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Daniel Fopiani: «Me he metido en el pellejo de una víctima de ETA»

Daniel Fopiani: «Me he metido en el pellejo de una víctima de ETA»

Daniel Fopiani. Foto: Daniel Heredia.

Este sargento de Infantería de Marina de 28 años ha escrito a mano sus dos novelas negras publicadas hasta el momento: La Carcoma (Versátil, 2017) y La melodía de la oscuridad (Espasa, 2019), que acaba de salir a la venta. El protagonista ciego de su nueva novela, “una víctima de ETA que lo ha perdido todo”, ayuda a resolver los crímenes de “un asesino imparable”. Daniel Fopiani (Cádiz, 1990) sitúa estos asesinatos en la capital gaditana, su territorio habitual, una ciudad que se está convirtiendo en los últimos tiempos en el espacio de moda de la narrativa española. Con las voces de los niños de San Ildefonso sonando a nuestro alrededor en todo momento, veintisiete mil seiscientossss cuarenta y sieteeeeeeeeeee, recorrimos distintos acuartelamientos militares de San Fernando, incluso alguno abandonado, para realizar esta entrevista. Miiiiiiiiiiil eeeeeeurosssssss. Había que aprovechar, porque Fopiani está destinado ahora en Cartagena. En unos días, además, empezará una intensa gira de promoción de La melodía de la oscuridad que le llevará por casi toda España. Tres mil trescientosss cuarenta y sieteeeeeeeeee…… Cuatro millonesssssss de eurooossssssss. Conversamos sobre lo que haríamos si nos tocase el Gordo, sobre Zenda, donde colaboramos los dos, sobre el mundo editorial y sobre todo de su nueva creación.

 

—¿Qué ha querido contar en La melodía de la oscuridad?

—La historia de un hombre incapaz de superar el trauma que le ha destrozado la vida.

—El protagonista, Adriano, un ex sargento de la Guardia Civil que sufrió un atentado en el País Vasco que le reventó las cuencas oculares, es un hombre acabado. ¿De dónde surge este personaje tan amargado y tan castigado por la vida? 

"Las costumbres militares han influido a la hora de trabajar los textos de una manera marcial, ordenada y estructurada"

—Adriano existe dentro de mi cabeza desde hace mucho tiempo. Aún estaba escribiendo mi anterior novela, La Carcoma, cuando ya supe que el protagonista de mi siguiente historia iba a ser invidente. Se trataba de una apuesta arriesgada y controvertida, por eso me gustó la idea. Escribir una novela desde la perspectiva de un ciego ha sido un reto personal, una manera de medirme para ver hasta dónde podía llegar. Durante el año y medio que he tardado en escribir La melodía de la oscuridad he tenido que cerrar los ojos y meterme en el pellejo de una víctima de ETA que lo ha perdido todo.

—Su mujer, Patricia, le cuida como a un hijo, como a ese hijo que no tienen y que tanto anhela…

—Ese es otro problema añadido. La pareja tampoco puede tener hijos, ya que el atentado también dejó incapacitado a Adriano para tal asunto al perder los testículos. Patricia lucha cada día por sobrellevar la condena de su marido, para no dejarlo solo y compartir el peso de la carga entre los dos. Cuando releí uno de los primeros borradores de la novela, me sorprendí a mí mismo: nunca habría imaginado escribir una historia de amor tan sincera y auténtica. Supongo que me estoy haciendo viejo y no me estoy dando cuenta.

—Usted muestra la violencia de manera explícita, con crudeza.

"Muestro la violencia tal y como es por definición propia: violenta"

—No voy a decir que haya estado cubierto detrás de unos cascotes mientras las balas me surfeaban el casco, ni que haya tenido que introducirle las vísceras a un compañero en el estómago. Pero sí he vivido, gracias a mi trabajo, varias situaciones que me han hecho reflexionar. Esto y ciertas experiencias vividas recientemente me han demostrado que el único camino correcto para hacer cualquier cosa es el de la verdad. Intento ser honesto en mi día a día y sincero en cada uno de mis textos. Quizá sea por eso por lo que me es imposible disfrazar o embellecer la propia realidad. Y más cuando esta se presenta a través del asesinato. Un brazo mutilado, el cuerpo de una mujer colgada por los pies o un hombre despellejado. Muestro la violencia tal y como es por definición propia: violenta.

—¿Es una novela sobre la redención?

—También creo en el perdón. ¿Por qué no? Otro de los protagonistas principales, Alceo, lucha a lo largo de toda la novela por conseguir esa ansiada absolución. De joven asesinó a toda su familia, y eso es un peso que destruye hasta al peor de los monstruos. El dolor y el remordimiento lo llevan hasta la desesperación y se ve obligado a encontrar el perdón sea como sea. Alceo comete varios crímenes en la ciudad de Cádiz, simulando los doce trabajos de Hércules. Según la leyenda, el héroe también mató a su familia en un ataque de ira y encontró el perdón de los Dioses después de superar esos doce trabajos. Sí, podríamos decir que el miedo y la redención están muy presentes en La melodía de la oscuridad.

—¿Contiene su novela algún mensaje oculto?

"Esta novela está concebida para aquellos lectores que saben leer entre líneas"

—En algunos casos hay que escarbar, sí. Siempre he apostado por una narrativa directa y cercana, y considero que La melodía de la oscuridad está contada con un lenguaje muy visual, pero dentro de la trama hay diamantes enterrados que deberá encontrar el propio lector. Esta novela está concebida para aquellos lectores que saben leer entre líneas. A esto hay que darle un poco de juego, porque si no carece de gracia.

—¿Es una novela sin continuación o tiene pensado escribir nuevas entregas con este investigador tan peculiar?

—Eso solo lo sabrá el tiempo. Aunque Adriano mola mucho y parece que a la editorial le atrae la idea de continuar con esta historia del detective invidente. Actualmente me encuentro trabajando en varias ideas. Aún es pronto para confirmar cuál va a ser mi siguiente paso. 

—Ya se han vendido los derechos para traducirse en Italia…

—Buaf. Esto sí que me ha hecho muy feliz. Estaba navegando por el Mediterráneo cuando mi agente me dio la noticia. Estuve varios días sin creérmelo. A lo largo de 2019 se publicará La melodia dell’oscurità con la editorial Planeta Italia. 

Daniel Fopiani. Foto: Daniel Heredia

Nuestras vidas —opino— están edificadas sobre un vasto cementerio de deseos no cumplidos. No parece este su caso.

—Llevo más de diez años trabajando para que mis libros lleguen al máximo de lectores posible. Que esta novela se traduzca a otro idioma y se venda en el extranjero es una noticia fantástica. Sin duda. Estamos hablando de sueños cumplidos.

—Sus dos novelas se desarrollan en gran parte en Cádiz. ¿Por qué escoge la capital gaditana como escenario de sus historias? ¿Por qué cree que se están ambientando tantas novelas en Cádiz?

"De pequeño, cuando comencé a leer, imaginaba todas las novelas de aventuras entre las calles del casco antiguo de Cádiz"

—La primera razón es obvia y evidente: soy de Cádiz. Y una cosa lleva a la otra. De pequeño, cuando comencé a leer, imaginaba todas las novelas de aventuras entre las calles del casco antiguo. Era una especie de diorama común para todas las historias que llegaban a mis manos. Hace años me prometí que, si algún día reunía los cojones para escribir un libro, lo ambientaría en Cádiz. ¿Dónde mejor si no? Además de todo esto, también está el encanto concentrado que tiene esta ciudad después de tres mil años de antigüedad. Si uno se da un paseo por la Tacita de Plata comprobará que las historias se escriben solas y que aquí el escritor es un mero intermediario.

—¿Qué nacen antes, las historias o sus personajes?

—Cada novela es un mundo. No tiene nada que ver una con la otra. En La Carcoma, por ejemplo, la idea principal de la novela fue la casa donde todos los días aparecía un número nuevo pintado en la pared. La idea precursora de toda la historia fue el propio enigma. Más tarde llegaron los personajes y las subtramas que dieron vida a la novela. Con La melodía de la oscuridad fue distinto. El primer concepto que me vino a la cabeza fue el de escribir una novela cuyo protagonista fuese invidente. Llegó primero el personaje. Luego creé una trama policiaca y lo lancé a los leones. A ver cómo se defendía y sobrevivía a la trama. 

—¿Cómo es la labor documental de sus libros?

"Sería un hipócrita si dijese que no busco nada en Google"

—Tengo la suerte de contar con el apoyo y el asesoramiento de un sargento de la Guardia Civil y un agente destinado en el área de investigación de un puesto principal, así que gozo de algo de tranquilidad a la hora de hablar sobre los procedimientos de investigación policiales. Por lo demás, sería un hipócrita si dijese que no busco nada en Google. Claro que uso internet para contrastar parte de la información que necesito, para establecer un primer contacto con la materia. Pero luego siempre intento buscar el lado humano de las cosas, y pruebo a preguntarle a alguien que domine el tema y pueda resolverme las dudas. En La Carcoma estuve asesorado por una profesora de física y química a la hora de resolver el problema de los números que aparecían en la pared. Con La melodía de la oscuridad he conocido a personas invidentes que han tenido la generosidad de sentarse unos minutos conmigo para charlar. Y también he tenido que documentarme, a lo largo de varias visitas, sobre el Museo de Cádiz y la historia que tiene Hércules en la ciudad.

—Su primera novela, La Carcoma, la publicó Versátil. Y esta segunda, Espasa. Su trayectoria editorial resulta impresionante. 

—Con La Carcoma tuve la suerte de ganar el Premio Valencia Nova de Narrativa y esto aumentó el número de lectores de mis novelas. Por primera vez en mi vida publicaba con una editorial de tirada nacional y mis libros se distribuían más allá del ámbito local. La gente empezaba a leerme desde todos los rincones del país y ya no solo recibía la opinión y las críticas de mis colegas más cercanos. Escribir se había convertido en una responsabilidad y esto me insufló energías para seguir aprendiendo y hacerlo cada vez mejor. Aquella era la oportunidad con la que siempre había soñado. Con el tiempo, La Carcoma se colocó en lo más vendido de Amazon durante varias semanas y tuve también el honor de poder colaborar regularmente en Zenda. Esto me ha permitido conocer a mucha gente del gremio y estar siempre al día de la actualidad literaria. En definitiva, a aprender muchas cosas nuevas. Y eso es realmente lo que siempre he valorado. Claro que estoy muy contento y orgulloso de la trayectoria editorial que llevo hasta el momento. Pero prefiero enfocar mi atención al progreso de mi narrativa, a la evolución de mi propia voz. Soy mucho más feliz si veo que mi trabajo también está teniendo una trayectoria positiva. Todo lo demás viene después. 

 

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—¿Siente presión? 

—Esto es un tema tabú para los escritores. Nos duele reconocer que nos podamos sentir presionados por la responsabilidad que conlleva publicar un libro a esta escala. Algo tan natural como eso. ¡Claro que hay una sensación de presión! Pero eso es tan saludable como el miedo en pequeñas dosis. Te mantiene alerta.

—Tengo entendido que siempre le ha gustado hacer bien las cosas.

"Si los escritores nos dejásemos aplastar por la presión nunca disfrutaríamos de todo esto"

—Siempre he padecido de una obsesión constante por hacer las cosas bien, sí. Pero eso es un sentimiento que viene acompañándome desde que tengo uso de razón, no tiene nada que ver con los libros. Hasta el momento, y espero que esto siga así durante muchos años más, nunca he sufrido ese temido síndrome del papel en blanco. El único obstáculo que me he encontrado en mi carrera literaria ha sido el de conciliar el oficio de escritor con mis deberes como militar. Sacar tiempo de donde no lo hay. Pero estoy convencido de que, tarde o temprano, voy a seguir escribiendo si sigo el mismo camino que he andado hasta ahora. Solo hay que leer mucho, respetar las letras, cargarse de humildad y trabajar mucho. Estoy concentrado, en buena forma física y, por lo tanto, preparado para seguir haciéndolo cada vez mejor. Hace ya muchos años que acepté las reglas del juego. Si los escritores nos dejásemos aplastar por la presión nunca disfrutaríamos de todo esto.

—Usted es sargento de Infantería de Marina. ¿Qué lleva a un militar escribir estas novelas negras tan truculentas?

—A los dieciocho años ya era soldado de Infantería de Marina, pero mucho tiempo antes fui lector. Con esto quiero decir que si hoy en día escribo libros es gracias a que los leo desde pequeño. No creo que esto tenga nada que ver con la milicia. Aunque estoy convencido de que las costumbres militares han influido a la hora de trabajar los textos de una manera marcial, ordenada y estructurada. Me gusta separar una cosa de la otra. 

—¿Qué supone para usted la vida militar? ¿Resulta opresiva o estimulante para un escritor?

—De todo un poco. Es una maravillosa fuente de experiencias e ideas. Eso seguro. Lo vivido durante algunas operaciones en el extranjero y el continuo contacto con armas de fuego me ha ayudado mucho a la hora de plantear varias escenas de mis novelas. No obstante, que tenga que dejar de escribir durante varias semanas porque esté de maniobras es algo que no me ayuda en absoluto durante la fase de creación. Que tenga que rechazar la invitación a la Feria del Libro de Madrid o de Sant Jordi porque vuelvo a estar desplegado en zona de operaciones también va en detrimento de mi carrera literaria. Pero esto funciona así. El ochenta o el noventa por ciento de los escritores en España tienen dos trabajos. En nuestro país se sigue considerando que escribir libros es una afición más que un oficio. Y a nosotros, los escritores, solo nos queda una opción: seguir luchando para conseguir que esto deje de ser así y dignificar el oficio de las letras. 

—Entiendo que debe ser disciplinado con la escritura. 

"No sé si seré un cobarde o es que no me gusta perder el tiempo, pero siempre que me siento a escribir me gusta tener las cosas claras y bien pensadas"

—A veces sí. Así que supongo que no, que no soy disciplinado. Suelo robarle una hora al día para sentarme a escribir. Un par de ellas los fines de semana. Aunque esto no siempre es así y la regularidad inquebrantable con la que todo escritor sueña solo la he conocido durante algunos meses seguidos (normalmente en los últimos tercios de las novelas). En todo caso, nunca me siento a escribir si no sé qué es lo que quiero contar. Quizá por eso haya comentado antes que nunca he sufrido el bloqueo ante el papel en blanco. No sé si seré un cobarde o es que no me gusta perder el tiempo, pero siempre que me siento a escribir me gusta tener las cosas claras y bien pensadas. También intento tener el lugar de trabajo bien organizado y que no haya nada que me pueda distraer cuando dedico mi tiempo a la escritura (teléfono móvil fuera del alcance). Me temo que eso es todo lo disciplinado que puedo llegar a ser.

—¿Corrige mucho el manuscrito antes de enviarlo a la imprenta?

—Las fases de corrección se convierten en verdaderas pesadillas. Antes de leer el borrador completo por primera vez, suelo dejar la novela un par de meses guardada en un cajón. No quiero saber nada de ella e intento olvidarme, aunque no lo consigo. Esto sirve para que la novela macere sola. Cuando vuelvo a leerla al cabo del tiempo la veo con otros ojos más distantes. Es lo más cerca que puedo llegar a estar de uno de mis lectores. Luego todo son cambios. Leer y releer lo mismo una y otra vez para detectar los fallos más escurridizos, para arreglar esos detalles que diferencian a una novela bien trabajada de una publicada a la ligera. Intento que, entre todas esas correcciones, haya también uno o varios lectores profesionales que puedan darme su opinión sobre el manuscrito. La finalidad siempre es la misma: conseguir un buen producto final. Y eso solo se consigue a base de machaque y horas de trabajo.

—¿Cómo es un día normal en su vida?

—En contra de mi voluntad, me levanto todos los días a las seis y cuarto de la madrugada. Voy al cuartel y, por norma general, hacemos adiestramiento físico militar de lunes a viernes (un poco de carrera continua, ejercicios de fuerza o piscina). Actualmente soy el Jefe de un Equipo Operativo de Seguridad (E.O.S.) y mi trabajo consiste en coordinar algún ejercicio de adiestramiento durante la mañana (combates en zonas urbanizadas, ejercicios de tiro con diferentes armas, operaciones antidroga, contrapiratería…). Sobre las tres de la tarde salgo del trabajo y distribuyo las horas libres. La prioridad es intentar sacar siempre un hueco para escribir y leer, en ese orden. Para todo lo demás ya me distribuyo como puedo. 

—Casi todas las editoriales están creando una línea de novela negra. ¿Se publica en España demasiada novela negra?

"El thriller siempre ha ofrecido un amplio abanico a la hora de poder estructurar una trama y mantener al lector enganchado a la historia"

—Conozco el género negro en su forma y estructura, pero no me he parado a hacer un estudio de mercado sobre la novela negra en España. No considero que ese sea mi trabajo. Es cierto que últimamente se habla mucho del auge que está teniendo el género, incluso hay gente que se atreve a publicar en las redes que la novela negra tiene los días contados, pero yo intento mantenerme al margen de todo ese ruido. El thriller siempre ha ofrecido un amplio abanico a la hora de poder estructurar una trama y mantener al lector enganchado a la historia. El enigma, el misterio, no dejan de ser un reto para el que se enfrenta a la novela negra. Además es una herramienta fabulosa para criticar y desgranar la sociedad y la actualidad en la que vivimos. Si últimamente se está publicando más novela negra es porque los lectores la demandan. Digo yo. Que no lo sé. 

—Como lector, ¿qué libros le empujaron a escribir? 

—Me crié leyendo a los clásicos: Julio Verne, Daniel Defoe, Agatha Christie, Poe, Bradbury, Conan Doyle, Tolkien. Estoy convencido de que empezar a disfrutar de estas aventuras a una edad tan temprana sirvió para plantar esa curiosidad por crear historias propias.

—¿Quiénes son sus autores favoritos? 

—Responder a esta pregunta es una auténtica jodienda. No sabría decir si realmente tengo autores favoritos o no. Hay algunos que me pueden gustar más que otros, pero no hasta el punto de tener una lista de favoritos. No obstante, sí que puedo hablar de los escritores españoles a los que más sigo últimamente: Víctor del Árbol, Carlos Augusto Casas, Pere Cervantes, Lorena Franco, Pérez Gellida, Benito Olmo, Claudio Cerdán, Estela Chocarro, David Jiménez o Jesús Tíscar. Creo que muchos de ellos ya son referentes del género negro español.

—Por cierto, ¿cómo convive con la vanidad? 

"No puedo permitirme caer en el error de la vanidad"

—Acabo de aterrizar en el mundo editorial de primera división y sería un error pensar que ya está todo hecho. Si ahora tengo la oportunidad de publicar con uno de los grupos editoriales más potentes de este país ha sido precisamente por tratar a la literatura con humildad. La certeza absoluta de que la escritura es un continuo aprendizaje es lo que me ha dado resultado a lo largo de todos estos años. Aún queda mucho por trabajar. No puedo permitirme caer en el error de la vanidad. Estaría acabado. 

—Habrá pensado en escribir alguna novela no negra. 

—A ver, que quede una cosa clara. He escrito dos thrillers, sí, pero eso no me convierte en un escritor solo de novela negra. A lo largo de toda mi carrera literaria he sido galardonado con algunos premios de relatos que nada tienen que ver con el género negro, pues fui seleccionado por la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) para su antología de 2017 y he sido director de la Revista Cultural RSC durante más de cinco años. En resumidas, soy amante de la literatura y siempre he disfrutado leyendo y creando historias de ficción. Solo intento darle forma a lo que vivo a través de las letras. A veces uso el relato o el cuento, un artículo o la novela. El caso es escribir. El género es lo que menos me preocupa. 

—¿Alguna idea en la cabeza desde hace tiempo?

—Ser feliz. 

—¿Qué tipo de lector se considera?

"Compro en papel. Leo el papel. Huelo los libros cuando los abro"

—Leo casi todo lo que llega a mis manos, aunque sí es cierto que de unos años para acá he enfocado mis lecturas en el género negro. Esto me ayuda a estar actualizado en las últimas tendencias del thriller y a disfrutar del género en todo su concepto. Uso marcapáginas. Me siento incapaz de doblar la esquina de una sola hoja y trato a los libros con el respeto que merecen. Compro en papel. Leo en papel. Huelo los libros cuando los abro. Muchas veces paseo por las librerías sin comprar nada. Y siempre leo antes de dormir por las noches. Es un hábito que me inculcaron mis padres y llevo agradeciéndoles desde entonces.

—Se maneja muy bien en las redes sociales. ¿Es imprescindible formar parte de ellas en estos momentos para conseguir visibilidad?

—No creo que sea imprescindible, pero sí muy necesario. Me da la impresión de que hay varios compañeros del sector a los que no les hace tanta gracia que un escritor tenga muchos followers. Está claro que los miles de seguidores no van a hacer que el autor escriba mejor o progrese en su narrativa. Hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero las redes sociales, si se usan de una manera inteligente, pueden funcionar como una herramienta de promoción brutal. No dejan de ser un escaparate, solo que no se necesita local ni pagar el alquiler. Las propias empresas invierten miles de millones de dólares en anunciar sus productos a través de los influencers. No me considero uno de ellos ni mucho menos, pero sí me preocupo por mantener las redes sociales actualizadas. Puede llegar a ser un trabajo muy extenuante esto de mantenerse activo en las redes, pero sería totalmente contraproducente para la carrera de cualquier escritor que está empezando no utilizar estas herramientas de promoción. 

—Aunque son un peligro en muchos sentidos…

—Sí, lo sé, pero funciona que los lectores fotografíen o comenten un libro que les ha gustado a través de las redes. Que los lectores puedan contactar directamente con cualquier escritor, sin barreras, también funciona. Lo importante es saber dominarlas y que no nos roben el tiempo destinado a la escritura. El fin primero es escribir y hacerlo cada vez mejor. No aumentar el número de seguidores. Esa equivocación es el mayor daño que pueden hacerle las redes a un escritor de hoy en día.

—¿Qué opinión tiene de los agentes literarios?

—Poco puedo hablar al respecto, ya que apenas llevo unos meses trabajando por primera vez con uno. No obstante, siendo objetivos, es imposible que hasta ahora pueda decir algo negativo sobre ellos. En mi caso, a las pocas semanas de tener una agencia que me respaldase, ya estaba firmando con el Grupo Planeta. Y antes de que el libro se pusiese a la venta ya tenía una traducción acordada al italiano. No creo que hubiese conseguido todo eso yo solo. Yo no desayuno con editores extranjeros ni asisto a las reuniones de los grandes grupos editoriales. Ese no es mi trabajo. Y es una suerte poder desentenderse y confiar en alguien que mueve todos esos hilos por ti. 

—¿Cuántas horas diarias dedica a la lectura?

—Una hora antes de dormir, ya en la cama. 

—¿Cómo tiene la imaginación? 

—Joven. 

—¿Tiene alguna superstición a la hora de escribir?

—Hacerlo a mano. Algunos compañeros de letras me han tildado de loco, pero es una costumbre que llevo arrastrando desde que comencé a gatear en el mundo de la literatura y que no creo que vaya a cambiar nunca. Lo escribo todo a mano. Luego, al pasar el texto al ordenador, ya estoy haciendo una primera corrección. Aunque esto debería comprenderlo más como una manía. No me gusta considerarme supersticioso, que da mala suerte. 

—¿A qué le tiene miedo?

—A irme de este mundo sin haber escrito lo suficiente. 

—¿Quién es Daniel Fopiani?

—Un niño.

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