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En la sala de espera, de Elizabeth Bishop

Compañera de generación de algunos de los poetas más laureados del siglo XX en lengua inglesa, como T.S. Eliot, Wallace Stevens o W.H. Auden, Elizabeth Bishop destacó, frente a la voluntad de aquéllos de construir un mundo poético propio, por desvelar su tenebrosa contracara: el punto en el que la realidad convierte siempre al poema en un artefacto frágil. Hoy traducimos su poema En la sala de espera.

En la sala de espera, de Elizabeth Bishop

En Worcester, Massachusetts,
acudí con la tía Consuelo
a cumplir con su cita en el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera de la clínica.
Era invierno. Muy pronto
se hizo de noche. La sala de espera
estaba llena de personas adultas,
botas impermeables y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo dentro
mucho tiempo, a mi parecer,
y durante la espera empecé a leer
la National Geographic
(podía leer) y a estudiar,
cuidadosamente, las fotografías:
el interior de un volcán,
negro, lleno de ceniza;
después derramando
riachuelos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vistiendo pantalones de montar
botas y cascos de safari.
Un hombre muerto colgado de un poste.
—’Carne humana’, rezaba el pie de foto.
Bebés con cabezas puntiagudas
enrollados doblemente en cuerdas;
mujeres negras y desnudas con cuellos
enrollados doblemente en cables
como los cuellos de las bombillas.
Sus pechos eran horripilantes.
Lo leí todo seguido, de golpe.
Me daba demasiada vergüenza parar.
Después me detuve a contemplar la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.
De repente, desde el interior de la consulta,
se escuchó un ¡oh! de dolor
—era la voz de la tía Consuelo—
ni ruidoso ni prolongado.
No me sorprendió en absoluto;
pese a saber que era
una mujer ridícula y cobarde.
Podría haberme sentido avergonzada
pero no fue así. Lo que me cogió
totalmente por sorpresa
fue que aquella era yo:
era mi voz, en mi boca.
Sin pensarlo en absoluto
yo era mi tía ridícula,
yo/nosotras estábamos cayendo, cayendo,
nuestros ojos pegados a la portada
de la National Geographic,
febrero, 1918.

Me dije a mí misma: tres días
y cumplirás ya los siete años.
Estaba pidiéndole una tregua
a la sensación de caída libre
alrededor de un mundo giratorio
hacia un espacio frío, azul, casi negro.
Pero sentí: eres un yo
eres una Elizabeth
eres una de ellos.
¿Por qué debes serlo, también tú?
Apenas me atreví a mirar
a comprobar aquello que yo era.
Eché una mirada de soslayo
—no podía mirar más alto—
a algunas rodillas de color gris oscuro,
pantalones y faldas y botas
y diferentes pares de manos
tendidas bajo las lámparas.
Supe que nada más extraño
había sucedido nunca, que nada
más extraño podría suceder jamás.

¿Por qué debería yo ser mi tía,
o yo misma, o siquiera alguien?
¿Qué similitudes—
botas, manos, la voz familiar
que sentía en mi garganta, o acaso
la National Geographic
y aquellos horribles pechos colgantes—
nos mantenían juntos
o nos reunían directamente en una unidad?
Cuán —no conocía ninguna
palabra para ello— cuán ‘improbable’…
¿Cómo había llegado yo a estar aquí,
igual que ellos, y a escuchar por casualidad
un grito de dolor que podría haberse vuelto
más ruidoso, más largo, pero no lo hizo?

La sala de espera era luminosa
quizá demasiado sofocante. Se deslizaba
bajo una enorme ola negra,
después otra, después otra.

Después, yo estaba de vuelta allí.
La Guerra estaba en curso. Afuera,
en Worcester, Massachusetts,
era de noche, granizaba, hacía frío,
y seguía siendo el día cinco
de febrero, 1918.

Traducción de Adrián Viéitez.

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