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El veraneante perpetuo

Hace una aguda observación Sergi Doria en el prólogo de esta compilación de tres obras dispares de Josep Pla, Viaje en autobús, La huida del tiempo y La calle Estrecha. «Existen», escribe, «dos grupos de escritores: los que leemos —solo leemos— y los que, además, de leerlos, nos acompañan». El periodista y narrador catalán sitúa en este segundo grupo la prolífica obra de su grafómano paisano. Tal vez el verbo «acompañar» podría sustituirse, según los casos, por otros —aleccionar, cohabitar, enfurruñar…— pero sí acierta de pleno al señalar el hecho fundamental de que los lectores establecen (establecemos) una relación intensa con el autor que puede ir de la adhesión al rechazo y no limita la lectura a frío ejercicio intelectual o simple entretenimiento. Nadie como Baroja, que tiene un incuestionable aire de familia con Pla, produce en nuestras letras semejante efecto, con fans y acérrimos detractores.

Josep Pla, como Baroja, es un gran opinador. Habla de todo. Y sobre todo tiene un juicio firme, un veredicto inapelable, sean realidades sociales o morales, hechos del ayer o de su presente. La corrección política no va con él. El fondo escéptico, relativista y conservador de su pensamiento impregna todas sus páginas. Por no hacer, no hace otra cosa que observar la vida y proclamar las lecciones que la vida le ofrece, a veces con un ramalazo de protesta cercana a la irritación, en más ocasiones con la ironía condescendiente de quien se sabe en posesión de la verdad. No extraña, pues, que la innata condición de observador le lleve a decir en un artículo de La huida del tiempo, «Veraneo en Barcelona», que su oficio consiste «en ser un veraneante perpetuo».

"Ningún modo de escritura resulta tan conveniente a semejante actitud vital como el escrito breve, la impresión, la estampa, el ensayo montaigneano no discursivo, el reportaje"

Ningún modo de escritura resulta tan conveniente a semejante actitud vital como el escrito breve, la impresión, la estampa, el ensayo montaigneano no discursivo, el reportaje, el diario o el artículo periodístico. En estas formas derramó Pla las enormes energías de un paradójico indolente hasta acumular una monumental obra de millares de páginas. Con posterioridad a la escritura de inmediatez vendrían los libros, con frecuencia por razones crematísticas de sacarle nuevo rendimiento a lo que ya había cobrado una vez. En realidad, Pla no es autor de libros. Sus libros nacen de la agrupación de textos previos, alguno de tan dilatada gestación como el más universal y reconocido de todo lo suyo, el Cuaderno gris, cuya elaboración le llevó desde 1919 hasta 1966. A este hábito escapan unos pocos títulos entre los que ocupa un lugar señero La calle Estrecha, concebido como obra unitaria y presentado al premio de narrativa Joanot Martorell. Pero incluso un lector superficial aprecia leídas unas pocas páginas que tiene muy poco de relato trabado, que otra vez encadena estampas, que, como pretendida novela, da gato por liebre, que, en suma, las situaciones narrativas son artículos sueltos, aunque no hubieran aparecido como tales en la prensa.

De tal modo, la reunión en uno de los hermosos volúmenes de la Biblioteca Castro de los tres libros mencionados no debe producir más sorpresa que la justa, pues no se trata de un selección caprichosa sino que está enhebrada por la compartida perspectiva en todos ellos de un observador desde fuera de la realidad, de alguien que hace un «documental de la época», opinión del propio Pla respecto de Viaje en autobús que vale para los títulos ahora reunidos y, en verdad, para la totalidad de su obra.

"Viaja Pla, insinúa, sin objeto ni planes preconcebidos"

Viaje en autobús es el rótulo sencillo y conciso, del todo coherente con la poética del autor, con que enlaza artículos aparecidos en «Calendario sin fechas», su famosa y longeva sección del semanario barcelonés Destino. Lo comienza y cierra en su «casa» en el Bajo Ampurdán según un recorrido circular, no siempre en bus, por cierto. El vagabundaje se extiende por Palamós, Calonge, San Feliu de Guíxols, Tossa de Mar, Lloret de Mar, San Pol de Mar, Vidreras, Caldetas, Arenys, Santa Coloma de Farnés y San Esteban de Bas, en suma una amplia excursión por la comarca catalana del Maresme. La aparente fotocopia geográfica y social cobija un diseño literario algo simbolista marcado por la sucesión de las estaciones del año. Viaja Pla, insinúa, sin objeto ni planes preconcebidos, lo cual no necesita porque se atiene a ejercitar unas dotes privilegiadas de observador. El amor a su tierra y la identificación con su paisaje permiten también una cierta dimensión universal a sus estampas, con las cuales refleja los afanes y los días del hombre, el pequeño mundo de los humanos. Y lo hace sin neutralidad, con una mirada elegíaca que ensueña una Arcadia de disfrutes sencillos galvanizada por un intenso hedonismo.

Si bien se mira, por un viaje puede también tenerse La huida del tiempo, aunque sin ruta geográfica ni lugares predeterminados. Un viaje con la intención que señala el título, escapar del presente, amenazante y desagradable, para abismarse en un ensimismamiento defensivo. Las etapas de ese viaje interior habían aparecido en su mencionada tribuna de Destino en forma de artículos independientes, pero no inconexos, y esta vez los junta sin hilván alguno. En el exacto recuento que hace Sergio Doria de La huida del tiempo se apunta la falta de pretexto: Pla «transita por las cosechas, la pesca, la meteorología, la astronomía, y las leyendas, festividades y tradiciones […]. Pla aplica su mirada escéptica y esa fina ironía que conecta la evocación de lo aparentemente intemporal con la realidad amarga del tiempo que le ha tocado vivir». Los títulos de muchos de los artículos recopilados sugieren ese aprovecharse de lo inmediato para presentar un discurso moral sin ataduras cronológicas: «Temperatura de usurero», «Fugacidad de abril», «Miércoles de ceniza», «El canto universal o el despertar de la primavera», «Sobre las cigarras», «La vida de siempre», «Los días muertos», y otros.

"Los tres títulos seleccionados por Sergio Doria cumplen por igual, más allá de sus diferencias de género, una misma finalidad de convertirse en inventario de época"

Estampas encadenadas es, en fin, también La calle Estrecha, a pesar de que se presente como novela. Lo más novelesco del libro reside en la ideación de un personaje que vertebre el argumento: un joven veterinario llega a Torrelles, alquila un piso en el número 2 de la homónima calle del título y durante su estancia en la imaginaria población catalana recopila variada información acerca del lugar: gentes, paisaje, construcciones, oficios, profesiones liberales, hábitos, fiestas, cultura, el Ateneo… Meses después de la llegada hace balance. Algunas personas y cosas han cambiado. Otras no. Y cierra el recuento: “Resumiendo, la vida —la vida al fin y al cabo— continúa en nuestra calle Estrecha”. Pla podría haberse servido de cada uno de los seres y variados motivos de la novela para cumplir con su obligación de articulista. No les dio ese estatus, sino que los trenzó en una sedicente novela, pero con un resultado parecido. Apuntes, observaciones, instantáneas, un «microcosmos», con término de Sergi Doria, completo de la vida de un pueblo y, por elevación, primero, de un tiempo mísero, y a la vez, de los afanes, ilusiones, desencantos y tontunas humanos.

Todo ello lo injerta Pla en una visión azarosa e inarticulada de la existencia. La novela no tiene argumento, según explica en el enjundioso prólogo del libro, porque tampoco lo tiene la vida. Enemigo el escritor ampurdanés del rebuscamiento, quiere que su relato recree con suma naturalidad el mundo, porque, dice, “las novelas con argumento, más que reflejar la vida, arbitran una forma de artificiosidad”. Tampoco, sostuvo en otras ocasiones, la vida ofrece desenlaces definitivos, «es un mar, una corriente que se lo lleva todo». Así que La calle Estrecha ni termina ni concluye. Los variopintos personajes que han desfilado por la novela ante los ojos atentos del veterinario y de Francisqueta, la criada chismosa y charlatana, seguirán a lo suyo, pasará el tiempo, habrá mudanzas o no… La calle Estrecha, tan enraizada en un tiempo y un territorio, es un símbolo sin tiempo ni territorio del oficio de vivir.

"La misantropía de Pla confiere a sus páginas un alcance atemporal y ecuménico"

Con la sorna que le era connatural, Josep Pla manifiesta en las «Cuatro palabras» que anteceden a Viaje en autobús sus modestas ambiciones: «ganar algún dinerillo para ir tirando», llegar «a la desnudez estilística, a la simplificación máxima de la manera literaria» y, en fin, que dentro de cien años el libro sea leído por algún curioso erudito que «trate de resucitar la vida que estamos arrastrando, el temporal que estamos capeando». Los tres títulos seleccionados por Sergio Doria cumplen por igual, más allá de sus diferencias de género, una misma finalidad de convertirse en inventario de época donde se resucita la vida de anteayer. Sin embargo, el testimonio no se limita a una circunstancia concreta, la alta posguerra. En el artículo «Solsticio de verano» de La huida del tiempo Pla aclara lo inmutable que se esconde bajo lo coyuntural: «La persona que espere de la sucesión de equinoccios y solsticios un descenso apreciable del nivel de la humana estupidez, hará bien en sentarse para evitar que estando en pie no le coja la fatiga». Y es que, ha dicho antes, no se pueden esperar en la vida cambios profundos porque «la crueldad y estulticia humanas, la vanidad y el orgullo suelen ser permanentes». La misantropía de Pla confiere a sus páginas un alcance atemporal y ecuménico.

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Autor: Josep Pla. Título: Viaje en autobús, La huida del tiempo y La calle Estrecha. Editorial: Biblioteca Castro. Venta: Amazon

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