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El último verano, de Ricarda Huch

El último verano, de Ricarda Huch

El último verano (Duomo ediciones) es una novela epistolar de la poeta, novelista e historiadora alemana Ricarda Huch (Brunswick, 1864 – Schönberg del Taunus, 1947). Un oscuro presentimiento atenaza a Lusinia de Rasimkara, esposa del gobernador de San Petersburgo. Cuando contratan los servicios de un secretario para que vele por la seguridad de su marido, al que unas cartas anónimas amenazan de muerte, no sospecha que está sellando el destino de su familia. Como novelista se interesó por el romanticismo alemán, sobre todo en su juventud, y compuso dos textos críticos originales que obtuvieron un gran éxito: La primavera del romanticismo, 1899, y Difusión y ocaso del romanticismo, 1902.

Zenda publica el prólogo de Cecilia Dreymüller.

Sentido y sentimiento

por Cecilia Dreymüller

No había nadie que no la admirase –su talento narrativo, su vigorosa intelectualidad, su integridad moral– o que no apreciase algún aspecto de su inmensa obra: Ricarda Huch, poeta y ensayista nacida en 1864, la primera mujer alemana con un doctorado en Historia, autora de medio centenar de títulos entre poesía, novela histórica, biografía y estudios historiográficos, era la escritora más leída y respetada en la Alemania de la primera mitad del siglo xx. Desde Hermann Hesse, Rainer María Rilke y Stefan Zweig hasta Gottfried Benn y Alfred Döblin, por muy contrarias que fuesen las posiciones estéticas o políticas que defendían, todos se rendían ante la «gran escritora», propuesta varias veces para el Premio Nobel, ante la «maravillosamente articulada soberana del reino del consciente», como la calificaba Thomas Mann en 1924 con motivo de su sextuagésimo aniversario.

Que hoy estén olvidados su sagaz estudio en dos tomos sobre la época romántica, El romanticismo, e incluso su opus magnum sobre la guerra de los Treinta Años, La gran guerra en Alemania, resulta deplorable, pues en ambas obras se unen meticulosidad científica con ingenio literario. Tampoco corrieron mejor suerte –y esto es ya más
el último verano comprensible–, sus escritos religioso-filosóficos, como La fe de Lutero, o Despersonalización. Y desde luego resulta el olvido completamente injustificado en el caso de su empática biografía de Bakunin, Michael Bakunin und die Anarchie, que generaciones futuras leerán asombrados por la amplitud de miras de una autora más bien conservadora, aparte de por su profundo conocimiento del ideario y del impacto del anarquismo en Europa.

En cualquier caso, conviene señalar que la caída en el olvido de Ricarda Huch no es fortuita. Era un espíritu demasiado íntegro e independiente para no chocar contra los muros de la intolerancia ideológica que se cerraron alrededor suyo, y por partida doble, hacia el final de su vida. Sus comienzos y su acenso hasta convertirse en una institución de la literatura y sociedad burguesas desde luego no la destinaron para este final a contracorriente, pues fueron del todo apolíticos y enmarcados en el neoromanticismo, que ella mismo potenció: en sus coloristas cuadros históricos, la joven Ricarda Huch pinta rebeldes idealizados, de nobles sentimientos; en sus novelas retrata a héroes que persiguen una libertad estrictamente personal, para los que la pasión amorosa prima a menudo sobre otras posibilidades de desarrollo; su poesía embriagada de belleza expresa el impetuoso anhelo de plenitud vital, a la vez que tiende a elevarse entusiasta a esferas superiores, pues es bastante ajena a las cuestiones sociales de su tiempo.

Fue la experiencia de la Primera Guerra Mundial la que hizo que la tendencia de Ricarda Huch al embellecimiento literario diera paso al escepticismo de su obra tardía, que descuida la narrativa cada vez más a favor del ensayo. Su interés por los grandes movimientos filosóficos de la Alemania decimonónica la llevaron al estudio del marxismo y del anarquismo, pero solo con el auge del nazismo, a una edad ya avanzada, Huch se significó políticamente. Opuesta desde el principio al régimen de Hitler, se mantuvo firme en su rechazo público, a pesar de los muchos intentos de persuadirla, intimidarla y represaliarla. Fue el único miembro de la Academia Alemana de las Artes que protestó por escrito contra la expulsión de Heinrich Mann y Alfred Döblin. La carta con la que acompaña en abril de 1933 su dimisión de la vicepresidencia debería figurar en todos los libros de texto sobre la época: «Doy por supuesto que un alemán tenga una conciencia del espíritu alemán; sin embargo, existen opiniones diferentes sobre lo que es alemán y como ha de practicarse el espíritu alemán. Aquello que el gobierno actual dicta como sentimiento nacional no es mi espíritu alemán. Considero que la centralización, la coacción, los métodos brutales, la difamación de los que piensan de otro modo, el jactancioso auto-elogio son anti-alemanes y nefastos. Con una opinión tan divergente de la prescrita por parte del estado, considero imposible permanecer en una academia estatal.»

A partir de aquel momento, los nacionalsocialistas hicieron todo para dificultar la difusión de los libros de Ricarda Huch y para difamar su obra, calificándola de anacrónica. Y si bien su persona estaba protegida por su reputación nacional e internacional, su trilogía, Historia alemana, fue ferozmente atacada por la prensa; su novela corta Noches blancas, una parábola sobre el Tercer Reich ubicada en la Rusia de la Primera Guerra Mundial, tuvo que publicarse en 1943 en Suiza. Pero sobre todo tuvo que abandonar el gran trabajo sobre el movimiento de resistencia contra el fascismo alemán. Eran demasiadas las dificultades, y a pesar de los muchos documentos valiosos que le aportaron sus contactos amistosos con los participantes del atentado contra Hitler de 1944, el libro quedó sin terminar.

Así que la marginación de la obra de Ricarda Huch empezó ya en los años treinta. Y no contribuyó a recuperar a editores y lectores el hecho de que al terminar la guerra decidiera, octogenaria, quedarse en la Zona de Ocupación Soviética. Con la esperanza de que allí se estableciera una sociedad con mayores garantías democráticas, participó durante dos años activamente en la reconstrucción social y cultural de Alemania Oriental. Aunque no aceptó los cargos que se le ofrecieron, pues pronto se dio cuenta de que su nombre se utilizaba para fines que no podía suscribir. Cuando solicitó el permiso de emigración, en 1947, el recién fundado estado socialista ya no la quería dejar marchar. Entonces, el Primer Congreso de Escritores Alemanes en Berlín le brindó la oportunidad de huir. Aceptó la presidencia para, a continuación, salir en un tren militar inglés hacia Alemania Occidental. Sin embargo, la huida accidentada agotó las fuerzas de la escritora anciana; Ricarda Huch murió en 1947, a consecuencia de una pulmonía que contrajo durante el viaje de fuga de la RDA.

Este malogrado intermezzo político torpedeó definitivamente la recepción de la obra en ambos estados alemanes: en Alemania Oriental por haber traicionado la causa socialista; en Alemania Occidental por haber simpatizado con los comunistas, poco menos que demonizados en la RFA y Austria a lo largo de la Guerra Fría. El escritor Günter Weisenborn, quien recibió el material documental de manos de la autora, publicó en 1953 el último libro proyectado por Ricarda Huch, bajo el título de La rebelión silenciosa. La resistencia contra el nacionalsocialismo.

No obstante estas postreras denigraciones, El último verano mantuvo ininterrumpidamente el favor del público desde su primera publicación en 1910 hasta hoy. A pesar de que su autora renegara de ella a posteriori como producto de un capricho –la redactó en seis semanas tras una apuesta sobre si era capaz de escribir una novela policíaca– destaca como una pequeña joya entre las novelas históricas que escribió en ese período. El primer gran acierto es su construcción como una novela epistolar, y seduce tanto por su estilo ameno como por su trepidante trama. Aparte de que representa de forma sucinta una de las ideas de Ricarda Huch acerca del hombre moderno, como individuo que realiza sin escrúpulos, más allá de ideologías o fe religiosa, su afán de protagonismo.

Bajo su convencional apariencia de relato policíaco ubicado en la Rusia zarista –la preparación de un atentado por parte de un joven anarquista que se infiltra en la familia de su víctima para matarlo en su casa–, la novela esconde un lúcido análisis del espíritu de la época. La bullente atmósfera previa a las revueltas y revoluciones sociales que se preparan en toda Europa es captada a la perfección por la autora, cuyo instinto –al ser historiadora de formación mejor sería decir clarividencia– para los cambios que se preparaban es impresionante (El último verano fue escrito en 1905). Ricarda Huch se revela aquí además como una escritora de caracteres a la altura de Dostoievski. Porque si bien el estudio psicológico, la concentración en una fuerte personalidad en su actuación con el entorno, es una característica de toda su narrativa, desplegándose sobre miles de páginas en una infinita variedad de individuos marcados por diferentes épocas históricas, en esta breve pieza de cámara lo desarrolla de forma especialmente brillante y concluyente. Raras veces se encuentran unos personajes tan ricos esbozados con tan pocas pinceladas.

Son ocho corresponsales que, en sus cartas, se intercambian deseos, dudas y preocupaciones, y Huch se sirve de ellos para exponer la problemática social de «lucha de clases» que está a punto de explotar. Entre la sofisticada decadencia de la familia del gobernador Yégor de Rasimkara, que vive felizmente recluida en su burbuja de bienestar, y el nihilismo autosuficiente de los dos anarquistas poseídos por su ciega rabia destructora, aparece la servidumbre como mera figurante, tratada con cariñoso paternalismo por parte de los señores, y con una mezcla de folclórica admiración y desdén por parte del anarquista infiltrado.

Resulta especialmente fascinante cómo Huch presenta la imagen del hombre sin escrúpulos, pues lo elabora en tres variaciones: en el anarquista Liu, que solo externamente actúa por convicciones políticas, porque lo que le mueve realmente es el ansia de manipular a los demás; en el gobernador Rasimkara, que cierra sus ojos ante la necesidad de cambio social y se refugia en el cumplimiento del deber; y en su hijo Velia que reconoce claramente la degeneración del corrupto sistema en que vive pero que no quiere renunciar a sus placeres.

Se ha señalado que El último verano posee muchos paralelismos con Diario de un seductor, de Kierkegaard, tanto por la matizada técnica narrativa como por el agudo estudio psicológico. Y es cierto, pues el supuesto estudiante Liu, que entra en la casa Rasimkara como secretario, posee todos los atributos del seductor, es atractivo, inteligente y culto, a la vez que entretenido y solícito, y en poco tiempo conquista la confianza de todos los miembros de la familia, amén de enamorar a la hija menor. Observa divertido como caen todos en sus redes y calcula con frialdad el atentado, pero no porque esté movido por el odio o su conciencia social sino para hacer su voluntad: «Querer es poder, solo hace falta audacia para tener voluntad». La relación que se establece a lo largo de su convivencia con sus afables patrones no le hace abandonar su actitud de frío distanciamiento con la que observa como un entomólogo a sus víctimas: «Sin duda sería una pena ver caer al gobernador, que es un excelente ejemplar de su especie».

Frente al cinismo de unos y la indolencia de otros, especialmente del autocomplacido hijo Velia, se vuelve dudoso todo el armazón ético del mundo de los Rasimkara. Como de pasada, Huch plantea aquí la cuestión de la legitimidad de cualquier ideología, creencia o construcción social. Esta se resume a través de la resignada conformidad de Lusinia Rasimkara, la esposa del gobernador, por cierto, uno de los personajes más conmovedores del libro: «Dios mío, todo el mundo tiene razón, todos los que odian y asesinan y calumnian; Dios mío, ¡qué mundo este!»

El encanto del libro reside, no por último, en su lenguaje (traducido con solvencia por Carmen Colomines y Christian Frisch). En primer lugar es el lenguaje del cariño y de la dulzura que se dispensan los miembros de la familia entre ellos. Y, a pesar del guiño irónico que la autora hace a su ñoñería «pija», revela la importancia de los afectos de una época pasada que maravillará al lector contemporáneo. Otra gran baza del libro es, como ya se dijo, su penetración psicológica, que además refleja muy bien el pensamiento en boga alrededor de 1900, cuando Freud acababa de publicar su Psicopatología de la vida cotidiana. Este gran conocimiento del alma humana, junto a la vivacidad de la exposición, hacen de El último verano una lectura no solo provechosa sino verdaderamente deliciosa.

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Autor: Ricarda Huch. Título: El último verano. Editorial: Duomo. Venta: Amazon y Casa del Libro

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