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El maestro de azúcar, de Mayte Uceda

El maestro de azúcar, de Mayte Uceda

Mayte Uceda ha escrito una novela colonial que traslada a los lectores hasta una Cuba de ricos hacendados temerosos de perder sus privilegios y de esclavos ansiosos por recuperar la libertad a cualquier precio. En este contexto sitúa la autora a dos jóvenes que emigran por amor y, también, por lealtad a la familia.

En Zenda reproducimos el primer capítulo de El maestro de azúcar, de Mayte Uceda (Planeta).

***

CAPÍTULO 1

Colombres. Norte de España, abril de 1894

Estimado padre Galo:

Necesitamos una esposa para nuestro maestro de azúcar. Le ruego que, cuando la encuentre, nos haga llegar un retrato suyo. Yo le abonaré los gastos cuando viaje a la villa, lo que, si Dios quiere, será a final de año. Tenga en cuenta los rigores del clima tropical en su elección, busque una joven sana, que no luzca el cabello apagado, las uñas quebradizas o los dientes picados. Sobre todo esto último, pues se sabe que por la podredumbre de la boca entran los males al cuerpo.

Aprovecho para informarle de que el oficio de maestro azucarero es vital para conseguir el grano más extraordinario. Calculan su grado de pureza usando los sentidos: oliendo, palpando y escuchando. Toda una suerte de rituales que los hace indispensables y únicos. ¿No le parece increíble?

La casa de Víctor Grimani, así se llama nuestro artesano, es una de las mejores de la hacienda, con un hermoso jardín y varios domésticos a su disposición, de modo que confío en que encuentre una joven a la altura de las circunstancias.

Sin más, quedo a la espera de noticias suyas.

Frisia Noriega

Dos Hermanos, marzo de 1894

El mundo pesaba en exceso sobre la voluntad del padre Galo a la hora de la siesta. Con el estómago lleno y derrumbado sobre la mesa junto a una copa de vino, se despertó de forma apacible tras veinte minutos de indolencia espiritual. Lo primero que vieron sus ojos soñolientos fue la carta de Frisia Noriega que aún sujetaba en la mano.

«Dios me ayude», rogó, luchando contra la desgana de esas primeras horas de la tarde, temeroso de caer en la pereza continua, que era la fuente de todos los vicios y pecados.

Dejó la carta sobre la mesa, se puso en pie y se estiró torpemente para sentir de nuevo los huesos y humores en su sitio. Luego se acercó a la alacena para servirse una copita de licor, que era infalible para preservar el calor natural del cuerpo y defenderlo de corrupciones internas.

Con la copa en la mano reflexionó sobre las haciendas de azúcar en Cuba, grandes centrales que habían enriquecido a muchos hijos del país en las últimas décadas. Uno de ellos era don Pedro Villar, esposo de Frisia Noriega y patrón de la hacienda Dos Hermanos en la lejana isla de Cuba, provincia española de ultramar.

En una nación arruinada por guerras, sistemas de cultivo atrasados y sobrecarga demográfica, la única forma de prosperar era acogerse a las políticas que fomentaban la emigración ultramarina. De las plazas de España se iban muchachos pubescentes, solos y angustiados. Lo hacían a edades tempranas para eludir el servicio militar obligatorio, que se apoderaba de la vida de los jóvenes durante más de una década. El padre Galo los confesaba y bendecía en la misma plaza, junto a la diligencia que habría de llevarlos a la estación de ferrocarril o al puerto de embarque más cercano. Cargaban con una maleta destartalada, un hatillo al hombro y el pecho roto de pena. Años más tarde, cuando los muchachos se convertían en hombres y deseaban formar una familia, solían recurrir a sus pueblos para solicitar una esposa.

Y en esas andaba de nuevo el cura, aunque cada vez le suponía mayor esfuerzo encontrar muchachas dispuestas a casarse con desconocidos.

Pensó en Mar Altamira, la hija del médico de Colombres, que era culta y poseía cierto grado de elegancia. Soltera, pese a que rondaba los treinta años. El doctor Justino Altamira le había dicho en una ocasión que, de haber nacido hombre, Mar habría sido un buen galeno. Se pasaba el tiempo con él aplicando lavativas — Dios bendito—, tomando muestras de esputos, curando heridas infectas, recolocando huesos y aliviando cólicos. En el pueblo se decía que, en una ocasión, le había pedido a un joven de la capital, fino como un dandi francés, que le enseñara la lengua para averiguar sus padecimientos.

El cura suspiró. Dejando a un lado todo eso, que no obraba a su favor, la señorita Mar era alta, delgada y contenida en sus maneras. A las habladurías que la tildaban de masculina les hacía caso omiso, porque en los pueblos había fábulas de esa índole para todo el mundo, y si carecía de la dulzura femenina tan apreciada por los hombres, tal vez necesitara los dones de un maestro de azúcar para añadirle dulzor.

Don Galo rio su propia broma, pero se dijo que al día siguiente iría a casa del doctor con la propuesta.

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Autora: Mayte Uceda. Título: El maestro de azúcar. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros.

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