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¿Es necesario?

Foto: Sol Álvarez Zanino

Aquí estoy con una enfermera que me mete un hisopo por la nariz y parece que quisiera llegar hasta el cerebro para tomarme las muestras. Todavía no lo sé, pero es el primero de tres PCR que me voy hacer antes de partir. Parto un lunes desde Santiago de Chile con destino a la BCNegra. La invitación al festival va de la mano de la presentación de mi libro Hoy no quiero matar a nadie, de editorial Alrevés, la novela que vio nacer a Santiago Quiñones. Con Gregori (de Alrevés) llevamos hablando y tratando de coordinar mi visita hace más de un año. No ha sido fácil. La pandemia nos cayó como a todos encima. Se suspenden actividades. Viajar es un riesgo. Vuelve a ser peligroso cruzar el charco. Nos habíamos acostumbrado a que ya era solo un trámite. Un trámite largo, costoso, pero fácil. Solo había que tratar de llegar con mucho sueño al aeropuerto para pasar durmiendo buena parte de las catorce, dieciocho, veinte o más horas que puede durar el vuelo.

Como el fin de semana los laboratorios privados que procesan las muestras no están trabajando, hay dudas de cuándo estará el resultado de los exámenes, por lo que tengo que hacerme otros dos y confiar en que alguno de ellos esté listo y lo pueda bajar de internet cuando mi vuelo llegue a Barcelona. El primer PCR que me hice lo necesito para mostrar en el aeropuerto de Santiago (es una exigencia para poder embarcar), pero ya estará vencido para mi entrada a Europa. Por eso tengo que pasar dos veces más por el proceso durante el fin de semana. Todo esto suponiendo que el resultado sea negativo. Intento cuidarme lo más posible, pero uno nunca está del todo seguro. Durante el confinamiento, como la mayoría, sentí muchas veces que estaba contagiado, pero luego desaparecían los síntomas. Pura psicosis. No soy especialmente valiente y la imagen de un avión abarrotado de gente me aterra. Mi novia me vuelve a preguntar: ¿es necesario que vayas? Yo no lo tengo del todo claro, solo sé que si esto no fuera importante para mí, no lo estaría intentando. Ni en sueños.

Llega el resultado del primer examen. Es negativo. Por un lado, respiro aliviado, por otro me intranquilizo: ya no hay excusas para quedarse.

"Por el mismo costo que pagué yo, ellos te aseguraban el resultado negativo, te lo daban de inmediato y, lo mejor de todo, no necesitaban tomarte la muestra"

Horas antes de partir, como siempre en último minuto, comienzo a hacer mis maletas. No sé dónde puse la ropa de invierno, en Santiago hace rato que hace calor y cada vez más. La sequía por estos lados es la más larga de que se tenga memoria. Llevamos más de diez años con escasez de lluvias y temperaturas altísimas. Es como si el desierto de Atacama fuera avanzando y ya golpeara las puertas de la ciudad.

Por aquí y por allá voy encontrando ropa que me acompañó en el invierno santiaguino. Quizás estoy exagerando, en la mediterránea Barcelona no hace tanto frío, pero desde hace días la televisión nos muestra a España bajo una tormenta de nieve, más vale prevenir. Mi ropa de invierno es como de alta montaña. Es que aquí, a los pies de la cordillera de los Andes, aunque la temperatura no baja demasiado, el invierno no tiene barreras, porque hace tanto frío en las calles como dentro de las casas. Muy poca gente se puede dar el lujo de tener calefacción central. Pasamos el invierno con una estufa, eléctrica o a parafina, que vamos llevando por cada habitación, calentando unas partes, mientras se enfrían otras. No sé por qué hablo tanto del clima, quizás porque es un tema importante a la hora de hacer la maleta. Triunfa la improvisación sobre la lógica, pongo cualquier cosa adentro, ya no hay tiempo. Mientras lleve los pasaportes, la tarjeta de crédito y el computador no habrá problema, me digo, y parto.

El aeropuerto de Santiago de Chile está en plenas obras de remodelación. Se construyen varias terminales más para tratar de hacer más expedito el tráfico aéreo. Una ampliación que parece absurda en este momento. Filas de naves enormes se llenan de polvo estacionadas una tras otra en una de las pistas. En el counter, el empleado de la aerolínea revisa mi ticket aéreo y mi examen PCR. Solo lee que dice NEGATIVO y la fecha. El documento podría fácilmente ser falsificado. No tiene ningún código que certifique que es un examen original tomado en un laboratorio. Se ve que ya otros habían pensado en esto porque una vez en Barcelona leí que en Chile desbarataron el negocio de la venta de exámenes de PCR falsos. Por el mismo costo que pagué yo, ellos te aseguraban el resultado negativo, te lo daban de inmediato y, lo mejor de todo, no necesitaban tomarte la muestra.

Foto: Sol Álvarez Zanino

“¿A qué va a Barcelona?”, me pregunta el empleado de la aerolínea. Le digo que por trabajo. “¿Qué trabajo?”, insiste. Le cuento que voy a un festival de novela negra. Me mira dudoso, escribir no parece un trabajo. Menos ir a un “festival”. La propia palabra parece prohibitiva, un festival es un festejo, no están los tiempos para eso. “Voy a presentar una novela a Barcelona y estoy invitado al Festival”, le digo yo, explicándole que no es que vaya de fiesta. “¿Tiene algún documento que acredite eso?”. Cresta… no pensé en eso. Debo tenerlo en algún correo. “No lo van a dejar entrar a Barcelona”, me mete miedo el empleado. Es la primera barrera y me recuerda la pregunta de mi novia: “¿Es necesario?”. Por un momento imagino el correo que mando a Gregori: “Estimado Gregori, lo intenté, llegué hasta el aeropuerto, pero no me dejaron embarcar. Me dicen que presentar un libro no es un asunto esencial ni de primera necesidad.”

"Aún no están disponibles el resultado de los test PCR. Habrá que tener fe, me digo mientras el avión se despega de la pista empujado por la fe y dos tremendos motores"

Por suerte mis abuelos, inmigrantes ligures, salieron en mi ayuda. “Tengo pasaporte italiano”. Esto pareció calmar al empleado de la aerolínea, que me devolvió mi ticket y me deseó buen viaje. Ya más tranquilo, me fui a la ventanilla de policía internacional. El PDI que me revisó los documentos de salida era un tipo joven, simpático. Me reconoció cuando me saqué la mascarilla, le conté que iba a presentar un libro de un tira (como él). Le interesó y anotó en su celular el nombre. Ante la posibilidad que lo fuera a leer me sentí en la obligación de advertirle: “El colega suyo que protagonizaba el libro es un poco desordenado y no sigue mucho los protocolos de la PDI”. “Conozco varios de esos”, me responde sonriendo, imagino, bajo la mascarilla.

El avión, para mi tranquilidad, estaba casi vacío, así que me pareció que las posibilidades de contagio eran muy bajas. De todas maneras, le pasaba alcohol cada tanto a todas las cosas que me rodeaban. Antes de despegar reviso las páginas web de los dos laboratorios. Nada. Aún no están disponibles el resultado de los test PCR. Habrá que tener fe, me digo mientras el avión se despega de la pista empujado por la fe y dos tremendos motores.

Ya en mi escala en París, logré conectarme a la internet del aeropuerto y descargar uno de los exámenes: “NEGATIVO” decía en negrillas. El aeropuerto está semi desierto, los trámites para entrar son expeditos a pesar de que las medidas de higiene son estrictas y se deben pasar varios controles donde te toman la temperatura.

Lo mismo en Barcelona. Una única cinta se mueve con los equipajes, uno se imagina el impacto que está teniendo todo esto en la industria del turismo. En el bus éramos menos de 10 viajeros.

Desembarco en Plaza Cataluña. Ya estoy en Barcelona.

Foto: Sol Álvarez Zanino

En nuestro primer encuentro con Gregori, fuimos a comer unas tapas a una Rambla, los restaurantes solo pueden abrir algunas horas al mediodía. Nos sentamos en una terraza y nos vimos por fin las caras. Gregori ya tiene listo el plan de la semana, parto mañana a Tauste en el marco del festival Aragón Negro.

En la estación de tren de Zaragoza tiene la deferencia de recibirme el director del Festival: Juan Bolea, un colega del mundo del noir. Nos adivinamos detrás de nuestras mascarillas, me agradece y me desea suerte. Me siento en una cruzada por la literatura, comienza a cobrar sentido mi viaje.

"La conversación con Pilar es distendida, ella va al hueso con sus preguntas, yo hablo de Quiñones y cómo nunca imaginé que me llevara hasta allí"

Una joven periodista muy animosa y comprometida con la causa me acompaña a Tauste. Se llama Camino, es inevitable hablar una parte del viaje de su nombre. Ella me dice que pensó en cambiárselo, hasta que se acostumbró a él. Yo le digo el nombre de mis hijas, también son nombres especiales, de esos que hay que hacer el ánimo de llevarlos encima toda la vida. O te abruman o te hacen más fuerte. Se ve que a Camino la hizo más fuerte.

Antes de entrar al salón de la casa de la cultura comemos en un restaurante del lugar las mejores setas que yo haya probado hasta la fecha. Es un restaurante sencillo, trabajadores y obreros de la cercanía comen lentamente, con esa calma que hay en los pueblos.

Pilar Fresco nos recibe muy emocionada. Ya son muchos meses sin ninguna actividad cultural, me agradece venir desde tan lejos. La verdad, nunca imaginé venir a Tauste y encontrarme con los amantes de la literatura. El salón es grande y el público se distribuye holgadamente, guardando buena distancia entre sí. La conversación con Pilar es distendida, ella va al hueso con sus preguntas, yo hablo de Quiñones y cómo nunca imaginé que me llevara hasta allí. Menos en estos tiempos. Los ojos interesados de los espectadores me hacen sentirme útil. Hay quienes necesitan la literatura. Para muchos no es algo superfluo, vamos adelante.

"Mientras conversamos, yo me siento hermanado a ellos, a Daniel, a Leticia, a quienes están siguiendo esta conversación desde sus casas"

De vuelta en Zaragoza, estoy invitado a una charla con un colectivo de jóvenes. Se llaman “Colectivo Z” y los reúne la misma pasión, la literatura. Voy a presentar Hoy no quiero matar a nadie. La sala está en su mayor aforo, guardando las distancias. Todos nos cuidamos mucho, pero por otro lado todos estamos igual de inquietos intelectualmente. La conversación con el Colectivo Z es muy gratificante. Veo jóvenes totalmente entregados al oficio de la escritura, compartimos experiencias, nos intercambiamos libros y nos sentimos todos parte de un mismo buque, el barco de la literatura, que navega ahora mismo por horas inciertas. No nos pudimos abrazar, pero la emoción del abrazo la tuvimos. Hay esperanza, me digo.

Se suceden días con algunas entrevistas y se publican comentarios en la prensa, a todos les ha gustado la novela, esto me da más fuerza. Me río con la ingeniosa frase con la que Juan Bolea describe a Quiñones: “No es bueno ni malo, héroe ni antihéroe, sino todo lo contrario”.

Y llega el día de mi presentación en BCNegra. Ahí me recibe cordialmente el gran Carlos Zanón, de impecable negro, “eres el héroe del festival”, bromea. La verdad, soy el que vino de más lejos, pero disto mucho de ser un héroe. Ya sabemos todos dónde están los héroes en estos tiempos. Los demás solo esperamos en nuestras trincheras que llegue el momento de asomar la cabeza. También está aquí Charo González, representando al público ausente. Charo es una devoradora de libros de novela negra y tiene su canal de YouTube donde los comenta y recomienda. Ya nos conocimos hace años en el festival de Toulouse y ha sido mi madrina en España. Fue ella la que me presentó a Gregori y le estoy eternamente agradecido.

Foto: Sol Álvarez Zanino

Leticia Blanco me recibe en un plató donde además nos acompaña Daniel Krauze desde México, lo tenemos a un costado encuadrado en una pantalla. Leticia conduce con seguridad la conversación y nos lleva a Daniel y a mí a sincerarnos y salir de los lugares comunes para buscar las verdaderas fuentes de nuestros escritos. América Latina, su precariedad y la impunidad de una buena parte de su élite es el tema. También hablamos de los personajes que protagonizan nuestras novelas. Tomados de la realidad, en el caso de Daniel, y, en el mío, construido con retazos de mi inconsciente. Como siempre, me siento cerca de México y su gente. Ambos países nos hemos llevado la peor parte de una pandemia mal manejada por el Estado.

Mientras conversamos, yo me siento hermanado a ellos, a Daniel, a Leticia, a quienes están siguiendo esta conversación desde sus casas. A todos los que aman la literatura y hacen de ella algo esencial en sus vidas, y creo que, aunque no soy un héroe, sí estoy aportando a que mantengamos la bandera de la humanidad en alto. Antes de que terminemos de conversar, ya me doy cuenta de que estar aquí valía la pena. Gracias, Alrevés. Gracias, BCNegra. Un abrazo.

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Autor: Boris Quercia. Título: Hoy no quiero matar a nadie. Editorial: Alrevés. Venta: Todostuslibros y Amazon

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