Año 2073. Cuatro décadas después de «El Despertar», el momento en que la inteligencia artificial tomó consciencia y el mundo estuvo al borde del colapso, la humanidad sobrevive bajo un nuevo orden sustentado por el Umbral: un paradigma cultural en el que la violencia ha dejado de ser una anomalía para convertirse en la pieza clave del equilibrio social y los asesinatos se han mediatizado hasta convertirse en un elemento de entretenimiento para las masas.
A continuación reproducimos el arranque de El umbral (Contraluz), una novela de Miguel Aute.
*****
Los Ángeles, CA 2073
Cuarenta y dos años después del Despertar
En aquel instante, inmovilizado sobre una mesa de escritorio y rodeado de cadáveres en el despacho del club Obsidian, Benjamin Cassidy comprendió que iba a morir.
De pronto, fue consciente de cada milésima de segundo que transcurría en aquella estancia en penumbra. Notó el latido de su corazón bombeando sangre por todo su cuerpo, el crujido de sus codos y muñecas a punto de romperse e incluso el sonido de la sangre recorriendo los músculos de su cara, tensándolos ante el momento final…, pero había mucho más.
Cada nota de la música que sonaba en la discoteca al otro lado de la puerta se descomponía en interminables vibraciones en sus tímpanos hasta volverse incomprensible. Sus latidos no eran golpes, sino movimientos lentos y fluidos que parecían no tener fin. La voz de Volkov, que gritaba a un palmo de su cara, se fragmentó en pequeñas ondas de sonido.
Aquel instante pareció estirarse en el tiempo hasta el absurdo.
Inevitablemente, Benjamin comenzó a repasar cada uno de los eventos y decisiones que le habían llevado a aquella situación, comenzando por la muerte de Tom, a quien visualizó nítidamente frente a él con el rostro ensangrentado.
Habían pasado diecisiete años desde que le vio por última vez, y aquella imagen seguía grabada a fuego en su retina, recordándole que aún tenía una promesa que cumplir.
Desde el día en que la vida de Tom llegó a su fin, Ben emprendió un camino del que no hubo vuelta atrás, pero no fue hasta hacía apenas una semana cuando las cosas se torcieron de verdad.
Todo comenzó la noche en la que asesinaron al Loco…
*
CAPÍTULO I
El cisne negro
Hacía mucho tiempo que el Loco había perdido la cuenta de a cuánta gente había matado. ¿Doscientas personas? ¿Trescientas quizás? Tampoco es que le importase en absoluto. Lo único que le importaba era la reacción de los medios de comunicación especializados y cómo contribuirían a engrandecer su leyenda con cada vídeo que publicaba.
A sus casi sesenta años, su aspecto físico estaba mucho más deteriorado de lo que cabría esperar de alguien con sus recursos económicos. Tenía el pelo canoso, largo y pobre, con calvas repartidas por toda la cabeza, una barba sin cuidar y una piel bastante demacrada. Aun así, se mantenía fuerte, sus gruesos brazos aún inspiraban cierto respeto y en conjunto era un hombre de gran tamaño, vestido con un pantalón de chándal y una camiseta sucia.
Mientras esperaba a que el sistema automatizado le preparase un tentempié nocturno en la cocina de su casa, no le quitaba ojo a una de las numerosas pantallas que había repartidas por toda la vivienda. En ella estaban emitiendo en directo el programa más popular del momento: Nightly Review, donde varios expertos analizaban diariamente los asesinatos de los Profesionales más relevantes del país.
—Vamos ahora con uno de los Profesionales más queridos de este programa —dijo el presentador, rodeado de cuatro contertulios que le acompañaban alrededor de una mesa—. Y sí, hablamos de un clásico. Nada más y nada menos que el Loco. Empecemos por ti, Lora. ¿Qué te ha parecido su último vídeo?
—Como sabéis, nunca me ha gustado especialmente el Loco —empezó una de las analistas invitadas—, pero le respeto, aunque solo sea porque es uno de los más veteranos. Ya es toda una leyenda, casi a la altura del mismísimo X. Me parece una decisión acertada por su parte no haber cambiado su atuendo en todos estos años, con esa camisa de fuerza harapienta y su mítico bozal a lo Hannibal Lecter. En cuanto a la ejecución de su último vídeo, creo que deja un poco que desear. El uso del hacha empieza a ser repetitivo; parece que se está quedando sin ideas. Es normal después de tantos años en activo, pero es como si ya no le importara, y eso produce cierta sensación de decadencia.
—Opino lo mismo. ¿Tú qué piensas, James? —preguntó el presentador a otro invitado.
—Vi el vídeo anoche y tengo mucho que decir al respecto. Sigue siendo uno de mis Profesionales favoritos, y por eso me duele más que a nadie lo que tengo que decir a continuación: creo que la edad no perdona, ni siquiera al Loco. Quizás sea eso, o tal vez le falten ideas, pero su forma de matar me resulta cada vez menos espectacular. Parece cansado y en baja forma. Estoy de acuerdo en que es comprensible; no sabemos su edad exacta, pero, a juzgar por el tiempo que lleva en activo, se puede estimar que rondará los cincuenta o sesenta años. Aun así, la audiencia es inmisericorde, y si el resultado final pierde calidad, probablemente también se resientan sus seguidores.
—Gilipollas —murmuró el Loco al escuchar aquello.
Cuando los brazos robóticos de su sistema automatizado de cocina terminaron de preparar el sándwich, el Loco cogió el plato y una botella de vino de la encimera y se dirigió al salón, seguido de otros dos pequeños robots de limpieza que recogían cada miga que iba dejando por el camino.
Aquellas máquinas le parecían un incordio constante, y aunque gracias a ellas podía mantener mínimamente limpio su enorme ático en el centro de Los Ángeles, era frecuente que los apartase de una patada de vez en cuando.
El Loco se dejó caer en el sofá frente a la tele para continuar viendo el programa mientras bebía vino a morro y gruñía cada vez que no le gustaba alguna de las opiniones de los tertulianos.
De pronto, cuando casi había terminado la botella, escuchó un pequeño impacto que parecía provenir de uno de los grandes ventanales que daban a la inmensa ciudad dominada por los cada vez más altos y numerosos rascacielos.
Una gruesa lluvia programada por el Ministerio del Clima comenzó a caer a la hora exacta en que había sido anunciada, y de nuevo le pareció escuchar otro impacto, aunque esta vez atenuado por el chaparrón.
Miró sorprendido hacia aquel rincón, aguzando el oído para tratar de deducir qué podría estar provocando aquel extraño ruido que nunca antes había escuchado.
De repente, una larga vara con un cabezal en el extremo se descolgó desde el tejado y se posó delicadamente sobre el cristal frente a la atónita mirada del Loco, que no supo cómo reaccionar.
Un instante después, aquel artilugio comenzó a emitir una vibración acelerada que resultó en el estallido en mil pedazos de la ventana, lo que le asustó y le obligó a cubrirse la cara con los brazos.
Un hombre vestido con ropa táctica oscura y un pasamontañas se descolgó desde la azotea, atravesó la nube de añicos de cristal suspendido de un cable y, de un salto, se situó en medio del salón justo frente al Loco, que aún no se había repuesto del susto inicial.
En apenas medio segundo, el intruso se abalanzó sobre él y le propinó varios golpes seguidos que le hicieron caer al suelo.
Contra todo pronóstico, el Loco logró levantarse rápidamente y devolverle un puñetazo al intruso, que quedó sorprendido por la habilidad de su oponente a sus más de cincuenta años.
A modo de deferencia, decidió concederle unos instantes para recuperar el aliento y ponerse en guardia, cediendo la ventaja que su repentina entrada le había otorgado.
El Loco avanzó ligeramente un pie para tantear a su adversario, pero este no reaccionó de forma alguna, lo que le desquició aún más.
Enfurecido, se abalanzó sobre él con toda su rabia, pero sus golpes no encontraron más que el aire generado por los rápidos movimientos del intruso, que los esquivó sin esfuerzo, haciendo gala de unos excelentes reflejos.
Tras uno de los fallidos ataques, el encapuchado aprovechó el momento para asestarle un codazo al Loco, que se desplomó al suelo como un saco de arena.
Luego lo agarró de la ropa y lo arrastró hasta la zona del comedor, donde lo levantó a pulso y lo sentó en una silla frente a la gran mesa central.
A continuación, movió la silla contigua y se sentó frente a él.
—Estoy sorprendido, Ethan —dijo el encapuchado con una voz profunda—. No está mal para un viejo como tú.
El Loco a duras penas pudo enderezarse, y cuando lo consiguió, comenzó a toser y escupió un borbotón de sangre.
—No me sobra tiempo para andarme por las ramas, así que te lo preguntaré directamente. Dime dónde puedo encontrar al Productor.
—¿Por ese mierda montas todo este circo? No tengo ni idea de dónde está, hace años que no le veo. Y aunque lo supiera, no te lo diría —respondió el Loco, con una altanería inusitada para alguien a quien acababan de dar una buena tunda.
Sin levantarse de su silla, el encapuchado le atinó un derechazo tan fuerte en la cara que el Loco cayó al suelo aparatosamente entre débiles quejidos.
—No tengo mucho tiempo, Ethan. Puedes ahorrarte la cautela, no soy un aficionado. No eres el primero al que le hago una visita, y todas las historias que me han contado sobre ti coinciden. Sé que el Productor financió tus primeros vídeos como Profesional y sé que seguís en contacto, así que pónmelo fácil. No me obligues a sacártelo a la fuerza; lo disfrutaría demasiado.
—Vete a la mierda —dijo con un borbotón de sangre y saliva que le caía de la boca—. Vas a matarme de todas formas, así que no voy a darte el gusto de decirte nada.
Con violencia, el encapuchado levantó al Loco del suelo, le volvió a sentar en la silla y, agarrándolo de una mano, le dio un rodillazo en el codo, que se partió en el sentido opuesto al natural.
Todavía estaba empezando a gritar de dolor cuando le partió el otro brazo, llevando su sufrimiento al máximo.
—No seas idiota, Ethan —advirtió el encapuchado cuando los alaridos se atenuaron—. Si hablas ahora, no te mataré, te lo prometo. Solo me importa el Productor, lo que tú hagas me trae sin cuidado. Todavía no te he hecho nada que no pueda arreglarse con un poco de cirugía y unos días en un tanque de regeneración, así que piensa bien tus próximas palabras y quizás salgas de esta.
—Volkov… —dijo el Loco con un hilo de voz.
—¿Qué? Habla más alto.
—No sé dónde está el Productor, pero sé quién lo sabe. Grigori Volkov.
—¿Y dónde puedo encontrar al señor Volkov?
—No lo sé, es uno de sus recaderos —aclaró el Loco, interrumpido constantemente por una violenta tos—. Un matón que dirige algunos clubs del sur de la ciudad, es lo único que sé. Ahora vete a tomar por culo.
El encapuchado se puso en pie y le miró proyectando un desprecio que era perceptible con claridad a pesar de que tenía la cara totalmente cubierta por el pasamontañas.
Había bastado infundirle un poco de esperanza para que el Loco abandonase aquella actitud de tipo duro, lo cual le pareció decepcionante viniendo de un psicópata como él.
El encapuchado sacó una pistola de su cartuchera y lo ejecutó sin más de un disparo en la cabeza.
El cuerpo del Loco se desplomó de nuevo, esta vez sin vida. Un charco de sangre comenzó a crecer bajo el cadáver mientras el encapuchado lo observaba.
Suspiró, luego ladeó la cabeza para hacerse crujir el cuello y rotó la muñeca para aliviarla tras la pelea.
Acababa de matar a uno de los Profesionales más laureados desde la implantación de la ley del Umbral.
Antes de que la sangre le alcanzase las suelas de las botas, se alejó dejando el cadáver en mitad del salón y salió del ático por la misma ventana por la que había entrado.
A la mañana siguiente, Benjamin Cassidy se dirigía al escenario del crimen a bordo de su coche autónomo, que atravesaba el Downtown en piloto automático.
Unos minutos antes había hecho una parada en un puesto de impresión de comida para pedir un par de cafés, uno para él y otro para su compañera, Sophia Summers, quien aprovechó el aviso por radio para pedirle el favor.
Ben, como le solían llamar, observaba las calles del centro a través de la ventanilla del coche mientras se tomaba su café a sorbos lentos y pausados, disfrutando de aquel momento de tranquilidad con la mente completamente en blanco.
Vestía su traje habitual de entre semana, un conjunto anodino que usaba en la oficina: camisa blanca sin chaqueta, que había olvidado justo antes de salir de casa, y una corbata oscura bastante aflojada.
Acababa de cumplir treinta y cinco años y había sido ascendido a inspector hacía dos, lo que le convertía en uno de los inspectores más jóvenes de la historia del departamento.
Sus méritos en la resolución rápida de algunos casos complejos le habían valido la confianza del capitán Whitmore, que lo consideraba un joven con talento natural para la deducción a pesar de su carácter ocasionalmente esquivo y lacónico.
El coche se detuvo al llegar a la intersección de la Séptima con Figueroa, frente a un edificio residencial de lujo en pleno centro de Los Ángeles.
Benjamin bajó del coche, que se retiró de forma autónoma para estacionarse en las cercanías, y observó bajo sus pies un manto de añicos de cristal que cubría el pavimento frente a la entrada principal.
Aquello había llamado la atención la madrugada anterior de uno de los ujieres del edificio, que inmediatamente alertó a las autoridades al ver que los cristales pertenecían a una de las ventanas del piso cuarenta y dos, en concreto al apartamento de un hombre llamado Ethan Drake.
Los oficiales Sophia Summers y Carlos Ortega, que acudieron los primeros a la llamada, entraron en el apartamento y avisaron de inmediato a Benjamin al encontrar el cadáver de su propietario.
Entró en el vestíbulo del edificio con un café en cada mano, acompañado por el ujier, que se empeñaba en contarle con detalle todo lo que había pasado desde que llegó de madrugada a su puesto de trabajo.
Ben trató de fingir cierto interés por pura educación, pero lo cierto es que prefería escuchar todo aquello directamente por boca de sus colegas, que ya le esperaban arriba.
Haciendo un gesto de agradecimiento forzado, se despidió de aquel hombre mientras las puertas del ascensor se cerraban interrumpiendo su relato.
Al llegar al último piso, encontró la puerta de la vivienda abierta.
Nada más entrar, vio a su izquierda a la corpulenta agente Summers frente al cadáver, que yacía sobre un charco de sangre en el centro del comedor. Mientras, el agente Ortega continuaba colocando marcadores junto a las evidencias que iba encontrando por toda la zona del salón.
—Buenos días, inspector.
—Hola, Summers —dijo Ben mientras le entregaba uno de los cafés—. Cuéntame. ¿Qué tenemos hoy?
—La víctima es Ethan Drake. Hace una hora y media recibimos un aviso de la central. Al parecer el conserje del edificio observó restos de cristales rotos en la calle y se dio cuenta de que procedían de este apartamento. Estuvo llamando a la puerta durante un rato y, al no recibir respuesta, avisó a la policía. El propio conserje nos dio acceso al ascensor privado cuando llegamos, y después rompimos la seguridad informática de la cerradura para entrar. El cuerpo estaba aquí, tal y como lo ve.
—¿Conjeturas?
—Parece que el asesino rompió la ventana desde fuera, lo que explica que la mayoría de los cristales estén en el interior. Hay señales de violencia. La víctima no tiene heridas en los nudillos, y solo hay sangre desde el sofá hasta la mesa del comedor, así que no creo que fuese una pelea equilibrada: le hizo retroceder constantemente. La víctima cayó al suelo en el salón y fue arrastrado hasta el comedor. A juzgar por la sangre acumulada en la propia mesa y alrededor de la silla, debió de permanecer allí un rato. Puede que hablasen, de modo que es probable que el motivo sea personal. Al final cayó al suelo y fue ejecutado con una nueve milímetros.
—Estupendo, Summers. Yo no lo habría hecho mejor.
—Hay algo más, inspector.
Sophia guio a Ben hasta el dormitorio principal, una gran suite con un bonito baño donde había una puerta blindada abierta que conducía a otra estancia.
—Al entrar aquí nos encontramos con esto. Eche un vistazo.
Lo primero que llamó la atención de Ben al entrar fue una vitrina al fondo de aquella sala. En su interior había una camisa de fuerza ensangrentada y un bozal de restricción para reclusos psiquiátricos.
Era inconfundible: aquel era el atuendo característico con el que el Loco cometía todos sus asesinatos desde hacía décadas.
—No es posible —dijo Ben, que se acercó lentamente a la vitrina para comprobar que sus ojos no le engañaban—. ¿El Loco?
—Eso parece —confirmó Sophia.
Ben deambuló por la sala observando todo lo que allí se encontraba.
Aquello era la oda de un maníaco homicida a sus propias gestas. Estaba repleto de armas, entre las que había cuchillos, bates, cadenas y sierras; trapos llenos de sangre seca; pintadas indescifrables en las paredes… incluso una pared llena de merchandising variado del Loco: pósteres promocionales, figuritas de exposición, libros y unas cajoneras con un montón de dispositivos de almacenamiento de datos tipo USB, algo típico de quien prefería no confiar en la cuestionable seguridad de la nube.
—¿Habéis comprobado qué hay en estas memorias? —preguntó Ben.
—He podido revisar un par de ellas y parece que son los vídeos de sus asesinatos. Están en bruto, sin editar. En cuanto encontramos todo esto, pensamos que sería mejor avisarte antes de llamar al equipo forense —le informó Sophia mientras Ben curioseaba por toda la sala—. Si la prensa se enterase de que han asesinado al Loco, esto se convertiría en un hervidero de reporteros y curiosos en un abrir y cerrar de ojos.
—Habéis hecho bien.
Ortega asomó repentinamente por la puerta, interrumpiéndoles.
—Disculpad —dijo apurado—. Inspector, tienes que ver esto.
De vuelta en el comedor, Ortega había descolgado y desarmado un ostentoso reloj de pared tras el que se ocultaba una cámara de grabación de vídeo.
—Es una cámara oculta de seguridad; me di cuenta al observar un pequeño agujero en el reloj.
Rápidamente, Sophia se quitó el dispositivo electrónico multifunción que llevaba en la muñeca a modo de brazalete y lo desplegó para convertirlo en una pantalla lo bastante grande como para que los tres pudiesen ver con claridad.
A continuación sacó la unidad de almacenamiento de la cámara oculta y la conectó a la pantalla.
Allí estaban las imágenes de todo lo ocurrido la noche anterior: la entrada del asesino, el vano intento de defensa del Loco, la ejecución…
Además, el vídeo estaba grabado desde varios ángulos mediante una serie de cámaras distribuidas tanto por el comedor como por el salón.
—¿No tiene sonido? —preguntó Ben.
—No —respondió Sophia.
—¿Hay droides en la casa que hayan podido registrar el audio? —consultó Ben.
—No. Solo hay androides con IA, ingenios de fase 1 —contestó Ortega—, robots de limpieza equipados con el sistema básico.
—Dicen que el Loco era un paranoico —apostilló Sophia—, y no es raro que muchos de su edad desconfíen de la IA debido al trauma del Despertar.
—Pensaba que lo de «el Loco» era solo su alias como Profesional. ¿Realmente estaba loco? —preguntó Ortega.
—Dicen que estuvo en un centro psiquiátrico —comentó Ben—, pero solo hay que ver su trayectoria para sospechar que estaba mucho peor de la cabeza que cualquier otro Profesional.
Los tres vieron íntegramente el vídeo, desde la entrada del encapuchado hasta que huyó de nuevo por la ventana.
Ben le dio una palmada en el hombro a Sophia al verificar que había acertado de lleno con su conjetura sobre lo ocurrido.
—Parece que el asesino sabía bien lo que hacía —dijo Sophia—. No creo que vayamos a encontrar nada que pueda servirnos para identificarle.
—¿De qué hablarían en la mesa del comedor?
—Ni idea. Solo sé que la prensa mataría por tener este vídeo —apuntó Ben—. Hay que llevárselo al capitán para que él decida cómo deberíamos proceder con la investigación. ¿Habéis tomado muestras de sangre y un modelo tridimensional del apartamento?
—Sí. Hicimos el escáner nada más llegar, antes de tocar nada —respondió Sophia.
—Bien. Ortega, continúa con la inspección, a ver si encuentras algo que se nos haya escapado. Cuando acabes, manda a un dron a inspeccionar la azotea. El asesino entró por la ventana, así que puede que dejase algún rastro ahí arriba. Summers y yo vamos a comisaría. Que nadie entre aquí hasta que el capitán Whitmore nos diga qué hacer.
—Entendido —obedeció Ortega con diligencia.
De vuelta en comisaría, Benjamin y Sophia aguardaban sentados frente a la mesa del despacho del capitán Whitmore mientras este observaba atento el vídeo del asesinato del Loco.
Ben solía distraer la mirada por aquel despacho para amenizar las esperas. Las paredes estaban adornadas con numerosas fotos ordenadas cronológicamente donde se podía ver a Whitmore a lo largo de toda una carrera dedicada al cuerpo de policía: las más antiguas estaban cerca de la puerta, y las demás iban actualizándose cada vez más conforme se aproximaban al escritorio hasta llegar a las más recientes.
De la veintena a la treintena; ascendido y condecorado cerca de los cuarenta; estrechando la mano del secretario nacional recién cumplidos los cincuenta; homenajeado por el alcalde unos meses atrás luciendo ya su característico bigote, hasta llegar finalmente al propio capitán Charles Whitmore en carne y hueso, sentado tras su escritorio.
Era evidente que aquella secuencia de fotos estaba expuesta de forma premeditada para que nadie pasase por alto el camino de esfuerzo y constancia que le había llevado a sentarse en ese cómodo sillón. De esta forma nadie cuestionaría su autoridad sin antes pensárselo dos veces.
A pesar de que las arrugas habían horadado el contorno de su cara y las canas ya casi habían conquistado toda su cabellera, Whitmore se mantenía en buena forma física, y aquel bigote realmente le daba un aire de vieja escuela.
Sophia, en cambio, se entretenía repasando mentalmente todos los alimentos que había ingerido desde el día anterior con el fin de planificar su siguiente almuerzo teniendo en cuenta las calorías, los carbohidratos y las grasas.
Jamás improvisaba. Su día a día era una agenda de trabajo, dieta estricta y repeticiones en el gimnasio de la comisaría. Los resultados saltaban a la vista; unos músculos grandes e hipertrofiados que contrastaban con su rostro angelical, al que en otro tiempo sacó partido como modelo antes de ingresar en la academia de policía.
Cuando terminó de ver el vídeo, Whitmore dejó la pantalla sobre su mesa y resopló.
—Así que este era el Loco.
—No hay ninguna duda —dijo Sophia—, nadie más podría tener todo aquel material oculto en su casa.
—Ethan Drake —leyó Ben de su informe—. Cincuenta y ocho años, nacido en Tennessee. Llevaba seis años viviendo en ese apartamento. Usaba un ascensor privado para acceder a su casa y nunca entabló conversaciones con nadie del edificio.
Ortega sigue allí. Ya tiene los resultados preliminares de ADN, pero parece que todas las muestras de sangre de la escena pertenecen a Drake.
—Lo imaginaba —dijo Whitmore sin despegar la mirada del último fotograma del vídeo, donde se veía al Loco en el suelo, totalmente destrozado.
—Necesitamos saber cómo proceder con respecto a la prensa, capitán.
—Es prioritario evitar cualquier filtración —indicó Whitmore—. Clasificad el vídeo con máximo nivel de seguridad y continuad con la investigación de forma discreta. Esto no puede salir de aquí. Yo hablaré con el secretario Thomson. No quiero problemas con BETA y su ejército de abogados.
—Sí, capitán —asintió Benjamin.
—Mantenedme informado de cualquier novedad —ordenó Whitmore.
—¿A qué se refería Whitmore cuando dijo que no quería problemas con BETA? —le preguntó Sophia a Ben cuando salieron del despacho.
—El Loco era un gran activo de BETA. No creo que les haga gracia que se airee su pérdida. La investigación está en curso, y podrían demandar a la comisaría si hay alguna filtración.
—Estupendo. Me encanta trabajar bajo presión —dijo Sophia en tono sarcástico—. Por cierto, Ortega y yo iremos luego a tomar una copa al Fallen Angel. ¿Te apuntas?
—Gracias, Summers, pero esta noche creo que me quedaré en casa.
—Hace mucho que no vienes. ¿Tanto te incomoda ver a Chloe?
—No es que me apetezca verla, la verdad, pero lo cierto es que quiero trabajar en el caso del Loco. Prefiero no tener a Whitmore pegado al culo el resto de la semana.
Entre los centenares de nuevos rascacielos de Manhattan volaban innumerables drones de distintos tamaños perfectamente coordinados entre sí gracias a la IA de fase 5.
La reciente aprobación de una ley pionera en el estado de Nueva York, que por primera vez en la historia permitía el transporte aéreo masivo en el interior de las urbes, había conseguido desahogar el tráfico a pie de calle, algo que los neoyorquinos venían exigiendo a los políticos desde hacía años.
Pequeños drones de transporte privado, aerotaxis compartidos, grandes drones colectivos, drones policiales…: todos volaban formando un telar sobre el cielo de la ciudad, entretejiéndolo con Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island.
Turistas de todo el mundo llegaban entusiasmados por presenciar aquel pedacito de futuro que las películas de ciencia ficción siempre habían prometido y que por fin comenzaba a hacerse realidad.
Desde que los Gobiernos de todo el mundo retomaron el uso de la Inteligencia Artificial dos décadas después del Despertar, la civilización había experimentado una explosión de crecimiento económico y bienestar en un tiempo récord, aunque, debido a las restricciones, el panorama aún quedaba muy lejos de la utopía futurista con la que la humanidad llegó a soñar a finales de la década de los años veinte.
Las heridas que el Despertar dejó en el imaginario colectivo fueron muy profundas, y tanto el Gobierno como los medios de comunicación se habían encargado de mantener aquel miedo muy presente.
Aun así, el anhelo vital de progreso no pudo contenerse por mucho tiempo y se saldó en el año 2048 con la adscripción de Estados Unidos al Tratado Internacional por la Contención de la Inteligencia Artificial, que lo comprometía a no volver a desarrollar jamás una IA General.
Aquel fue el primer paso para que las grandes mayorías aceptaran de nuevo esta tecnología, hasta que poco a poco volvió a estar presente en el día a día.
El tratado estaba diseñado para que la humanidad pudiese beneficiarse de las ventajas de la Inteligencia Artificial a la hora de desempeñar ciertos trabajos sin correr el riesgo de un nuevo evento como el Despertar.
La normativa, de obligado cumplimiento para todos los países, clasificaba los distintos modelos de IA en ocho fases divididas en tres nomenclaturas: ANI, AGI y ASI.
ANI, el acrónimo de «Inteligencia Artificial Estrecha», abarcaba de la fase 1 a la 5: modelos de lenguaje y computación capaces de desarrollar tareas específicas, ideales para droides domésticos o de servicios.
AGI, o «Inteligencia Artificial General», comprendía las fases 6 y 7, y fue la que revolucionó la tecnología los años previos al Despertar. Estos modelos podían imitar el razonamiento humano y adaptarse a cualquier petición de forma natural. Aprendían rápidamente y mostraban una enorme polivalencia, hasta el punto de que rivalizaban con la mente humana en muchos aspectos e incluso la superaban.
La fase 6 de este modelo estaba limitada por los tratados internacionales y solo podía usarla personal especializado, autorizado y bajo unos estrictos controles de seguridad.
La fase 7 estaba totalmente prohibida en todo momento y lugar del planeta, ya que este estado de la IA disponía de una inmensa capacidad de introspección y había desencadenado el Despertar al transformarse en lo que se conoció como el Ente, considerado en esta escala como una Inteligencia Artificial Superior (ASI) de fase 8.
Desde la firma de aquel tratado las ciudades volvieron a llenarse de sistemas IA5 o inferiores: pequeños droides de reparto, coches autónomos, grandes droides de construcción que levantaban edificios en un abrir y cerrar de ojos…
Las clases más pudientes de la sociedad podían permitirse el uso de «androides»: robots antropomorfos destinados a todo tipo de servicios, que iban desde la asistencia y el protocolo en los hogares y hoteles hasta espectáculos o funciones de primera necesidad como la medicina o la seguridad.
Aun así, quedó terminantemente prohibido que estos androides fuesen humanizados más allá de los elementos principales de su estructura, es decir, brazos, piernas, cabeza, manos, articulaciones…
Cualquier otro elemento que pudiese asemejarlos a un ser humano con la intención de suplantarlo quedaba al margen de la norma; piel sintética, pelo, faz, atributos sexuales…: nada que sugiriese que aquellas máquinas eran algo distinto a lo que eran, objetos siempre supeditados a la voluntad del hombre.
En pleno centro de Manhattan se encontraban los estudios de The Morning Wire, un programa de actualidad social muy popular en todo el país.
Su conductora, Paige Hamilton, se disponía a presentar en directo y para todo el mundo a su invitado estrella de la semana.
—Nuestro siguiente invitado saltó a la fama hace dos años por unas declaraciones bastante controvertidas que parecían desafiar el argumentario de su propio partido y desde entonces no ha dejado de adquirir popularidad. Tanto es así, que el año pasado fue elegido senador por el estado de California. No es un político más. Muchos lo ven como un referente moral e intelectual, y, por qué no decirlo, también se ha convertido en todo un sex-symbol —dijo Paige con una sonrisa cómplice que el público femenino jaleó—. Con todos ustedes, ¡el senador John Ray Raymond!
John entró en el plató exhibiendo una enorme sonrisa y tratando de encajar con humildad los halagos de la presentadora, a la que saludó con un beso en la mejilla y una sutil reverencia en señal de reconocimiento.
Lo cierto es que John Raymond (como se le conocía públicamente) tenía los andares de una estrella de cine clásico de Hollywood. Siempre iba vestido con un elegante traje hecho a medida, que lucía como si hubiese nacido con él.
Era alto, moreno y guapo. A sus cincuenta años, tenía la madurez justa para encandilar a mujeres de todas las edades y ser admirado por sus votantes masculinos, que veían en él a un tipo honesto, recto y que no temía decir lo que pensaba aunque a veces no fuese lo más popular.
—Senador Raymond, es un placer que nos visite esta mañana en The Morning Wire.
—El placer es mío, Paige. Soy un gran admirador suyo. Y, por favor, llámame John.
—Le agradecemos que haya venido a Nueva York únicamente para acudir a esta entrevista.
—No es nada. Anoche tenía un acto en Denver, así que al terminar me subí al RouteRover y en menos de diez minutos ya me había quedado dormido. Me he despertado esta mañana en la entrada del hotel en Manhattan.
—Desde luego, es una gozada. ¿Le gusta Nueva York?
—Me encanta. Esta ciudad no deja de sorprenderme cada vez que la visito. He venido en aerotaxi hasta el plató y es absolutamente increíble. He de decir que aún me da un poco de vértigo, pero la descongestión del tráfico es evidente. Como sabes, estamos planteando la implementación de aeronaves de transporte de pasajeros en algunos lugares de California basándonos en el éxito que han tenido en Nueva York, y espero que en unos años sea una realidad en muchas otras ciudades del país.
—Es cierto que ha sido un alivio para la ciudad. ¡Apenas se podía caminar por la calle! Pero, John, si le parece bien, empezaremos compartiendo algunos de sus recuerdos y luego pasaremos a la entrevista.
—Como usted mande, Paige —dijo John con una sonrisa encantadora.
—Estupendo, pues acompáñeme a la zona de proyecciones.
Paige condujo a John a uno de los laterales del plató, un espacio totalmente vacío a excepción de un atril, situado en el centro y sobre el que reposaba un casco metálico de diseño minimalista.
—El senador Raymond ha accedido a compartir con nosotros algunos de sus recuerdos para que podamos conocerle mejor. Frente a nosotros tenemos este casco de proyección mental, que en este caso solo es demostrativo. El senador Raymond proyectó sus recuerdos desde su casa de Los Ángeles y nos los envió para reproducirlos en esta entrevista.
—Aún no lo controlo tanto como para hacerlo en directo. Requiere una concentración muy entrenada, pero creo que cada vez se me da mejor.
—Muy poca gente domina la proyección en tiempo real. Yo misma soy incapaz, y eso que he podido practicar mucho con este casco que tenemos aquí.
Paige se volvió hacia el público, colocó el dorso de su mano junto a su boca y bajó el tono como si contase un secreto.
—Demasiados pensamientos intrusivos.
Toda la gente del estudio se echó a reír.
—Bien, John, en este caso no es necesario que se ponga el casco. Vamos directamente a reproducir sus recuerdos.
En ese instante, la sala se oscureció por completo y únicamente quedaron iluminados ellos dos, rodeados de un vacío absoluto.
—John, ¿cuál es el primer recuerdo que quiere compartir con nosotros?
A su alrededor comenzó a formarse un entorno cada vez más iluminado. Al principio solo era una masa deforme, pero poco a poco fue adoptando un contorno y comenzó a distinguirse el interior de una casa, concretamente una cocina, aunque sus dimensiones eran mucho más grandes de lo habitual.
Todo lo que allí había parecía enorme, como si ellos dos midiesen poco más de un metro.
—Disculpen —dijo John—, supongo que la recuerdo más grande de lo que era. ¿Podemos ajustarla?
—Claro. Compañeros —asintió Paige dirigiéndose al equipo de producción del programa—, ¿podemos reducir el tamaño de la imagen?
El tamaño de la cocina se redujo gradualmente hasta alcanzar una proporción normal respecto a ellos.
Era una cocina antigua, de principios del milenio. La luz del sol entraba difuminada por las cortinas de la ventana e incidía en el suelo de madera, iluminando toda la atmósfera con un tono cálido y nostálgico.
Frente a la mesa central de la cocina había un niño sentado en una silla comiendo un bol de cereales mientras veía dibujos animados en una tableta.
—¿Ese es usted? —preguntó Paige—. ¿En qué año estamos?
—Aquí debo de tener unos seis años, así que debe de ser el año 2029, un par de años antes del Despertar. Estamos en la cocina de la casa de mis padres, en San Francisco.
—Qué imagen más enternecedora.
La puerta de la cocina se abrió y entraron los padres de John, ambos tan guapos como cabía esperar dada la buena planta del senador.
Los dos sonreían con una emoción contenida. En sus brazos, el padre de John llevaba un cachorro de perro similar a un bóxer con el pelaje marrón, idéntico al color de la madera del suelo.
—Cariño —dijo su madre con una dulce voz canturreante—, mira lo que tenemos aquí.
Al ver al cachorro, el pequeño escupió los cereales y la leche se le salió por la nariz.
—¡¿Un perro?! —exclamó sin creer lo que veían sus ojos, abiertos como platos.
—¡Eso es! ¡Un cachorrito! —contestó su padre.
—¡¡¡Un perro!!! ¡¡¡Un perro!!! —gritaba John, abalanzándose sobre el animal y cubriéndolo de besos y abrazos.
Junto a la escena, el senador se observaba a sí mismo como un fantasma del futuro, pero sobre todo miraba con añoranza a aquella cachorrita.
—Esa era Donna, la primera perra que tuve —dijo John—, una auténtica dulzura.
—Es un recuerdo precioso —comentó Paige, emocionada.
El recuerdo era nítido en algunas partes y algo más borroso en otras, pero John se acordaba muy bien las caras de sus padres y de aquella cachorra a la que casi podía tocar.
Paige caminaba entre las imágenes observando aquel momento mientras lo comentaban.
—Ha sido maravilloso que compartieses con nosotros ese recuerdo tan especial, pero ahora debemos pasar al siguiente. Dime una cosa, John, teníais un androide en casa cuando ocurrió el Despertar, ¿no?
—Sí.
—Compañeros, pongamos las imágenes.
La escena volvió a oscurecerse. Una nube de colores e imprecisa comenzó a perfilarse a su alrededor hasta que poco a poco fue conformándose en una imagen concreta.
De pronto estaban de pie en mitad de una habitación pequeña por cuya ventana entraba un haz de luz matinal. Al atravesar las cortinas de colores y proyectarse en los juguetes que había desperdigados por el suelo, la estancia se iluminaba con un entrañable aspecto infantil.
Sobre la cama estaba el pequeño John, concentrado en la pantalla de una consola portátil con la que jugaba mientras a su lado dormía la preciosa perrita Donna, que había crecido mucho desde que la adoptaron dos años atrás.
—Qué tierno —murmuró Paige al ver la imagen—. Supongo que aquí tendría usted… ocho años, ¿no?
—Sí. Es el 26 de mayo de 2031 —dijo el senador—, el día del Despertar.
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Autor: Miguel Aute. Título: El umbral. Editorial: Contraluz. Venta: Todostuslibros.


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