Una manera de evitar los rigores de la canícula es embarcar en el primer avión con destino a algún lejano lugar del norte. Un lugar como, por ejemplo, Caulfield, al noreste de Canada, topónimo cuyo significado literal es ‘campo frío’ o ‘llanura expuesta’ (también es el apellido del inolvidable protagonista de El guardián entre el centeno). Una escapada imposible para la mayoría. Pero hay otra forma de trasladarse a ese punto del mapa, viajando en el tiempo hasta mediados del siglo XIX para burlar el calor de forma simbólica, que sí está al alcance de todos: el relato de Stef Penney, La ternura de los lobos (Salamandra, 2006), que regala unas horas de lectura refrescante y placentera.
La acción se inicia en el otoño de 1867 en Dove River, una localidad imaginaria cercana a Caulfield, donde un trampero es asesinado y un chico, al que en principio se considera presunto culpable, huye de casa. Debido a la densidad de los bosques y a la estéril tundra, el territorio no era muy apto para los granjeros, excepto en las riberas de los ríos, pero funcionaba desde hacía ya más de doscientos años como un inmenso emporio peletero a base de esquilmar la fauna salvaje bajo el control de la poderosa Hudson Bay Company, que movilizaba un ejército de guías itinerantes, voyageurs y supervisores de Londres para cosechar las ganancias, servants. Un par de representantes de la compañía llegan a Dove River para investigar el crimen. Uno de ellos, Donald Moody, un novato con ganas de mostrar su valía, siente repugnancia la primera vez que entra en un almacén atestado de fardos con las pieles de cientos de animales muertos cruelmente. No se permitían marcas de disparos, «pero al hundir las manos en aquella fastuosidad fresca y sedosa, experimentó el deseo de sentir su suavidad en los labios». Comprendió la fascinación que ejercen más allá de su capacidad de abrigo y por qué algunas de ellas, como las de zorro plateado o zorro negro, alcanzaban en Londres precios astronómicos, «su peso en oro».
La autora combina la tercera con la primera persona, la voz de la señora Ross, y es a través de esta mujer singular cuando alcanza mayor hondura al retratar las contradicciones del alma humana. «Tiene un porte regio y una cara francamente bonita, aunque su gesto adusto es incompatible con la verdadera belleza». Así la describe uno de los personajes que, como muchos de sus vecinos, sienten respeto por ella pero no simpatía, pues los mira por encima del hombro. Mediante analepsis descubrimos fragmentos de su pasado: el suicidio de su madre, su ingreso en un manicomio donde corría el láudano, su llegada doce años antes a Dove River con su marido, atraídos por el mismo sueño que más de un millón de escoceses que se diseminaron por el vasto territorio canadiense.
Ella es quien descubre el cadáver de Laurent Jammet, el trampero francés asesinado, su vecino más próximo, un hombre cordial y lisiado que mata lobos con carne de ciervo envenenada con estricnina. Pero no es su horrible muerte lo que le angustia, sino la desaparición de su hijo adoptivo Francis, que mantenía una relación con el francés y al que podían considerar sospechoso del crimen. «Era un muchacho que no parecía encajar con los de su edad», lo describe. «Yo lo veía esforzarse por ser duro y estoico, cultivar esa audacia y ese despreocupado desprecio del peligro propios de la gente del campo. Y yo me daba cuenta de que él no podía (…) Francis dejó de intentar ser como los demás y se volvió huraño y taciturno, no correspondía a las muestras de afecto y a mí ni me tocaba». Pasan los días e, incapaz de soportar la incertidumbre, se lanza en su búsqueda acompañada por William Parker, un mestizo de aspecto intimidante, y sus dos perros de trineo, que resultan ser excelentes guías y compañeros de viaje. El rostro de Parker es un poema: «frente baja y cuadrada, pómulos altos, nariz aguileña y labios con las comisuras hacia bajo, perfil de ave de rapiña que sugiere una crueldad feroz (…) Si la señorita Mary Sheley hubiera necesitado un modelo para su monstruo, podría haberse inspirado en este hombre». Pero ya se sabe que las apariencias llevan a engaño.
Después de atravesar el bosque y una desolada meseta, arriban a una comunidad de noruegos luteranos que viven intensamente su religiosidad: Himelvanger o los campos del cielo. Allí se repone Francis de sus heridas y, tras oír su versión de los hechos, su madre y Parker deben proseguir su caminata desafiando el rigor del invierno para demostrar su inocencia. Así llegan a Hannover House, un puesto de la Compañía de aire fantasmal, donde un puñado de hombres invernan sumidos en el estupor etílico o las brumas del láudano bajo el mando de Stewart, un tipo carismático de moral ambigua. Y todavía tendrán que caminar un trecho más hacia el norte para que la verdad se revele en toda su siniestra magnitud, aunque sea pagando un precio de sangre.
El crimen de Dove River altera la plácida existencia del magistrado retirado, Knox, tío de las adolescentes desaparecidas años atrás y padre de dos veinteañeras que enamoran al joven Moody, una por su belleza y otra por su sagacidad. También la del sesentón y todavía apuesto Thomas Sturrock, un periodista simpatizante de los indios que intenta conseguir la tablilla de hueso propiedad del trampero asesinado, pues podría demostrar la existencia de un antiguo lenguaje de los nativos que, de existir, habría supuesto un trato más digno por parte de los blancos. La joven viuda con dos niños que cuida a Francis en la comuna noruega y que consigue escapar del asfixiante ambiente religioso es otro potente personaje que se escapa del papel para interpelar al lector por su bravura e intrepidez. Son solo algunos de los que pueblan este imaginario país de las pieles preciosas.
«A veces, sin saber cómo ni por qué, te encuentras mirando el bosque con otros ojos», reflexiona la señora Ross, cuyo nombre de pila es Lucie, aunque nadie lo usa. «Unas veces no ves en él más que los árboles (…) Pero otras veces es una presencia oscura, inmensa; te parece una extensión que tiene no solo tanto de largo y tanto de ancho en la que puedes perderte, sino una profundidad insondable, algo totalmente distinto». Esta doble visión del bosque resume el contenido de la novela.
Stef Penney (Edimburgo, 1969) es reacia a los medios de comunicación y no se sabe mucho sobre ella, aunque su léxico y forma de escribir delatan a una ferviente y aplicada lectora. Sí se conocen dos detalles reveladores: sufre o sufrió en el pasado agorafobia, y la idea de su primera novela surgió al imaginar cómo se apañaría una persona con este trastorno en los inmensos espacios abiertos de Canadá. El segundo y sorprendente detalle es que jamás visitó ese país, cuyos paisajes recreó con gran verismo a base de documentarse a fondo en la Biblioteca Británica.
Licenciada en Filosofía y Teología, estudió cine y ha escrito y dirigido varias películas. La ternura de los lobos fue su debú literario y en España se ha publicado también Bajo la estrella polar. En realidad, los lobos apenas tienen presencia en la historia, aunque en cierta manera la impregnan desde las primeras líneas: el cuerpo de un lobo muerto se pagaba a un dólar y en un pasaje onírico tienen un sutil protagonismo.
Esa especie de oxímoron que es el título se puede interpretar, de forma literal, como el cuidado que estos animales, tanto hembras como machos, dedican a sus crías; o, de forma metafórica, como la capacidad de afecto y delicadeza que pueden albergar las personas más curtidas y aparentemente temibles. Signifique lo que signifique, un título recomendable en el que resuenan los ecos de clásicos de aventuras que nos engancharon a la lectura, como Colmillo blanco, La isla misteriosa, Las minas del Rey Salomón… y que recuerda al largometraje El renacido. Un refrescante helado de buena literatura que se deshace en la boca, dejando agradable sabor y ganas de más.



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