Nadie escribió con tanta claridad sobre la soledad, el fracaso y el brillo inesperado del coraje como Walter Tevis, quien, Igual que Carver, Cheever o Malamud, entendió que la épica americana se narra desde la derrota. Estos relatos inéditos revelan su precisión magistral y su ternura feroz.
En Zenda ofrecemos el arranque del relato “El mejor país”, presente en la antología El rey ha muerto: Los relatos completos (Impedimenta).
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EL MEJOR PAÍS
Después de secarse despacio, Johnny entró en el limpio dormitorio y se sentó, desnudo, sobre la limpia cama. Su maleta estaba abierta en el suelo y de ella sacó un paquete nuevo de cigarrillos, le quitó el envoltorio de celofán con la uña del pulgar, abrió el papel de aluminio y deslizó de uno en uno los cigarrillos en su pitillera de plata. Hizo después una bola con el paquete vacío, apuntó y lo lanzó con precisión a la papelera metálica verde que estaba al otro lado de la habitación. Hubo algo elegante, casi profesional, en el modo en que lanzó la bola de papel a la papelera.
Encendió un cigarrillo y se recostó en la almohada. En la habitación de al lado había gente bebiendo. Johnny podía oír diferentes voces y el tintineo del hielo en los vasos. Un hombre se quejaba de que había tenido mala suerte en las carreras de la tarde, otro le dijo que con toda probabilidad lo recuperaría antes de que acabara la semana. Johnny rio en silencio cuando oyó al segundo hombre decir eso, porque sabía que no era cierto. Johnny sabía que no tenía sentido jugarse el dinero en una apuesta aparentemente segura, apostar a algo en lo que se suponía que no era posible perder, como las carreras de caballos. Había otras muchas opciones, pensó, y rio de nuevo. El cigarrillo sabía bien después del baño caliente, se sentía relajado y seguro.
Ahora que las carreras de caballos del día habían terminado y la multitud había regresado del hipódromo, seguramente Ned estaría abajo, en la sala de billar del hotel, tratando de organizar una partida. Johnny podía imaginárselo, vestido como un hombre de negocios, tal y como lo había visto nueve años antes en Las Vegas: traje gris oscuro, gafas y maletín. Tumbado en la cama, incluso podía recordar el modo en que Ned se movía, cómo había entrado en la pequeña sala de billar donde él entrenaba —donde siempre entrenaba cuando era niño— y había dejado el maletín en la silla junto a su mesa y luego se había quedado allí, viéndolo jugar, con gesto serio, interesado, como si no fuera más que un hombre de negocios cualquiera…
—Juegas bastante bien para ser un niño. —La voz de aquel hombre era amable y tranquila.
—¿A qué se refiere, señor? —preguntó Johnny alzando la vista de la mesa.
La sala de billar estaba casi vacía, a excepción del Clem, el chico encargado de armar las bolas, que estaba junto al mostrador, y del desconocido, un hombre corpulento, solo en medio de la sala, a varios metros de donde Johnny estaba entrenando. Será un representante —pensó Johnny—, rondará los cuarenta. Cree que sabe jugar al billar.
—Digo que le pegas bastante bien para ser un chaval —dijo el hombre, esta vez en voz más alta y con una cordialidad extrema.
—Le pego bastante bien. —Johnny dejó de entrenar y empezó a ponerle tiza al taco muy despacio—. A veces incluso gano a hombres adultos.
El rostro del desconocido se iluminó con una amplia sonrisa.
—Seguro que sí, hijo. —Rio—. Seguro que eres un auténtico fullero. —El tono de su voz transmitía intimidad—. En el este me dijeron que en Las Vegas había montones de fulleros en los billares, apuesto a que tú eres uno de ellos. Un fullero del billar tamaño juvenil. —Rio de nuevo y le guiñó un ojo a Clem, que parecía interesado en la conversación pero no dijo nada.
A Johnny no le hizo gracia.
—Tengo diecinueve años, señor —dijo—, y son buscavidas, no fulleros. Solo la gente que no juega al billar los llama fulleros.
—Ah, ¿sí? —El hombre seguía sonriendo—. Cuando era un muchacho, más o menos de tu edad, yo también jugaba mucho al billar. ¡Incluso decían que yo era un fullero! —Sacó un pañuelo grande y se enjugó la frente. Era mediodía y en la sala, aunque estaba prácticamente vacía, hacía mucho calor.
—Usted ya no es un niño —ahora fue Johnny quien sonrió—, pero seguro que todavía juega. —Siguió poniéndole tiza a su taco. Estaba empezando a emocionarse, pero no quería que se le notara—. Es posible que incluso juegue por dinero.
—Para el carro, chaval. —El hombre rio de nuevo—. No he agarrado un taco en veinte años. Me dejarías sin blanca.
Johnny dejó la tiza. Se sintió aún más por encima del desconocido. Todos dicen eso —pensó—, todos dicen que no han jugado desde hace veinte o treinta años. Pero juegan un par de partidas a la semana en algún hotel, saben algunos trucos, engañan a sus amigos y se creen buenos. Es un pringado. Seguro que podría sacarle diez o más.
—¿Qué estilo le gusta, señor? —preguntó—. ¿A cuál juega?
—Bueno, lo mío era el billar a bandas. —El hombre se guardó el pañuelo en el bolsillo trasero del pantalón—. Pero eso fue hace mucho tiempo.
Johnny sonrió. No habría podido elegir un estilo mejor.
—De acuerdo, señor —le dijo—, jugaré un par de partidas de billar con usted, solo para ver lo que sabe. Medio dólar a un lado.
—Bueno, tengo que tomar un tren dentro de unas horas. —El hombre se encogió de hombros—. Pero está bien, hijo, te daré un par de dólares. —Agarró un taco del estante, uno ligero, de dieciséis onzas, del tipo que usan las personas que no saben nada de billar.
—Pon las bolas en el triángulo, Clem —dijo Johnny.
Jugaron durante aproximadamente una hora; el desconocido jugaba con torpeza y Johnny ganó las primeras cuatro partidas sin esforzarse. De hecho, tuvo que contenerse para no asustar a su rival. Después de la cuarta, dijo:
—¿Quiere jugar por más dinero, señor? A lo mejor podría recuperar lo perdido antes de tomar el tren.
[…]
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Autor: Walter Tevis. Título: El rey ha muerto: Los relatos completos. Editorial: Impedimenta. Venta: Todos tus libros.


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