Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos, libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o secundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, o gran don Joseph, docta la imprenta.
En fuga irrevocable, huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudio nos mejora.
(Francisco de Quevedo)
Retirado en la paz de estos desiertos
De los sus ojos tan fuertemientre llorando,
Tornava la cabeça e estávalos catando.
Cuentan o contaban algunos que Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, ya mayor, no viejo, escapando los años, se retiró a un castillo a convivir con pocos, pero doctos, libros juntos. Tras vestir la armadura por última vez, ganar a los moros la postrer partida, fantasma ataviado de mil batallas, quiso reunirlas en su memoria. La leyenda no tiene ningún viso de realidad, pero las leyendas nos gustan precisamente por irreales. Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador, ya había empezado a forjar su leyenda antes de que la escucharan los demás. Recordó que Alejandro dormía sereno, la Ilíada y un puñal bajo la almohada. Él era menor que Alejandro, pero había leído la Ilíada, había acariciado muchas noches su lujoso panal. Aquella versión de los poemas homéricos que con tanto denuedo le enseñaron a leer e interpretar el latín. Griego no sabía, no lo supo nunca, pero al fin y al cabo Rodrigo era un soldado, y de clérigo sólo tenía la afición por las letras y la curiosidad por los que fueron antes que nosotros. Tampoco es poco. Durante numerosas campañas los relatos antiguos le habían acompañado. Dirigir, guerrear, cabalgar por la mañana, amar, interpretar, descansar por la noche. De joven se había figurado que tal vez él pudiera emular a Homero, Virgilio y otros hombres sabios que cedieron su nombre al de los héroes. Antes que Ulises quiso ser Homero, antes que Eneas, Virgilio; mejor que amante, cantor. Pero Rodrigo fue rico en ardides, fue héroe y fundador, fue buen amante, y no quiere que la muerte lo olvide. Dicen que ejercitó la pluma como pasatiempo, confiándole a ella lo que no hubiera confiado a nadie. Ordenaba su pensamiento, acentuaba sus virtudes, mostraba la humanidad en torno. Se regocijaba Rodrigo con las gestas de los héroes, pero admiraba aún más los destellos de ternura, nada belicosa, que los poetas les habían otorgado.
Vivo en conversación con los difuntos.
La Historia no la escriben los hombres: las historias sí. Rodrigo las leía desde niño. Puso papeles en su espada de madera. En las fiestas, junto a los príncipes, escuchaba Rodrigo embelesado a los juglares. El tiempo heroico de las lecciones de su maestro, dioses y héroes, inmortales y hombres en convivencia tensa, parecía volver en los romances, Roldán y Oliveros, Carlomagno llorando por su amigo muerto. Oía al Emperador, todos los emperadores, en la boca del juglar, veía a Durendal, la espada de Roldán, arrepentir a los enemigos. Leía en la Odisea, su latín pobre, el canto de un desterrado, un soldado que regresa de la más triste de las guerras y nunca cree llegar a casa. Soñaba con el mar de los griegos, tan cerca y tan lejos, ese mar que los romanos llamaron “nuestro”, las aguas infinitas que contaban los viajeros y recorrió Eneas para fundar un imperio. Él no conocía el mar.
Rodrigo, ya mayor, no viejo, entre velas y memorias, reconstruye lo que fue y quiso ser. No hay nada malo, piensa el hombre, en recordarse, y el recuerdo puede traernos la fantasía. La memoria de Rodrigo imaginaba aquellos detalles que ya había olvidado, y que debía reconstruir con historias oídas, relatos leídos, en el campo y en la tienda. Rodrigo escribe sus últimos días para que sean siempre los primeros, recobrar los pasados en presentes palabras. El Cid, señor para tanta gente, sabe que el tiempo es inmisericorde, que ninguna espada, aún la más heroica, podrá derrotarlo. La espada se hace pluma, frágil en su sedosa apariencia, para doblegar los años. Rodrigo aprende los siglos desde la soledad de un castillo todavía por conquistar. La fortaleza de las edades a la que ahora se enfrenta. Aguarda y otros lo aguardan. Sobre pieles, huye el frío, la naturaleza domada para recibir una tinta con anhelos de inmortalidad. Rodrigo garabatea en pasado para ser futuro. El presente le ha dejado de importar, y quizá nunca le importó. A los hombres maravilla el pasado porque en él ven el futuro. El presente, para nosotros, pensará Rodrigo, es un lastre difícilmente aprovechable. Como el mirador de una montaña: vale la montaña, el paisaje que corona, no el mirador. Rodrigo, fuerte en el mirador de su presente, mira hacia atrás y hacia delante, el paisaje que desea fijar. Para él y para los demás. Rodrigo escribe sobre todo para Rodrigo, no olvidar lo que tanto esfuerzo le costó, el amor y el sacrificio que le llevó la vida, el odio que no supo aplacar. De todos los hombres. El pasado para el futuro, pero en presente. La historia debe escribirse en presente, y así los que la lean o escuchen la sentirán inmediata.
¡Yo só Ruy Díaz, el Cid Campeador!
Y escucho con mis ojos a los muertos
Lucha el Cid desde su caballo. ¿Era yegua su caballo, era blanco, era Babieca la montura del Cid Campeador? La silla, fuertemente sujeta, le ata al caballo. Vuela libre la espada. Para y devuelve golpes de sus enemigos, reales o imaginarios. A veces esa misma espada cree ver dragones, monstruos de las profundidades, se cree detenida por sabios encantadores. Si hubiera molinos (no cuentan que hubiera molinos, pero que no lo cuenten no significa que no los hubo), si existieron, Rodrigo vería gigante, gigantes en los hombres, armas invencibles en sus enemigos. Sólo así, contra lo invencible, se puede vencer. Sólo así se puede vencer el hombre al hombre. Rodrigo, alimentado por lenguas juglarescas, de Castilla y de fuera de Castilla, moros a los que siempre quiso respetar, pelea con la pluma. Vuela libre la pluma. Pero no escribe dragones ni encantadores, tampoco armas sobrehumanas. Si hubiera molinos, Rodrigo escribiría molinos. Pretende testar su figura y su tiempo, ligeras trampas, no los venideros. Escribe, en ocasiones, mentiras, no engaños. Piensa en los ojos y los oídos de los que las esperan.
-¿Quin los dio estos? ¡Si vos vala Dios, Minaya!
-Mio Cid Ruy Díaz, que en buen ora cinxo espada.
Cuentan o contaban algunos que el Cid gritaba en la batalla, y permanecía callado en su tienda. Bailes, banquetes y mujeres, en el descanso, el reposo del guerrero. Naves que surcan mares en pos de tierras prometidas. Héroes atados a los mástiles de la dura realidad, seducciones submarinas. Día y noche, para Rodrigo, se contaminan en paz. Y llega una hora intermedia, atrás la muerte y la vida. Acaricia su pluma, tosco instrumento para tosca grandeza. Arrepentimientos. Esto sí, esto no. No, no, sí, esto sí. Pocos, pero doctos, libros juntos, conversación con los difuntos, en músicos callados contrapuntos. Rodrigo, como otros, es lo que fue, pero también lo que será. También ahora, no enhiesto, no altanero, arrodillado sobre algo semejante a papel. “Tres dedos escriben, trabaja todo el cuerpo”. De nada sirve su cuerpo maltratado por el combate, si ahora no es capaz de doblegar un papel, algo parecido a un papel. Piel de vitela arroja Rodrigo en el futuro. La fortaleza del brazo, la grandeza del corazón, el vigor del cuerpo entero, gestas pasadas, de nada sirven si estos tres dedos de ahora no hacen bien su cicatriz.
Veriedes tantas lanças premer e alçar,
tanta adágara foradar e pasar,
tanta loriga falsar e desmanchar,
tantos pendones blancos salir bermejos en sangre,
tantos buenos cavallos sin sos dueños andar
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o secundan mis asuntos
Adeliñó mio Cid con ellas al alcacer,
allá las subié en el más alto logar.
Ojos vellidos catan a todas partes,
miran Valencia, cómo yaze la cibdad,
e del otra parte a ojo han el mar.
Hacia el mar. Viaje a Oriente, la costa, el sol de antiguos y modernos. Una rencilla que aún no se ha olvidado de su nombre horada el pecho del Cid. Camina el castellano, caballos, carros, enseres, soldados de voz guerrera, barba corta, cabellos largos. ¿Dónde lleva el camino del destierro? El destierro barre su rostro, avanza, se interroga. Al destierro sólo le queda el mar, el mar es el destierro del desterrado. Miran al cielo los hombres armados. El Cid se detiene en la corneja, el vuelo de los adivinos, las suertes de los augurios. Había dos pájaros, uno a la diestra, otro a la siniestra; dibujan un círculo casi perfecto en el cielo. Pero Rodrigo los escribirá separado no queriendo saber más que el que los envía.
A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
e entrando a Burgos oviéronla siniestra
Al sueño de la vida hablan despiertos
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras.
Maguer plugo al rey mucho pesó a Garci Ordóñez:
-¡Semeja que en tierra de moros van á vivo omne
cuando ai faze a su guisa el Cid Campeador!
Cuentan o contaban algunos que Rodrigo era amigo de los príncipes, todos niños, como no lo fue ningún otro. Cuentan que Sancho niño llevaba a Rodrigo a cazar con él. Le enseñaba el desierto de Castilla que era blanco en su imaginación. Los ríos, tímidos, pequeños y veloces al principio, como las personas cuando comienzan a vivir, mostraban sus espejos a los niños. Sancho y Rodrigo, al fondo Alfonso y otros zagales, eran los caballeros de noble y balbuciente palabra, los desfazedores de entuertos, el buen señor y el buen vasallo. También entre la historia y la leyenda, siempre historia, ahora escrita, Alfonso participaba de los juegos. Caballero fantasioso, andante antes de los andantes Sancho. Soldado, laureles de encina, realista y enamorado, Rodrigo. Señor justo y sabio, Alfonso. Ruy Díaz, algunas leyendas cuentan, era el equilibrio entre los jugadores infantiles. El rey quería a los tres, hermanos y amigo, hermanos, pero amaba a Sancho y a Rodrigo. El rey de la leyenda, en su amor, dividió el reino antes de repartirlo. Un tercero en discordia. Un tercer futuro rey que las leyendas no cuentan.
-E servirlo he siempre mientra que oviesse el alma
Y a escondidas los judíos de la corte les recitaban poesías a los niños. Palacios en tierras tal vez irrealizables, estanques en patios sin ventanas, canales en los estanques, una copa en un barquito, unos labios de mujer señalando al vencedor. Bellas canciones en las que un poeta anhelaba el mar, lo cantaba hasta añorarlo de olas. Lloros, elegías, panegíricos. La espada, la cruz y un anónimo recitador.
“Pocos, pero doctos, libros juntos”. El hombre, barba de hoja caduca, pone en el telar los hilos que le señalarán la salida. Vienen otros hombres, seres muy distintos, incapaces, por lejanos, de ver una realidad tan irreal. El santo debe confundirse con el militar, el jurista con el soñador, el amante con el matador. Su siglo con el siguiente, todos los siglos. Las aguas de un solo manantial acaban fatigando. No hay mar en Castilla. No hay naves en los ríos que merezcan ese nombre. Va lento el nuevo poeta hacia la desembocadura. Leguas y leguas de áspero camino, pueblos pasajeros, gentes extrañas que por un momento no lo fueron. Todo debe ser recorrido una vez más. Desandar lo andado. Destejer lo tejido para enmarañarlo de nuevo.
Se yergue el Cid sobre la silla de montar. Ha perdido el rastro de los pájaros, el círculo esfumado. Pero cree claro el camino, la ruta del destierro. Lloran los castellanos fieles al marchar el brazo fuerte de Castilla. Recoge Jimena una lágrima extraviada en la política del rey. Alfonso traga hondo al ver partir al Cid. Le quita la tierra para dársela después; tiene el desterrado que enterrarse y así volver a ser admitido. Más tierra. Menos reyes, pero buenos, quiere Alfonso, desea el Cid.
Las grandes almas que la muerte ausenta.
Nombrar es existir, enseñan los abuelos. Nombrando proclamamos nuestras ansias de existencia. Ruy Díaz de Vivar, apabullado por las luces de su memoria, no duda de que ha vivido. La leyenda cuenta lo que la gente ha visto y ha oído. Pero los que ahora ven y oyen la leyenda no conocen a aquella gente, otro tiempo, otro espacio, mismo tiempo y mismo espacio, elásticos, forzados, a punto de romper. Rodrigo presencia combates en solitario de los que nadie tendrá noticia. Ver para creer. La leyenda se disfruta; sólo se cree si se cree en ella: sólo la queremos si la queremos creer. No la entendamos. Rodrigo quiere creer en sus largos cabellos, la barba desairada en trenzas, castillos como incendios, miradores de largas travesías. Por el mar corren bajeles, pensaría Rodrigo en un lenguaje virgen, por la tierra galopan caballos, caminan las personas. Pero en el mar los navegantes encuentran norte en las estrellas. No reinan los hombres en el mar; tienen el agua libre las estrellas. ¿Dónde me han traído los amigos malos? Reflexionaría Rodrigo: donde gobiernan los hombres no lucen las estrellas. El Cid no halla orientación en los luceros. Y a Valencia la hermosa se arrastra un ejército no tan heroico como lo pintara Ruy Díaz. Hay Sol, hay poesía, hay Jimena en los ojos castellanos de Mío Cid Ruy Díaz de Vivar. Hay Valencia, hay mar. Restan campos de Castilla por recantar. Quedan todavía bellas niñas, una lágrima en la boca, que suplican al desterrado que se destierre, que no haga mal. Estudia el señor en los signos: Signo, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de… Por qué de su vida anterior, qué de su posterior, dónde la razón. Ruy Díaz descansa la pluma, despereza la espalda, sacude la cabeza. Mira al cielo el Cid. Alzan la mirada los hombres armados, y el círculo de las aves se desfigura.
Nos vos osariemos abrir ni coger nada;
si non, perderiemos los averes e las casas,
e de más los ojos de las caras.
Cid, en el nuestro mal vos no ganades nada,
mas el Criador vos val con todas sus vertudes santas
De injurias de los años verdadera
Sólo las leyendas cuentan, porque su verdad no es verificable, ya no es. Da igual lo que escriba Rodrigo, da igual que escriba Rodrigo: sabios del tiempo descubrirán parte de sus mañas, mentiras e intenciones. Falacias piadosas para una gran certeza. Casas sin pendones, ballestas sin flechas, halcones que vuelan a la caza de su señor. De los sus ojos tan fuertemientre llorando, Rodrigo no recuerda bien, pero llora desconsoladamente, en silencio, como la niña de Burgo. Esas lágrimas que asoman entre las almenas de Valencia la inconquistable. El Cid vence porque ve en sus enemigos la ira del rey hacia los malos consejeros, el llanto de una niña avisadora de infortunios. Los consejos se hacen enemigos, y las niñas Fortunas. La mesnada es bastante grande, muchas caras, pero sólo se destacan unas pocas. Álvar Fáñez, Minaya, la mano derecha del Cid, es la más visible, el amigo de Rodrigo, el ayudante del Cid. Primo, sobrino o amigo, el signo todo lo confunde. Álvar Fáñez ofrece su hombro al Cid para guerrear, a Rodrigo para llorar. Vos sodes mi diestro brazo.
Cuentan o contaban algunos que el Cid leía historias a sus hijas, canciones a Jimena. La esposa de Rodrigo es buena y lo parece. Jimena escucha los poemas heroicos, susurrados, bajitos, en los ojos de Rodrigo. No le placen a Jimena esos relatos de dioses y hombres, destinos, encrucijadas, desterrados valientes persiguiendo pruebas, que a sus hijas encantan. Jimena, morena y un poco mora, se regocija con aquellas canciones del sur, infieles de lealtad: lamentos al amado, un abandono que al final se resolverá en unión eterna, romances de frontera en los que sobre cada muerte floreen diez vidas. Igual el amor, pensaría Jimena, desterrada entre rezos, mata para cobrar su diezmo de vida. Ha sentido muchas veces Jimena esa espada en su vientre, y ahora no la hiere. Y ora Jimena a Dios y todos los santos del cielo, reza por el esposo sin tierra. Pide la dueña que la lanza de Longinos, inconsciente arma vengadora, no duela el pecho de Rodrigo. Ruega a Dios, los ángeles santos de su corte, que no escriba Rodrigo y Jimena por los siglos de los siglos, que el futuro les permita descansar. Y la leyenda se confunde, duda, vuelve y viene, va y parte, y no la entendemos si pretendemos entenderla.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudio nos mejora.
Rodrigo y Jimena, Minaya Álvar Fáñez y Muño Gustioz, Rachel y Vidas, Infantes de Carrión, Sancho innominado, Alfonso nombrado, Don Jerónimo, Yusuf… Nombres que debe Rodrigo colocar y descolocar en su vida para poder leerla. Nombres de ciudades y pueblos, caudillos del porvenir, algunos imposibles, de armas, tiendas, adrezos, cabalgaduras, conventos… escribe el Cid, ahora Rodrigo del todo, la memoria como único señor. El tiempo, algunas leyendas cuentan o contaban, es ya fantasma para el Cid. Un inicio que no conoce el origen, que está perdido en él, porque no encuentra luceros Rodrigo en el arranque de esta historia aprendiendo a escribir. De los sus ojos tan fuertemientre llorando, porque el Campeador se conocía Mío Cid antes de soñar serlo, Campeador en el génesis de su relato. Aún no se pregunta Rodrigo por qué él el Cid, por qué “mi señor”, dónde campean sus méritos que le harán mito. Los sabios y la sangre, de escritorios y lides, reflexiona seguramente Rodrigo, parado en su cantar, lo han conducido, plumas y espadas, adonde hoy está. Como un hombre venidero, Rodrigo tiene prisa por estar, un mirador del que parten dos valles. El tiempo no ha chasqueado aún su inmenso látigo. Ignora si él es tiempo, si pertenece al tiempo, si él posee el tiempo. No enloquece, leemos en las leyendas, porque renuncia a la cordura de renunciar a las respuestas. La cordura con el tiempo tienta al hombre. Sabe que en sus signos lo atrapa, lo venga, que el rapto de la mentira es mentir al mentiroso. Rapta al tiempo Rodrigo, al tiempo que labra interrogaciones. Y procura el castellano justificar sus mentiras, darles valor, misión. Inventar, para un Cid como Rodrigo, como para otros, es devolverle la jugada al más grande y poderoso inventor. El que no se atrevió a dar su nombre porque nombrar es existir, y existir entraña insufribles riesgos. Rodrigo, con Jimena, Elvira y Sol, dueñas, con Fernando, Sancho y Alfonso, dueños, con Rachel y Vidas, Minaya y Muño Gustioz, Yusuf, García y los Carrión, personajes reales e imaginados, unos u otros, Rodrigo se sabe existir, interioriza la existencia y el dolor, y escribe un cantar irrealizable donde la gloria da la espalda al sufrimiento, y el pesar se alía con la ligereza de vivir.
Cuentan, siguen contando, algunas leyendas que el Cid voló sobre sus aventuras y nunca ha dejado de volar
-Essora dixo Minaya: -¡Vaimos cabalgar!-
Y fue al escribirlo cuando se percató de que todo signo deviene en interrogación?
Epílogo agradecido
Y las leyendas son algunos que cuentan o contaban, algunos que leen. Por eso tal vez no sea disparate atribuir, como algunos cuentan, la leyenda del Cid a Rodrigo Díaz de Vivar. Porque fue él, lo tenemos seguro, el primero en leer su leyenda y pasearla por Castilla, Aragón, Valencia… Primero en amamantar sus gestas, los moros, sus mujeres, sus señores y vasallos en una oración, un cantar.
Este cuento lo he escrito en poco tiempo. Pertenece al tipo de relatos viejos, esas historias antiguas que viven en nuestras cabezas, hasta que llega el día, y en mi relato así le ocurre a Rodrigo, en que uno se sienta, “con pocos, pero doctos, libros juntos”, y empieza a escribirlo: el cuento escribe solo. En mi cabeza y en la de otros. Titulo el epílogo “epílogo agradecido” porque soy deudor de los trabajos infatigables de mio cid Ramón Menéndez Pidal, sin cuyas primeras piedras el Cantar de Mio Cid no viviría como lo hace ahora. Doy las gracias muy sinceramente a Alberto Montaner por su espléndida edición del Cantar (Editorial Crítica, 1993). El lema de la Real Academia Española es “fija, limpia y da esplendor”, y esta divisa debería ondear en la puerta de cualquier filólogo. Alberto Montaner fija, limpia y da esplendor al Cantar de Mio Cid. Las explicaciones que ofrece en su edición demuestran que mi historia, el Cid recordándose en la soledad de un castillo para dar un poema, sólo puede responder a la ficción, ficción no científica, claro. Aunque sé (y como lo sé he obrado en consecuencia) que la tentación era irresistible, y que probablemente al mismísimo Menéndez Pidal se le pasó, a lo largo de su sabia vida, la hipótesis de que Ruy Díaz de Vivar hubiera escrito el Cantar de Mio Cid. Dando rienda suelta a la imaginación, ésta hubiera sido la joya más preciada, más rica, más envidiable de todos sus botines de guerra. Porque el Cantar de Mio Cid, en el cuento que yo acabo de escribir y vosotros de leer, es un indescriptible botín. Tan fabuloso que ni mi historia ni todas, infinitas (infinitas en el tiempo que fue y será), las de antes y las de después, pueden agotarlo.
Naturalmente mi deuda no va sólo con los filólogos, no sólo con el Cid. En El signo de interrogación aparecen varios versos que no son míos. Ojalá lo fuesen. El soneto de Quevedo teje la estructura del relato, buena o mala, presuntuosa o defectuosa. Los versos del Cantar sirven de contrapunto al Rodrigo que recuerda, y he querido que sean consecuencia de ese Rodrigo. Y más versos, de Unamuno, de Octavio Paz… que, aunque no sean muchos, quizá sean demasiados. Ya forman parte del texto, ese tejido que no es de unos ni de otros, es de todos: “me voy al yermo donde la muerte me olvida” (Unamuno), “tengo prisa por estar” (Octavio Paz). Un hombre que lee es en gran parte sus lecturas. Yo aquí he dejado patente unas cuantas, y pido disculpas por tanta referencia libresca, pero el planteamiento del relato me lo ha exigido. Como Quevedo, sin falsa modestia, con verdadera modestia pero también con orgullo y satisfacción, “vivo en conversación con los difuntos”. Los difuntos, nos hablan mediante sus escritos. Y los versos que hay en El signo de interrogación pueden entenderse como el parlamento de “los difuntos”. La conversación no sólo fluye en mi cabeza; el lector puede seguirla también, intervenir en ella. Este cuento es un fragmento de esa conversación.
El delirio del desterrado pudo provocar el torrente de palabras llamado Cantar de Mio Cid, sea o no sea obra de Ruy Díaz. Si aceptamos que lo es, y así el cuento cobra algún significado, el Cid entiende en su castillo, ya mayor, no viejo, que el destierro aún no ha terminado. Rodrigo piensa (y creo no haber salido del cuento) que sólo en la ficción en tercera persona, el Cid como tercera persona, puede regresar a su tierra. Y en ese círculo inverosímil se encuentra Rodrigo desterrado a perpetuidad. De de los sus ojos tan fuertemientre llorando al triunfo de la justicia y el honor, la interrogación del signo. El Cantar condena al Cid a emprender una y otra vez el destierro, pero también es el Cantar el que finalmente devuelve a Rodrigo a su tierra.
Y perdonad que un cuento tan corto tenga un epílogo tan largo.


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