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Espejo, espejito

[Foto: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, V: ESPEJO, ESPEJITO

Blanca estiró con los dedos la suave piel. Las finas arrugas desaparecieron como por ensalmo. Se estudió con atención. Bella, joven, perfecta. Apartó las manos de su rostro. Ahí estaban de nuevo, horrendas e insolentes. Un recordatorio cruel del paso del tiempo.
−Espejo, espejito… −musitó−. Dime quién es la más hermosa.
Nieves soltó una carcajada alegre que las criadas corearon. La miró, a través del espejo. No se podía negar que era la viva imagen de su madre. Parecía esculpida en marfil. El pelo, negro y sedoso, labios exquisitos, una nariz altiva y elegante. Y aquellos ojos, enormes, de un imposible color violeta.
Las puertas dobles se abrieron, dando paso a Teniente. Era el brazo derecho del Rey. Le vio pasar revista a la estancia con precisión milimétrica, escrutando la posición de sus soldados, las vías de escape, hasta el último detalle. Cuando su mirada se cruzó con la de Nieves, el destello apareció. Apenas duró un instante. Un leve flaqueo, un segundo de turbación. Blanca frunció el ceño. Nadie estaba salvo del embrujo de su hijastra. Nadie. Ni siquiera Teniente. Se apostó tras ella, aún sentada frente al tocador. Se miraron, a través del espejo.
−¿Cómo se encuentra el Rey? −preguntó Blanca, en tono jovial.
−Un poco mejor, por fortuna, mi señora −respondió el recién llegado.
−¿Ha sido un buen chico? ¿Se ha tomado todo el caldo?
−Hasta la última cucharada.
−Bien. Nada como enviar a una de las más jóvenes para convencer a nuestro querido sátiro −sonrió Blanca, sosteniendo una ristra de perlas entre sus largos dedos. Teniente asió el collar y rodeó con él el pálido cuello de garza, fijando el pequeño broche. La piel de la Reina se erizó bajo el roce de sus pulgares. Se miraron, siempre a través del espejo−. ¿Le has encontrado?
−Sí, mi señora.
−Que venga de inmediato. Le esperaré en mi habitación.

El reino amaneció consternado ante la noticia. Parecía como si una maldición se hubiera abatido sobre ellos. A la honda preocupación por la repentina enfermedad del anciano Rey, había que sumar el espanto del secuestro de la Princesa. No se hablaba de otra cosa. ¿Cómo podía haber ocurrido? Burlar la seguridad del Castillo y llevarse a la heredera sin dejar rastro, sin ser visto… parecía cosa de magia. Los medios ofrecían boletines informativos cada hora. La Reina parecía devastada. Sus declaraciones ante la cámara habían dado la vuelta al mundo. Vestida de negro riguroso, venciendo el temblor de sus manos, tan serena en medio de la tragedia… Hasta los súbditos más críticos se habían conmovido profundamente. Nunca había sido muy popular. La sombra de la primera esposa del Rey pesaba aún sobre ella, como había pesado sobre las dos consortes anteriores. Pero ninguna de ellas se había enfrentado jamás a una crisis semejante. Ninguna tuvo ocasión de mostrar al mundo su entereza, su humanidad.
−Hay rumores −masculló Teniente, paseando por la estancia a grandes zancadas−. Esos buitres de la prensa empiezan a cuestionarme. Lanzan acusaciones veladas. Se empieza a hablar de conspiración. No tardarán en pedir mi cabeza.
−¿Quieres tranquilizarte? −suspiró Blanca, despojándose de su vestido−. Siempre ocurre lo mismo. El pueblo necesita un culpable. Necesitan sangre. Ya les daremos sangre.
−No me traicionarás, ¿verdad?
Se miraron, a través del espejo. Blanca hizo un esfuerzo por contener una mueca. Aquella mole de músculos, convertida en un patético ser balbuceante.
−Todo lo he hecho por ti −aseguró Teniente−. Haría lo que fuera por ti.
−Lo sé, amor mío. Y tú sabes que te amo. ¿Cómo puedes dudarlo?

La noche era gélida en el bosque. Nieves, maniatada y con los ojos vendados, contenía las lágrimas con gesto obstinado. Tenía la sensación de que habían caminado durante semanas.
−¿Adónde me llevas? −exigió, por enésima vez−. El Rey hará que te descuarticen por esto.
−Cierra la boca.
−Tengo mucha sed −suplicó−. Por favor. Mi padre tendrá piedad si me tratas bien.
−Pareces muy segura de que lograrán encontrarte.
Nieves apretó los labios, alzando la cabeza. Cazador la observó con curiosidad. La pequeña princesita altanera. No podía negarse, era hermosa. Lo bastante como para nublar los sentidos de cualquiera. Dio gracias a Dios por ser inmune a aquel hechizo. Le dio un poco de agua. La chica bebió y se hizo un ovillo, tiritando.
−Por favor, quítame la venda. Me asusta la oscuridad.
−Cállate.
No podía dejar que le viera. No podía permitir que viera sus ojos. El violeta, al fin y al cabo, no era un color muy habitual. Se permitió la crueldad de comer, sabiéndola famélica. La cosa tenía su gracia. Justicia cósmica. Karma. Una deliciosa ironía. Por una vez, no sería el bastardo quien pasara hambre. Sonrió, contemplando la luna. A aquellas horas, Blanca, seguramente, ya habría entregado a Teniente, acusado de alta traición. Puede que incluso hubiera terminado ya con el engorroso asunto del viejo. El maldito desgraciado había demostrado una resistencia asombrosa, pero ni el organismo más fuerte podía resistirse a los magistrales venenos de la soberana. Se pasó la lengua por los labios. Blanca. El trono. El maldito reino. Lo tendría todo. Todo. Porque era suyo por derecho.

Durmió apenas un par de horas. Despertó entumecido. Se restregó los ojos, poniéndose en pie. Nieves dormía aún, apoyada en el tronco del roble. Tardó varios segundos en fijarse en su petate revuelto. Miró a la chica. Estaba recostada, el cuerpo ladeado, las rodillas flexionadas contra el pecho. Las manos, atadas aún, sostenían algo rojo y brillante. Le dio un vuelco el corazón. La manzana. La manzana que Blanca le había dado, por si algo saliera mal. Él mismo se la había pedido. Si las cosas se torcían, no estaba dispuesto a caer bajo el hacha del verdugo del Rey.
−Maldita sea −farfulló, zarandeando a Nieves−. Maldita cría estúpida…
Por un momento, entró en pánico. Aquello no era lo acordado. Debían encargarse Los Siete. Habían sido muy claros. La necesitaban viva. Necesitaban su corazón, latiendo. Blanca había dado su palabra. Tenía cuentas pendientes con ellos, favores que devolver. Descargó sus puños contra el tronco del árbol. Intentó serenarse. Bueno, estaba hecho. La heredera había muerto. Qué importaba el modo. Blanca sabría cómo arreglarlo. Sabría compensar a los brujos. Encontraría el modo. Ella siempre lo hacía. Le perdonaría, de eso estaba seguro. Al fin y al cabo, a él le amaba de verdad. Solo a él.
Se inclinó junto a Nieves y le quitó la venda. Tenía los ojos abiertos. Enormes, violetas, como los suyos. No podía llevarles un cadáver a Los Siete. Muerta no les servía. No, volvería al castillo. Blanca sabría arreglarlo. Cogió la manzana. Había bastado con un mordisco. La guardó en su petate. Por si algo salía mal.

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