Automática recupera al autor de Nosotros, precursora del 1984, de George Orwell. En este volumen compila dos historias —además de otros textos— en las que la supervivencia y el ambiente opresor son protagonistas.
En Zenda reproducimos un fragmento de La caverna, relato incluido en La Inundación y otros textos (Automática), de Yevgueni Zamiatin.
***
Glaciares, mamuts, páramos. Rocas nocturnas, negras, vagamente parecidas a casas; en las rocas, cavernas. Y no se sabe quién barrita de noche por el sendero de piedra entre las rocas y, husmeando el camino, arremolina el blanco polvo de nieve; quizá un mamut de trompa gris; quizá el viento; o quizá el viento mismo es el rugido helado de un mamut mamutísimo. Una cosa está clara: es invierno. Y hay que apretar bien los dientes para que no castañeteen; y hay que partir leña menuda con un hacha de piedra; y cada noche hay que trasladar la hoguera de caverna en caverna, cada vez más adentro; y hay que envolverse con más y más pieles greñudas de fieras.
En el dormitorio-caverna de Petersburgo todo era igual que hace poco en el arca de Noé: criaturas puras e impuras, revueltas por el diluvio. Un escritorio de caoba; libros; tortas de la Edad de Piedra con aspecto de cerámica; Skriabin, opus 74; una plancha; cinco patatas amorosamente lavadas hasta dejarlas blancas; los barrotes niquelados de las camas; un hacha; un armario ropero; leña. Y en el centro de todo este universo, el dios, paticorto, de un rojo herrumbroso, achaparrado, ávido dios de las cavernas: la estufa de hierro.
El dios roncaba con voz potente. En la caverna oscura, el gran milagro del fuego. Los humanos —Martín Martínich y Masha—, con reverencia, en silencio, agradecidos, tendían las manos hacia él. Durante una hora, primavera en la caverna; durante una hora se desprendían de las pieles de fiera, de las garras, de los colmillos, y a través de la corteza helada del cerebro se abrían paso tallitos verdes: los pensamientos.
—Mart, ¿no te habrás olvidado de que mañana…? En fin, ya veo que te has olvidado.
En octubre, cuando las hojas ya están amarillas, marchitas, mustias, hay días de ojos azules; si se echa la cabeza hacia atrás en un día así, para no ver la tierra, se puede creer que aún hay alegría, que aún hay verano. Lo mismo con Masha: si se cierran los ojos y solo se la escucha, se puede creer que es la de antes, que ahora mismo va a reírse, va a levantarse de la cama, va a abrazarlo; y que hace una hora —ese cuchillo por el cristal— no era su voz, no era ella en absoluto…
—¡Ay, Mart, Mart! ¿Cómo es que…? Antes no te olvidabas. El veintinueve: el día de María,1 mi santo…
El dios de hierro seguía roncando. Como siempre, no había luz: no la darían hasta las diez. Las bóvedas oscuras de la caverna, erizadas de sombras, se balanceaban. Martín Martínich, en cuclillas, hecho un nudo —¡más apretado! ¡aún más apretado!—, con la cabeza echada hacia atrás, sigue mirando el cielo de octubre para no ver los labios amarillentos, marchitos. Y Masha:
—Mira, Mart. ¿Y si encendiéramos la estufa mañana a primera hora? ¡Para que todo el día sea como ahora! ¿Eh? Bueno, ¿cuánto nos queda? ¿Aún queda una pila en el despacho? Hacía mucho que Masha no podía ir hasta el despacho polar y no sabía que allí ya… Más apretado el nudo, ¡aún más apretado!
—¿Una pila? ¡Más! Creo que allí…
De pronto, la luz: las diez en punto. Y, sin terminar, Martín Martínich cerró los ojos con fuerza y se dio la vuelta: con luz era más difícil que a oscuras. Además, con luz se ve claramente: él tiene la cara arrugada, de arcilla (ahora muchos tienen caras de arcilla: hacia atrás, a Adán). Y Masha: De pronto, la luz: las diez en punto. Y, sin terminar, Martín Martínich cerró los ojos con fuerza y se dio la vuelta: con luz era más difícil que a oscuras. Además, con luz se ve claramente: él tiene la cara arrugada, de arcilla (ahora muchos tienen caras de arcilla: hacia atrás, a Adán). Y Masha:
—¿Sabes, Mart? Yo intentaría… quizá me levante, si enciendes la estufa desde la mañana.
—Pues claro, Masha, claro… Un día así… Claro que sí, desde la mañana.
El dios de la caverna se iba apagando, se encogía, enmudeció, apenas crepita. Se oye: abajo, en casa de los Obértishev, parten leños de una barcaza con un hacha de piedra; con un hacha de piedra hacen pedazos a Martín Martínich. Un trozo de Martín Martínich sonreía a Masha con sonrisa de arcilla y molía mondas secas de patata en el molinillo de café para hacer tortas; y otro trozo de Martín Martínich, como un pájaro que se hubiera colado en la habitación, daba topetazos contra el techo, atolondrado, a ciegas, contra los cristales, contra las paredes: «Dónde encontrar leña, dónde encontrar leña».
Martín Martínich se puso el abrigo, se lo ciñó con un cinturón de cuero (entre los cavernícolas existe el mito de que así se está más caliente), y en el rincón, junto al armario ropero, hizo sonar el cubo con estrépito.
[…]
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Autor: Yevgueni Zamiatin. Título: La inundación y otros textos. Traducción: Marta Rebón. Editorial: Automática. Venta: Todos tus libros.


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