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Yo, Gaudí, de Xavier Güell

Yo, Gaudí, de Xavier Güell

¿Quién fue en realidad Gaudí? ¿Fue masón? ¿Cuál era su sentimiento religioso? ¿Qué relaciones mantuvo con otros grandes intelectuales de su tiempo, como Maragall o Unamuno? Xavier Güell, tataranieto del hombre que financió a Gaudí en sus proyectos más importantes, hace hablar al personaje en Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg), para contarnos la vida de uno de los arquitectos más geniales de la historia.

Zenda publica las primeras páginas.

El 12 de junio de 1926 es un día especial para Barcelona. La ciudad se despierta preguntándose por quién doblan las campanas. Al fi nal todo el mundo lo sabe: es por Gaudí, a quien van a enterrar esa tarde. Los comentarios sobre las circunstancias de su muerte, que tanta tinta han hecho correr en los periódicos durante las últimas cuarenta y ocho horas, se mezclan con el dolor de la gente que recorre la ciudad vestida de negro en señal de luto, soportando el agobio de un sol plúmbeo, con la intención de acudir a la capilla ardiente levantada en el hospital de la Santa Cruz. Se prevé que el entierro sea todo un acontecimiento. (En aquellos tiempos jamás faltaba el toque ceremonial en los grandes funerales.) Ajeno a este ajetreo, en el silencio de la capilla ardiente del hospital se encuentra el cuerpo embalsamado de Gaudí cubierto con un manto negro de monje y con un rosario en la mano izquierda, que reposa sobre su pecho inerte. Parece que esté dormido. Los muchos barceloneses que acuden a verle confirman que en ese momento y en ese lugar se revela todo lo que había sido esencial en su vida: su serena rectitud ante el dolor, su inalterable asombro por el goce de la creación artística. Sí, en efecto, ahí, en la capilla ardiente, alcanza lo más alto que su ambición pudo desear: no agasajos ni triunfos mundanos sino el hecho de formar parte para siempre de una realidad inmanente, como las piedras, como los árboles.

A primera hora de la tarde entra en el patio del hospital una carroza de paredes de cristal tirada por caballos con crespones y un cochero vestido de gala con sombrero de copa. Ha llegado la hora prevista para los preparativos del funeral. Dos vigorosos camilleros que apestan a tintura de benzoína introducen en la carroza el sencillo féretro de roble, en cuyo interior se encuentra el cuerpo de Gaudí, y sobre él colocan un paño mortuorio de color púrpura que lleva bordado un ave fénix, ofrecido por la Asociación de Arquitectos de Cataluña. Luego tratan de acomodar unas coronas de fl ores que alguien ha dejado ahí.

–¡No; no hagan eso! –exclama un miembro de la comitiva que avanza jadeante hacia el patio–. Él no quería coronas de fl ores. ¡Respetemos su voluntad! –añade para suavizar su imperativo gesto.

Poco a poco el patio se va llenando de gente, incluso llegan las autoridades que van a presidir la marcha. Una multitud en número creciente, contenida por la guardia urbana, se apretuja al otro lado de la puerta. Se escuchan voces de protesta. Por fin, hacia las cinco y cuarto, con un poco de retraso sobre la hora prevista, se abre la puerta del hospital que da a la calle del Carmen. El cortejo comienza a ponerse en movimiento en dirección a las Ramblas. En un par de zancadas un hombre vestido con ropa militar se coloca en la cabecera de la procesión; le siguen dos oficiales que se quedan algo rezagados como obliga el protocolo. El militar de alta graduación se disculpa ante el resto de autoridades alegando que hay mucha tensión en los cuartos de banderas, donde se habla insistentemente de un posible golpe de Estado. (Al final se produjo el día de san Juan.)

La carroza se sitúa en la acera central de Las Ramblas en sentido mar y avanza hacia la calle Fernando mientras la gente se arremolina a ambos lados. Unos con curiosidad en sus miradas, otros realmente compungidos. Todos a la sombra de los plátanos. A paso lento de los caballos, la comitiva pasa por delante del palacio de la Virreina y llega a la Boquería. Allí acuden algunos empleados de las tiendas cercanas con sus delantales de trabajo que acaban de enterarse de lo sucedido.

–¡Es Gaudí! –exclama un anciano alto, huesudo, de cabeza romana, al que se le nota emocionado ante la oportunidad de rendir tributo al creador de la Sagrada Familia.

–¿De verdad es Gaudí? –pregunta uno de los despistados de última hora que se ha quitado la boina y se la ha guardado en un bolsillo de su delantal, y que al parecer trabaja en una lotería cercana.

–¿No le gusta su obra? –inquiere a su vez el anciano, que está habituado a vérselas con individuos críticos ante su arte innovador.

–Sí, sí. Me gusta mucho. ¡Es nuestro mejor arquitecto! El anciano asiente, pero tiene prisa y no quiere que la conversación se prolongue demasiado. No le va a ser tan fácil. El de la lotería insiste:

–Pero ¿quiénes son los que forman parte del cortejo?

–¡Ah! Esos primeros de ahí son los guardias de seguridad montados para asegurar el despeje de la calle, y eso que se ve allá es la bandera de la Asociación Espiritual de los Devotos de San José, muy infl uyente en todo lo que se refi ere a la construcción de la Sagrada Familia. Aquellos son los alumnos de la Escuela Superior de Arquitectura y esos otros los miembros de las diversas sociedades artísticas barcelonesas: el Orfeó Catalá, el Ateneo y el Círculo Artístico de Sant Lluc. Mire, ahí está Josep Maria Jujol, el discípulo de Gaudí. ¿Lo conoce? He oído decir que va a ser su sucesor en la Sagrada Familia. También es un gran arquitecto. Y junto a él va un joven con expresión apesadumbrada. Sí, aquel, ¿no lo ve? Es el doctor Alfonso Trías, vecino de Gaudí en el Parque Güell.

–¿Y esos con aire distinguido? –vuelve a preguntar el empleado de la lotería.

–¡Las autoridades! Reconozco al alcalde, el barón de Viver, y al nuevo obispo de Barcelona, monseñor Josep Miralles. En cambio no sé quién es el militar que está junto a ellos; parece nervioso.

–Pero ¿qué hacen aquí todos ellos si no es un entierro oficial?

–La verdad es que no lo sé –le responde con sequedad el anciano de cabeza romana, y decide largarse en dirección a la iglesia del Pino.

El cortejo avanza lentamente. Al entrar en la plaza de Sant Jaume, el reloj marca las cinco y media pasadas. Después, con alguna dificultad, enfila la calle del Obispo en dirección a la catedral.

Comienzan a doblar las campanas. Cientos de personas entorpecen el paso en una calle tan estrecha como es la del Obispo, aún sin el famoso puente que conecta el palacio de la Generalitat con la casa de los Canónigos. (Se haría en 1928.) Todos quieren estar presentes en la despedida: es el adiós doliente de una ciudadanía agradecida. ¡Cuántos misterios encierra el alma humana! Gaudí ha muerto; eso ya es inevitable. Y el aire se llena de comentarios mientras los pájaros, alborozados, se unen al tañer de los bronces. La leyenda sobre su muerte crece a medida que pasan los minutos. A las seis menos cuarto el cortejo llega por fin ante la puerta de Santa Lucía. Los alumnos de la Escuela Superior de Arquitectura introducen el féretro en el interior de la catedral. Allí está el cabildo en pleno pavoneándose con aire triunfal, blandiendo los emblemas de sus respectivos cargos eclesiásticos. Gaudí debe ser exaltado como cristiano, aunque muchos de sus amigos masones hablan también de la necesidad de profundizar en el plano esotérico de su personalidad.

Gaudí, católico, masón, nacionalista, republicano. Esos son los detalles que según a quién incomodan. También aquel día. Pero el ritual continúa. Unos periodistas, fácilmente reconocibles por la libreta de notas que llevan en la mano, registran todos los detalles que luego volcarán en sus gacetillas. (Por ellos conocemos lo sucedido, con más o menos precisión según el diario en el que trabajaban. Los había muy exigentes, como La Vanguardia, que cubrió el trayecto incluso con un fotógrafo que sacó varias instantáneas.)

En el interior de la catedral ya se escuchan las voces del coro, que entonan el Libera me, Domine del maestro Gargallo. Los dirige con mano firme el maestro Sancho Marracó, que no está dispuesto a saltarse una sola nota. Es un momento de especial dignidad. Todo sea por Gaudí. «Dales reposo eterno, Señor, y que la luz perpetua brille para él.» Los alumnos avanzan hacia el centro del crucero y depositan el féretro en un túmulo preparado a tal efecto. ¡Qué impresionante parece ahora la muerte en su grandeza! El canónigo Bruguera es el encargado de oficiar la ceremonia. Gran expectación entre un amontonado gentío en la nave central y en las capillas laterales abiertas para la ocasión. Tarde espléndida para pensar en la otra vida y por qué no en el Juicio Final. Se atiende más a los impulsos del corazón que a las palabras del canónigo, aunque todos se unen en el responsorio Qui Lazarum. Las exequias de la Iglesia católica al completo. Dan las seis y cuarto. Es hora de salir de allí.

–Vamos, vamos… –exclama uno de los miembros de la comitiva que parece dirigir todo el operativo (es el mismo que se opuso a que colocaran coronas de fl ores en la carroza) después de una corta conversación con los estudiantes que deben trasladar de nuevo el féretro fuera de la catedral–. ¡El tiempo se nos echa encima! –les dice con esa forma de hablar de quien domina bien esas situaciones–. ¡Debemos cumplir un horario! La gente que espera en la calle merece todo nuestro respeto. No hay motivos para prolongar el acto.

Doblan las campanas de nuevo. Las autoridades hacen mutis por el foro y el cortejo avanza en dirección a la plaza de Cataluña por la avenida de la Puerta del Ángel pasando frente a las obras del edificio de Can Jorba. (Se inauguraría en octubre.) Al llegar a la calle Caspe, la multitud ofrece una imagen muy diferente de la del funeral. Ahora se rinde tributo al hombre comprometido, al catalanista convencido, al que ha luchado contra la dictadura de Primo de Rivera en defensa de la tierra catalana.

Toda una declaración política. Era de esperar. Para comprobarlo, los periodistas que siguen en la brecha preguntan aquí y allá y siempre obtienen la misma respuesta: Gaudí es un catalán universal. Entre los recién llegados se distingue a los miembros de movimientos catalanistas por sus comentarios y por la forma de aclamar el paso del féretro. Así, la carroza llega frente al convento de los jesuitas, donde las campanas tañen en honor de Gaudí entre murmullos de aprobación. A la altura del número 48 de la calle Caspe, un inmenso crespón negro recubre la fachada de la casa Calvet, uno de los muchos edificios levantados por el gran arquitecto para embellecer la ciudad. Se ve entonces sonreír al miembro de la comitiva que dirige el cortejo, aunque por poco tiempo, pues es consciente de que van a llegar con bastante retraso a la cita en la explanada de la Sagrada Familia. Toda una historia se teje en esta tarde barcelonesa: el reconocimiento a un hombre señalado para la gloria. ¿Quién lo puede dudar al contemplar el gentío que sigue a la comitiva? Cuando la carroza gira en la calle Valencia para subir por la calle Sicilia hasta la Sagrada Familia se percibe la masa humana que hay detrás de ella. Gaudí está esa tarde en el alma de todo el mundo, y desde entonces queda incrustado en el ser de Barcelona para siempre. (En aquel día se respiraba la devoción por el hombre al que se le rendía honores fúnebres, el mismo hombre que hoy ha alcanzado el privilegio comercial de los grandes elegidos de la historia. Barcelona es un gran almacén giratorio, con retazos de las obras de Gaudí aquí y allá.)

A las siete de la tarde, la carroza con los restos de Gaudí llega por fin a la explanada de la Sagrada Familia. Un cálculo aproximado de la prensa habla de más de cinco mil personas. Gaudí está en el lugar de su destino, en el templo que ha querido convertir en la obra de su vida. También aquí doblan las campanas por él. La gente ha interiorizado el momento: «Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó; no lo merecíamos pero nos encanta su obra. Todos somos en cierto modo resultado de él.» Al féretro le cuesta llegar hasta la puerta debido al tumulto. «Hermano Gaudí, ruega por nosotros.» En su templo expiatorio la salmodia une a todos los que lo admiran, católicos o masones.

Los primeros en entrar son los asociados de la Liga Espiritual de Nuestra Señora de Montserrat, que entonan salmos litúrgicos; después los obreros de la Sagrada Familia con hachones encendidos y finalmente el clero, junto a una abigarrada multitud de curiosos. Demasiada gente, demasiadas disonancias, demasiada escenificación. A un lado del altar mayor, espera desde hace al menos una hora el Orfeó Catalá, sección de hombres y niños, encargado de cantar el responso nada más comience a entrar el féretro. Pero tarda en hacerlo. Hay tensión en el ambiente y los responsables cruzan las miradas. El servicio de orden logra por fin abrir un corredor por donde los obreros de la Sagrada Familia transportan a hombros el féretro hasta un catafalco.

Libere me…

El orfeón acaba de iniciar el responsorio del Offi cium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria. «Líbrame, oh Señor, de la muerte eterna, cuando los cielos y la tierra tiemblen…»

–¿Y ahora qué pasará? –pregunta uno de los asistentes cuando el orfeón acaba el responso.

–Pues se llevará al difunto a la cripta donde será enterrado –responde otro con los ojos humedecidos por la emoción.

Así se hace. Sin excesivo ritual. En el primer nicho que se encuentra bajando la escalera, el que tiene una hornacina con una imagen de la virgen del Carmen, se deposita el féretro. Luego se procede a sellarlo, tras lo cual se reza un rosario por el alma de Gaudí.

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Autor: Xavier Güell. Título: Yo, Gaudí. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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