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Tras mi rastro, de Gregor von Rezzori

Tras mi rastro, de Gregor von Rezzori

Hete aquí la autobiografía del gran narrador del siglo XX europeo: Gregor von Rezzori. Testigo vital, apátrida, migrante, capaz de convertir en arte los episodios más convulsos aportando a los acontecimientos un aire familiar y tragicómico que permite comprender, mejor que cualquier análisis, las ambivalencias de un siglo que aún nos persigue.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Tras mi rastro (De Conatus), de Gregor von Rezzori.

***

Érase una vez un día en el que quise echar un vistazo al futuro. Sólo una ojeada muy breve. Hoy, tras varias incursiones en lo que luego habría de ser el pasado, no tengo ya demasiada curiosidad por el mañana. He aprendido que lo que va a venir, viene. Lo que ha de acaecer, acaece. Acaece conmigo y por encima de mí, dejando apenas opciones para el instante siguiente. Lo sé: ese instante siguiente —todo instante siguiente— está henchido de fatalidad. Cualquier camino escogido al arbitrio tendrá consecuencias cuyos giros no soy capaz de prevenir. Los determina la época, confluyen y se desvanecen en ella, como se desvanece todo. El único testimonio de lo que ha sido es lo que pueda contarse después al respecto. El mundo es un inmenso depósito de hechos narrados que pueden narrarse otra vez. Todo lo que ha sido, ha sido, como los dinosaurios. Érase una vez.

Aquel lejano día me atormentaba un deseo y quería saber si se cumpliría. Era el deseo de dar un paso fuera de Alemania, un lugar en el que había caído como en una trampa. Los acontecimientos de la época me habían arrastrado hasta allí en su crecida y un buen día me vi varado en Hamburgo, a orillas del río Elba, un sitio del todo ajeno a mí. No era yo el que por allí deambulaba con mi nombre, mi nariz, mis ojos azules, con mis rasgos tan peculiares y mi atuendo tan personal. Todo, sin embargo, estaba relacionado conmigo, a pesar de no sentirme a gusto en mi propia piel. Tenía la necesidad de salir de mí para reencontrarme. Pero no estaba en condiciones de irme a otra parte para meterme de nuevo en mi antigua piel, esa piel que había perdido. Más tarde intenté cubrirme con otras pieles que se le parecían, pero eran disfraces, y el disfraz no encajaba con la época. Mucho menos entonces.

Me enfundé en el disfraz de padre de familia. Tenía esposa e hijo. Sin embargo, no sabía hacer nada y no tenía un duro en el bolsillo. Entonces aún regía lo que yo he denominado la «era glacial de los hombres de hierro». Es cierto que ya no se oía el entrechocar del hielo y el metal. Incluso las heladas se habían consumido. Los héroes estaban exhaustos, se decía. Los hombres de hierro ya no escupían fuego por sus múltiples cañones, habían dejado de arrojar bombas sobre las escombreras en que se habían convertido las ciudades. Se decía que el bien había vencido sobre el mal y que los vencedores debían vigilar a los vencidos. Los hombres de hierro estaban presentes por todo el país y mantenían cerradas las fronteras.

Alemania era mi cárcel. Yo era un apátrida sin papeles. Ni siquiera disponía de los documentos que atestiguaran de qué lado había estado en la lucha del mal contra el bien. Era un sospechoso sin credo ni principios. En el mejor de los casos, se me contaba entre los astutos que  habían renegado de Dios y de otros arrendatarios generales del bien. No obstante, algunas personas de buena fe me habían dado la posibilidad de viajar a Inglaterra por un tiempo. Era la primavera de 1947. Por un periodo de tiempo, tendría la oportunidad de salir de prisión y alojarme en un hospicio.

Era tal mi impaciencia por saber si ese deseo se haría realidad, que fui a visitar a un hombre al que atribuían la capacidad de predecir el futuro. Se trataba de un astrólogo y su apellido era Wolf. Su historia era rocambolesca. Por órdenes expresas del Comandante en Jefe del Mal, Heinrich Himmler, lo habían encerrado junto a un grupo de colegas suyos —magos, astrólogos, adivinos, quiromantes y cartomantes— en el Benderblock, en Berlín. Era un lugar poco habitual para una estancia. La guerra se acercaba a su fin. Nadie tenía miramientos con los inútiles, a menos que esos inútiles pudieran ser de alguna utilidad. Los prisioneros se comunicaban a través de mensajes clandestinos, y pronto se supo que había entre ellos historiadores y especialistas en filología clásica. Les habían entregado una enorme cantidad de material que debían analizar: todas las actas de pesquisas inquisitoriales contra alquimistas, herejes y magos, y de procesos de cacería y quema de brujas no sólo en territorio alemán, sino en todas las regiones ocupadas por Alemania. Resultaba difícil entrever cuál era el propósito de todo aquello. Podría tratarse de un ataque contra la iglesia católica, pero los protestantes habían quemado a muchas más brujas. Los magos y adivinos estaban bajo interrogatorio permanente: por las preguntas podía deducirse que los hombres de Himmler deseaban tener acceso al reino de lo sobrenatural y aprender a hacer magia.

[…]

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Autor: Gregor von Rezzori. Título: Tras mi rastro. Traducción: José Aníbal Campos. Editorial: De Conatus. Venta: Todos tus libros.

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