Si todavía queda alguien que crea que Deporte y Literatura, así con mayúsculas, nunca se cruzan, no tiene más que asomarse al libro de Enrique Arnaldo Alcubilla para comprobar que no sólo sí lo hacen, sino que hay combustión narrativa en ese encuentro.
Aficionado al fútbol y a los libros desde niño —en la entrevista desvelará qué llegó antes—, Arnaldo, magistrado del Tribunal Constitucional, ha repasado con mirada de buscador de oro —deportivo— unas 500 obras del podio literario nacional e internacional. El resultado es un exquisito botín de 400 páginas que recorre, a lo largo de la historia, la relación de los libros con disciplinas y gimnastas. De La Ilíada al gol de Iniesta, de El amor en los tiempos del cólera a Nadia Comaneci, de Joyce Carol Oates y el boxeo a La amiga estupenda, nada escapa a la mirada de este árbitro literario.
La épica física y su relación con la palabra escrita. La belleza del esfuerzo y la gloria y, por supuesto, la de la derrota. La mirada sobre uno mismo y sobre el contrincante. La complejidad del equipo y la soledad del atleta. El deporte, tan humano como la literatura. Si el mens sana in corpore sano fuera un libro, sería el suyo: El deporte en la literatura (Espasa).
Sucede que, igual que con los libros, en lo deportivo cada uno pertenece a sus pasiones. Entre las de Enrique Arnaldo, el Real Madrid. Lo llevamos a su idolatrado estadio, el Santiago Bernabéu, para conversar. No se lo tengan en cuenta los lectores de otros equipos. Porque en la literatura, como en el deporte, la riqueza está en que existan bandos, jueguen y conversen entre ellos. Así que, que ruede el balón:
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—Enrique Arnaldo, ¿es más juez o deportista?
—El deportista es el practicante. En el fondo, somos todos practicantes relativos, hasta en la religión y en otros muchos ámbitos. Yo soy más aficionado al deporte que deportista. Aun así, he practicado muchos: el deporte de los chicos, que es el fútbol; también el baloncesto, porque tenía cierta altura; la bici; el frontenis; algo de tenis… Ahora, sobre todo, el pádel y el golf. Como juez, también he tenido mucha vinculación con el Deporte. He sido miembro de los comités de Competición, Apelación y Jurisdiccional de la Federación Española de Fútbol; estuve en el Comité de Competición de la Federación de Hípica; he sido árbitro en varios procedimientos arbitrales de la Liga de Fútbol, también fui cuatro años presidente del Tribunal Administrativo del Deporte. Mi vinculación al deporte tiene, pues, tres dimensiones: como aficionado, como practicante y como jurista deportivo.
—¿Qué le llegó antes, la pasión por el deporte o la pasión por la literatura?
—Nuestra pasión por la literatura depende mucho de nuestros de nuestros padres, más que del colegio. En mi caso, mi padre era una persona volcada en un 95% en el trabajo. Sin embargo, mi madre buscaba más equilibrio y lo encontró en la literatura. Era muy trabajadora, una magnífica cocinera, una extraordinaria madre… y lectora. Lectora sobre todo del Realismo español. Tenía un hermano director comercial de Planeta y leía mucho de lo editado por Planeta. Pero también de los clásicos de Galdós, hasta Palacio Valdés, Concha Espina. Yo leí muchas novelas incitado por mi madre. En COU, fui el delegado de la biblioteca y leía compulsivamente de todo. Todo mezclado. Recuerdo algún ensayo que me tragué sobre el maoísmo. Leí también obras de teatro: de los Hermanos Quintero hasta Alfonso Sastre. Sí, primero fue la pasión por la literatura, creo, porque nunca fui un deportista extraordinario. De fútbol jugaba de defensa derecho o de portero, pero no destacaba físicamente.
—Su libro es un ingente repaso de lo deportivo en la literatura. Parece que lleva toda la vida buscando, localizando, esas referencias en sus lecturas. ¿Cuándo se puso esas gafas deportivas para mirar lo que leía?
—Realmente fue durante el primer mes pandémico cuando decidí comenzar a escribir el libro. Desde entonces he empleado cuatro años en concentrar los ojos en ese plan deportista buscador de referencias deportivas. Esto demuestra que el ser humano se concentra cuando y como quiere. Muchas cosas nos pasan desapercibidas. Vemos un monumento, por ejemplo, la plaza de la Señoría de Venecia, y después, en una fotografía compruebas que se te escapó algo. Pero si estás pensando en el Renacimiento, no se te escapa nada. Hablé con algún amigo con el que comparto club informal de lectura. Le pedí que si encontraba referencias deportivas en sus lecturas que le llamaran la atención, me avisara, pero nadie me dijo nada. Las hay. Pero nadie ve tanto como los ojos que están buscando algo.
—Cuatro años…
—No hay que tener prisa. La gente que produce con cierta facilidad me asombra, por mucho que se dediquen, digamos monográficamente, disciplinadamente algo. Yo tengo una idea ahora de otro libro, pero voy a hacerlo con tranquilidad. Es verdad que si hay una necesidad económica es distinto. Para mí la escritura es una afición que me permite expresarme de manera diferente que en el trabajo diario.
—¿Quién requiere más disciplina, el atleta o el escritor?
—El atleta, sinceramente. Si quieres jugar al golf y quieres tener un cierto nivel, necesitas practicar todas las semanas, hacer bolas. Si eres una persona que quiere mantener una cierta marca para salir a correr una media maratón necesitas una disciplina permanente. El escritor puede flojear, tener días inspirados o no, esos en los que escribe una línea o ninguna o tira, incluso, la que ha escrito antes. El deportista no se lo puede permitir porque bajaría de categoría.
—¿Se sorprende mucho la gente de que un juez haya escrito un libro sobre literatura y deporte?
—Me preguntan qué de dónde saco el tiempo. Pero mi padre era un pluriempleado, a eso no le doy ninguna importancia. Uno emplea el tiempo como quiere. Luego también llama la atención que me distancie tanto de mi materia. Creo que es muy importante el hacer cosas que no se deban a tu profesión.
—¿Qué es más literario, el Deporte o la Justicia?
—En la entrada del Tribunal Constitucional está colgado el cuadro de la escuela de Rubens “El juicio de Salomón”. La Justicia está en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en los clásicos griegos y romanos (todavía recordamos la definición de Ulpiano) y desde entonces en la literatura universal todos los grandes escritores han hablado de muy diferentes maneras de la Justicia. Yo creo que escribir este libro sobre la Justicia me hubiera costado decenas de años.
—Pero usted que hace ese recorrido sobre literatura y deporte, recuerda cómo los autores clásicos, los griegos, ya hablaban de deporte.
—Sí, pero de una forma más lateral o marginal que de la Justicia. Ciertamente en torno a los Juegos de Olimpia encontramos maravillosas referencias o poemas épicos como los de Píndaro, pero quizás es la Ilíada la obra fundamental de la literatura deportiva.
—¿El deporte ha sido, entonces, un tema B, secundario, en la literatura?
—Los clásicos, Platón, Aristóteles… escribían de él lateralmente. Iban a alguna Academia, a los gimnasios donde se reunían y hacían algo vinculado con el deporte, iban a los estadios olímpicos a ver los Juegos, pero les interesa más la Filosofía. Tenemos algunas referencias, pero el deporte no se convierte en un hecho literario de primera magnitud hasta el mundo Contemporáneo. En el siglo XX, quizá finales del XIX. Ahora bien, si ves la literatura norteamericana, no encuentras un solo libro en el que el autor no hable en algún momento del deporte, porque forma parte de su vida. La vida de un norteamericano en el colegio, en el barrio, no se entiende sin el deporte. Pero para los europeos, salvo los británicos, el deporte no ha sido un imaginario intelectual. En Sudamérica pasa lo mismo que en EE. UU: el deporte es un hecho literario de primera. No tanto por el modelo norteamericano, sino por la pasión. Son los más apasionados seguidores de un equipo, de una selección nacional.
—¿El héroe clásico es hoy el deportista de élite?
—Hay dos hechos que lo demuestran. En primer lugar, un partido de un gran club es capaz de movilizar, no solamente decenas de miles de personas dentro del estadio, sino otros tantos o más en el entorno, en las calles, en las terrazas y bares de los alrededores. La gente se agolpa en los estadios para ver las salidas de los jugadores que conducen sus flamantes coches de último modelo. ¡Qué decir del éxito de los periódicos deportivos! Todo lo relacionado con el deporte arrasa, triunfa sin dificultad. En segundo lugar, los partidos políticos buscan héroes deportivos para llevarlos a sus listas electorales. Algunos deportistas han alcanzado alguna jefatura importante en algún país pequeño. Son los héroes de nuestro tiempo. No encuentras a un héroe que sea un gran literato o un gran químico. Los jóvenes y las jóvenes tienen a los deportistas como marcas de referencia. Eso es lo que les gustaría ser. O vestirse igual. En las peluquerías la gente se corta el pelo igual que los deportistas. Y las marcas, evidentemente, buscan deportistas. Es la actividad no económica que mueve más dinero del mundo. Pensemos en la televisión…
—¿Bebe más la política del deporte que, por ejemplo, de la religión?
—Los políticos siempre tratan de aprovecharse del deporte, del ganador. Sea de ámbito local, regional, nacional. El deporte es una religión para mucha gente. Da felicidad, da alegría. Me cuenta un amigo director de una clínica de Madrid que los fines de semana tienen cola en emergencias por traumatología. Por la cantidad de gente que hace deporte y se lesiona el fin de semana por algún error o por algún exceso. El deporte es el gran movilizador social de nuestros días. Tiene capacidad de atracción. Y no divide. Incluso los madridistas necesitan a los barcelonistas. Por mucha enemistad que haya entre los dos equipos, uno no puede vivir sin el otro. Igual que el Arsenal y el Liverpool.
—Narrativamente, ¿qué preferimos en el relato, la victoria o la derrota?
—Sobre todo la literatura norteamericana describe el deporte como ganar, consideran que lo demás es aburrido. Nosotros no hemos nacido para perder, hemos nacido para ganar.
—Pero la épica de la derrota también puede ser muy literaria…
—Saber perder es muy importante. En todo caso, el deportista aficionado no juega contra nadie, juega contra sí mismo. Si tú consideras que puedes conseguir una mejor marca, bajar a un segundo, dos segundos…. Te retas. Cuando estamos hablando de clubes profesionales, quien gana o pierde son ellos. Es tu equipo, es tu camiseta. Tú no has perdido, ha perdido tu equipo. Hay un autor argentino que cuenta una historia de un aficionado a un club que dejó de ir al campo de fútbol y dejó de ver sus partidos por televisión porque ese equipo perdía con cierta habitualidad. Pero un día los amigos le convencen para ir a ver un partido. Ganaron. Cuando vio el triunfo, cayó muerto. Con cara sonriente. Era el momento más feliz de su vida. Eso es literatura. Y es así porque el deporte da la vida a mucha gente. La gente vive para el fin de semana, para estar dos o tres horas antes comentando un partidos, y tres horas después seguir comentándolo, llevar la insignia, la camiseta. Vas por las calles de cualquier ciudad del mundo y ves decenas de personas con la camiseta de su club de fútbol. Es tremendo.
—¿Qué títulos recomendaría para demostrar que un buen libro da tanta satisfacción como un buen partido?
—Me maravillaron las memorias de Agassi, Open. Espectaculares. Es una buena entrada a la literatura desde el deporte. Hay un escritor italiano extraordinario, que se llama Dino Buzzati, al que el Corriere della Sera le encargó que hiciera las crónicas de un Giro de Italia [en 1949]. Él va escribiendo durante días y el libro, El giro de Italia, es un disfrute. Si a alguien le gusta la novela negra, Philip Kerr, famoso por sus novelas sobre el investigador de crímenes durante el periodo nazi, tiene algunos títulos como Falso nueve o La mano de Dios, en los que mezcla el deporte con la novela negra. Pero no puedo dejar de mencionar los Cuentos de fútbol que seleccionó Jorge Valdano o Fiebre en las gradas de Nick Hornby o Salvajes y sentimentales de Javier Marías. De autores españoles, Arturo Pérez Reverte es de los que mejor sabe enlazar el deporte con la literatura. Lo hace en El maestro de esgrima, pero también en su novela La tabla de Flandes que es maravillosa. Su libro sobre Diderot y D’Alembert, Hombres buenos es de los que más me gustan. Pérez Reverte utiliza muchas referencias deportivas para reflexionar. Lo hace en muchos de sus libros. No sé si es consciente de ello. Recomendaré también otro escritor español, Ignacio Martínez de Pisón, que me parece uno de los tipos más potentes ahora mismo de la literatura española.
—Ha abierto la puerta del periodismo deportivo. Sostengo que se hace mucha poesía con la pluma periodística, que también es literaria, precisamente con el deporte. ¿Lo ve así también?
—ABC, durante cierto tiempo, publicó crónicas deportivas, por ejemplo, de Wenceslao Fernández Flores, de Mario Vargas Llosa, de Jaime Campmany, de muchos de sus propios columnistas. Todo ellos contribuyeron a elevar a una cierta categoría al periodista deportivo. No son puros reproductores de lo que ven. En el periodismo deportivo español, también en el norteamericano, hay ejemplos espectaculares, sobre todo en boxeo. José Luis Garci, que también publica crónica deportiva, escribe fantásticamente bien. Hoy se escriben crónicas deportivas que son en sí piezas literarias. Ya no se entendería el deporte sin los periódicos. El deporte está para contarlo, no solamente para verlo.
—Habla de Norman Mailer y su lenguaje belicista porque el deporte también tiene mucho de lucha, de batalla.
—Decía uno de los críticos del deporte, sobre todo del deporte de equipo, Sánchez Ferlosio, que el deporte era la exaltación de la fuerza, de la violencia, porque uno se intenta imponer desde la guerra, desde la victoria. La victoria siempre tiene muchos que la canten y la derrota, no. Pero hay muchos aficionados que no son de equipos que nunca ganan. Y siguen siendo aficionados del mismo equipo y no se cambian de equipo por eso. Es famosa la frase de la película El secreto de sus ojos, basada en el libro de Eduardo Sacheri. Hay un asesinato en Buenos Aires y se llega al asesino a través de la camiseta: “Uno puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión”.
—El equipo de fútbol como el ADN…
—Eduardo Galeano, uruguayo, escribe un libro que se llama El fútbol a sol y sombra. Él dice que la historia de la humanidad gira en torno al balón. El balón ha tenido contenidos distintos durante la vida. La propia tierra es redonda. Villoro también lo dice, el mexicano, Dios es redondo. Jardiel Poncela, en un libro que se llama La tournée de Dios, cuenta cómo llega Dios al cerro de Los Ángeles, que es el centro de España, el centro geográfico de la península ibérica. No la Puerta del Sol, de ahí parten las carreteras. Dios llega al cerro de Los Ángeles, con su túnica y sus barbas blancas, y allí le recibe un agente. Se inserta en la vida de Madrid y unos días después alguien lo invita a ir al Estadio de Chamartín, hoy el Bernabéu… Se encuentra a Ricardo Zamora de portero, me parece que juega Zarra, pero es sobre todo ante las paradas de Zamora que Dios decide hacerse madridista. Jardiel Poncela, que era un hombre de una ironía fascinante, cuenta esta historia que, claro, sienta muy mal a los que no son madridistas, pero los madridistas se sienten amparados por Dios.
—Para que esta entrevista sea redonda, como un balón, acabemos por el principio. Dice Tolstoi en su prólogo: “Un libro bien escrito es el mejor producto de la civilización”. Pero, entre un buen libro y un buen partido, ¿qué elige Enrique Arnaldo?
—Para los que nos gusta esto, no nos contentamos con un buen partido, necesitamos ganar un título.
—Adaptemos entonces la pregunta: ¿Un buen título puede sustituir a un buen libro?
—Sí y te digo por qué. Es algo íntimo, pero fui a una final en Lisboa entre el Madrid y el Atleti, la final de la Champions de hace años con mi hijo. En mi vida he recibido un abrazo suyo como cuando marcó el gol Sergio Ramos. Minuto 93. No, nunca me había abrazado así y nunca lo ha hecho después. Así que, me mereció más la pena que un buen libro.
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(Emoción deportiva (humana) pura. ¿No es eso la literatura?)






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