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Espiritismo, de Arthur Conan Doyle

Espiritismo, de Arthur Conan Doyle

El subtítulo de este libro explica en gran medida su contenido: Escritos en defensa del Más Allá por el padre de Sherlock Holmes. Efectivamente, se trata de una recopilación de textos inéditos en los que Conan Doyle defiende la posibilidad de comunicación con los muertos. Ahí es nada.

En Zenda reproducimos unas páginas de Espiritismo (El Desvelo), de Arthur Conan Doyle.

***

III. SOMBRAS EN LA PANTALLA

No hay nada más maravilloso, más increíble y, al mismo tiempo, tan cierto me parece, como que los eventos pasados puedan dejar un registro en nuestro entorno capaz de ha­cerse sentir, oír o ver mucho tiempo después. He puesto las impresiones en orden de frecuencia, porque es más común sentir el pasado que escucharlo, y más común escucharlo que verlo. Las casas que están embrujadas por ruidos vagos son más frecuentes que aquellas que poseen apariciones, y familias han sido perseguidas durante años por poltergeists, aunque nunca han visto una sola vez a sus torturadores.

Una mente sensible se ve fácilmente afectada en cual­quier lugar donde ha habido problemas recientes. Una dama que conozco visitó recientemente a la directora de un hos­pital y encontró que no estaba en su despacho. «La señora Dodson ha salido», dijo la enfermera. «¿Ha recibido malas noticias?». «Sí, acaba de recibir un telegrama de que su es­poso está muy enfermo». ¿Cómo supo mi amiga que había malas noticias? Lo sintió por un hundimiento en su propio corazón al entrar en la estancia, antes de que llegara la en­fermera. «¡Telepatía!», dice el loro. Bueno, si telepatía puede estirarse hasta significar que un pensamiento o emoción no solo puede transmitirse de cerebro a cerebro, sino que pue­de permanecer estacionario durante una hora y luego im­primirse en cualquier sensible que se acerque, entonces no discutiré la palabra. Pero si por una hora, ¿por qué no por un año? Y si por un año, ¿por qué no por un siglo? Hay un registro en la pantalla: cuando este pequeño espacio cúbico de éter, si el profesor Einstein aún permite la expresión, pue­de retener indefinidamente algún cambio íntimo y durade­ro que marque e incluso reproduzca débilmente la emoción que un ser humano ha experimentado dentro de él.

Tuve un amigo que vivía en una casa centenaria. Su esposa, que era sensible, percibía continuamente un empu­jón al bajar las escaleras, siempre en el mismo peldaño. Más tarde se descubrió que una anciana que había vivido antes en la casa había recibido un empujón juguetón de un niño travieso y perdió el equilibrio, cayendo por la escalera. No es necesario creer que algún duende permaneciera en ese peldaño repitiendo la acción fatal. La explicación probable parece ser que la mente sobresaltada de la anciana, al sen­tirse caer, dejó algún efecto permanente que todavía podía percibirse de esta extraña manera.

Efectos de los campos de batalla antiguos

Los registros invisibles del aire de este tipo explicarían muchas cosas que ahora son inexplicables. Se sabe que hom­bres de nervios fuertes han sido aterrorizados en ciertas loca­lidades sin poder dar explicación alguna. Algún horror del pasado, invisible a sus ojos, puede haber impresionado sus sentidos. No se necesita ser muy psíquico para obtener el mismo efecto en un antiguo campo de batalla. No soy para nada psíquico, y sin embargo soy consciente, más allá de la imaginación, de un efecto curioso, casi un oscurecimiento del paisaje con un marcado sentido de pesadez, cuando estoy en un antiguo campo de batalla. Lo he percibido especial­mente en Hastings y Culloden, dos batallas donde grandes causas fueron finalmente destruidas y donde la amargura extrema pudo llenar los corazones de los vencidos. La som­bra aún permanece. Un ejemplo más familiar de la misma facultad es la penumbra que se acumula sobre la mente de alguien convencional al entrar en ciertas casas. El agitador más rabioso no necesita envidiar a nuestra nobleza sus an­tiguos castillos, pues es más feliz pasar la vida en la más sen­cilla cabaña, no contaminada por perturbaciones psíquicas, que vivir en la mansión más grande que aún conserva las marcas sombrías de habitaciones que quizás fueron escenario de crueldad u otros vicios.

Si alguien sensible puede percibir algún registro de un evento pasado, entonces hay evidencia de que, por exten­sión, alguien aún más sensible podría ver realmente a la per­sona que dejó dicha impresión. Que se trate de la persona misma en espíritu me resulta, en la mayoría de los casos, ab­solutamente increíble. Que la víctima de alguna villanía cen­tenaria deba aún en su vestimenta antigua frecuentar en per­sona la escena de su martirio pasado es, de hecho, difícil de creer. Es más creíble, aunque poco entendamos los detalles, que alguna forma-pensamiento se desprenda y permanezca visible en el lugar donde se ha soportado un gran sufrimien­to mental. Cómo y por qué son preguntas que resolverán nuestros descendientes. Si pudiéramos concebir que tene­mos una forma dentro de otra, como las capas de una ce­bolla, que la capa exterior se desprendiera bajo la influencia de la emoción y continuara una existencia mecánica en ese lugar mientras el resto del organismo continúa adelante sin siquiera notarlo, tal suposición, absurda como parece, con­cordaría mejor con los hechos registrados que cualquier otra explicación que conozca. Cada nueva capa descartada de la cebolla sería una nueva forma-pensamiento, y nuestro paso por la vida estaría marcado en sus crisis más emocionales por un largo rastro de tales formas. Por grotesca que parezca la idea, puedo afirmar con confianza que la verdadera explica­ción, cuando llegue, no será menos grotesca.

Formas-pensamiento del pasado

Tomemos ahora algunos ejemplos concretos donde esta for­ma-pensamiento del pasado se ha manifestado. No conozco mejor caso que el registrado por la difunta señorita Goo­drich-Freer, una dama que combinaba nervio firme y juicio sereno con un temperamento conservador hasta el punto de incredulidad. Dormía en una habitación del Palacio de Hampton Court con fama de embrujada, y nos cuenta con todo detalle lo ocurrido. Ninguna persona imparcial podría leer el relato original sin quedar absolutamente convencido de que los hechos fueron tal como se contaban.

Era un pequeño dormitorio sin cortinas, con una puer­ta cercana a la cama. Es característico de la dama que pasó la vigilia —había llegado con la esperanza de ver la apari­ción— leyendo un artículo de Lord Farrer, «¿Debemos de­gradar nuestro estándar de valor?». A pesar de la lectura, o quizás por ella, se durmió, y fue despertada algunas horas después por sonidos de movimiento. Estaba completamen­te oscuro y alguna fuerza parecía impedirle alcanzar los fós­foros. Una pregunta no recibió respuesta. De repente apa­reció un suave punto de luz en la penumbra, que brilló y se expandió hasta convertirse en la figura de una mujer alta y delgada, moviéndose lentamente por la habitación. Se de­tuvo al otro lado y la observadora pudo ver claramente su perfil. «Su rostro era insípidamente bonito, de una mujer de 30 a 35 años, su figura delgada, su vestido de material oscuro y suave, con falda amplia y cinturón ancho atado alto, un pañuelo cruzado sobre los hombros, mangas ajus­tadas bajo el codo, y el cabello arreglado de modo que no quedara plano sobre la cabeza». Una segunda pregunta di­rigida a esta figura no produjo efecto. Levantó sus delgadas manos blancas, se arrodilló, enterró el rostro en las palmas y pareció rezar. Luego la luz se apagó y la escena terminó. La impresión dejada en la mente de la observadora por la acción y actitud fue de reproche, y al mismo tiempo de re­signación amable. Sus nervios permanecieron totalmente intactos, y dejó constancia de que pasó parte del resto de la noche leyendo Drift of Psychical Research (Deriva de la in­vestigación psíquica), de Myers.

Una experiencia de este tipo, y es de una clase muy habitual, difícilmente puede explicarse racionalmente por bases espirituales o físicas. Reconociendo el hecho —y no hay alternativa sensata a aceptarlo— no podemos concebir que esta desafortunada mujer haya pasado un siglo o más caminando por una habitación donde pudo sufrir un gran mal en vida. Por su apariencia, se juzgaría que fue más vícti­ma que culpable. ¿Por qué, entonces, se la condenaría a un destino tan extraño, monótono e inútil? Si concebimos que es alguna sombra de sí misma, desprendida en viejos días de aflicción y aún presente, entonces la cuestión se vuelve más clara, si ella misma es feliz en otro lugar. Tal sombra, como la mayoría de fenómenos psíquicos, podría parecer lumino­sa a quien, como la señorita Goodrich-Freer, tuviera algún don clarividente.

Si se pregunta por qué esta forma-pensamiento aparece solo a ciertas horas, debo admitir que no lo sé.

Un ejemplo similar puede extraerse del reciente libro de señora Tweedale, Ghosts I Have Seen (Fantasmas que vi), que, bajo su título popular, contiene un registro extraordi­nario de experiencias psíquicas de primera mano. La seño­ra Tweedale es una testigo admirable, pues, como la señora Goodrich-Freer, es clarividente y dispone de un juicio muy sano y crítico, mientras que su reputación personal nos da total confianza en sus declaraciones. Los materialistas nunca enfrentarán justamente la alternativa obvia: que tales relatos de primera mano o implican que una persona honorable ha empezado a mentir sin motivo o que son verídicos. Cuando una clarividente describe claramente sus propias experien­cias, el libro adquiere gran valor. Y solo citaría Beginnings of Seership de Turvey, entre los trabajos más recientes, como comparable al conocimiento personal de la señora Tweedale.

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Autor: Arthur Conan Doyle. Título: Espiritismo. Traducción: Javier Fernández Rubio. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.

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