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Élmer Mendoza: «El México del norte es casi otro país»

Élmer Mendoza. Foto: Jeosm

A Élmer Mendoza (Culiacán, 1949) el uso de las palabras se le antoja una de las aventuras más importantes de su tarea como escritor. Eso y el diseño perfecto de cada obra literaria, que escribe como un arquitecto construye un edificio a partir de sus planos meticulosamente dibujados, es lo que ha dado resultados tan admirables como las novelas El amante de Janis Joplin, Efecto tequila o Balas de plata, con las que el autor se ha ganado un lugar de honor en la literatura mexicana actual.

El término narcoliteratura, con el que han clasificado sus obras, lo escuchó por primera vez como un adjetivo que pretendía molestarle; pero las balas rebotaron en su gruesa piel de norteño mexicano bien curtido en soles y desiertos, playas y zonas calientes y recias, rudas y salvajes de su Sinaloa natal. “Nuestros dolores y nuestras penas son más grandes como para fijarse en esas sutilezas”, sonríe Mendoza. “Pero más tarde, estando en la Universidad de Columbia, Nueva York, escuché a un académico hablar de qué era la narcoliteratura, y me quedé frío, porque él estaba explicando por qué era un subgénero de la literatura. A partir de ahí he escuchado ponencias en muchas partes y he visto que el subgénero se ha convertido en un material de estudio. Igual hay otra manera de hablar de esto como Literatura del norte de México. Y también se estudia así. Pero temáticamente siempre sale el asunto de la narcoliteratura”.

—En todo caso, esa literatura habla del crimen organizado, de la forma en que se desenvuelve, y está vinculada a unas tramas que utilizan los recursos del género negro con un trasfondo social muy potente de denuncia y retrato sociológico.

"El México del norte es casi otro país"

—Sí. El México del norte es casi otro país. En el norte trabajamos de otra manera; nuestra relación con la naturaleza es distinta; nuestros paisajes son distintos; conseguir comida es muy difícil; es decir, es muy diferente al centro o sureste mexicano, zonas donde se vive y se piensa de otra manera. Con nosotros hay que trabajar 18 horas y hay que chingarle. Además, nuestra relación con Estados Unidos es muy fuerte. Eso hace que los hombres y mujeres que crecen allí sean muy distintos, que tengan otra apreciación del mundo y la vida. Entonces esa zona genera una manera de cantar, genera personajes, un estado de temeridad diferente a otras zonas del país, y genera otras leyendas, otros mitos, otras historias y otro lenguaje. Dentro del universo del delito tenemos para contar el narcotráfico, la trata de inmigrantes, la trata de blancas, la prostitución infantil, el alcoholismo exacerbado de los gringos que van a beber a México, el tráfico de armas de Estados Unidos hacia México, el tráfico de una vigilancia extrema por drones de Estados Unidos en la frontera mexicana; más aparte de eso la vida del desierto, los muertos, los migrantes que creen que lo pueden pasar y se hacen huesos ahí. Es otra cosa. Así que cuando de ahí han hecho canciones, pues son muy recias; los corridos, pues, y no hablemos de los corridos de los narcos. Hay que pensar que los revolucionarios mexicanos fueron norteños: Carranza, Madero, Villa, Obregón. Entonces, nunca hubo una literatura tan representativa como la que empezamos a hacer en 1999 en el norte de México. Y fue un accidente, porque no nos pusimos de acuerdo, sino que varios escritores de Monterrey, Mexicali, Coahuila, Durango o Culiacán sacamos libros a los que les fue bien. Y a partir de ahí se establece la marca.

—Has comentado que tu trabajo literario, que afrontas en cada novela con la fascinación de contar una historia como si fuera la primera que escribes, trata de desarrollar un uso de las palabras al que defines, al margen de tu tarea como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, como una “semántica de la agresión”. ¿En qué consiste?

—Es algo que aprendí en la calle, como tantas cosas. Un día llevé mi carro al taller y tomé un camión para regresar a donde tenía que ir. El camión le dio un toque a una camioneta que iba delante. Y se bajó el chofer, un hombre de casi 60 años, que empezó a decirle al que manejaba el camión hasta de lo que se iba a morir: “¡Hijo de la chingada!, ¡qué te pasa, pendejo!, ¿que no sabes manejar, no has visto que estoy adelante?, ¡hijo de tu pinche madre!” Yo estaba detrás del camionero de pie y el camionero le dice: “Señor, perdone, no lo quise hacer…” “¡Cómo que no, eres un pendejo!, ¡idiota!” El camionero le ofreció un bote lleno de monedas. “Es lo que traigo… Si gusta se lo doy…” El otro siguió insultando y ahí intervine yo: “Ubíquese, fíjese que le está ofreciendo disculpas y le está dando el dinero. Mire cómo lo está agrediendo…” Y dice: “¿Y qué quiere usted, que le dé un abrazo?” Es todo, maestro, dije, oh oh. Vi que cada expresión tiene un valor agresivo y un significado, y ese significado, a los autores que nos gusta manejar la violencia verbal, tenemos que saber utilizarlo, porque si no, no funciona. Una mentada de madre puede no significar nada, por eso tiene que ponerse donde tenga significado y sirva para realzar una escena, una acción y, desde luego, una amenaza.

—En tu vocación literaria, donde reconoces que tus maestros no son autores de novelas negra, hay también un deseo de afrontar cada obra con una ambición que va mucho más allá del género en el que se pueden ubicar tus libros y que es la que domina tu trabajo como escritor. ¿Cuáles son sus puntales?

"Lo que más vale cuando escribes eres tú y tienes que expresarte ahí con lo que sabes"

—Yo tengo una serie de principios que si consigo seguirlos siempre, puedo lograr una obra memorable. Y es lo que quiero: hacer una obra memorable de mi tiempo y de mi idioma. Mis principios son tan sencillos como que cada mañana pienso que tengo que escribir la línea que nadie ha escrito. Es una ambición. Y tengo otros tres principios de Louis Armstrong: hay que tener el instrumento, y yo nunca puedo tener mi laptop descompuesta, o mi lápiz y mi cuaderno no pueden estar alejados de mí; siempre debo tener dónde escribir. Lo segundo es que Armstrong decía que hay que aprender todas las técnicas, y los narradores aprendemos las técnicas leyendo; yo leo novelas, cuentos, poemas y algo de ensayo, pero leo, primero, como niño, para disfrutar, y si he disfrutado como niño, me pregunto por qué disfruté, qué hizo este novelista que me emocionó tanto o que me hizo llorar o irritarme, y entonces busco qué puedo incorporar de lo que me propone a mi trabajo. Lo tercero que decía Armstrong es que hay que tocar con el alma, y yo digo que hay que escribir con el alma, y esto quiere decir que tienes que escribir con lo que tú tienes y que lo puedes hacer mejor; no inventar, no somos Borges ni Cortázar ni Paz ni Del Paso; tú eres tú; pero escribe con lo mejor que tienes. Y nunca tengas miedo. Nada importa, ni el miedo a perder lo escrito, ni el miedo a la policía ni al narco; no tengas miedos a nadie. Lo que más vale cuando escribes eres tú y tienes que expresarte ahí con lo que sabes. Hay casos en los que un escritor elige su territorio narrativo, pero hay casos en que el territorio narrativo nos elige, y creo que ese es mi caso. Tiene que ver con mi ciudad donde crecí, las leyendas que escuchaba, lo que escucho en las cantinas, todo eso me condiciona. Y lo que hago es que lo disfruto y trabajo sobre eso.

Mendoza ha vuelto al ruedo literario con una nueva novela que acaba de comenzar a circular en España y que lleva por título Asesinato en el parque Sinaloa (Literatura Random House), en la que su personaje más emblemático, el Zurdo Mendieta, regresa más debilitado y melancólico que nunca, mostrando al lector su perplejidad ante un mundo que no acaba de entender, peleando a brazo partido con el alcohol y el crimen organizado, pero con un principio inamovible: ser leal en la amistad.

—¿De qué manera ha evolucionado tu escritura desde que publicaste Un asesino solitario en 1999 hasta esta más reciente Asesinato en el parque Sinaloa?

"Siempre confío en que tendré la complicidad del lector, de que le gustará jugar"

—Por un lado existe el concepto del narrador omnisciente, que lo sabe todo y puede escribir de todo y manejar a sus personajes a su antojo. Pero en la evolución que yo he tenido, lo primero es que el narrador no lo sabe todo, porque el personaje principal sabe cosas y es mejor que las cuente él. Entonces he intentado desarrollar esa parte, esa voz, la del personaje, que a su vez sea una voz que provoque el oído del lector. Digamos que la novela, entonces, la vamos contando los dos; pero la voz del personaje es más propia para contar lo que le pasa, lo que está pensando, lo que sufre, pero sobre todo, lo que especula e imagina, porque a mí me gusta mucho el terreno de la especulación, pero en el personaje, no en mí como narrador. Por otro lado, he querido diluir al narrador omnisciente, pero sin que pierda el poder, aunque dándole más tiempo y poder al personaje, porque él hace toda una serie de valoraciones que a lo mejor al narrador no le convienen. En Asesinato en el parque Sinaloa utilizo la técnica del diálogo, y una de las historias la cuento mientras los personajes están dialogando. Eso tiene que ver un poco con la semántica de la agresión, para que ellos vayan estableciendo la jerarquía que tienen dentro de la banda. Y eso tiene que ver con lo que dicen, pero también con lo que opinan sobre lo que otros dicen y reciben. Y eso intento desarrollarlo con diálogos. Desde luego, siempre confío en que tendré la complicidad del lector, de que le gustará jugar, imaginar, hacer una lectura de riesgo, emitir opiniones, reír. Al final es una novela negra, y una de sus características es que el gran poder de este género o su maestría radica en el trabajo con las falsas pistas.

Élmer Mendoza. Foto: Jeosm

En el universo literario de Mendoza —quien trabaja en este momento en dos novelas, una falsa fábula de trama delirante que trastoca el cuento de la bella durmiente titulada No todos los besos son iguales, y otra donde regresa el Capi Garay y que se llamará La cuarta pregunta—, además de criminales y detectives de todo pelaje y rango, aparecen siempre mujeres envueltas en un ambiente de erotismo en estado salvaje, múltiples soundtracks musicales, bajos fondos en los que se desenvuelven sus personajes y ríos de alcohol donde navegan algunos de ellos sobre barcas existenciales a la deriva.

—¿Hay algún límite en el tratamiento de temas? ¿No te preocupa que te tachen de machista o misógino cuando algunos de tus personajes son muy cabrones con las mujeres y tienen una mirada hasta cierto punto salvaje hacia ellas?

"Las posibilidades de provocar de la belleza son tremendas"

—Uno de los puntos que intento es generar deseo en los lectores. Los deseos pueden ser múltiples; pueden ser deseos de comer o de estar con alguien. Para eso hay que utilizar ciertas expresiones para tocar ciertos puntos. La variedad de reacciones no siempre es la misma; pero siempre permanece el universo del deseo. Porque incluso una persona que lo rechaza puede decir que soy misógino; pero para llegar a ese criterio es que lo pensó. Igual con el alcohol. Yo he leído infinidad de novelas donde están bebiendo, y al hacerlo voy y me sirvo un trago. Me genera un deseo. Así que yo lo trabajo para eso. En el caso de las mujeres, en mi tierra son muy guapas. Y ellas lo saben. En España hay un movimiento distinto en relación a esto, como una defensa a ultranza. Pero si una chica hermosa va por la calle, es genético que un varón la mire, y puede sentir deseo o nada más admirarla. En mi tierra las chicas se visten para que las admires. Entonces no hay un movimiento que tenga el criterio del movimiento que hay aquí. Desde luego allí están contra la violación y el feminicidio. Pero las posibilidades de provocar de la belleza son tremendas.

—Sin embargo, ¿no te parece que algunas de las formas de actuar de tus personajes están en el sustrato de lo que genera la violencia hacia las mujeres?

—No creo. La mujer tiene que manejarse dentro de límites. Si ellas habitan en una región donde hay feminicidios, tienen que saber cuáles son los límites. Y esos límites tienen que ver con si son nocturnos, si van solas por la calle o con qué tipo de personas. Eso es inevitable, porque tiene que ver con el tipo de sociedad a la que pertenece. Pero si no hay nada de eso, no pasa nada. Y en Los Mochis, Sinaloa, no pasa nada. Ahí las mujeres son muy lindas y se reúnen y van a beber y salen, y hasta ahora no sabemos que haya feminicidios ni violaciones. Yo les he preguntado a ellas mismas. Y me han dicho incluso que el personaje es fresa; que ahí cuidado con las mujeres. No le pregunté ni a los maridos ni a los hermanos ni a los papás; les pregunté a ellas.

Élmer Mendoza. Foto: Jeosm

—En el caso de tus novelas ¿se puede hablar de que descorren una cortina para que el mundo mire cómo se desarrolla un universo relacionado con el crimen?; ¿crees que generan una consciencia en el lector de algo que está ocurriendo y muestra unos códigos con los cuales hay que tener cuidado?; ¿tus novelas de alguna forma previenen a todo un país de lo que está sucediendo con un fenómeno que es una lacra en México como el narcotráfico?

"Entre los lectores que tengo y que están dentro de la clase política, me han dicho que entienden el mensaje y que tienen que hacer algo"

—Aunque no es mi pretensión, es un registro de la realidad. Y el registro genera muchas ideas. Están esas ideas que has mencionado: que pertenecemos a una sociedad donde algo está pasando; que algo hemos hecho mal; que debemos tener cuidado. Entre los lectores que tengo y que están dentro de la clase política, me han dicho que entienden el mensaje y que tienen que hacer algo. Yo tengo muchos lectores dentro del mundo de los detectives, algo que apenas he descubierto, y ellos me dicen que está muy difícil la situación, y que el Zurdo Mendieta se parece un poco a ellos, y que entienden que el mensaje es que tienen que prepararse, ser pacientes, ser trabajadores, cuando tengan que ser valientes, ser valientes, y atrapar a los delincuentes, y que el terreno de los jueces no tiene que ver con ellos, porque lo siguiente es que los delincuentes sean juzgados y que las demandas sean correctamente procesadas para que personas que supuestamente deben recibir un montón de años de prisión no salgan rápido, como es el caso del exgobernador de Veracruz (Javier Duarte), que sorprendió a todo el mundo porque le habían dado muy poco tiempo. Hay muchas cosas ahí, pero siempre tienen que ver con los lectores, porque hay lectores y lectoras que se quedan en otra cosa: en la fuerza de las frases, en su belleza, en el riesgo y, también, en el erotismo y en los perfiles de los personajes.

—Eso demuestra que la literatura es un arma caliente…

—Sí. Y preparada.

—Si tuvieras que definir Asesinato en el parque Sinaloa con un género musical, ¿qué sería, rocanrol, balada sentimental, corrido norteño?

—Sería una mezcla de música de John Cage, ese clásico que tiraba pianos, a Miguel Ríos.

 

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