablemente seguidos por momentos de menos control aún, lo que nos conducía con el tiempo a una desmoralización lamentable e incomprensible. Estamos convencidos de que los jugadores de apuestas de nuestro tipo están en las garras de una enfermedad progresiva. Durante un período considerable de tiempo empeoramos, nunca mejoramos».

Lo de las casas de juego y apuestas en España es un auténtico boom. Hace unos años fueron las vapisterías, antes ocurrió lo mismo con las tiendas de venta de oro y las inmobiliarias. Había una en cada esquina, en cada calle, en cada plaza. Nos las encontramos por todas partes. Da la sensación de que cada semana abran una nueva. Este verano estuve en Vigo y pude comprobar —sorprendido— que había una dentro de su estación de autobuses. En la mayoría de ellas su reclamo son jugadores de fútbol que lucen su destreza en vinilos de 3 por 3 metros. Este es un fenómeno que no sólo se da en las grandes ciudades. En mi ciudad, Burgos, somos cerca de 180.000 habitantes. Hasta 2015, había cinco casas de juego. En 2016 y 2017, en sólo dos años, esa cifra se ha multiplicado por tres, pasando a ser 16. Y de momento la sensación es que esto no va a parar, sino que seguirá aumentando durante los próximos meses. En un artículo de El Correo de Burgos sobre esta situación, le preguntaban a un miembro de Sajucal (Asociación de Em presarios de Salas de Juego de Castilla y León) por el riesgo de una burbuja, su respuesta me hizo temblar de miedo: «No hay temor. Existe demanda y, por lo tanto, este fenómeno es una respuesta natural del mercado». En ese punto estoy totalmente de acuerdo, en España se habla de 100.000 ludópatas, gente que juega y en muchas ocasiones lo hace de forma compulsiva gastando grandes cantidades de dinero. Pero es que ahora tienen un nuevo mercado, el de los jóvenes que comienzan a apostar y que en muchos casos acabarán siguiendo el camino de los anteriores. En el final de ese artículo, estos empresarios recomiendan «que se juegue de forma responsable». Todo un oxímoron. Que un enfermo que no puede controlar sus impulsos sea moderado en sus apuestas. La solución que plantean no parece que sea la mejor.

¿Qué pensará un niño que hoy tiene 7, 8 o 9 años de las apuestas online? Pues que es lo más normal del mundo. Que muchos de sus cracks juegan al póker, que otros las promocionan y la mayoría lleva su publicidad en la camiseta. ¿Cómo puedes hacerle ver a tu hijo que el juego es malo, peligroso y que sus consecuencias pueden ser devastadoras? Difícilmente. Pocas actividades están menos perseguidas y tienen mayor libertad para anunciar sus productos en cualquier sitio y a cualquier hora. Su nivel de penetración en el mundo infantil y juvenil es bárbaro. El juego ya no es que no sea perseguido en nuestro país, es que se ha normalizado entre la población. Esos niños de 7, 8 y 9 años de los que hablamos van a crecer en una sociedad en la que no sólo se tolera el juego, sino que se alienta y promueve asociado a la práctica deportiva. Creo que cualquier padre y educador debería estar de acuerdo en que eso es una auténtica locura.

¿Pero por qué hay tanta manga ancha? Pues primeramente por el problema de siempre: cada autonomía tiene sus competencias y sus leyes. Por ejemplo, en Castilla y León sólo se puede apostar en las nuevas casas de apuestas y en corners de bingos, pero en otras comunidades la hostelería puede acceder a esas licencias. Hay muchos borradores en marcha, pero da la sensación de que o esos trámites llevan muchísimo tiempo o no hay demasiado interés en elaborarlos. Desde 2001 hay uno para legislar el juego a nivel estatal, pero que no termina de cristalizar. No lo hizo con el anterior gobierno y no tiene pinta de que vaya a hacerlo con el actual. En España el responsable del juego es el Ministerio de Hacienda —el mismo organismo que recauda sus buenos dineros con los beneficios del juego— a través de la Dirección General de Ordenación del Juego. En su página web dice lo siguiente: «La Dirección General de Ordenación del Juego (DGOJ) tiene la obligación de proteger a los participantes, particularmente menores y grupos vulnerables, mediante la promoción de políticas de juego responsable que permitan difundir buenas prácticas de juego y prevenir y reparar los efectos negativos del mismo».

Pienso que la mejor forma de proteger a esos grupos vulnerables y a los menores sería prohibir, por ejemplo, la publicidad en medios de comunicación, el patrocinio a equipos deportivos, exigir que los registros a los portales de apuestas digitales —bien a través de una página web o aplicación móvil— estén certificados para evitar que puedan acceder menores de edad, que esos mismos niños no puedan acudir a una sala de apuestas a ver un partido de fútbol para apostar o estar en un entorno en el que se está haciendo… Y lo más importante: que quien no cumpla, sea castigado.

Si el párrafo de la Dirección General de Ordenación del Juego te parece que tiene su buena carga de cinismo es porque aún no te he hablado de jugarbien.es, la web a la que te dirigen desde Hacienda para hablar de buena praxis en el juego. El propio nombre de la web ya tiene su miga: jugarbien. Están dando por hecho que existe una forma de jugar bien. ¿Qué es jugar bien? ¿Perder sólo un poco de dinero? ¿Perderlo sólo de forma esporádica? ¿Quién marca esos límites? ¿Cuáles son las cantidades aceptables? ¿Hay unas frecuencias en el tiempo? Si existe un jugador que lo hace bien y por oposición hay otro que lo hace mal, interpretamos que este es el ludópata. Ergo, la culpa no es del juego, sino de los jugadores que aplican las normas de forma adecuada. Casas de apuestas online, casinos y Ministerio de Hacienda quedan libres de responsabilidades.

La página no tiene desperdicio y a cada frase que leía tenía que ir al pie de página para ver que la misma es propiedad de la Dirección General de Ordenación del Juego en España, del Ministerio de Hacienda, del Gobierno de España. Una de las perlas que me dejó lívido fue la siguiente: «Sin duda, todos ganamos con el juego responsable. Apostemos por él».

Si el que redactó esto pretendía ser gracioso, quizá debería ir a contarle sus chistes a las familias de los adictos al juego. No creo que se rían mucho. Utilizar ahí verbos como ganar y apostar es irresponsable y necio.

En jugarbien hay una galería de personajes a cuál más patético:

Sonia. Es la planificadora. «Una mujer de hoy en día», según su descripción. «La semana pasada ganó 200 euros en una apuesta compartida con tres compañeras de trabajo. Ahora están decidiendo en qué restaurante van a celebrarlo». Si es que apostar es lo más. No sé qué haces, querido lector, que no estás invirtiendo allí el sueldo. ¿Te imaginas que hubiese una web del Ministerio de Sanidad que se llamase fumarbien, en la cual Sonia se fuese a echar unos pitillos con las amigas, una mujer de su tiempo que le da al cigarrillo y está decidiendo dónde ir a fumarse unos cuantos con las compañeras de trabajo?

Iker. 22 años. Parece que a Hacienda le interesan todos los nichos, y el de los jóvenes es muy jugoso. El amigo Iker es un apasionado del deporte, y también apuesta, ¡cómo no! Eso sí, controlando. Él no es un ludópata de esos que se lo juegan todo sin control alguno.

Marcel. 31 años. Los millennials molan mucho. A Marcel se le fue de las manos lo de apostar. Pero sin dramatismos. Un poquito de terapia y como nuevo. A seguir dándole al juego online.

También están José —que se parece a Bárcenas—, que juega con cabeza —un tipo listo—, le ha dado a todo: casino, póker, pero controlando, ¡controlando!; Marisa, para ella el juego es «ocio y tradición», sin duda un gran valor cultural, ¡ojalá se le dedicase tanto cariño y esfuerzo a la literatura o al cine!; y Jesús, el jubilado, que se dedica a gastarse «unas perrillas» de la jubilación en las aplicaciones de móvil de apuestas de fútbol.

Debajo de cada personaje hay un cuadro de texto en el que se habla de las consecuencias del juego si se hace mal, pero de buen rollo, sin asustar. Siempre hay algún torpe al que se le va de las manos y por si acaso te avisan, no vaya a ser que seas uno de ellos; un aguafiestas.

Hasta en diez ocasiones he comprobado que efectivamente esta web lleva el sello del Ministerio de Hacienda y no es una broma de mal gusto. No me entra en la cabeza que un organismo público pueda trivializar así con una enfermedad, que minimice los efectos de una adicción de esta forma tan canalla.

La sección «Juego responsable» parece haber sido escrito por Gila. En ella se hace la siguiente definición de quién es un jugador responsable: «El jugador responsable juega para divertirse y entretenerse, no para ganar dinero». ¿En serio? ¿Alguien se cree que la finalidad de la apuesta del juego es esa?

En la página también hay testimonios de gente que ha tenido problemas con el juego, una sección que se llama «Prevención», y hablan de la relación entre el juego y los menores. Un poco de pátina para disimular tanto disparate.

Para el final he dejado lo mejor, la sección «Mitos y verdades del juego». En ella te animan a contestar un cuestionario con diez preguntas que tienes que responder eligiendo verdadero o falso:

1. Recordar las jugadas anteriores puede hacerte ganar en la siguiente.

2. Hoy es mi día de suerte. Seguro que puedo conseguir un gran premio.

3. Una buena estrategia es imprescindible para ganar en las tragaperras de los bares.

4. En la ruleta, después de cinco jugadas en rojo la probabilidad de que la bola caiga en negro es muy alta.

5. Si sigues jugando, al final recuperarás el dinero invertido.

6. Si compro mi décimo en «Las mil calabazas afortunadas» es seguro que me toca el premio gordo. En este sitio ¡siempre toca!

7. 12.345 es un número horroroso para la lotería y seguro que no toca nunca.

8. Conocer muy bien un juego hace que tengas más probabilidades de ganar.

9. Cuantas más veces juegues, mayor probabilidad tienes de ganar más dinero.

10. Hace dos años me faltaron dos números y el año pasado sólo me falló uno; está claro, ¡este año me toca!

Todas son falsas, claro. ¿Es esta la forma infantil y estúpida que tienen las administraciones de terminar con un problema como el del juego? Creo que esta iniciativa está muy lejos de lo que un Estado debe aportar a sus ciudadanos para prevenir y luchar contra una adicción que no sólo causa problemas en el enfermo, el ludópata, sino en sus familias y amistades, que se ven afectados por este terrible problema. Disfrazar el drama del juego con eufemismos e intentar venderlo como algo que puede ser estupendo si se hace con control pienso que no sólo es irresponsable y cínico —de nuevo tengo que usarlo—, además echa toda la mierda en las espaldas de los enfermos.

La definición de «juego responsable» es peligrosa, cínica —lo siento, vuelvo a utilizar el término, tengo que hacerlo— y está empapada de posverdad. Con esta argumentación la web jugarbien marca su línea ideológica y justifica su esencia: hay dos tipos de juego que generan dos tipos de jugadores, o lo que es peor, son alimentados por dos modelos diferentes. Está el juego responsable, que es lo mejor que te pueda pasar en la vida, una gran diversión que tienes que aprovechar y compartir para poder disfrutar de tu jubilación, irte de cena con las amigas o tener un complemento ideal a tu actividad deportiva. Y luego está el juego patológico, el que no mola, algo residual. Igual que hay fumadores amargados que mueren de cáncer de pulmón con lo maravilloso que es fumar, alcohólicos frustrados que fallecen de cirrosis, también hay gente que no sabe controlar cuando juega y perjudica a los que sí saben hacerlo, los ludópatas. Ya lo dicen bien claro en esta sección de jugarbien: «Jugar responsablemente hace que la actividad del juego sea una experiencia agradable, divertida, sin riesgo de daño a sí mismo, familia y/o amigos».

Lo que más me sorprende de todo esto que estamos sufriendo es ver cómo los futbolistas ofrecen su imagen para promocionar las apuestas. Y no sólo jugadores en activo, también exjugadores como Cafú, Maradona y Stefan Effenberg, o el antiguo seleccionador español, Vicente del Bosque, se han prestado a ello. Además del que seguramente sea nuestro mejor deportista de todos los tiempos, Rafa Nadal. Cuesta creer que ninguno de ellos se plantee por un momento los problemas que causa el juego a miles de familias en nuestro país. Lo siento mucho, pero mi estómago no puede con los argumentos que se dan para defender el juego. Y no son sólo los futbolistas a nivel individual los que aceptan el dinero de las casas de apuestas para promocionar sus actividades. Los clubes deportivos les han abierto sus brazos y dejado sus camisetas para que pongan allí sus logos. En la temporada 2018/2019, 19 de los 20 equipos de la liga tendrán acuerdos de patrocinio con casas de apuestas. Sólo la Real Sociedad se ha resistido, aunque después de la sabrosa oferta que ha tenido este verano por parte de una de ellas es posible que en breve también se pase al lado oscuro.

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Autor: Miguel Ángel Santamarina. Título: El fútbol es lo único importante. Editorial: Libros.com. Venta: Amazon y web de la editorial

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