De entre todas las fotos que se conservan o se han publicado de Rambal, la primera que me viene a la mente cada vez que pienso en él es una de las más anodinas, en tanto que apenas permite entrever la complejidad del personaje. Se trata de un retrato que alguien le tomó en lo que parece ser el interior de una cocina, o quizá de un establecimiento comercial ―una carnicería o una pescadería, tal vez una frutería, eso permite deducir el azulejado―, en una fecha inconcreta que debió de ubicarse entre septiembre y octubre de 1969, salvo que estuviera desactualizado el calendario que vemos a su espalda. Le hicieron la instantánea, por lo tanto, seis años y medio antes de que lo asesinaran, y dado que conocemos mientras la observamos ese dato que él ignoraba cuando posaba ante la cámara, contemplamos la imagen con una especie de presentimiento trágico, como si quisiéramos advertir en ella algún indicio de lo que estaba por venir.
Quizá sea en esto último en donde residen los ecos de esa premonición fatal que creemos advertir en su retrato, la sombra que proyectamos sobre su imagen en blanco y negro, porque ese hombre que juzgamos afable y hasta dadivoso ―hay nobleza en sus ojos y un punto de ingenuidad aún infantil, por más que hayan debido de ver mucho― murió degollado en la madrugada del 19 de abril de 1976, a manos de uno o varios asesinos de los que lo seguimos ignorando todo medio siglo después. Lo vieron por última vez en una esquina de Cimavilla, el barrio gijonés donde pasó toda su vida. Estaba con otro individuo al que nadie supo poner nombre, y a él le dirigió las últimas palabras que se le escucharon: «No me riñas aquí, en la calle». Luego vinieron el incendio en plena noche, y la intervención de los bomberos, y el hallazgo de su cadáver semidesnudo en la cama de su vivienda, un humilde piso de pescadores cuya cocina se asomaba a la plaza que entonces se llamaba Campo de las Monjas y hoy lleva el nombre del periodista Arturo Arias y a la que todo el mundo se refiere como Plaza del Lavaderu. Todavía quedan por allí quienes recuerdan sus dotes para el transformismo, la soltura con que se arrancaba en antros de todo tipo por Marifé de Triana, las fiestas que organizaba en unas épocas poco propicias para la alegría. Porque Rambal, que se llamaba en realidad Alberto, recibió ese mote en reconocimiento de sus aptitudes artísticas y en recuerdo de aquella célebre compañía de Enrique Rambal que en el primer tercio del siglo había pasado por Gijón maravillando a propios y extraños. Puede que, de haber sido su andadura por el mundo algo más larga, lo hubiesen considerado un precursor de las drag queens, un adelantado a los tiempos que era capaz de disimular con oropeles las penurias, y a lo mejor hasta habría conseguido algún contrato medio decente que paliara en parte la pobreza en la que tuvieron que transcurrir sus días.
Pero también son muchos los que recuerdan su otra faceta, la diurna. Una cara de la moneda que habla de un Rambal volcado en ayudar a sus vecinos, que se ocupaba de los niños en las casas donde había una mujer a punto de dar a luz, que se ofrecía a lavar la ropa de los demás o que protegía a las jóvenes cigarreras que se encaminaban a su trabajo en la fábrica entre alusiones procaces de machotes efusivos, que recomendaba a quienes lo conocían que no lo saludasen si se lo encontraban lejos de los límites del barrio, porque no estaban bien vistos los homosexuales por entonces y el mero hecho de tener amistad con uno podía acarrear consecuencias nada halagüeñas. Todo esto lo conté o intenté contarlo en un libro que publiqué al cumplirse cuarenta años de su asesinato y en el que resumí una vida y una muerte en las que abundan las preguntas y escasean las respuestas. El destino quiso que hace tres primaveras, cuando se instaló una escultura en honor de Rambal frente al edificio que se levanta donde estuvo su casa, me tocara ocuparme de los fastos inaugurales. Organizamos una fiesta que comenzó con una romería a las diez de la mañana y derivó en un bailoteo que tuvo enfervorizado al personal hasta bien superada la hora de la siesta. Asistió la única hermana que le quedaba y contó allí que el bueno de Alberto nunca tuvo que salir de ningún armario porque jamás había llegado a entrar en uno. A su modo, además de un artista y un buen tipo, también fue un hombre valiente. Quizá por eso no se negó a posar de improviso cuando el fotógrafo se lo requirió, y en vez de hacer mutis se puso contra la pared y miró al objetivo con esa mirada limpia protegida por los cristales de sus lentes, con su boca esbozando lo que se quedaría para siempre como una media sonrisa.


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