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Paseo del estupor

Los poetas Fernando Beltrán y José María Parreño abrigando con sombrero y bufanda a César Vallejo en una madrugada gélida en el Paseo de Rosales de Madrid

¡Por dios, por todos los demonios! Deja ya de insistir, déjanos ya tranquilos, por lo que más quieras, maestro, amigo, condenado, inclemente Vallejo. Porque sabes muy bien a estas alturas de edad, invierno y deterioro, que no va a ser nunca cierto eso de que morirás en París, mal que nos pese, un día del cual tengo ya el recuerdo… Sabes que no es verdad, por mucho que tus versos nos acompañen siempre, demasiado siempre, nos seduzcan tanto a los poetas, quizás por eso de creernos y autoproclamarnos heraldos negros del presagio, acompañado, eso sí, de húmeda melancolía, o húmera, como te gustaba también decir a ti, César Vallejo, el peruano más áspero y esencial de la historia, evocando sin tregua los huesos que más duelen cuando la lluvia se anuncia ya para el día siguiente, y por donde siempre llegan los frentes, que siguen dando y dando y dando, golpeando tan duro a veces, “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”.

"Tenías razón cuando decías que “se puede matar también sudando tinta”, muérete de una vez, y donde sea"

Pero sí que lo sabes, puñetero, despiadado, jodido poeta, con jota de Vallejo, y nosotros también, al menos para saber y dejar constancia de que jamás mueres ni morirás del todo, ni en París, ni en Lima la triste, la gris, la del barranco, ni en esta ciudad nuestra que hiela la piel de enero, ni por supuesto en húmero alguno, porque ahí sigues de cuerpo y letra presente, apareciendo en nuestra memoria y de memoria cuando menos lo espero, lo esperamos, por cualquier lugar del alma, o calle de la vida, amanecer arriba, la otra noche sin ir más lejos por una acera de Madrid y al dar inesperados a orillas del Parque del Oeste con el bronce congelado en gélida noche de perros de un busto tuyo, y ya ves, de pronto en supina y demencial algarada una tropa de tus incurables epígonos encaramándose a tus lomos, a tus ijares dirías tú, siempre hurgando, jodiendo, crujiendo, removiendo la zanja ser humano mientras encaramados ya, “cual hieráticos bardos prisioneros”, doblados en cerviz y a la par de puntillas, comenzamos a cantar, contar, gritar, quejar, herir y malherir tus versos. “Al fin de la batalla / y muerto el combatiente, vino hacia el hombre / y le dijo: ¡no mueras, te amo tanto! / Pero el cadáver, ay, siguió muriendo…”. Maldita seas. Quítate ya de en medio. Que dueles demasiado. Que ya está bien. Que hay golpes en la vida, tan fuertes Yo no sé. Que para anunciarnos lo que ya sabemos ya teníamos los versos de Gil de Biedma, y sobran, anunciándonos “Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde…”.

Y nos bastaba con eso, sabes, poetas nuestros, de andar por casa, señoritos de la gauche divine que también se dolían como buenos fumadores de habanos del pulmón derecho, que vinieron a advertirnos tardíos lo que tú sabías ya desde la cuna de los desheredados, Cholo Vallejo, con tu poesía ósea, jodida, andina, despojada, poesía del enojo y del injerto “dándose a veces contra todas las contras” Cómo se puede joder tanto a quien te lee, te siente, te ama aún, te recuerda a ladridos de nuevo en plena noche de perros, déjanos ya tranquilos, muérete de una vez, que nos matas de rabia, que nos matas de pena, que tenías razón cuando decías que “se puede matar también sudando tinta”, muérete de una vez, y donde sea.

"Muérete de una vez, o no habrá más remedio que arrojar la toalla, proclamarte inmortal y hasta empezar a sentirnos un poco más humanos"

Pero cómo vas a hacerlo, tienes razón en eso, si somos nosotros mismos, ya lo ves, anoche, los que no te dejamos morir en paz, mientras los editores de este bendito país se empeñan a la vez en agravar lo incurable trayéndonos cada día nuevas andanadas tuyas —dicen que vuelves a estar de moda, cuándo no lo estuviste—, arrojándonos desde los escaparates, increíbles, cuidadas, mimadas, contagiosas ediciones para complicarnos otra vez la vida y hacernos afilar de nuevo la punta a nuestros lápices con un sinfín de nuevos versos subrayados, como esas pedradas de estupor al cuidado de Inmaculada Lergo o Víctor Fernández, o con hermosísimas y dolorosísimas transfusiones de tinta como las de Sara Morante removiendo tu corazón en llamas entre  mujeres que amaste o que te amaron o que todos amamos en algún lugar de la tierra y a las que crecen árboles en la boca no se sabe si más dulce o más agria del recuerdo. Insisto. Muérete de una vez, con aguacero o sin él, pero muere, por dios, por todos los demonios, muérete de una vez, o no habrá más remedio que arrojar la toalla, proclamarte inmortal y hasta empezar a sentirnos un poco más humanos, más tocados, más ciertos, reconociendo como decía Gerardo Diego, dirigiéndose a ti, sobrepasado por ti, que “el mundo existe y tú existes y nosotros probablemente terminaremos por existir si tú te empeñas”.

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Autor: César Vallejo. TítuloMe moriré en ParísEditorial: Nórdica libros. VentaAmazonFnac y Casa del Libro

Autor: César Vallejo. Edición: Inmaculada Lago. Título: Piedra de estupor: Antología poética 1918-1938. Editorial: Renacimiento. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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