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La conciencia trashumante de León Felipe

La conciencia trashumante de León Felipe

Cuando en septiembre del año 1968 el poeta falleció en México se cerró un círculo, un recorrido vital lleno de vaivenes y lucha social. Sin embargo, al mismo tiempo es innegable que se abría una puerta a la eternidad para su obra. Por ello casi setenta años después de la muerte de León Felipe seguimos hablando de él, dedicándole artículos en medios nacionales, y recurriendo a su filosofía vital para hacer frente a los tiempos de zozobra humanitaria en la que nos encontramos.

Zamorano. De Tábara, junto a la frontera portuguesa, y de nombre real Felipe Camino Galicia, nació el 11 de abril de 1884 en el seno de una familia acomodada. Poco más se conoce de su infancia y primera juventud, salvo que las pasó entre su pueblo natal, Salamanca, Sequeros y Santander. Pero cuidado, pues no son pocos los biógrafos del poeta que coinciden en señalar que el propio León Felipe, ya fuera por necesidad argumental o por puro divertimento, exageró bastantes sus recuerdos de esta época inicial. De lo que sí existe constancia es de que estudió la carrera de farmacia para contentar a su familia y para poder abandonar la ciudad de Santander, donde residía por entonces, empujado por el trabajo de notario de su padre. En Madrid alternó los estudios académicos con sus dos grandes pasiones: el teatro y la charla en los cafés, además de entretener sus paseos visitando las galerías del Museo del Prado. Una despreocupación que se viene abajo de manera inesperada en el año 1908 cuando, tras el fallecimiento repentino de su padre, tiene que abandonar el haraganeo cultural madrileño para volver a Santander y hacerse cargo de su familia.

"Siempre se ha dicho que León Felipe era anarquista (que lo fue), pero fundamentalmente era, como aseguraba el poeta y escritor Jorge Urrutia, una persona anárquica"

Con el título de farmacia bajo el brazo se ve casi obligado a abrir una botica en la capital cántabra, aunque pasaba más tiempo desenvolviéndose en las tertulias interminables que montaba en la rebotica que atendiendo en el mostrador. Tampoco pareció poner demasiado interés en el mundo de la contabilidad, por lo que las cuentas no solían salir a final de mes. Ese pequeño inconveniente monetario hizo que en el año 1912, y casi de la noche a la mañana, tuviese que cerrar la farmacia y huir de la ciudad, al no ser capaz de hacer frente a las deudas cada vez más acuciantes que lo perseguían. No valía León Felipe, como asegura la poeta y catedrática Fani Rubio, para gerente de nada, y por ello volvió al teatro, que era lo que le fascinaba de verdad. Así estuvo durante los siguientes tres años, recorriendo España y Portugal con una compañía de teatro ambulante hasta que se cansó de pasar hambre y frío, supongo, y decidió volver a Santander al calor familiar. Nada más llegar fue detenido y condenado a dos años de cárcel por sus deudas. En ese tiempo de asueto carcelario se entretuvo en leer y releer el Quijote, algo que ejercería una gran influencia en una obra literaria propia que todavía estaba por llegar.

León Felipe en 1953. Hermanos Mayo.

Siempre se ha dicho que León Felipe era anarquista (que lo fue), pero fundamentalmente era, como aseguraba el poeta y escritor Jorge Urrutia, una persona anárquica. Un auténtico culo inquieto, como lo calificó Dámaso Alonso. Por eso, tras recuperar la libertad y seguir los pasos de Irene de Lambarri, hija de un rico comerciante peruano de la que se había enamorado hasta Barcelona, volvería a Madrid donde llevaría una existencia bohemia que rozaba el vagabundeo. La muerte de su madre en 1918, ocurrida en un momento en el que León Felipe se había apartado geográficamente de su familia, le provocó un enorme sentimiento de culpa y una depresión que lo llevaría a tocar fondo. Algo que causaría un punto de inflexión en su vida desnortada, pues poco después del entierro de su madre aceptó un trabajo temporal como boticario en Almonacid de Zorita. Sería en ese pueblo de Guadalajara donde Felipe Camino Galicia desapareciera para siempre, dando paso a un renacido poeta llamado León Felipe. Al poco de adoptar su pseudónimo, el poeta zamorano concluyó su primer libro, titulado Versos y oraciones del caminante, que el crítico literario Enrique Díez-Canedo le presentaría en el Ateneo de Madrid.

"León Felipe volvió a México para, entre otras cosas, ponerse a la cabeza del grupo teatral de la radio de Educación Pública, donde conocería a Octavio Paz"

Contaba con treinta y cinco años cuando sacó a la luz su primera obra, de un marcado carácter juanramoniano que surge de entre los últimos rescoldos del Modernismo y poco antes de las llegadas de los Vanguardistas, lo cual se convirtió de inmediato en un problema para la crítica. ¿Dónde situarlo?, pues León Felipe era más joven que los autores de la generación del 98, pero también bastante más mayor que los de la del 27. Tal vez lo mejor, para evitar quebraderos de cabeza y análisis concienzudos de piernas cortas, sea hacer caso a Max Aub cuando dijo eso de que: «León Felipe él solo es una generación».

A pesar de que su obra tuvo buena acogida y cierto éxito, o tal vez por eso mismo, León Felipe siguió sin encontrar su camino, por lo que decidió solicitar una plaza como administrador de hospitales en Guinea-Ecuatorial. Una aventura que finalizaría en 1922 con su vuelta a España, y el posterior embarco México para reunirse con sus hermanas que unos años antes habían decidido cruzar el Atlántico. Un año después, ya en tierra mexicana, el poeta conocerá a Berta Gamboa, una profesora mexicana con la que se trasladará a los Estados Unidos para convertirse en profesor de español en la escuela Berlitz, pasando poco después a dar clase en la universidad de Cornell. En ese trasiego por Nueva York se produjeron dos eventos indispensables para su errática vida: conocer a García Lorca, introduciéndole en el mundo negro que el poeta granadino después desgranaría en su Poeta en Nueva York, y descubrir la poesía de Walt Whitman, de la que se empaparía hasta la influencia directa. En esa época, concretamente en el año 1930, el Instituto de las Españas de Nueva York decidió publicarle el segundo libro de Versos y oración del caminante, justo diez años después de que viera la luz el primero. Tras ello, León Felipe volvió a México para, entre otras cosas, ponerse a la cabeza del grupo teatral de la radio de Educación Pública, donde conocería a Octavio Paz. El poeta y premio Nobel lo recordaba como una persona con una actividad febril, que iba y veía desde lo más apasionado, retórico o ingenioso, hasta hundirse en largos silencios melancólicos de los que tan solo regresaba tiempo más tarde, como si volviera de un largo sueño o de otro planeta. Ya lucía por aquel entonces el zamorano la poblada barba que lo caracterizaba, y en la que el Nobel mexicano creía ver a un profeta por lo civil.

"Poco podía pensar el poeta que apenas cinco años después, con el inicio de la Guerra Civil, se vería de nuevo a bordo de un barco con dirección España"

En el año 1931 viajaría a España para conocer de primera mano el ambiente optimista que había despertado la República y al volver a casa publicó Drop a Star, un poema de tono claramente vanguardista. Poco podía pensar el poeta que apenas cinco años después, con el inicio de la Guerra Civil, se vería de nuevo a bordo de un barco con dirección España. Había dejado atrás un trabajo como agregado cultural de la embajada española en Panamá, evitando quedarse al margen del conflicto que sacudía su país, para hacer caso a sus convicciones más íntimas y participar con su poderosa palabra en la defensa de la República. Antes de abandonar Panamá publicaría Goodbye Panamá, un poema muy crítico con los simpatizantes franquistas en el extranjero, y que a pesar de haber sido censurado en su momento ganaría gran notoriedad tras ser difundido parcialmente en la revista El Mono Azul. No será su única obra en levantar revuelo en esa época, pues nada más instalarse con su mujer en Madrid, publicó La insignia, un poema exaltado que compuso tras conocer la caída de Málaga en manos de las tropas franquistas. El Partido Comunista no le permitió recitarlo en el Congreso de Intelectuales Antifascistas celebrado en Valencia en julio de 1937. Una censura que venía dada, a pesar de la buena acogida de la obra en el frente donde se lanzaba desde los aviones, a la convicción anarquista de León Felipe y la poca cintura que mostraba el aparato del PC con todo el que no comulgase de manera férrea con sus preceptos.

León Felipe pintado por Xulio Formos. 2018.

Para León Felipe la Guerra Civil significó mucho más que una lucha entre determinados partidos, bandos o ideologías, y de ahí que no permitiera que su obra se plegase a consignas o aptitudes en las que no creía. Para el poeta lo que el enfriamiento armado ofrecía era la última posibilidad del triunfo de los grandes valores del espíritu del hombre. Al final, como diría Unamuno, al zamorano no le quedaría otra opción que salir de España huyendo de los Hunos y de los Hotros. Sin embargo, su defensa universal de los humildes, de los pobres de solemnidad, fue mucho más allá del encasillamiento en el exilio republicano. Pues fiel a sus principios se dedicó a ayudar a todos los exiliados españoles que recalaban en el país azteca, y para ello cedió íntegramente los derechos de los libros El payaso de las bofetadas y El pescador de caña, que financiaron parte del viaje de los exiliados españoles embarcados en el Sinaia con destino Veracruz.

"Las lecturas proscritas de sus poemarios fueron una manera de colarse en el viento de una España oscura"

Como no podía ser de otro modo, su estilo poético cambió tras la guerra, adoptando un tono profético que Octavio Paz ya supo leer en su descuidada barba años atrás. Un estilo rotundo que recuerda a los salmos bíblicos y suena a grito roto. León Felipe invertirá los siguientes años en buscar la verdad en la poesía, huyendo de la belleza, pero alzándola siempre junto a su gran humanidad. Poco después llegarían sus libros más conocidos: Español del éxodo y del llanto, Ganarás la luz, Llamadme publicano y El ciervo. En ellos, según José Caballero Bonald, pueden apreciarse una poesía muy particular, que deja una constancia dolorosa, martirizante, de la experiencia que su último paso por España le había dejado.

Con la muerte de Berta Gamboa, su mujer y ángel de la guarda, en 1957, León Felipe entra en una fase depresiva. Pasó el resto de sus años de vida roto, moribundo, tanto que en España llegó a publicarse que se había quitado la vida. No tardaría él en acallar el bulo malintencionado de sus odiadores más portentosos republicando, con algunas correcciones, Antología rota. En 1963 la Editorial Losada de Buenos Aires publicaría sus Obras Completas, y ya en 1965 aparecería su última obra, Oh, este roto y viejo violín, dedicado a Enrique Díez-Canel, ese crítico que tuvo a bien sacarlo del ostracismo y presentar su primer poemario cuarenta y cinco años antes en el Ateneo de Madrid.

León Felipe moriría en Ciudad de México el 18 de septiembre de 1968, y esa poesía que era para él un sistema luminoso de señales entre tinieblas encontradas hizo que, a pesar de la férrea censura que existía en la España franquista, su huella siguiese notándose en la obra de los poetas sociales de los años cincuenta, con una evidente influencia en las composiciones de autores de la posguerra, como Gabriel Celaya o Blas de Otero. Pero sobre todo en la generación posterior, la denominada Generación Comprometida, y por encima de todo en la figura de Ángel González. Las lecturas proscritas de sus poemarios fueron una manera de colarse en el viento de una España oscura, en la atmósfera de un país que lo terminaría expulsando y que nunca dejó de dolerle, permaneciendo de ese modo tan etéreo, tan frugal, dentro del imaginario cultural de un país, el suyo, que le ha hurtado el lugar académico que le corresponde.

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