En esta ópera prima encontramos a un sujeto, a uno cualquiera, que va a la deriva, que vive suspendido entre la evasión y el exceso de conciencia, que deambula por la ciudad tratando de comprender qué lugar ocupa en una sociedad frenética y absurda.
En este making of Fran Ruiz explica cómo escribió Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer (Rosita y Amparo).
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Comencé a escribir sin propósito, frases sueltas, apuntes, descripciones que iba tomando a vuela pluma durante mis paseos por Barcelona. Supongo que mi intención fue solo la de ejercitarme, jugar con los ritmos que iban dándome las palabras, registrar momentos más bien banales a los que la narrativa no suele prestar atención. Momentos anecdóticos, por decirlo así, que quedan siempre fuera del interés de la historia que se quiere contar. Durante un tiempo se trató solo de eso, de explorar la plasticidad del lenguaje, las infinitas y caprichosas posibilidades que ofrece la página en blanco. Pero poco a poco, mientras mi cuaderno iba llenándose de apuntes, fue emergiendo el personaje, un personaje con el que empecé a sentirme cómodo y cuya voz me servía para estructurar y dar coherencia a todo aquel desorden, aquel desfile de ocurrencias y anotaciones cotidianas.
Por supuesto, el personaje no tardó en tomar vida propia, compartir sus manías, llevarme por bares y tugurios que de alguna manera forman parte de mi educación sentimental. También me permitió abordar una serie de temas que desde hace un tiempo me acompañan, sensaciones que estaban ahí, pero que nunca había podido desarrollar directamente. La sensación, primero, de extrañeza: ante un mundo cada vez más confuso, ruidoso, donde el hecho mismo de prestar atención se ha vuelto casi imposible; extrañeza ante un mundo poco comprensible y menos aún habitable. Pero también la sensación de que estar vivo, aquí y ahora, es un inmenso milagro, una experiencia que nos debería mantener en un estado continuo de asombro y agradecimiento. Sé que estas dos sensaciones, así someramente explicadas, forman juntas una paradoja, una tensión no resuelta. Convivo con esa tensión desde siempre, y los años no han hecho sino reforzarla: la vida, en efecto, me parece literalmente un flipe, aunque la sociedad nos obliga a malbaratarla con sus tonterías e imperativos absurdos.
Cada uno hace lo que puede, y la manera en que el protagonista intenta sortear esa paradoja es mediante la búsqueda de la inmediatez, la observación atenta de lo cotidiano, la inmersión contemplativa. Quiere intimar de nuevo con la realidad, sin filtros ni conclusiones, y para ello ha de abrirse a la percepción, aligerarse de rutinas y responsabilidades, olvidarse también un poco de sí mismo.
Para esta aventura no he podido tener compañía mejor que la de Ruth, mi pareja. Su mirada como artista y su profunda comprensión del arte y el pensamiento chinos me permitieron ver que esa necesidad de apertura no dista mucho de la que propiciaban los grandes maestros de la Antigüedad china. En mi mente todo comenzó entonces a relacionarse: el trazo pictórico como frase suelta, aforismo, nota; la nota como nota musical; la música como latido; la respiración como fuente inmanente de vida. La vida como algo tan frágil y extraordinario que se resume en puro estremecimiento, en esa sensación siempre esquiva de estar aquí, de verdad, en este preciso instante.
Finalmente, la novela comenzó a tomar forma. Los fragmentos y enumeraciones fueron enlazándose de manera natural en cuanto el narrador tomó las riendas. Yo le dejé hacer: al fin y al cabo, mi propósito como autor era intervenir lo menos posible, poner en práctica cierta inactividad o receptividad originaria: pues todos hemos sido niños, es decir, puras esponjas que absorben los estados de ánimo y energías que confluyen a su alrededor. El personaje que había emergido casi sin querer en mi cuaderno de notas fue acompañándome en mis vagabundeos por la ciudad, pero al final era yo quien le fui acompañando a él. No estaba previsto, desde luego, pero esa es la magia de la escritura. Mi buen amigo, el editor y escritor —y tantas cosas más— Enrique Murillo acabó por convencerme: ahí tenía una novela, estaba contando algo. ¿El qué? Sus consejos y reflexiones fueron determinantes, aunque —lo reconozco— Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer tiene una estructura narrativa mínima. El protagonista flota, pero no avanza. Y en su no avanzar, se ensancha y fluye.
Creo sinceramente que en una sociedad que nos impulsa a la actividad, a la producción, a hacer más, necesitamos espacios para la contemplación y el no hacer nada. Quizá en ese no hacer nada pueda redescubrirse cierta ligereza, cierta conexión, cierta alegría. Yo la sentí escribiendo, pese al desánimo de mi personaje, su frustración, que es también la de mucha gente que conozco y la de muchísima más que no conoceré nunca. Gente anónima con la que me cruzo cada día por la calle y que ha sido, como descubrirán los lectores, mi verdadera inspiración.
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Autor: Fran Ruiz. Título: Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer. Editorial: Rosita y Amparo. Venta: Todos tus libros.


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