Inicio > Creación > Textos de autor > El último refugio de la libertad

El último refugio de la libertad

El último refugio de la libertad

Escribir es hoy, como lo ha sido en muchos tiempos oscuros, el último refugio de la libertad y de los libres. La literatura es bastión final donde aún se levanta el escudo y se afila la espada contra la dictadura de lo políticamente decidido como correcto, que no es otra cosa que el sistemático aplastamiento de la libertad de personas y de las libertades y derechos colectivos. Derechos y libertades, las nuestras, que son de continuo amenazadas y ofendidas, ya que las “suyas” y “sus”  derechos no solo sufren merma sino que se ensanchan, y elevan a los altares gloriosos acciones que vulneran y agreden a los demás pero que están amparadas por la “verdad absoluta revelada” y la “bondad universal de la causa” que les da bula papal de progreso y patente de corso para arrasar con lo que y quienes les plazca.

Digo que es la literatura, y añadiría que la ficción, el último territorio al que acogerse, porque en el hecho de escribir ya hay innumerables peligros según el qué, según el dónde y según el cómo, que por todo ello se puede acabar reo, exiliado y escarnecido para los restos, marcado no con la estrella de David, a la manera nazi con los judíos, sino con la propia bandera de España y el sello de “facha” dictado por la neoinquisición, marcado con un hierro al rojo vivo en el centro, como identificativo de inmundo y agredible.

"Desde luego, de nuestro siglo de oro, de Cervantes a Quevedo, no se salva ni uno solo."

Medios de comunicación, escenarios, platós, foros, redes, pregones, reuniones, conferencias, fiestas populares y sermones, los que más casi, están hoy sometidos y cada día más sumisos, incluso algunos alborozados de su condición de eunucos complacientes, a la tiranía que los “ismos”, tan aparentemente ñoños y sensibleros, están imponiendo con opresión y represión crecientes. Porque, por muy ridículo que algo sea y nos parezca, deja de ser motivo de risa cuando te lo hacen acatar y obedecer como norma y a la fuerza.

Los sarpullidos de la gran erupción cutánea contra las libertades no consideradas “progresistas” y que no son bendecidas por los profetas revolucionarios de este niñatismo viejuno que se ha hecho con la hegemonía en el mensaje, son cotidianos y, cada vez, más delirantes y agresivos. Pareciera que su propia ridiculez debiera condenarlos y extinguirlos. Pero no es así. Los acrecienta, se convierten en dogmas y consignas que en un descuido se amparan con leyes por voluntad de unos, silencio de otros y complejo estúpido de los muchos preocupados porque no los señalen. “No es jamón, es cerdo muerto”. Asesinado, claro. Un reciente ejemplo. El salto sin red del ecologismo, cuya acción ha sido trascendental y beneficiosa, a un animalismo nihilista y a la ignorante soberbia del urbanita pasado por la batidora sentimental de la ñoñería Disney donde los leones son amiguitos de los jabalíes y los lobos coleguitas de los corzos. Y las lechugas, eso es ya mañana, sufren.

El feminismo, la lucha por la igualdad que ha sido una de las claves de los cambios en el siglo XX, se dispara igualmente hacia un hembrismo sectario. Dependen quiénes son los violadores, origen y nacionalidad, para que seas convertido en símbolo del arrebato justiciero o emboscado en silencios compasivos. Pero nadie ose levantar una sola voz contra el delirio que quiere reescribir la Constitución en “trigénero” y luego ya, si eso, irle aplicando la regla a la literatura universal por entero y establecer un Tribunal del Santo Oficio, compuesto al completo por féminas muy concienciadas. A la hoguera, o como poco al ostracismo, de la Iliada para acá, todos. Desde luego de nuestro siglo de oro, de Cervantes a Quevedo, no se salva ni uno solo. Aunque tal vez se conformen en algún caso y por misericordia con “arreglarles” algunos pasajes y suprimir algunos capítulos.

"La acusación de xenofobia y la de racismo añadida, si no eres separatista de oficio, que entonces se aplaude, pende también sobre todas las cabezas"

En estos tiempos de pensares tan fatuos como ignaros y tan pomposos como escuálidos una mera apreciación de altura o peso puede suponer la excomunión eterna, dependiendo del destinatario. Un señor puede ser tachado sin mucho problema de tocino, pero una señora jamás puede serlo de foca. Convengamos, sin embargo, que tales calificativos pueden ser hirientes, y quedémosnos en lo simplemente descriptivo. Por ejemplo, alto o bajo, delgado o gordo. Pues ni por esas nos libramos: este último término, mayormente en femenino, puede ocasionarte ser fulminado sin derecho de defensa y para los restos de tu vida.

La acusación de xenofobia y la de racismo añadida, si no eres separatista de oficio, que entonces se aplaude, pende también sobre todas las cabezas. Ya no se puede decir “moro” ni siquiera en las fiestas de Moros y Cristianos, que deberían suprimirse, y eliminarse de paso algunos pendones virulentos y devolver el de las Navas a los descendientes de los Miramamolines, que es bien sabido vinieron a hacer una yihhad de paz y armonía y que, de haber triunfado hoy, seríamos una de esas maravillas islámicas espejo de naciones por su riqueza, bienestar y tolerancia a donde todo Occidente quiere emigrar en tropel, y se juega la vida por alcanzar sus fronteras, y donde la igualdad y libertad de las mujeres alcanza cotas inimaginables.

No vale la ironía, ni lo intenten pretextar, como excusa. El  “humor” solo es patrimonio de los que se suenan los mocos con la bandera, la nuestra, claro, que hacerlo con una que lleve media luna ni se les ocurre. La xenofobia y el racismo, es bien sabido, solo están impresos como estigma original en unos. Ellos están inmunes y si se les escapa un cuesco excesivo solo era por hacer risas. Y esa regla de embudo y doble vara mide todo: la  violencia, que depende de quien la ejerce es justificada o provocada, con el derecho a manifestarse o hasta con las canciones.

"El ataque más decisivo, incisivo y pertinaz es el que acomete a cada instante contra el idioma, contra la propia lengua"

Enaltecer asesinos terroristas es arte puro, gozar por la muerte de un Guardia Civil abrasado en su Patrol una rima maravillosa. Ofender creencias y memorias y dignidades, defecar en ellas, ha de ser comprendido como “expresión libre”, pero debe ser multado con saña de 70.000 euros si el ripio alcanza a una de las máximas sacerdotisas de la nueva religión del imperio buenista. El Gobierno de Navarra, con hacha y serpiente enroscadas, dictamina que las canciones de Amaral, El Canto del Loco y otros cuantos no pueden ser cantadas por sexistas. El amor entre hombre y mujer es algo cada vez más sospechoso y contraindicado. Lo masculino es maligno de origen, criminal por naturaleza, violador por instinto y opresor por costumbre. La bondad, la sensibilidad, la compasión y la justicia son valores de los que no son portadores y que, para cometer sus atrocidades, tan solo impostan y disimulan. Solo les salva de su condición el abjurar de serlo.

El ataque más decisivo, incisivo y pertinaz es el que acomete a cada instante contra el idioma, contra la propia lengua, porque es la lengua lo que confiere a la humanidad el derecho a serlo. Es ahí donde ahora se sufre con inusitada fiebre el peor asalto. El habla de las gentes se acomoda y refleja las circunstancias, los momentos de la historia y de la evolución de las sociedades. En la historia, desde el neolítico, ha habido una indudable prevalencia y dominio de los hombres y una supeditación y desigualdad sufrida por las mujeres. Es innegable, e indefendibles los que lo niegan. El cambio está siendo en tal sentido tan positivo y constante como, por fortuna, imparable. Es de lo mejor que le ha sucedido al ser humano, allá donde eso ha sucedido en el mundo, especialmente en los países democráticos, occidentales y de raíz y valores cristianos y de la Ilustración originaria de los Derechos Humanos, pues en absoluto es así en los países sometidos a teocracias religiosas e integrismos culturales atroces, que no son pocos pero de los que ni se habla en este sentido.

Porque donde la situación ha experimentado el mayor de los avances es donde curiosamente surge el despropósito, pues de pronto hay quienes entienden y pretenden que la igualdad se transforme en desigualdad, pero en sentido inverso, y se pretenden establecer como normas igualitarias lo que son leyes que establecen la desigualdad como principio y que ya bordean, como lo fue al revés durante siglos, que por el hecho de ser hombres se carezca, o se ponga al menos en duda, hasta del derecho a la presunción de inocencia.

"Con la política ha topado cualquier razón y cualquier posibilidad de razonarlo"

Porque he aquí que ha entrado en escena la política, cuya única razón de ser es el poder y a través de él la pretensión de imponer sus designios, caprichos y ocurrencias de momento e interés de asalto o mantenimiento del mando, en lo anterior y, de nuevo, en el lenguaje como factor coadyuvante. Y con la política ha topado cualquier razón y cualquier posibilidad de razonarlo.

En el idioma los cambios irán, y van de hecho, siguiendo esos mismos pasos y evolucionando con rapidez en tal dirección, adaptándose, que es lo mejor que ha sabido hacer siempre la humanidad, a la necesidad, la operatividad, y hasta la moda y el devenir del tiempo. Es algo que emana del conjunto de la sociedad, sus peripecias y vivencias —como fluyeron los diversos romances del  latín— pero que se está utilizando como motivo de pelea, confrontación y disputa ideológica.

Actúan contra él con toda inquina y sin parar en mientes de que han sido los primeros en contribuir a envilecerlo con su incapacidad y cuidado en no decir verdad ni por asomo y camuflar sus intenciones en proclamas que esconden lo contrario a lo que pregonan. Su manipulación, con el apoyo de los medios propagandísticos a su servicio, antes llamados periodismo, llega al extremo de pervertir lo que está inventado para comunicarse entre los seres humanos en impedimento para que puedan hablar entre ellos. Lo ilustran casos como el de los andaluces Montilla, cordobés, entonces presidente de Cataluña, y Chaves, sevillano, de Andalucía, recurriendo payasamente a un pinganillo, o lo de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, la señora a la que está prohibido definir como gorda, pero que es un poco obesa por constitución o gula, ahí no me meto, con un exalcalde extremeño, una sectaria de TV3 empeñada en hablarle en catalán cuando el trío se entendía perfectamente en una lengua común a todos, y que seguro que instantes antes de los focos había departido en ella, el castellano.

"Al poner en el cepo inquisitorial a las palabras se lo están poniendo a las personas"

Esto son los unos, y con motivaciones separatistas añadidas. Lo de otros es cargarse directamente la gramática, el sonido y el concepto con tal de acusar de machista y violencia de género una vez al neutro, otra a la zeta, según en qué ocasiones a la “e”, y en todas al mínimo sentido común y del ridículo. Que no solo se pierde, sino que se impone como lo progresista, que menos mal que la palabra acaba en “a”, como atleta, poeta, periodista o demócrata, pues de lo contrario estaría perdida y condenada a una amputación primero y luego a un implante.

La palabra, volvemos a tener suerte con la “a”, es el agua de la que se sustenta, vive y de la que fluye la escritura y la literatura. Nos sigue amparando, menos mal que acaba en la vocal “buena”. Es nuestro instrumento esencial, primordial y básico, ¡vaya!, acabamos de caer en el lado oscuro de la “o” “malvada”, y es por ello por lo que tenemos la obligación de defenderlo y ofender, en el mejor de sus sentidos y el más belicoso, a quienes pretenden ponerle hierros, grilletes, esposas, cinturones de castidad, anteojeras y mordazas, y con tales prisiones destruir su fuerza, arrasar su vigor, y rota su alma, hendida su entraña y vencido su corazón, acabar por convertirlo en marioneta, en un pelele, un mecano, un espantajo sobre el que claven sus garras y se caguen las aves más negras.

Porque al hacer esto con la lengua lo están haciendo con la libertad, porque al poner en el cepo inquisitorial a las palabras se lo están poniendo a las personas. Y la mejor manera de combatir contra ello es patear su sambenito, reírse en sus belfos de sus amenazas, afrontar sus anatemas como si de condecoraciones se tratara y burlarse de su caza de brujas embrujando a los lectores con nuestras palabras. Mientras esos ojos nos lean y brillen en ellos las emociones al hacerlo podremos ir cantando alegres, desafiando sus hogueras.